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Si pensamos entonces a la juventud como una categoría social, con usos políticos evidentes en tanto promesa de futuro o peligro social, inscrita históricamente en el devenir de la sociedad chilena, necesariamente debe ser analizada a partir de las propias tensiones transicionales que recorren el país. Reconocer los desplazamientos del sentido de lo po- lítico en un sentido global, recuperar las experiencias históricas que enunciamos en la primera parte de este artículo, y desde allí indagar en las vinculaciones entre juventud y política son un primer paso para no continuar en los juegos fractales que operan al interior de las mito- logías juveniles. Avanzar en esta dirección nos “reafirma que no sólo el movimiento estudiantil se apropia de la nombradía juvenil- y que habitualmente se presenta como paradigma del surgimiento del actor juvenil en América Latina”. (González, 2002:72).

En este mismo sentido, podemos agregar que hoy la especificidad juvenil se expresa, manifiesta y constituye visiblemente en otros secto- res sociales organizados: en los gremios, sindicatos e incluso al interior de la acción política del propio gobierno a través de la articulación de políticas sociales. Todos esos procesos co-ayudan al fortalecimiento de identidades juveniles incluso en sectores donde el tema generacional no era considerado. Si la condición juvenil se constituye y fortalece en distintos ámbitos de lo social, de qué manera podríamos aproximarnos al concepto de movimientos juveniles más aun considerando que hasta ahora los movimientos juveniles habían sido pensados casi exclusiva- mente alrededor del movimiento estudiantil, y por lo tanto no existen mayores problematizaciones alrededor de este sujeto juvenil colectivo.

En el caso chileno, será Agurto (1985) quien construya los puen- tes entre movimientos sociales y juventud, y agregue una distinción entre movimientos que impugnan el orden y movimientos que proponen

otro orden. Esta perspectiva es complementada posteriormente por Fa-

letto (1986) quien señala la importancia de las construcciones ideológi- cas o visiones de mundo (o capacidad de propuesta) en los movimientos juveniles. Es decir, se asume la existencia de un actor social joven que no sólo expresa sus puntos de vista de clase, o de género, sino que se- ría portador de particulares vivencias y específicas visiones de mundo construidas a partir de su condición generacional.

A partir de lo anterior y para aproximarnos al estudio de los movimientos juveniles, los asumimos como una articulación de gru- palidades que contienen una particular visión de la sociedad, apuestan por el cambio social, reconociéndose en conflicto y disputa por la posi- bilidad de construir un orden alternativo. Esta definición operacional de movimientos juveniles necesariamente debe ser enriquecida a partir de la discusión con los aportes realizados desde la teoría de los nuevos movimientos sociales. Porque aún cuando los actores juveniles no lo- gren constituirse en un movimiento juvenil, los jóvenes siguen estando presente en forma individual en distintos movimientos sociales, y como apunta Laraña “el análisis de las relaciones intergeneracionales aporta una dimensión esencial para entender la forma en que persiste una cul- tura de oposición a las situaciones dadas, una ideología de la resistencia o la estructura organizativa de un movimiento” (1999:145).

Ahora bien, el anclaje de edad para el análisis de los movimientos juveniles sólo constituye un esfuerzo clasificatorio que no constituye una ruptura epistemológica con el sentido común (Bourdieu, 1990). Por lo tanto, el esfuerzo será precisar en la forma en que ese dato estadístico (edad) se convierte en un proceso socio-cultural que revela particulares modos de vivir y sentirse incluido en el mundo. Sólo a partir de estos arraigos empíricos podremos construir una lectura teórica que sea per- tinente para el análisis de los movimientos juveniles (Reguillo, 2000).

Al dar cuenta de esta especificidad juvenil podremos evaluar la pertinencia de hablar o no de generación, ya sea bajo el concepto de unidad cultural (Ortega y Gasset 1955) o como unidad generacional (Mannheim, 1959). Lo central es avanzar hacia una lectura de la rea- lidad social más allá de las clasificaciones formales en tiempos histó- ricos, mediante el análisis de esas pautas culturales que se oponen a las establecidas y que progresivamente se van constituyendo en pre- condiciones para la acción colectiva. Pensamos que la actual generación de jóvenes chilenos comparte una serie de características similares que nos hacen pensar en la utilidad de esta lectura. No sólo comparten una mismo segmente etáreo, sino que también sus posibilidades de inser-

ción social en contextos de crisis lo pone en evidencia como actor social con competencias específicas pero que a la vez cuestiona la capacidad de conducción política de la generación gobernante. Es decir, podemos afirmar que existen argumentos suficientes para vincular los procesos de cambio socio-cultural con los cambios generacionales. No se trata de afirmar que son los relevos generacionales los motores del cambio social (sujeto-estructura), ni tampoco que son los cambios sociales los que predisponen la emergencia de generaciones (estructura–sujeto).

Lo que intentamos señalar es la potencia de interrogar las ac- tuales prácticas juveniles desde las tesis generacionales y desde allí analizar los cambios que enfrenta la sociedad en su conjunto. Si la generación como concepto histórico puede ser interrogada desde las especificidades de lo juvenil, la pregunta por las actuales características de los movimientos juveniles puede darnos pistas de los procesos de cambio socio-cultural de profundo alcance que estarían madurando en la escena social chilena9.

Ahora bien, ¿esto equivale a pensar que todas las acciones juveni- les comportan un posicionamiento político? En ningún caso, y tal como señala Reguillo (2003) es necesario mantener las distinciones analíti- cas entre lo que podemos denominar como culturas juveniles y aque- llo que se inscribe más bien en el campo de los movimientos sociales. Si bien esto no significa asumir una ecuación entre acciones juveniles y movimientos sociales, tampoco podemos invisibilizar los contextos económicos (neoliberales), sociopolíticos (democracias restringidas a la representación) y culturales (códigos de relaciones sociales) en que dichas prácticas culturales de los jóvenes se inscriben.

Las prácticas juveniles, sus formas culturales, sus formas de relación entre pares y con el mundo adulto e institucional, sus esti- los diferenciados, sus consumos simbólicos y materiales, la cultura juvenil en síntesis, evidencian la propia condición política de una juventud que opera (acciona) en un momento histórico de inclusio- nes políticas que busca cuadrar las contabilidades sociales de las instituciones (los jóvenes están, son atendidos), pero que no valida las nuevas formas y lógicas de relación social que desde la propia cotidianeidad hasta sus articulaciones en diversas agrupaciones (lo político) viven las personas jóvenes. Y esa doble comprensión polí- tica de las culturas juveniles es la que proponemos incorporar en nuestros análisis.

9 Esta idea está emparentada con la hipótesis del “potente silencio” de los años 90, y que se encuentra desarrollada en Salazar,G y Pinto, J; Historia contemporánea V. Niñez y Juventud. LOM Ediciones. Santiago, 2002.

5. MOVIMIENTO ESTUDIANTIL EN CHILE: DIMENSIONES