Sentadas las premisas sobre las cuales se asienta la producción de fuentes, y dado que, como quedó indicado, el estudio de las antigüedades solo es comprensible a partir de las condiciones en las cuales los agentes producen sus discursos, queda ahora por caracterizar, aunque sea de manera aproximativa, el análisis de otras instituciones dedicadas a la producción de fuentes.
Por razones didácticas seguiremos un esquema de tipo cronológico, a sabiendas de que la actividad realizada por la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres no es una continuación propiamente dicha de los benedictinos pero sí una contribución importante a la defensa de la
monarquía por medio del análisis diplomático de las fuentes.
La historia de la Académie des Inscriptions... es clara al respecto. Fundada en 1663 bajo el mandato de Colbert recibe por cometido la tarea de glorificar el reino a través del análisis y el diseño de las inscripciones reales, bien fuese en forma de monedas y medallas o bien a través de la confección de monumentos, tapices u otras ornamentaciones artísticas y arquitectónicas47.
El objetivo era siempre el mismo: mantener y exaltar la gloria de la monarquía borbónica, especialmente de su valedor más conocido, Luis XIV. Para ello se precisaba de un grupo de per- sonas que tuvieran a su cargo la organización y el desarrollo de las actividades, tarea para la cual fueron encomendados J. Chapelain o L. Douvrier, entre otros, y a la cual, fueron sumándose eru- ditos (Racine, Perrault) de diversas orientaciones, todos ellos procedentes de las letras pero sin una perspectiva de trabajo estrictamente historiográfica.
gregación. También resulta importante los tratados metodológicos elaborados por algunos monjes, tales como la obra De re diplomatica de Mabillon o L’art de vérifier les dates des faites historiques de Clémencet.
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El caso más emblemático lo constituye su papel como comisión para velar por la coherencia del decorado interior del palacio de Versalles, especialmente de la Galería de los Espejos y el salón de la Guerra. Más informa- ción en Fumaroli (2006: 2074).
El cambio de rumbo se produce el 16 de Julio de 1701, fecha ésta en la que se aprueban los nuevos reglamentos y se protocoliza la organización interna (obligaciones de asiduidad, recluta- miento, entrega de trabajos, etc.) de la misma48, ampliándose así las líneas de trabajo desarrolla- das hasta el momento. En efecto, con la reglamentación interna redactada por Jean-Paul Bignon, sobrino de Pontchartrain, la institución humanista plantea un cambio de perspectiva importante: con ella la 'Petite Académie' deja de ser una academia subsidiaria49, centrada en la confección y el análisis de emblemas, y pasa a convertirse en un centro de producción archivística, digno de los talleres y la dinámica de trabajo realizada por los benedictinos.
Esto nos conduce a una consideración importante, al menos desde el punto de vista expositi- vo. La historia y la actividad interna de la ‘Académie…’ ha contribuido a la historia de Francia de muy diversas maneras, pero sobre todo, a través de la preparación y la publicación de fuentes. Semejante actividad compiladora ofrece la medida del juego político del momento, al revelar que la producción y la publicación de fuentes (en este caso, la promulgación y compilación de orde- nanzas reales50) desempeña un papel activo en provecho de la monarquía y de su política de re- forma jurídica.
Más tarde analizaremos esta pista a partir de los trabajos realizados por la ‘Académie…’; por el momento, basta con introducir unas breves pinceladas referentes al contexto y la política de mecenazgo cultural en la cual se inserta la Academia. Hablaremos de hablar de J. B. Colbert y de su papel en la promoción directa de las artes y la cultura a través de la creación de academias y sociedades eruditas controladas por la monarquía.
1.2.1. - El colbertismo cultural o la circulación de bienes culturales al servicio de la monarquía.
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La medida en cuestión se refiere al Règlement ordonné par le Roi pour l’Académie royale des Inscriptions et médailles, Versailles, 16 juillet 1701. Tanto ésta como otras ordenanzas relativas a la organización de las acade- mias, pueden consultarse en Auroc (1889).
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Decimos ‘subsidiaria’ porque en su origen no fue más que un consejo informal procedente de la ‘Acadé- mie Française’. Un consejo, por lo demás, cuya organización interna no sobrepasaba la decena de personas, las cuales se reunían dos veces por semana para confeccionar los emblemas y leyendas del imnobiliario monárquico. Este pequeño consejo será conocido como la ‘petite Académie’, a diferencia de otras instituciones como la ‘Acadé- mie Française’ o la ‘Académie royale des sciences’, objeto de grandeza y promoción por parte de la monarquía. Véase Leclant (1996: 631).
Para comprender el establecimiento y el desarrollo de la Académie des Inscriptions et Belles-
Lettres es necesario tener en cuenta la política de control y mecenazgo cultural realizada por la
monarquía. Esta política encuentra sus primeros ecos en el gobierno dirigido por el cardenal Ri- chelieu, aunque bien es cierto que la fisonomía y el desarrollo de un programa definido han de buscarse con la llegada de Colbert y las sucesivas administraciones de Louvois y Pontchartrain. Es ahí cuando el mundo de la cultura entra en el campo de la gestión política, haciendo que la circulación y los mecanismos que rigen su producción queden supeditados al control y las coac- ciones de la institución monárquica.
A esta política, continuada y perfilada por las sucesivas administraciones, la llamamos ‘col- bertismo cultural’ (Minois, 1995), en un intento de mostrar el carácter altamente intervencionista que la institución monárquica mantuvo en el terreno de las artes y la cultura.
Así es, al igual que su variante económica, el colbertismo cultural trata el mundo de las artes con un interés exacerbado, e incluso como un asunto capital, como atestigua el apoyo y la finan- ciación directa a las élites (aristocráticas) intelectuales del reino. Lo que sucede es que esta in- tervención, además de ser clara y concisa en lo que se refiere a la censura, plantea un modelo de intervención política basado en criterios no meramente redistributivos.
Dicho de otro modo, el colbertismo cultural no trata de modernizar y repartir equitativamente el saber; su objetivo no es extender la cultura al mundo de las clases populares51; al contrario, de lo que se trata es de incentivar los bienes culturales a fin de que su circulación asegure la figura del monarca y la continuidad de su derecho.
Dos son las características que podrían definir esta política cultural: de un lado, el sistema de censura y de control editorial (1) instaurado desde la época de Richelieu, y de otro, la promoción de un sistema de mecenazgo (2) orientado a unificar las instituciones encargadas de la produc- ción del saber, fruto de lo cual surgirán las diversas academias que caracterizan el panorama intelectual de los siglos XVII y XVIII en Francia.
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Uno de los trabajos más relevantes desarrollados por la ‘Académie…’ fue ‘Le Recueil des ordonnances des rois de France’. Más adelante hablaremos en detalle de esta empresa.
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Sirva como documento histórico las palabras de Richelieu sobre la educación y la inviabilidad de que sea extensible al pueblo. En palabras de Richelieu: “Comme la Connoiffance des Lettres, eft tout à fait nécéffaire en une République, il eft certain qu’elles ne doivent pas être indifféremment enfeignées à tout leMonde. Ainfi qu’un Corps qui auroit des yeux en toutes les parties, feroit monftrueux; de même un État le feroit-il, fi tous fes Sujets étoient Scavants; On verroit auffi peu d’obéïffance, que l’orgueil & la prefomption y feroient ordinaires” (Richelieu, 1965: 139-140).
Ambas características conforman los pilares básicos sobre los cuales se asienta la política cultural de la monarquía.
1/ Así, en lo que se refiere al primer aspecto, hemos de advertir un precedente claro en la figura de Richelieu y su política de acción propagandística, bien fuese por medio de panfletos52 e historiadores53 o bien a través de periódicos (la Gazette) e instituciones (AcadémieFrançaise) centradas en la censura o la restricción editorial54.
Ahora bien, en Colbert este patronazgo adquiere un carácter sistemático: no solo se trata de comparecer como guardian oficial de las letras sino que todo esto adquiere un aspecto de pro- grama. Es decir, se amplifica y se diversifica hasta tal punto que podemos augurar una política cultural encaminada a establecer un ‘gobierno de la opinión’.
Uno de los modos más claros de ponerlo en práctica fue a través del uso y la administración de la censura. El funcionamiento era bastante simple: se trataba de regular la producción cultural limitando el privilegio para imprimir publicaciones, o lo que es igual, reduciendo el número de talleres y de libreros55. Para lo cual el consejero, o sea el propio Colbert, se rodeaba de un con- junto de censores encargados de leer los manuscritos y redactar un informe que sirviese de base para el acuerdo o el rechazo de publicación (Le Brun, 1975: 201).
Ese sistema, que será constante a lo largo de las sucesivas administraciones, encontrará su apogeo y su fase de máximo desarrollo en la figura de J. P. Bignon, sobrino de Pontchartrain y detentador por aquel entonces (1699-1714) de diversos honores relacionados con las Academias
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De la enorme masa de panfletos inspirada (no redactados) por Richelieu durante la década de 1620 cabe recordar el Catholique d’Etat, de Jeremías Ferrier, y las Questions décidées, de Bessian Arroy. En ambos escritos se plasma un testimonio de adhesión política antiespañola promulgada por Richelieu.
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El caso más conocido es el del historador Scipion Dupleix. Este último compuso, a la demanda del carde- nal, diversas historias sobre los reinos de Enrique III, Enrique IV y Luis XIII. Para ello Richelieu le aprovisionaba de diversas memorias, notas e informaciones que le permitían tratar de manera abundante y según la manera desea- da los hitos de la crónica política. Más información en Bercé (1987: 101).
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Sobre las restricciones editoriales véase el edicto del 10 de Julio de 1624. Más información en Knecht (2009: 214).
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Entre 1666 y 1667 los talleres de impresión se vieron reducidos de manera considerable. Asimismo se in- trodujo un numerus clausus para el acceso a la edición y otras medidas destinadas a reforzar el control y la gestión de la impresión francesa. Véase Le Brun (1975: 201).
reales y la Biblioteca del Rey56, lo cual le aseguraba una posición inmejorable para el conoci- miento y el control de la impresión y reimpresión francesa57.
Ahora bien, este tipo de censura perseguía una serie de objetivos claros y definidos, lo cual le otorgaba un marco de actividad que hacía posible el desarrollo de otros espacios ajenos a las injerencias (o al menos, a una injerencia tan intensa) de la maquinaria de censura, tales como la literatura popular (también llamada Bibliothèque Bleue), las predicciones astrológicas, los ro- mances o los almanaques que circulaban durante el Antiguo Régimen (Minois, 1995: 144).
En efecto, la censura llevada a cabo por la institución monárquica no se aplicaba a todas las producciones culturales por igual. En lo que se refiere a la cultura popular la monarquía se carac- terizó por plantear una forma de tolerancia tácita, e incluso casi de dejadez: en el fondo, se en- tendía que toda esa forma de literatura popular no planteaba ningún riesgo contra el orden esta- blecido, si acaso una forma de superstición trasnochada pero nunca el desarrollo de una amenaza deliberadamente subversiva.
No ocurría lo mismo sin embargo con las formas de expresión de las élites58 y la literatura protestante. En esas ocasiones la censura se ensañaba directamente, si bien es cierto que en el caso del protestantismo la iglesia galicana demandaba incluso mayor censura que la que ponía en práctica la propia institución monárquica (Ibíd: 152).
Sea como fuere, el hecho es que la censura no constituye un aspecto accidental de la práctica política: el control y la regulación de las publicaciones constituía una de las preocupaciones bá- sicas del poder en el siglo XVIII, tal y como atestigua el conjunto de medidas (censo de libreros e impresores en provincia, la fijación del número de talleres autorizados por ciudad, permisos
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Entre sus diversos honores, merece la pena destacar su papel como maestro de la Librería (antecedente de la BNF) y Bibliotecario del Rey (1718), cargos que heredó por vía hereditaria a través de su padre y de su abuelo. Pero también fue miembro de la Académie Française, presidente de la Académie des Sciences, miembro y secretario de la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres y co-director del Journal des Savants, entre otras cosas.
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En ese sentido, cabe recordar el conjunto de investigaciones (enquête) decretadas por el propio J. P. Big- non en 1701 para localizar los talleres de impresión provinciales, a fin de censar el número e imponer así un control directo sobre los permisos de impresión y reimpresión. Más información en Minois (1995: 138-139).
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De tales expresiones merece la pena destacar un género de crítica orientado a la denuncia de la miseria po- pular y los desmanes fiscales llevados a cabo durante el reinado de Luis XIV. El caso más célebre es el de Pierre Le Pesant de Boisguilbert, quien amparándose en su puesto de intendiente originario de la nobleza, sugiere reformas al controlador general (Pontchartrain) para mejorar la situación económica y social del reino. Su obra más conocida, Détail de la France, fue impresa de manera anónima en Rouen con el objetivo de plantear una crítica de las políti- cas fiscales desarrolladas por las políticas y las guerras de Luis XIV. Más información en Minois (1995: 161).
expedidos por el consejo de censores, etc.) puestas en práctica por J. P. Bignon en la cancillería y la librería del rey (1699-17014)59.
2/ De modo paralelo a la censura se sitúa el otro pilar básico de la política cultural colbertis- ta. Esta dimensión, quizá más relevante para nuestro objeto de estudio, está basada en la promo- ción de un sistema de reclutamiento intelectual que tiene por objeto la glorificación del rey60, pero cuyos efectos a medio y largo plazo, repercuten también en la manera de organizar la co- municación y la circulación de la cultura.
Dicho de otro modo, el colbertismo cultural desempeña a la vez un papel político y científi- co: por un lado, promueve la figura del Rey apelando a la gloria y la legitimidad de su derecho, y por otro, nos plantea un conjunto de medidas orientadas a generar el marco y las condiciones comunicacionales en las que va a incentivarse y circular los bienes culturales.
Con todo se trata de una política ambiciosa, cuyos réditos en términos políticos no deberían medirse solamente de acuerdo a la gloria de una persona o una institución concreta sino en fun- ción de la integración cultural que entabla en el momento de ponerse en práctica. Así, al sentar las bases de una comunicación integrada, la política cultural tiende a sustituir el viejo atomismo de los eruditos del siglo XVI por unas condiciones institucionales y comunicacionales diferentes. Es decir, se pasa de un contexto fragmentado y profuso de bienes culturales a otro en el que la producción y la circulación de bienes presupone la acción y los códigos comunicacionales im- puestos por la monarquía, lo que plantea una centralización progresiva de las instituciones erudi- tas y una adecuación creciente de su ámbito de producción a las exigencias y los códigos (estilís- ticos, literarios, etc.) impuestos por la monarquía.
En el caso que ahora nos toca esa estatalización se manifiesta a través del mecenazgo y el
academismo. Este último representa una expresión manifiesta de la política unificadora de Col-
bert. Es más, constituye su máxima expresión, al menos en lo que se refiere al ámbito de las ideas, los discursos y la producción de bienes culturales. El academismo no hace sino poner en práctica un tipo de políticas orientadas a crear un mercado cultural unificado y dominado por el código oficial. Con ello se responde a una aspiración política determinada, a la vez conservadora e innovadora: dos funciones sin embargo cuya máxima eficacia es haber contribuido a generar
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Los datos cuantitativos referidos a la censura de libros ‘religiosos’ en el período de J. P. Bignon puede verse en Le Brun (1975: 203).
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A partir de la llegada de Colbert la lista de pensiones y gratificaciones económicas destinadas a hombres de letras y eruditos se vio aumentada. Véase los datos cuantitativos en Minois (1995: 169).
una mentalidad erudita acorde con las necesidades de unificación cognitiva y simbólica que re- quiere la nueva forma de comunidad política de la época.
En otras palabras, el academismo constituye un fenómeno centralizador; por su vigilancia y su carácter concertado, se integra a la perfección dentro del gran proceso de unificación cogniti- va y comunicacional que acompaña la centralización política (militar, fiscal, jurídica) desarrolla- da por la institución monárquica61. Su objetivo no es (o no es solo) la glorificación exclusiva del rey (elemento conservador), sino la integración de las sociedades intelectuales (y por extensión, de las mentalidades propias de las élites provinciales62) en el circuito que poco a poco va enta- blando el poder en su proceso de acumulación política y simbólica.
Ahora bien, ¿cuáles fueron esas academias reales? ¿A qué dominios específicos de trabajo se limitaron sus actividades?
La primera experiencia data del siglo XVI, aunque bien es cierto que su existencia apenas repercute en la cultura erudita de la época. Nos referimos a la Académie de poesie et musique, una institución cuya actividad se cierne sobre la ortografía y la prosodia. Su existencia apenas sobrepasa la quincena de años (1570), siempre bajo el reinado de los últimos Valois.
Un poco más tarde, bajo la égida de la monarquía borbónica, surge la Académie française, una sociedad de letras protegida por la autoridad monárquica y el control férreo del propio Ri- chelieu. Su aparición legal se remonta a enero de 1635, fecha en la que el propio Luis XIII esta- blece la carta patente en la que se instituyen los estatutos y reglamentos internos de la institu- ción63. Es ahí donde se establece su tarea, una tarea que es a la vez cultural y política, en tanto que su actividad aparentemente cultural, esto es, la formalización y la depuración lingüística del francés64, se enmarca en un proceso más amplio de unificación y homogeneización del territorio,
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Por ‘proceso de unificación cognitiva’ entendemos ese conjunto de medidas políticas orientadas a la crea- ción de un mercado cultural unificado, esto es, un mercado en donde se ha producido la unificación de los códigos jurídicos y lingüísticos, la estandarización de las formas de comunicación burocrática (a través de formularios, im- presos, etc.) o la homogeneización de los sistemas de clasificación social (sexo, edad, etc.). Todo este conjunto de operaciones, desarrollado en la historia a lo largo de cientos de años, ha generado lo que habitualmente llamamos de manera un tanto ingenua la ‘identidad nacional’. Para una visión sucinta de este proceso de unificación cognitiva, véase Bourdieu (1993: 49-63).
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Para una visión precisa de las academias como mecanismos de integración cultural de las élites provincia- les, véase Roche (1978).
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En realidad las cartas constan de una introducción y cincuenta artículos sobre la reglamentación interna de la institución. Véase ‘Lettre patentes pour l’établissement de l’Académie Françoise, Paris, janvier 1635, registrées au Parlement le 10 juillet1637’, en Auroc (1889: XXI-L).
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Sobre la tarea general de la Academia, véase el artículo XXIV. Dice así: “La principale fonction de l’Académie sera de travailler avec tout le soin et toute la diligence possibles à donner des règles certaines à notre