Entró en el hotel dando pasitos rápidos, con un peso en el bolsillo de la chaqueta que se bamboleaba al golpear contra su muslo. Se detuvo en el centro del vestíbulo y contempló la masacre. —¿Hace esto muy a menudo, Kovacs?
—Llevo un buen rato esperando —dije—. No estoy de buen humor. El hotel había llamado a la policía de Bay City en el momento en que la torreta entraba en acción, pero había pasado media hora antes de que la primera nave patrullera bajara en espiral desde el cielo. No me había tomado la molestia de subir a mi habitación, pues sabía que de todas formas la poli me sacaría de la cama. Al llegar decidieron que debía esperar a Ortega. Un médico de la policía me revisó rápidamente para verificar que no tuviera ninguna lesión. Me dio un aerosol para parar la hemorragia nasal, tras lo cual me senté en el vestíbulo y dejé que mi nueva funda fumara algunos de los cigarrillos de la teniente. Una hora más tarde, cuando ella llegó, aún seguía sentado allí.
—Claro —dijo—, la noche en la ciudad es agitada. Le alcancé el paquete. Lo miró como si le hubiese hecho una pregunta filosófica fundamental. Después, ignorando el parche de encendido, hurgó en sus bolsillos y sacó un encendedor enorme. Parecía como si estuviese funcionando con piloto automático, su cerebro procesaba sin registrar al equipo médico forense que estaba trayendo material suplementario. Encendió el cigarrillo y guardó el encendedor en otro bolsillo. A nuestro alrededor, el vestíbulo se había llenado de gente competente llevando a cabo su trabajo.
—¿Y? —dijo soltando el humo por encima de la cabeza—. ¿Conoce a estos tipos?
—Por favor, déme un jodido respiro. —¿Y eso qué significa?
—Significa que hace seis horas que salí del almacenaje —dije notando que el tono de mi voz sonaba más alto—. Que he hablado exactamente con tres personas desde la última vez que nos vimos. Y que nunca en mi vida había estado en la Tierra. Además, usted va lo sabe. De modo que, o me hace preguntas más inteligentes, o me voy a acostar.
—De acuerdo, no pierda la calma —dijo Ortega. De pronto el cansancio se le vino encima y se arrellanó en el sillón que estaba frente a mí—. Usted le dijo al sargento que eran profesionales.
—Sí.
formas iban a descubrirla investigando en sus archivos. —¿Lo llamaron por su nombre? Fruncí el ceño, cauteloso. —¿Por mi nombre? —Sí —dijo ella con impaciencia—. ¿Lo llamaron «Kovacs»? —Creo que no. —¿Con otro nombre? Arqueé una ceja. —¿Cómo?
El agotamiento que le había ofuscado el rostro de pronto se disipó y Ortega me lanzó una mirada dura. —Olvídelo. Consultaremos la memoria del hotel y lo sabremos. ¡Vaya! —En Harian hay que tener una autorización para hacer eso —dije lentamente. —Aquí también —dijo Ortega dejando caer la ceniza sobre la alfombra—. Pero no será un problema. Parece que no es la primera vez que el Hendrix es acusado por lesiones orgánicas. Pasó hace mucho tiempo, pero hay archivos. —¿Por qué no lo clausuraron, entonces? —He dicho acusado, no condenado. La corte rechazó la acusación. Autodefensa. Por supuesto. —Echó un vistazo a la torreta automática a cuyos pies el equipo médico forense rastreaba las emisiones—. Se había tratado de una electrocución encubierta. Nada que ver con lo de ahora.
—Sí, eso quería preguntarle. ¿Quién decidió instalar este tipo de material en un hotel?
—¿Qué se cree que soy? ¿Un motor de búsqueda? —Ortega empezaba a mirarme con una hostilidad calculadora que no me gustaba nada. De pronto se encogió de hombros—. He consultado los archivos viniendo hacia aquí. Todo fue instalado hace doscientos años, cuando las guerras de las corporaciones se volvieron sangrientas. Cuando las cosas degeneraron, muchos edificios fueron remodelados. Muchas empresas se hundieron a causa de la crisis, y después nadie pensó en ello. Por otra parte, el Hendrix obtuve por entonces el estatuto de inteligencia artificial.
—Interesante.
—Sí, según pude averiguar, las I.A.. fueron los únicos que entendieron realmente lo que estaba pasando. Muchas de ellas dieron el gran salto en ese momento. Numerosos hoteles en el bulevar son administrados por las I.A. —Me sonrió a través del humo—. Por eso nunca nadie se aloja en ellos... Es una pena, realmente. He leído que necesitan tener clientes como los humanos necesitan el sexo. Debe de ser un poco frustrante, ¿no le parece?
Uno de los mohicanos se arrimó. Ortega le lanzó una mirada como diciendo que no quería ser molestada.
—Éstas son las pruebas de ADN —dijo el mohicano antes de pasarle la copia del videofax.
Ortega las examinó: —Vaya. Estaba bien acompañado, Kovacs. —Señaló el cadáver del hombre—. La funda fue registrada la última vez bajo el nombre de Dimitri Kadmin, más conocido como «Dimi el Mellizo». Un asesino profesional de Vladivostock.
—¿Y la mujer?
Ortega y el mohicano se miraron. —¿Base de registro de Ulan Bator? —Acertó, jefe.
—Lo tenemos —dijo Ortega saltando con renovada energía—. Quitémosle las pilas y vayamos a Fell Street. Quiero que Kadmin sea almacenado antes de medianoche. —Se volvió hacia mí—. Kovacs, puede que nos haya sido muy útil.
El mohicano rebuscó en su traje y sacó un pesado puñal como si sacara un cigarrillo. Se acercaron al cadáver y se arrodillaron. Unos policías curiosos se acercaron a ver al mohicano cortar el cartílago con un chasquido húmedo. Poco después, yo también me levanté y me uní al grupo. Nadie se fijó en mí.
No era en realidad un trabajo de cirugía biotech sofisticada. El mohicano había cortado una parte para acceder a la base del cráneo, y ahora hundía el cuchillo buscando la pila cortical. Kristin Ortega sujetaba la cabeza con las dos manos.
—Ahora las incrustan mucho más adentro —explicó—. Intenta sacar la columna vertebral, es ahí donde tiene que estar.
—Estoy intentándolo —gruñó el mohicano—. Me parece que hay unos modificadores implantados. Uno de esos amortiguadores de los que nos habló Noguchi la última vez que pasó... ¡Mierda! Creía que la había encontrado. —No, espera, no es por ahí. Déjame probar. Ortega agarró el cuchillo y apoyó una rodilla contra el cráneo para inmovilizarlo. —Caramba, jefe, casi la tenía. —Vale, vale, pero no pienso pasarme toda la noche aquí... Levantó la mirada y se encontró con la mía, después acomodó la punta del puñal y con un golpe seco a la empuñadura sacó algo, dirigiéndole una sonrisa al mohicano. —¿Has oído? Hundió los dedos en la carne y extrajo la pila entre el índice y el pulgar. No era gran cosa: parecía un tubo pequeño de elevada resistencia manchado con sangre, tenía el tamaño de una colilla de cigarrillo y unos cables retorcidos salían de una de las puntas de los microenchufes hembras. Se podía entender por qué los católicos no aceptaban que aquello fuera el receptáculo del alma humana.
—Te tengo, Dimi. —Ortega sostuvo la pila bajo la luz, luego se la pasó al mohicano junto con el cuchillo. Se limpió los dedos con la ropa del cadáver—. Perfecto, saquemos la de la mujer.
Mientras mirábamos al mohicano repetir la operación con el otro cuerpo, arrimé cuanto pude mi cabeza a Ortega y le murmuré: —¿Así que también sabe quién es ésta?
Se volvió bruscamente hacia mí, a causa de la cercanía no pude ver si estaba sorprendida o disgustada.
—Sí, es Dimi el Mellizo también. Divertido, ¿no? La funda está registrada en Ulan Bator, que, para su información, es la capital del mercado negro de transferencias en Asia. Dimi es de los que no confían en nadie. Le gusta rodearse de gente de la que realmente esté seguro. Y en los círculos que Dimi frecuenta, la única Persona realmente digna de confianza es uno mismo.
—liso me resulta familiar. ¿Es tan fácil ser copiado en la Tierra? Ortega hizo una mueca.
—Cada vez más. Con la tecnología de ahora, una unidad último modelo de transferencia cabe en un cuarto de baño. Pronto cabrá en un ascensor, y en el futuro en una maleta. —Se encogió de hombros—. Es el precio del progreso.
—En Harian la única solución es presentarte a una transmisión interestelar, conseguir un seguro para todo el viaje y anular la transmisión en el último momento. Después basta con falsificar un certificado de tránsito y solicitar, por motivos de interés vital, una transferencia a partir de la copia. Algo así como «el tipo está en otro planeta y su empresa se está hundiendo». Primera transferencia del original en la estación de transmisión, y después otra más en la compañía de seguros. La primera copia sale de la estación legalmente. Ha cambiado de opinión antes de partir. A mucha gente le ocurre. La segunda copia no vuelve nunca a la compañía de seguros para el realmacenaje. Pero es muy caro. Hay que pagarle a mucha gente y emplear mucho tiempo de máquina para hacer algo así... El mohicano resbaló y se cortó el dedo con el cuchillo. Ortega puso los ojos en blanco y suspiró profundamente antes de volverse hacia mí de nuevo. —Aquí es más fácil —dijo. —¿Ah, sí? ¿Y cómo funciona? —Es... —Vaciló, como si tratara de comprender por qué estaba hablando conmigo —. ¿Para qué quiere saberlo? Le sonreí, con intención. —Por curiosidad.
—De acuerdo, Kovacs —dijo sujetando la taza de café con las dos manos—. Funciona así: un buen día el señor Dimitri Kadmin entra en una de las grandes compañías de seguros de recuperación y reenfundado. Una de esas compañías
realmente importantes, como Lloyds o Cartwright Solar.
—¿Están aquí? —Señalé las luces del puente que eran visibles a través de la ventana de mi habitación—. ¿En Bay City? El mohicano había echado a Ortega varias miradas de extrañeza cuando ella había decidido quedarse en el hotel una vez que la policía se hubo marchado del Hendrix. Ortega le había devuelto una mirada admonitoria recordándole que Kadmin tenía que ser transferido inmediatamente, tras lo cual habíamos subido. Ortega casi ni se volvió a mirar las patrulleras de la policía alejarse.
—En Hay City, en la Costa Este, quizá también en Europa —dijo Ortega bebiendo su café y haciendo una mueca de desagrado ante la doble ración de whisky que le había pedido al Hendrix—. Eso no importa. Lo importante es la compañía. Una compañía afianzada, que trabaja desde que existe la transferencia. El señor Kadmin quiere una póliza R&K, y tras una larga discusión sobre los pros y los contras, la firma. ¿Se da cuenta? Todo esto tiene que parecer verdadero. Es una estafa de altos vuelos..., salvo que aquí el dinero no es lo que cuenta.
Me apoyé contra la ventana. La suite Watchtower hacía honor a su nombre. Sus tres habitaciones daban a la ciudad y al mar que se veía a lo lejos, tanto al Norte como al Oeste. El alféizar de la ventana ocupaba casi una quinta parte del espacio y estaba cubierto con cojines de colores psicodélicos. Ortega y yo estábamos sentados uno frente a otro, a un metro de distancia. —Perfecto, ya tenemos una copia. ¿Y ahora qué? Ortega se encogió de hombros. —Un accidente fatal —respondió. —¿En Ulan Bator? —Exacto. Dimi se estrella contra un pilón a toda velocidad o cae de la ventana de un hotel. Un agente de Ulan Bator recupera la pila y por una suma considerable realiza una copia. Luego aparecen Cartwright Solar o Lloyds con su póliza de recuperación, llevan a Dimitri a su banco de clonación y lo transfieren a la funda que está esperándolo. «Muchas gracias, señor. Ha sido un placer prestarle este servicio.»
—Entretanto...
—Entretanto el agente compra una funda en el mercado negro, tal vez la de algún tipo en estado de coma de un hospital local o la de una víctima de una sobredosis no muy deteriorada que desaparece antes de que la lleven a la morgue. La policía de Ulan Bator envía un mensaje comercial. El agente borra la mente de la funda, le introduce la copia de la pila de Dimi y él sale caminando de allí como si nada. Vuelo suborbital al extremo opuesto del planeta, y vuelta al trabajo en Bay City.
—No debe cazarlos con mucha frecuencia.
—Casi nunca. Habría que detener las dos copias al mismo tiempo, muertas, como éstas, o detenidas por la ONU. Sin la ON U de por medio, está prohibido transferir
desde un cuerpo vivo. Y si siente que está perdida, la copia se hace saltar la pila cortical antes de que podamos intervenir. Ya he visto eso. —Me parece algo radical. ¿Cuál es el castigo? —El borrado. —¿El borrado? ¿Hacen eso aquí? Ortega asintió. Una sonrisa triste se le dibujó en la boca. Allí se le quedó. —Sí, lo hacemos. ¿Le asombra?
Reflexioné. En las Brigadas algunos crímenes eran castigados con el borrado, sobre todo la deserción o la desobediencia en combate, pero yo nunca había visto que se aplicara. Y en Harian el borrado había sido abolido diez años antes de que yo naciera. —Es un poco anticuado, ¿no? —¿Le preocupa lo que va a ocurrirle a Dimi? Me toqué las heridas del paladar con la punta de la lengua. Pensé en el círculo de metal frío contra mi cuello. —No. Pero ¿la pena sólo se aplica a gente como él? —Hay otros crímenes capitales, pero la mayoría son conmutados por doscientos años de almacenaje. La expresión de Ortega demostraba que eso no le parecía una gran idea.
Dejé el café y cogí un cigarrillo. Mis movimientos eran automáticos, estaba demasiado cansado para detenerlos. Ortega rechazó con un gesto el paquete que le ofrecí. Pasé el cigarrillo por el parche de encendido y la miré con los ojos entrecerrados. —¿Qué edad tiene usted, Ortega? Me miró poniéndose a la defensiva. —Treinta y cuatro. ¿Por qué? —Nunca ha sido digitalizada, ¿verdad? —Sí. Me hicieron una psicocirugía hace algunos años. Estuve internada dos días. Aparte de eso, nada. No soy una criminal, y no tengo el dinero suficiente para esos viajes. Solté la primera bocanada. —Es un poco susceptible con este tema, ¿verdad? —Se lo he dicho, no soy una criminal. —No —le dije pensando en la última vez que había visto a Virginia Vidaura—. Si lo fuera, no pensaría que doscientos años de desaparición son una pena leve. —No he dicho eso. —No tenía por qué decirlo. Interesante. Por un momento había olvidado que Ortega representaba la ley. Algo me había empujado a olvidarlo. Algo había surgido en el espacio que mediaba entre
nosotros, como una carga estática, algo que habría podido analizar si mis intuiciones de miembro de las Brigadas no hubiesen estado amortiguadas por la nueva funda. Sea como fuere, acababa de desaparecer. Me encogí de hombros y di una calada más larga al cigarrillo. Necesitaba dormir. —Emplear a Kadmin es caro, ¿no es cierto? Debe de costar una fortuna. —Unos veinte mil por cada misión. —Entonces Bancroft no se suicidó. Ortega arqueó una ceja. —Trabaja muy rápido para ser alguien que acaba de llegar. —Oh, vamos —le dije echándole una bocanada en la cara—. Si era un suicidio, ¿quién diablos pagó los veinte mil para liquidarme? —Usted es una persona muy querida, ¿no es cierto? Me incliné hacia delante.
—No, soy una persona nada querida en muchos lugares, pero ninguno de mis enemigos tiene los contactos ni el dinero para contratar ese tipo de mercenarios. No tengo la clase suficiente como para tener enemigos de ese nivel. El que ha pagado para que Kadmin me pisara los talones sabe que estoy trabajando para Bancroft.
Ortega sonrió.
—¿No había dicho que no lo llamaron por su nombre?
«Estás cansado, Takeshi.» Casi podía ver a Virginia Vidaura apuntándome con el dedo. «Las Brigadas de Choque no se dejan engatusar por un oficial de la policía local.» Continué como pude. —Ellos sabían quién era yo. Vamos, Ortega, la gente como Kadmin no frecuenta hoteles para agredir a los turistas. Dejó que mi exasperación se diluyera en el silencio antes de responderme. —Puede que a Bancroft le disparasen. ¿Y con eso qué? —Pues tendrá que reabrir el caso. —Usted no escucha cuando le hablan, Kovacs. —Me dirigió una sonrisa capaz de detener a una banda de hombres armados—. El caso está cerrado. Volví a apoyarme contra la pared y la miré a través del humo del cigarrillo. —¿Sabe una cosa? Cuando su equipo de limpieza llegó hace un rato, uno de ellos me mostró detenidamente su credencial para que la viera. Abierta toda ella, entera. El águila y el escudo. Y la leyenda alrededor. —Di otra calada al cigarrillo antes de hundir las banderillas—. «¿Proteger y servir?» Creo que cuando usted fue nombrada teniente en realidad ya no creía en esas cosas.
Diana. Un músculo le palpitó debajo del ojo y sus mejillas se encogieron como si estuviese chupando algo amargo. Ale miró y por un momento pensé que me había pasado. Luego sus hombros se desplomaron y suspiró.
—Siga. ¿Qué sabe usted después de todo? Bancroft no es alguien como usted o como yo. Es un maldito mat.
—¿Un mat?
—Sí, un mat. ¿Se acuerda? «Y todos los días de Matusalén eran novecientos sesenta y nueve años.» Quiero decir que es viejo. Muy viejo.
—¿Eso es un crimen, teniente?
—Debería serlo —dijo Ortega con gravedad—. Si usted vive tanto tiempo, empezarán a pasarle cosas. Está demasiado impregnado de sí mismo. Al final se cree uno que es Dios. De pronto la gente menor, de treinta o cuarenta años, ya no son nada. Se ha visto nacer y morir muchas civilizaciones, y uno comienza a sentir que eso no va con él, y ya nada le importa realmente. Y tal vez empieza a aplastar a esa gente menor como si fueran flores bajo sus pies. La miré seriamente. —¿Ha hecho Bancroft algo así? —No estoy hablando de Bancroft —dijo descartando la objeción con impaciencia —. Estoy hablando de su especie. Son como las I.A., una raza aparte. No son humanos, se relacionan con la humanidad del mismo modo que usted y yo nos relacionamos con el mundo de los insectos. Pues bien, al relacionarse con la policía de Bay City, este tipo de actitud a veces puede ser contraproducente.
Pensé fugazmente en los excesos de Reileen Kawahara, y me pregunté hasta qué punto Ortega se equivocaba. En Harian la mayoría de la gente podía permitirse un reenfundado, pero finalmente, si uno no era muy rico, tenía que terminar su vida, y la vejez, aun con un tratamiento antisen, era difícil de soportar. La segunda vez todavía era peor porque uno ya sabía a qué atenerse. No todos tenían el aguante suficiente para hacerlo más de dos veces. Mucha gente, después de eso, recurría al almacenaje voluntario, con algunos reenfundados temporales por motivos familiares. Pero la