diferente al de hoy y al que había sido apenas diez años antes. En 1920 el país tenía catorce millones de habitantes; en 2005 la población de la zona metropolitana del valle de México era de poco más de diecinueve millones de personas. Hubo que esperar hasta 1940 para que la población de todo el país igualara a la de la zona metropolitana de 2005. En 1920, la población sumada de Coahuila, Nuevo León, Sinaloa, Yucatán y Zacatecas era de 1 808 707; en 2005 la población de la delegación Iztapalapa, en la ciudad de México, era de 1 820 888. Entre 1910 y 1920 los mexicanos dedicaron todas sus energías a la guerra civil. El resultado fue impresionante: el censo de población de 1921 registró muchas personas me nos que en 1910. En consecuencia, la producción agrícola y minera cayó a la mitad. La deuda externa era enorme y no se habían pagado los intereses. El sistema ferroviario nacional, orgullo del gobierno de Porfirio Díaz, se encontraba quebra do y en ruinas. Los bancos y el crédito casi desaparecieron. Además, algunos gobiernos extranjeros exigían al de México compensaciones por los daños y pérdidas sufridos por sus ciudadanos durante el conflicto. El ejército revolucionario devoraba más de la mitad del presupuesto federal. El único
sector de la economía que marchaba bien era el del petróleo, pues México se había convertido en uno de los principales productores en el mundo. Las mayores beneficiarlas de este auge eran las compañías petroleras extranjeras.
En 1921, México seguía siendo un país predominante mente rural. Siete de cada diez mexicanos se dedicaban a las labores del campo y vivían en pueblos de menos de dos mil quinientos habitantes. A la mayoría de estos pequeños po blados no llegaban ni el telégrafo ni el ferrocarril. Carecían de teléfono, correo, servicios médicos, mercados, farmacias. Pasarían más de veinte años antes de que el país lograra recu perar el camino del crecimiento. Sin embargo, para el fin de la segunda Guerra Mundial, México no sólo había logrado reconstruirse; también había puesto los cimientos del que se ría uno de los regímenes políticos más longevos del siglo xx. Entre 1921 y 1945 se sentaron las bases políticas, económicas y sociales del país que conocemos hoy. Y muchos de los retos que todavía enfrentamos pueden ser rastreados hasta esos años decisivos en la conformación del México moderno.
Las t a r e a s de l a R ev o lu c ió n
El gobierno de Alvaro Obregón (1920-1924) marcó el inicio de una etapa de reconstrucción nacional. Si bien aún habría rebeliones por muchos años (la última, encabezada por Sa turnino Cedillo, ocurrió en mayo de 1938 contra Lázaro Cárdenas), después del derrocamiento y asesinato de Ve- nustiano Carranza en 1920, ningún otro gobierno sería ya depuesto por las armas.
de la República, Obregón, se propuso conmemorar el cente nario de la consumación de la independencia. Con motivo de las fiestas, el hipódromo de la Condesa, que se encontraba ctandeiioy se levanta la colonia del mismo nombre en la ciudacT de México, reabrió sus puertas (había sido inaugurado en 1910). En las primeras décadas del siglo xx, la gente gustaba de “ir a pasear en coche” por las nuevas colonias que se mul tiplicaban debido al crecimiento de la ciudad. Sin embargo, pocas personas tenían coche. En esa época, las corridas de toros, las carreras de caballos y las charreadas eran espectácu los muy populares. A ellos asistían personas de todas las clases sociales. Los capitalinos también realizaban excursiones de fin de semana a los merenderos de Santa Anita, a las trajineras de Xochimilco o a las floridas plazas de Tlalpan, que en ese entonces no formaban parte aún de la ciudad de México.
La vida de los mexicanos retornaba a la normalidad. El 27 de septiembre de 1921 se llevó a cabo la primera transmi sión de radio con canciones, música y versos. Los programas se asemejaban a las funciones de teatro. Por eso, los orga nizadores llamaban a los programas de radio “funciones” o “conciertos”. Aunque en sus inicios la radiodifusión no era un medio masivo, para 1923 se había popularizado de mane ra importante. Sin embargo, los aparatos receptores todavía eran muy caros para la gran mayoría de los mexicanos. El precio de un radio iba de trece a ochocientos pesos, cuando en 1923 el salario mínimo diario de un albañil era de menos de un peso. En 1924 las transmisiones radiofónicas se es cuchaban con un auricular “ligero y cómodo”. El teléfono operaba en la ciudad de México desde finales del siglo xix.
Los revolucionarios sonorenses que llegaron al poder querían hacer, en sus palabras, a la “Revolución gobierno”.
Obregón creía que la clave para la reconstrucción y el pro greso económico era una agricultura comercial exitosa y un pequeño sector industrial. También pensaba que la concilia ción de las clases sociales era indispensable para la marcha ordenada y pacífica del país. Se reconocía el papel central que tendría Estados Unidos en el futuro de México.
Los desafíos del nuevo gobierno eran enormes. El ejér cito consumía recursos que la reconstrucción del país exi gía desesperadamente. Estados Unidos no había reconocido de manera formal al gobierno de Obregón y tenía muchas reclamaciones pendientes. La Constitución de 1917 afecta ba sus intereses económicos, pues establecía en su artículo 27 que el subsuelo era propiedad de la nación. De acuerdo con la Constitución de 1857, las compañías petroleras tenían derechos adquiridos sobre el subsuelo de sus propiedades, donde se encontraban los yacimientos petroleros. Además, la proliferación de innumerables líderes revolucionarios, que obedecían al gobierno central sólo en apariencia, hacía que la paz fuera precaria.
Para sostenerse en el poder, Obregón formó alianzas con diferentes grupos, como campesinos y obreros; estos últimos organizados en la Confederación Regional Obrera Mexi cana (c r o m). Los sindicatos desempeñarían a partir de en
tonces un papel nuevo y central en la política y la sociedad. El gobierno también se propuso repartir tierras en aquellas regiones donde los campesinos participaron activamente en la lucha armada. En algunos estados, gobernadores radicales alentaron la formación de ligas agrarias, que a su vez apoya ban al gobierno. En Yucatán, el gobernador Felipe Carrillo Puerto organizó “Ligas de Resistencia” que reclutaron y organizaron a campesinos mayas para demandar una reforma
agraria,.El gobernador, también legalizó.el.divorcio,-conce- dió el voto a las mujeres y las alentó a que ocuparan puestos _público-S-Estas-r-efor-mas-er-a-n-r-adicalcs-pa-r-a-la-épQca-y-nQ-s
adoptaron en todo el país sino décadas después. Obregón, de la misma manera, procedió a reducir drásticamente el ejér cito y logró una concentración temporal con los norteame ricanos en los Acuerdos de Bucareli, lo que abrió la puerta al reconocimiento de Washington.
Durante este periodo la educación pública recibió un importante impulso. Con el triunfo de los sonorenses, José Vasconcelos, un antiguo maderista, regresó del exilio y fue nombrado por Obregón rector de la Universidad Nacional. Tiempo después se puso al frente de la recién creada Secre taría de Educación Pública (sep) . Su labor por la educación
y la cultura de los mexicanos fue impresionante. Lanzó una campaña nacional de alfabetización. En 1895, ocho de cada diez mexicanos eran analfabetos; en 1930, seis de cada diez lo eran; en 1950, la proporción era de cuatro por cada diez, y para el año 2000 el porcentaje había bajado a poco menos de uno de cada diez. La sep editó libros clásicos de la civili
zación occidental (como la Macla y la Odisea), y se preocupó por distribuirlos en cada rincón del país. Sobre esta labor, Vasconcelos escribió: “deseo hacer llegar el libro excelso a las manos más humildes y lograr de esta manera la regeneración espiritual que debe preceder a toda regeneración”. De la IIia-
da de Homero, por ejemplo, se imprimieron veinte mil ejem
plares (un tiraje grande, incluso para los estándares actuales). Se construyeron muchas escuelas a lo largo del país, no sólo en las ciudades sino en las regiones más apartadas. Para 1925 había ya un sistema de educación secundaria. Durante tres años, el Estado mexicano invirtió_c_oma_nunca_antes_enJLa_
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ciento del presupuesto total, lo que representaba casi la mitad
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proporcionalmente, tanto en educación como en esos años. Con todo, la paz no duró mucho tiempo. En 1923 Francisco Villa fue asesinado en Parral, cerca de la ha cienda donde se había retirado. Ese mismo año, Plutarco Elias Calles, otro sonorense y secretario de Gobernación de Obregón, lanzó su candidatura a la presidencia de la Re pública. Era el elegido por el presidente para sucederlo. Sin embargo, estaba por verse si podría conseguir su propósito. Entre los revolucionarios había muchos aspirantes al cargo, como Adolfo de la Huerta, sonorense también (y quien ha bía sido presidente interino a la muerte de Carranza). De la Huerta, decepcionado por no haber sido el candidato, unió a quienes se oponían a Calles y encabezó, a finales de 1923, una gran revuelta en la que participó más de la mitad del ejército, docenas de generales, varios gobernadores y cau dillos regionales. Para enfrentar la insurrección, el gobier no de Obregón echó mano de los gobernadores aliados, el contingente leal del ejército, así como de las organizaciones obreras y campesinas que había cultivado. Esta coalición logró derrotar a los rebeldes en tan sólo tres meses.
En julio de 1924, Calles ganó las elecciones presidencia les para el periodo 1924-1928. Obregón, por su parte, regre só a su rancho en Sonora, para desde ahí planear su regreso a la silla presidencial. Calles prosiguió con la reconstrucción del país. Su alianza con los obreros se fortaleció y nombró al líder de la c r o m, Luis N. Morones, secretario del Trabajo.
La repartición de tierras continuó, se siguieron construyen- —-do„cscuelas-r-urales_y,sa-expandió_el sistema_ferroviari o. El
gobierno realizó proyectos de riego en varias regiones y se_ construyeron carreteras. En 1925 se creó el Banco de Méxi- co. El ejército se redujo en más de la mitad y veinticinco go _ bernadores desafectos al nuevo presidente fueron depuestos en quince estados.
La relación con Estados Unidos seguía siendo difícil. El motivo de la nueva tensión era la ley petrolera que se dis cutía en el Senado y que afectaba a compañías de ese país. Después de un intenso estira y afloja entre ambos gobiernos, Calles encontró una salida legal satisfactoria y así llegó a un acuerdo con el nuevo embajador norteamericano, Dwight Morrow, con quien mantendría excelentes relaciones.
En 1926 la marcha del país enfrentó un obstáculo signi ficativo: el conflicto religioso. La Constitución de 1917 era abiertamente anticlerical y la Iglesia católica la rechazaba. Los gobiernos revolucionarios consideraban a la religión un signo de atraso y deseaban “liberar” las mentes de los mexi canos. Calles incluso estableció una Iglesia para competir con la católica y debilitar a los sindicatos afines a ella: la Igle sia Católica Apostólica Mexicana. El arzobispo de México condenó públicamente varios artículos de la Carta Magna y el gobierno respondió expulsando a doscientos sacerdotes extranjeros, así como al enviado papal. Después, el presiden te decretó la llamada Ley Calles, que reglamentó el artículo 130 constitucional. Esa ley, entre otras cosas, ordenaba el cierre de las escuelas religiosas y expulsaba a los sacerdotes extranjeros. El artículo más temible para la Iglesia era la obligación para los sacerdotes de conseguir su registro en Gobernación. En respuesta, la Iglesia católica suspendió el culto en las iglesias, ante lo cual el gobierno prohibió el culto en las casas particulares. A falta de templos, los matrimonios
religiosos se celebraron en las casas, que eran decoradas con flores, alfombras y cortinajes. Los habitantes de las ciudades -temían_ser descubiertos al celebrar estos actos clandestinos.
Los católicos reaccionaron. Algunas protestas fueron pa cíficas y otras violentas. Incluso antes de esta crisis, en el occidente del país ya tenían lugar levantamientos de campe sinos que se oponían a la política anticlerical del gobierno. En 1927 estalló una insurrección campesina en Guanajuato y luego se propagó a otros diez estados. Los rebeldes em puñaron las armas al grito de “¡Viva Cristo Rey!”: había comenzado la Cristiada, una guerra desigual y sin futuro. In capaces de batir a las muy superiores tropas federales en una batalla decisiva, los cristeros dominaban el campo, mientras que el gobierno controlaba las ciudades y las vías férreas. La rebelión cristera duró tres años, consumió casi la mitad del presupuesto federal y costó decenas de miles de vidas. Fi nalmente, el gobierno aceptó no hacer efectivas las leyes que había promulgado en contra de la Iglesia católica. Cuando el gobierno y la Iglesia hicieron las paces, en junio de 1929, todavía había cincuenta mil cristeros en armas. Las campanas de todas las iglesias de la capital, que no habían sonado por tres años, tañeron de nuevo.
LaR ev o lu c ió n h e c h a g o biern o
No todo era guerra. En 1923 se inauguró el cabaret del hotel Regis en la ciudad de México, uno de los hoteles más lujosos de la época. A sus baños de vapor acudían importantes polí ticos y hombres de negocios. Elasta tenía un camioncito que transportaba de manera gratuita a sus clientes. El Regis se
derrumbó en los sismos de 1985. En la década de los veinte se bailaban diversos ritmos de moda: foxtrot, two step, dan zón, tango y valses. En 1927 se puso de moda el charlestón. ¡Sin embargo, la vida era dura para la mayoría de la pobla- ción, que no pasaba el tiempo en bailes. Por ejemplo, hacia 1920 el jornal de un trabajador de la ciudad de Chihuahua era de entre un peso y un peso con cincuentá centavos. Sus gastos consistían en alimentación (maíz, harina de trigo, pan blanco, frijol, arroz, carne de res, manteca, leche, café, chile y azúcar), combustible (carbón, leña), vestido y alojamiento, cuya renta no podía ser superior a cinco pesos mensuales. Aunque se tenía la idea de que las mujeres no debían trabajar sino quedarse en casa cuidando a los hijos y haciendo labores domésticas, había muchas mujeres empleadas en la industria, en particular en el sector textil. No obstante, desde enton ces las mujeres ganaban en promedio veinticinco por ciento menos que los varones, incluso en la industria del vestido, que las empleaba mayoritariamente. La vida era dura y cor ta: en 1930, la esperanza promedio de vida al nacer era de treinta y siete años para las mujeres, y de treinta y seis años para los hombres; en 1940, de cuarenta dos y cuarenta años, respectivamente; en 1950, de cincuenta y uno y cuarenta y ocho años, respectivamente; en 2005, de setenta y ocho y setenta y tres años. Es decir, los años qué vivía una persona en la década de 1930 hoy representan la mitad de los que, en promedio, vive un mexicano. Por otra parte, también era cierto que a partir de 1930 cada vez morían menos niños.
A pesar de que una de las banderas principales del movi miento revolucionario había sido la “no reelección”, en 1927 el Congreso reformó la Constitución para permitir una sola reelección no consecutiva. Este cambio le abrió a Obregón
las puertas para regresar a la presidencia, una vez concluido el gobierno de Calles. De la misma forma, en 1928 el periodo presidencial se extendió de cuatro a seis años, como sigue hasta el día de hoy. Sin embargo, la pretensión de O bregón no fue bien recibida por todos los revolucionarios. No fue apoyado inicialmente por la cro m ni por algunos generales.
En 1927 compitieron con él dos ex aliados: los generales Fran cisco Serrano y Arnulfo Gómez. Su bandera principal fue el antirreeleccionismo. Sin embargo, ninguno creía que la desig nación del nuevo presidente podría hacerse de manera pacífica. Así que no esperaron a las elecciones del siguiente año. Gómez y Serrano pensaban encabezar un levantamiento militar, así como tenderles una trampa a Calles y Obregón para fusilarlos. Pero su plan fue descubierto y ambos personajes acabaron asesinados. Se persiguió a sus partidarios y se purgó el ejército: cuarenta generales fueron fusilados (veinticinco en tan sólo tres días) sin mayor trámite. Los hechos que terminaron con la muerte del general Serrano en el paraje de Huitzilac fueron magistralmente capturados por el revolucionario y escritor Martín Luis Guzmán en una novela fascinante: La sombra del
caudillo (1929). Aunque había elecciones, México no era una
verdadera democracia. Flabría que esperar más de setenta años para que el sufragio fuera realmente efectivo y los electores designaran con su voto a los gobernantes.
Ya sin adversarios declarados, con la excepción de Mo rones, Obregón prosiguió su campaña electoral. La guerra cristera continuaba y el candidato sufrió un atentado fallido por parte de algunos simpatizantes de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa. En respuesta, Calles or denó fusilar sin previo juicio a cuatro sospechosos, entre los que había dos inocentes: el sacerdote Miguel Pro y su her-
mano. La sangre había corrido en abundancia aun antes de las elecciones: “quien mata más es quien gobierna”, afir- mó Obregón entonces. En las elecciones del 1° de julio de 1928 Obregón arrasó. Ese día el candidato estaba en Sono ra y dos semanas después llegó a la capital del país. Ahí, el 17 de julio, mientras comía en el restaurante La Bombilla, en San Ángel, fue asesinado por el católico José de León Toral, quien creía, equivocadamente, que el principal artí fice de la guerra cristera era Obregón. León Toral sufrió la misma suerte que el padre Pro. El asesinato suscita hasta el día de hoy numerosas interrogantes, y la sospecha cubrió tanto al presidente Calles como a Morones.
El magnicidio de Obregón tuvo consecuencias notorias. El intento reeleccionista, la ambición de numerosos jefes y la incapacidad para conducir la lucha por el poder de manera pacífica, hicieron evidente la necesidad de nuevas formas de competencia política. Los revolucionarios no habían encon trado la manera de transmitir el poder sin matarse los unos a los otros. La desaparición de Obregón provocó que se lleva ran a cabo importantes reformas que buscaron instituciona lizar la Revolución. El mismo mes de la muerte de Obregón,
Calles inició una ronda de reuniones con los jefes militares para comprometerlos a no dividirse y a que ninguno de ellos buscara la presidencia.
Lo más apremiante era elegir a un presidente interino. Los partidarios de Obregón miraban con gran desconfianza a Calles. Había que seleccionar a alguien que fuera aceptable tanto para aquéllos como para éste. La persona que cumplía el requisito era secretario de Gobernación: el ex gobernador de Tamaulipas, Emilio Portes Gil, quien tenía fama de agra- rista y controlaba el Partido Socialista Fronterizo. Así pues,
en septiembre de 1928 fue elegido por la Cámara de Dipu- tados presidente interino para el periodo del Io de diciembre de 1928 al 5 de febrero de 1930.________________________ La presidencia interina sólo proporcionó un breve repo so a la lucha por el poder, pues de nuevo comenzó la pugna por la candidatura a la presidencia. Calles ideó una solución al problema: un nuevo partido político nacional que agru para a los revolucionarios. Se trataría de una federación de jefes militares y caciques, diversas organizaciones.políticas