Todos los gobernadores del reino, magistrados, sátrapas, príncipes y capitanes han acordado por consejo que promulgues un edicto real y lo confirmes, que cualquiera que en el espacio de treinta días demande petición de cualquier dios u hombre fuera de ti, oh, rey, sea echado en el foso de los leones... Firmó, pues, el rey Darío el edicto y la prohibición... Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes. Daniel 6:7,9
y 10
Daniel, desobedeciendo abiertamente a una legítima autoridad.
¿En dónde pueden esconderse pastores orgullosos, egocéntricos y deseosos de manipular? ¿En dónde puede refugiarse un liderazgo para inculcar las más extrañas aberraciones teológicas? ¿En dónde pueden esconderse decenas de ministros mentirosos, fraudulentos y aun delincuentes sexuales? La respuesta es una: en el autoritarismo. Cuando alguien no puede ejercer su ministerio, basado en la verdad, en el servicio amoroso y en la honestidad, necesita recurrir al uso de la manipulación y a un sistema de gobierno autoritario para imponerse sobre las conciencias de las personas y poderlas controlar.
¡Cuánta gente ha sufrido abusos, manipulaciones y maldades de todo tipo por parte de pastores opresivos! ¡Cuántas personas han estado bajo organizaciones religiosas autoritarias viendo manipulaciones, charlatanería y toda clase de mentiras y se han quedado calladas por el miedo! ¡A cuántos conocemos que se dicen cristianos y toman como máxima autoridad en su vida a un hombre de carne y hueso que delinque peor que un criminal de carrera y no a Dios! ¡Cuántos grupos cristianos hoy en día tienen que recurrir a la mentira y a infundir miedo para poder mantener su influencia sobre las multitudes!
AUTORIDAD O AUTORITARISMO: LA DIFERENCIA
La gran clave para entender la diferencia entre estar bajo autoridad o estar bajo un liderazgo autoritario está en el Nuevo Testamento. Dios no dejó hombres, ni concilios, ni falibles religiones como depositarios de la verdad. Él dejó las enseñanzas de Jesucristo y de sus apóstoles inspirados. Éstas son la máxima autoridad en cuestión de fe y conducta. Esto se comprueba en varios pasajes del Nuevo Testamento: Dios, habiendo hablado
muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo. Hebreos 1:1-2
...las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Juan 6:63
Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones. 2 Pedro 1:19
Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. 2 Timoteo 3:16 y 17
Es tan notorio que la Biblia es la máxima autoridad para los cristianos, que Pablo al despedirse para siempre de sus ovejas en Efeso, dijo en Hechos 20:32:
Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados.
En Romanos 1:1 el mismo apóstol dice: Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser
¿Quién era mayor? ¿Pablo o el Evangelio? ¿El mensajero o el mensaje? El mensaje era la causa de que él hubiera sido escogido. Hagamos una analogía con la Constitución de nuestro país. ¿Quién es mayor, el magistrado que está para interpretar y actuar de acuerdo a los preceptos de ésta, o la Constitución misma que lo autoriza a ejercer sus funciones y aun las regula?
La máxima autoridad en cuestiones espirituales y éticas para los cristianos es el Nuevo Testamento y estamos obligados moralmente a seguir cualquier enseñanza que esté claramente plasmada en él, pues es la expresión de la voluntad Divina para nosotros. Si un determinado líder se separa de las enseñanzas del texto sacro, su autoridad ministerial se termina. Si algún pastor nos pide algo contrario, no puede ser obedecido, y si cualquier ministro se niega a ser cuestionado con base en las enseñanzas de Jesús, no es digno de crédito.
Estar bajo autoridad, correctamente entendido y cristianamente hablando, es sujetarnos a las enseñanzas de Jesucristo, a través de un liderazgo que enseña y vive de acuerdo a ellas. Estar bajo autoritarismo o tiranía religiosa, es obedecer a un líder que nos pide cosas contrarias a la Palabra de Dios.
EL NUEVO TESTAMENTO ES LA MÁXIMA AUTORIDAD PARA LOS CRISTIANOS
A pesar de lo que muchos pastores y autonombrados profetas modernos quieren hacernos creer, ni siquiera los apóstoles del pasado como Pedro o Juan pretendían tener mayor autoridad que las Sagradas Escrituras.
Ellos tenían las enseñanzas de Jesús por encima de ellos y no se molestaban ni llamaban rebeldes a aquellos que cuestionaban su conducta o les mostraban un error doctrinal. Leamos el siguiente ejemplo narrado por el apóstol Pablo:
Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos. Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar? Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie se ha justificado. Gálatas 2:11-16.
Aquí podemos aprender fácilmente la enseñanza correcta de la verdadera sujeción a la autoridad en el Nuevo Testamento. Esto fue lo que sucedió:
Uno. Pablo reprendió públicamente al gran apóstol Pedro por no andar conforme a la
verdad que dejó Jesús. El Nuevo Testamento nunca dice que estuvo en rebeldía por confrontarlo.
Dos. Pedro había andado personalmente con Jesús y era un líder reconocido en la Iglesia
de Jerusalén con mucha autoridad, y aun con todo eso fue reprendido.
Tres. Pablo lo confrontó públicamente. Ni siquiera esperó a estar a solas con él, pues su
conducta hipócrita era considerada grave.
Cuatro. Pedro llevaba más años en el ministerio que Pablo.
Cinco. Pablo no utilizó de palabras lisonjeras o aduladoras; fue claro y franco al hablar
con Pedro.
Seis. Aparte de reprender a Pedro, Pablo implicó también a otro conocido ministro,
Bernabé, quien había caído en el mismo error. Bernabé había sido como el padre espiritual de Pablo y le presidió durante algún tiempo en el ministerio [Hechos 9:26-27].
Siete. Pablo aparte de señalar el error doctrinal de ambos, denuncia por nombre el
problema de conducta, en este caso, la hipocresía [Gálatas 1:13].
Ocho. Y luego de todo esto, el asunto lo está sacando a la luz en una carta a los Gálatas,
delante de toda la Iglesia, pues era un ejemplo que los iba a advertir contra el mismo error.
El Nuevo Testamento nos da suficientes evidencias de que Pedro reconoció su error y se sometió a las Escrituras. ¿Quién era la máxima autoridad aun entre aquellos que vieron personalmente a Jesús? La Sagrada Escritura.
Este pasaje nos demuestra que en los inicios del cristianismo no había líderes autoritarios que se ofendían cuando se les cuestionaba. Tampoco proliferaban los ministros delicados que exigían que se les hablara con palabras ceremoniosas y suaves por temor a ofender su ego. Las pláticas eran francas y directas y había libertad para poner las cosas en claro. La verdad escritural era la máxima autoridad, y todos, incluidos los apóstoles, se regían por ella.
Tengamos cuidado con aquellos que no se guían por esta regla, pues de hecho, desde el punto de vista teológico, un signo clásico de que una organización se ha convertido en una secta es cuando en la práctica, los líderes son considerados una autoridad mayor que la Biblia. Esto lo explica muy bien un conocido profesor universitario en su libro Estudio
sobre las Sectas:
“Una señal segura de que estamos en presencia de una secta, es que su autoridad máxima en asuntos espirituales descansa en algo distinto de las Sagradas Escrituras”.59
EL DERECHO A CUESTIONAR A NUESTROS LÍDERES
Si como ya hemos visto, un legítimo apóstol que caminó y vivió con Jesús como Pedro, fue abiertamente cuestionado y hasta reprendido por no ceñirse a la verdad, cuánto más debemos nosotros cuestionar a cualquier líder, pastor o maestro que se desvíe de las enseñanzas bíblicas o que incurra en transgresiones éticas o delitos. Debemos cuestionarlo aunque con esto nos llamen “rebeldes” o cualquier ocurrencia similar.
Nuestra obligación es y será siempre, cuestionar y confrontar y denunciar a cualquier persona que diciéndose cristiana pretenda enseñar cosas que no están realmente basadas en las enseñanzas de Cristo, y las manipule para sacar provecho económico o sexual de las personas.
Alguien tal vez dirá que Pablo era un ministro y Pedro un ministro y que sólo un ministro puede cuestionar a otro. Pero eso es falso. No sólo los ministros pueden corregir o confrontar a otros ministros. También los creyentes tienen derecho a hacerlo, pues Dios no hace acepción de personas.
Cuando Pablo, el apóstol que hacía grandes milagros y había tenido visiones del tercer cielo, fue a predicar a una ciudad llamada Berea, sus oyentes 59 revisaron cuidadosamente las Escrituras para ver si era cierto lo que Pablo decía:
Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Hechos 17:10-11.
Aquí tenemos un grupo de gente que, aunque estaba ante un predicador famoso, quería asegurarse que en nada contradijera al libro divino.
El Nuevo Testamento mismo nos dice que ésta era una actitud correcta, pues los llama
nobles por eso; no rebeldes ni escépticos, como los grupos religiosos autoritarios
pretenden hacerlo con cada persona que después de oírlos, va y revisa su Biblia para
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verificar si es cierto lo que enseñan, y luego los cuestionan. De hecho, no sólo tenemos derecho a cuestionar las enseñanzas de un ministro; Las Escrituras enseñan que podemos y debemos cuestionar su manera de vivir.
Jesús mismo dejó una instrucción que dice que a cualquier persona que diga enseñar de parte de Dios y tenga una apariencia exterior correcta, lo debemos conocer por sus frutos. Esto ciertamente implica evaluar sus acciones.
Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Mateo 7:15 y 16
Pero no sólo el Nuevo Testamento enseña esto. El derecho a cuestionar la doctrina y la vida de aquellos que dicen ser líderes espirituales ha sido siempre reconocido en la historia cristiana:
“...Los congregantes tienen todo el derecho de examinar cuidadosamente a sus líderes espirituales. Tienen el derecho de cuestionar profundamente a aquellos que pretenden ser sus pastores. Necesitan saber si aquellos que ocupan el púlpito son hombres y mujeres de verdad o si son falsos. Muchos, muchos cristianos son demasiado fáciles de engañar. Aceptan casi cualquier enseñanza mientras todo parezca correcto por encima. Demasiado pocos estudian la Palabra de Dios lo suficiente para saber la diferencia entre la verdad y el engaño. ¡No es de extrañar que caigan presa de impostores!”60
Juan Wesley, uno de los teólogos de Oxford más renombrados de la historia cristiana tenía una regla para determinar si un líder cristiano era realmente genuino. Primero revisaba si vivía una vida recta y piadosa. Después lo cuestionaba para ver si tenía un buen entendimiento de las principales doctrinas cristianas. En tercer lugar, buscaban si algunas de las personas que lo escuchaban habían recibido la gracia de la salvación. No se trataba de ver si sus oyentes lloraban en un mensaje o si cambiaban algunas ideas o costumbres. Era necesario ver que sucedieran conversiones profundas en ellos.
Wesley y sus colaboradores revisaban personalmente y con mucho cuidado las supuestas conversiones que había bajo tal o cual ministro. Si todos los puntos anteriores se cumplían, entonces confiaban en que el ministro tenía una genuina vocación y era alguien espiritual.61 Los criterios de Wesley para evaluar a un ministro exigían, no solo ortodoxía sino un alto grado de congruencia entre principios y praxis. En especial, exigían ver beneficios concretos en la vida espiritual de los creyentes, no en los bolsillos o fama personal del ministro.
Los dos ejemplos anteriores nos confirman, sin lugar a dudas, que los cristianos tenemos
el derecho a cuestionar a nuestros líderes espirituales.
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P. Keller, Predators in our pulpits, Eugene, Oregon: Harvest House Publishers, 1988; p. 59.
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