EL SEGUIMIENTO TRANSFORMANTE DE CRISTO JESÚS
1. OFERTA DIVINA Y RESPUESTA HUMANA
1.5. Justificación, 245 perdón y santificación
La historia de salvación evidencia cómo Dios siempre ha tomado la iniciativa en la relación con el ser humano para hacerle su oferta salvífica. Toda la Sagrada Escritura está atravesada por esta primerísima acción y ofrecimiento salvífico de Dios al hombre: alianza, descendencia, liberación, ley, tierra, constitución como pueblo,
242 MÚNERA, A. De la moral de los manuales a una moral liberadora en Colombia. Bogotá: Koinonia, 1992.p.71.
243 SCHRAGE, Op.Cít.p.211-212.215.
244 Cf. JEREMIAS, J. Abba y el mensaje central del Nuevo Testamento. 6ed. Salamanca: Sígueme, 2005.p.299.
245
El verbo dikaio,w aparece 39 veces en el NT, de ellas 25 veces en Pablo (no incluidas las pastorales), principalmente en voz pasiva. Se trata de un verbo denominativo de di,kaioj y significa considerar justo o razonable y también juzgar, castigar. Cf. KERTELGE, K. “dikaio,w dikaioo
justificar, declarar justo‖έ En: Horst Balz – Gerhard Schneider. Diccionario exegético del Nuevo Testamento. I. 2ed.Salamanca: Sígueme, 2001.p.1001.
unción de los líderes, perdón, misericordia, restauración, etc, son realidades que atestiguan no sólo esta iniciativa de la acción divina sino su carácter gratuito. El culmen de esta primacía gratuita de la acción divina se concentrará en la persona de Jesucristo. En él, Dios mismo invitará al ser humano a participar de su propia vida divina, regalándole en toda su magnitud y dimensiones la salvación, la liberación, la redención y la justificación.
Esta iniciativa gratuita y salvífica de Dios será expresada por San Pablo con la fórmula ―justificación por la fe», tomada originariamente de la esfera judicial para expresar que la gracia de Dios en el bautismo consiste en su inmerecido perdón. θablo, utilizará la idea de ―justificación‖ pero sacándola del lenguaje forense-legal, y le dará un sello propio, de carácter soteriológico.246 Mientras el sentido griego de los términos asociados a la ―justificación‖ es el de ―juzgar y castigar‖ν θablo acentuará que la justificación es perdón, nada más que perdón; un perdón en el sentido más completo, es decir, no un mero cubrimiento del pasado sino la donación anticipada de la salvación completa; la concesión de la gracia que origina una nueva creación. La absolución de Dios no es sólo forense, no es un «como si», no es una mera palabra, sino que es la palabra de Dios que opera y crea vida. La palabra de Dios es siempre una palabra efectiva. El perdón, el beneplácito que Dios concede, no es sólo negativo, es decir, borrar el pasado, sino que es una donación anticipada del don final de Dios.247
De entrada pareciera, que la argumentación paulina se alejará del mensaje del Señor Jesús, pero es claro que la doctrina paulina de la ―justificación‖, es la fiel expresión de lo que fue el mensaje de Jesús, a saber: la cercanía de Dios con los pecadores, con los perdidos, y su revelación como el Dios de los pobres y de los necesitados.248 La
246 La idea de un juicio ante un tribunal ha sido abandonada. El «ser justificado», como aplicado a un acto de Dios y paralelo al «hallar gracia», no tiene el significado reducido de «ser absuelto», sino más bien el más amplio de «encontrar beneplácito». Es obvio que también en Pablo el uso de «justificar» (o «ser justificado») va más allá de la esfera legal. Para Pablo el verbo dikaioun en activa significa «otorgar gracia o beneplácito», y el pasivo dikaiousthai «encontrar, hallar gracia o beneplácito». Cf. JEREMIAS, Op.Cít.p.292.293.
247 Ibíd.p.299.
248 La grandeza de Pablo consiste en que él entendió el mensaje de Jesús, cosa que ningún otro escritor del Nuevo Testamento consiguió. Él fue el fiel intérprete de Jesús. Esto es especialmente verdadero de su doctrina de la justificación. No la inventó él, sino que su sustancia refleja el mensaje central de Jesús, tal como lo condensó en la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres, porque
doctrina de la justificación no es otra cosa que el mensaje de Jesús acerca del Dios que desea tratar con los pecadores expresado en términos teológicos. Jesús dice: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores»; Pablo dice: «el impío es justificado». Jesús dice: «Bienaventurados los pobres»; Pablo dice: «Nosotros somos justificados por gracia»; Pablo dice: «El que es justificado tendrá vida». El vocabulario es diferente, pero el sentido es el mismo.249
Se trata entonces de un lenguaje distinto para referirse al mismo mensaje. Lenguaje que responde a un nuevo momento y a otro contexto del desarrollo de la propuesta de Jesús.250 En este caso, la fórmula justificación en el lenguaje paulino está ligada al acontecimiento bautismal, que era el acto decisivo por el que los judíos y gentiles conversos eran incluidos entre aquellos que pertenecían a Jesús como a su Señor. El bautismo expresa con claridad: la desbordante concesión de la gracia y la acogida del creyente en la nueva vida iniciada.
La salvación que Dios ofrece en Jesucristo no se impone sino que requiere el concurso y aceptación del hombre. Como bien diría San Agustínμ ―Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti‖έ (San Agustín, Sermón 169, 11, 13). Dicha aceptación y asentimiento humano se expresan en la fe entendida como entrega total a Cristo, adhesión plena, incorporación a Cristo y participación de la vida divina. Como dice el Catecismo, la justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y libertad del hombre, que se expresa en el asentimiento de la fe a la Palabra de Dios que lo invita a la conversión, y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que lo previene y lo custodia (No.1993).251 Y es tan grande el amor de Dios y su deseo de salvar al hombre que no sólo le ofrece su salvación sino que le
249 Ibíd.p.303.
250 La transformación del creyente, o sea el indicativo cristiano es presentada por medio de varios códigos semánticos, todos retomados en dos categorías fundamentales: la muerte como ―terminus a quo‖ y la vida como ―terminus ad quem‖, es decir como meta positiva. Entre los códigos más representativos se pueden citar los siguientes: jurídico, ritual, sociológico, biológico, simbólico- bautismal. El código jurídico actúa partiendo de dos grupos semánticos principales: el de la justificación o rehabilitación (dike, dikaiosune) y el del juicio (krinein, krima). La transformación
introducida por medio del acto ―justificante‖ de Dios que hace justos, introduce al hombre injusto
(Rom 5,8) en un sistema de relaciones con Dios, adecuado al proyecto de santidad en el cual Dios se
ofrece como modelo y fundamentoμ ―sean santos porque yo soy Santo‖ (δv 1λ,1ν εt η,ζκ)έ δeídas en
esta clave, la justificación y la santificación se convierten en conceptos convergentes. Pablo acude también a las categorías de reconciliación y paz que aleja del horizonte del creyente el ámbito semántico del juicio-condena. Cf. SCIBILIA, Op.Cít.p. 210.211.
dona la capacidad para la adhesión y aceptación de la oferta252 y la adquisición de todo lo que ella es en sí misma. En este sentido la fe obra una transformación entitativa del ser humano, operándose en él todo el contenido de la obra salvífica de Cristo: el hombre recibe la salvación, la redención, la liberación, el fruto de la expiación de Cristo y pasa a ser posesión de Dios.253
La justificación efectúa la conformación inicial del creyente con Cristo, empezando así la cristificación progresiva, que tiene como primer elemento la remisión de los pecados personales. La justificación entendida como remisión de los pecados no significa, un simple perdón de la culpa proveniente de las transgresiones pecaminosas, sino que se refiere a un cambio entitativoέ Es el paso del ―hijo de la ira‖ a ―hijo de Dios‖έ Se trata de la transformación entitativa del estado pecaminoso al estado de santidad.254
El perdón de los pecados da cuenta del carácter misericordioso de Dios que no actúa como juez y vindicador implacable sino que se apiada de sus creaturas caídas, las invita al arrepentimiento y a la conversión y les perdona sus culpas. Dios es el garante de la moral revelada que muestra a un Dios pleno de misericordia255 que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva (Ez 18,23.32). Dios no es el prestamista severo que pone en orden las deudas sino el creador benévolo que lleva a los seres humanos a su condición de seres amados por él y que repara los daños que han causado al mundo.256
252 Dios no se contenta con hacer posibles la relaciones de amistad, sino que concede al hombre un
nuevo corazón para amarμ en Cristo se hace ―justicia de Dios‖ (ἀCor η,ἀ1) y es hallado justo (Rom
3,26). REY, B. Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo. Madrid: Fax, 1972. p.49.
253 MÚNERA, Líneas, Op.cít.p.110. 254 Ibíd.p.111.
255 Si bien son varios los términos para referirse a la misericordia en el AT, dos merecen la atención.
Hesed y Rahamim. Hesed indica una actitud profunda de bondad en el marco de la alianza. Dejando ser obligación jurídica descubría su aspecto más profundo: amor que da, más fuerte que la traición y que el pecado. Rahamim que ya en su raíz denota el amor de la madre. Se trata de un amor totalmente gratuito, no fruto de mérito y que bajo este aspecto constituye una necesidad interior: es una exigencia del corazón. Sobre su trasfondo psicológico, engendra una escala de sentimientos entre los que están la bondad y la ternura, la paciencia y la comprensión, es decir, la disposición a perdonar. El AT atribuye al Señor precisamente estos aspectos cuando habla de él, utilizando la palabra rahamim. Cf. JUAN PABLO II. Carta encíclica Dives in misericordia. Sobre la misericordia divina. Vaticano: librería editrice vaticana, 1980.p.20.21.22.
Jesús es la misericordia encarnada, de la cual, darán testimonio los evangelios. Mateo destacando de modo particular que la misión de Jesús consiste en la tarea de salvar a su pueblo de sus pecados (1,21), de llamar a los pecadores (9,13) y de obtener el perdón de los pecados (26,28). Lucas, llamado el evangelio de la misericordia, mostrando a través de sus parábolas, especialmente en la del hijo pródigo, en la que sin usar la palabra misericordia, ésta se ve y es expresada de manera particularmente límpida. Todos los escritos neotestamentarios se referirán a este primer fruto de la justificación obrada en Cristo Jesús, usando diversas expresiones: el bautista proclamándolo como ―el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo‖ (Jn 1,29); Pablo diciendo que a Cristo Jesús ―a quien Dios exhibió públicamente como
propiciación por su sangre a través de la fe, a fin de demostrar su justicia, porque en su tolerancia Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente‖ (Rom 3,25) y los autores de Hebreos y Apocalipsis en los siguientes términos: ―después de llevar
a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las
alturas‖ (Heb 1,3); ―Al que nos ama y nos libertó de nuestros pecados con su
sangre‖ (Ap 1,5). Jesús dio cumplimiento a una de las características fundamentales de la nueva alianza anunciada por Jeremías: ―pues perdonaré su maldad, y no
recordaré más su pecado‖(Jr 31,34b).
Pedro y Pablo serán testigos acreditados del perdón de los pecados, y luego, predicadores incansables del mismo. Ellos habiendo experimentado una falla seria; fueron conscientes de su culpa, y a ellos se les manifestó Cristo resucitado. Ambos son pecadores agraciados que experimentaron el significado decisivo y vital del perdón de los pecadores. Su posterior anuncio del perdón de Dios mediante el Señor Jesús, crucificado y resucitado, no es una teoría o palabra gratuita sino el testimonio de la propia experiencia. Conociendo el peligro de la perdición recibieron la reconciliación y se convirtieron en los principales testigos del perdón divino en la persona de Jesús.257
El segundo elemento o fruto de la justificación es la nueva vida comunicada, que en cuanto comunión con Dios afecta al hombre en todos los estratos de su ser y le implica un proceso de ―renovación‖, llamado ―cristificación progresiva‖έ San θablo
mostrará que la justificación es una firme posesión presente (Rom 5,1, etc.) y, al mismo tiempo posee una dimensión futura (Gal 5,5. Así, pues, la justificación es el comienzo de un movimiento hacia una meta, concretamente hacia la hora de la justificación definitiva. Por esta razón, la justificación divina del pecador no es ninguna posesión muerta, sino que impone la obligación de manifestarla en una vida nueva.
La justificación debe ser entendida procesualmente: esto quiere decir que el desplazamiento de la pecaminosidad y la adquisición de la nueva vida en Cristo, si bien se inician en un momento determinado (momento de la justificación), no terminan en ese mismo instante sino que ocurre la iniciación de un proceso cuyo término es escatológico. Por consiguiente la justificación tiene un sentido de inicialidad. Esto es lo que expresa el Nuevo Testamento cuando compara la vida
divina con un nuevo nacimiento (―quai modo geniti infantes‖) de tal manera que el cristiano
tiene que crecer y progresar hasta llegar a la plenitud del varón perfecto, en la medida de Cristo Jesús.258
El mismo concilio de Trento, al introducir la temática de la justificación en el capítulo cuarto, insinúa –sin sacar después las consecuencias- que se trata de un procesoμ ―la justificación del impío se describe como un paso (translatio) de aquel estado en que el hombre nace hijo del primer Adán al estado de gracia y de adopción de hijos de Dios (Rom 8,15) por el segundo Adán, Jesucristo Salvador nuestro. Este paso (translatio) sólo puede entenderse como un proceso por el que se abandona un estado y se conquista otro. Todo este proceso es obra de la gracia, desde sus comienzos, como conversión, hasta su culmen, con la filiación divina y la inhabitación de la Santísima Trinidad.259
Este carácter procesual de la justificación indica que en el proyecto fundamental de la persona ocurre algo que la sitúa de manera nueva con respecto a Dios y a la salvación eterna. Con respecto a la situación anterior del impío, el hombre es justo ahora; pero tal situación no es escatológica ni definitiva, pues mientras perdura la historia, el ser humano está siempre amenazado interior y exteriormente. Por tanto, hemos sido liberados para la esperanza; ésta apunta siempre a un ya presente, pero también a un todavía no posible y siempre amenazado. Se abre pues un camino de liberación progresiva. De ahí que, esta consideración procesual, evite cualquier idea
258 MÚNERA, Líneas, Op.Cít.p.113. 259
de ―inmunidad‖ del creyente frente al pecado, pues es imposible pensar, que el fenómeno de la justificación saque al hombre de la situación de pecado del mundo. El hombre permanece ―simul iustus et peccator‖ en cuanto, sin pertenecer al pecado, sigue sufriendo toda la potencia situacional del mismo, a excepción de la incidencia en el centro óntico del ser donde está presente la nueva vida recién nacida.260
Como ya se indicó atrás, la misma Sagrada Escritura legitima la necesidad de releer las categorías y conceptos con los cuales se hace referencia a todos los componentes de la vida cristiana. En el caso de la justificación, se nota que en aras de darle realismo y concreción a ésta, la teología recurrió a las categorías ―ónticas‖ de cualidad y hábito, que no lograron dar cuenta de aspectos claves del ser humano como la conciencia, la decisión y la libertad. De ahí que haciendo una revisión crítica de la concepción teológica clásica de la justificación, es interesante notar que las categorías bíblicas, que expresan la realidad de la justificación del hombre, pertenecen al mundo de la persona, de la vida del espíritu, de la conciencia y de la libertad. Son todas ellas existenciales, dialogales, interpersonales: corazón nuevo, paso de la alienación y hostilidad del hombre para con Dios a la actitud filial, de las tinieblas de la ignorancia a la luz del ―conocimiento‖ (en el sentido bíblico de la palabra: actitud total del hombre); de la muerte a la vida, etc. Esto muestra que dicho lenguaje corresponde mejor a la experiencia cristiana y es más inteligible para el hombre moderno que los conceptos y la terminología de las ―cualidades infusas‖έ261
En este sentido, es válida la categoría liberación para hablar de justificación. Se trata de la misma realidad, pero más vertebrada en su dimensión dinámica e histórica. Pues posee una doble dimensión: aquello de lo que se libera, y aquello para lo que se libera.262 Así, el perdón del pecado hace referencia a un pasado de cual se ha liberado el hombre, pero es sólo un aspecto de la liberación como libertad de. Más
260 MÚNERA, Líneas, Op.Cít.p.114. 261 ALFARO, Op.Cít.p.472.473.
262 En los capítulos 5 a 8 de la carta a los Romanos, se hará un desarrollo de esta categoría través de los pasos siguientes: a) en el Cap.5 establece el hecho de la justificación del hombre como consecuencia de la Gracia; b) en el cap.6 (y parte del 7) presenta la obra de la Gracia en el hombre como un proceso de liberación DE (liberación del pecado, de la ley, de la vetustez humana, etc); c) en la segunda mitad del cap.7 recuerda el carácter histórico de esa liberación y, por eso, su experiencia contradictoria: el hombre se siente, a la vez, libre y esclavo; d) en el cap. 8 presenta la transformación producida por la gracia como una liberación PARA (para las obras del Espíritu de Dios –y por tanto, de los hijos de Dios- y no del falso espíritu humano). Cf. GONZÁLEZ FAUS, Op.Cít.p.488.
fundamental es la libertad para, es decir, para un nuevo proyecto radical orientado hacia un futuro y que se traduce en una nueva praxis actual. Se trata de una acción que santifica, es decir, de una santificación del hombre desde las mismísimas raíces de su ser.
La santificación no debe entenderse moralísticamente, en el sentido de hacer obras buenas. La santificación implica una dimensión ontológica: se modifica algo en el mismo ser humano; su proyecto radical que lo orienta hacia Dios, que capitaliza todas sus energías en una dirección fundamental. Trento formula esta misma verdad mediante una expresión paulina: renovación del hombre interior, es decir, creación de un nuevo proyecto, radicado en Dios, que haga al hombre nuevo a imagen del novissimus Adam, Cristo Jesús. Santo es lo que viene de Dios, existe para Dios y vive en relación con Dios. La santificación implica un proceso de asimilación, cada vez más intensa, de la realidad divina por parte del hombre y de la realidad humana por parte de Dios. Quien pone a Dios como marco referencial de su vida, vive a partir de Dios, se define como hombre de Dios, lo emprende todo con Dios y su vivir es un ex-sistir para Dios. Santificarse equivale, pues, a consagrarse a Dios, a hacerse propiedad de Dios y a participar así de la santidad de Dios.263