This page intentionally left blank
I TINERARIO DE LA CRISIS DE LOS DISCURSOS ESTRATÉGICOS DE LA U NIDAD P OPULAR
1. L AS COMPLEJAS RELACIONES ENTRE PRÁCTICA Y TEORÍA
1.1 El “deber ser” del proceso y su apariencia
Usando los esquemas de clasificación en uso la Unidad Popular no podía ser considera- da una revolución socialista en estricto sentido, sino un camino de transición hacia ella. La razón era que se desarrollaba desde el Estado, buscando acumular fuerzas en su interior, y no era precedida por la destrucción del Estado burgués, la condición en la que Marx insiste desde el análisis de la experiencia fracasada de la Comuna de París. A partir de esa reflexión histórica marxiana, Lenin elabora lo que se puede denominar la teoría bolchevique de la revolución. Sus componentes diferenciadores son la preexistencia del dispositivo de saber (teoría que hace del proletariado el sujeto histórico, definición de la conciencia de clase, teoría de la revolución) cuyo depositario es el partido de vanguardia, y la antelación de la destrucción del Estado burgués. En sentido estricto la Unidad Popular buscaba realizar transformaciones profundas en la esfera de la producción, modificando la propiedad, “sin tomar el poder”, sin una revolución política, negando pero también superando en la práctica a la teoría bolchevique. La superaba porque no se limitaba a políticas redistributivas sino avanzaba más allá. Era entonces una pre-revolución.
Pero la mayoría de los sujetos sociales (partidos, organizaciones, comités, personalida- des o ciudadanos) vivieron la experiencia de la Unidad Popular como si fuera una revolución socialista que, aunque se ejecutaba desde dentro del Estado o desde arriba, iba a tener en la lucha política todos los efectos polarizadores de una revolución socialista a secas. Desde un lado y también del otro se sintieron (de manera constante o momentánea) formando parte de una lucha entre enemigos cuya meta era la aniquilación, aunque el escenario y el paisaje social fuese muy diferente al de una insurrección, de una guerrilla o de una guerra popular, e incluso el liberalismo político otorgado por los gobernantes a sus contrarios alcanzara niveles muy altos.
La Unidad Popular no pretendía ser una revolución directamente socialista sino más bien buscaba realizar transformaciones sin tomar el poder total, pero teniendo como perspectiva el
avance hacia el socialismo a través de la acumulación de fuerzas en el Estado73. Pero desde
sus comienzos se enfrenta, en ocasiones de un modo planificado o en otras como efecto de incidentes de la lucha política, a la propiedad burguesa monopólica, a la propiedad burgue- sa en general (apropiaciones de empresas pequeñas y medianas por actos ajenos a la planeación política central o a la decisión de orgánicas partidarias de la coalición), y tam- bién a la propiedad agraria. Aunque no se estuviera realizando el socialismo sino solo preparando sus condiciones y no hubiese aplicación de violencia, el proceso tenía los efec- tos subjetivos de una revolución, puesto que modificaba de facto un punto central de todo estado de derecho: el estatuto de la propiedad74.
Esta colisión temprana con lo medular del capitalismo que es el dispositivo de la produc- ción burguesa, cuya configuración normativa es el derecho de propiedad; esta disposición manifiesta, no solo prometida, de ir más allá de la práctica habitual de las izquierdas participa- tivas, la cual era instalarse en la zona de la distribución, marca a la Unidad Popular, le pone el sello, la de ser una experiencia de tránsito que se embarca en enormes transformaciones eco- nómico-sociales que le imponen el pathos de una revolución socialista, pese a las aclaraciones clasificatorias de los teóricos políticos75. Se cumple el axioma borgiano esse est percibi76.
La experiencia de la Unidad Popular fue vivida en el clima convulso que es propio de ese tipo de sucesos que son las revoluciones, porque fue en efecto un esfuerzo descomunal de realizar transformaciones sociales medulares, en el nivel de la producción burguesa y no solo de la distribución. La Unidad Popular no usa la violencia política ni busca destruir los aparatos armados y navega en los márgenes formales del Estado representativo liberal, cu- yos límites usa con elasticidad pero no viola. Con esta utilización plástica del Estado para transformar el sistema productivo, las clases propietarias dejan de sentirse reconocidas en el Estado heterogéneo que habían ido creando en el marco de diferentes políticas de com- promiso. Esta modalidad de transformación desde arriba, si bien no es planteada como directamente socialista, comienza una demolición de la forma burguesa de producción, aun- que no exista previamente una “toma del poder”.
73 Es interesante anotar que la Unidad Popular se adelanta a algunas tesis que están siendo formuladas en la actualidad. Por ejemplo John Halloway.
74 Para el caso chileno este tema fue tratado por Juan Carlos Gómez, La frontera de la democracia, Lom, Santiago, 2004.
75 He releído un artículo escrito por mí, en colaboración con Guillermo Wormald, donde intento esta clasi- ficación limitada y “objetiva” de la Unidad Popular. “Algunos problemas teóricos de la transición al socialismo en Chile” en Cuadernos de la realidad nacional, No 10, especial, diciembre 1971.
1.2 La discusión estratégica que no se hizo
La experiencia de la Unidad Popular debía ser pensada en su radical originalidad. Había que responder la pregunta ¿cómo es posible avanzar hacia el socialismo a través de reformas profundas y que ponen en jaque la producción capitalista, manteniéndose dentro del apara- to de Estado preexistente y acumulando fuerzas dentro de él?
El proceso no era abordable en los términos de la premisa mayor del modelo bolchevi- que, la idea de antelación. Este tipo de análisis colocaba la destrucción del Estado burgués precedente como la condición necesaria del comienzo de la construcción socialista y como momento de comienzo de las grandes transformaciones del capitalismo. El supuesto de la lógica de la antelación es que el estado precedente ha sido conducido por la lucha de masas a una crisis tal que es blanco de los revolucionarios, los cuales proceden a destruirlo y se colocan en condición de realizar las transformaciones del edificio capitalista, demoliendo juntos su Estado político y su estado de derecho.
En Chile se trabajaba en el interior del aparato estatal previamente existente, buscando acumular fuerzas y se realizaban transformaciones que si bien, dejaban pendiente el proble- ma del poder en el Estado, apuntaban al corazón del sistema burgués de producción, por la intervención de las empresas monopólicas o ligadas al gran capital, pero sobre todo por el efecto de la nacionalización de la banca.
Uno de los numerosos problemas de fondo que enfrentó la Unidad Popular era el silen- cio y la imprevisión de la teoría marxista en uso respecto de una trayectoria de este tipo. Ese proceso específico no estaba pensado ni resuelto en los manuales que describían los mode- los de transición. Metafóricamente puede decirse que la Unidad Popular fue un equivalente al vendaval oriental que cayó sobre Rusia y que Gramsci elogia, o también que fue “una revolución en la revolución”. En realidad lo fue, pero no podía tener su Debray porque éste fue el glosador de una experiencia ya existente y cerrada desde el punto de vista de la toma del poder, mientras que el proceso chileno estaba ocurriendo sin llegar a fin y al ocurrir iba rehaciendo o deconstruyendo, como es lógico, los mapas que pretendían ayudar a dirigirlo.
No existía entonces un paradigma o un modelo que especificara lo que había que reali- zar, los pasos a seguir, como era el caso del modelo bolchevique con sus categorías y supuestos, aplicados –respetando las diferencias específicas– en la mayor parte de las revoluciones triunfantes. Apenas existían algunos instrumentos y mapas cognitivos, que durante un tiem- po permitieron una navegación eficaz, sorteando arrecifes. Pero, al final del proceso, cuando se desarrolla la gran discusión estratégica, esos puros mapas eran insuficientes. Y llegaron a ser insuficientes porque (como veremos) no se realizó la gran discusión teórica que un proce- so como la Unidad Popular necesitaba. Un análisis donde la forma (la vía) no fuera separada del fondo (el tipo de socialismo a construir).
Por lo tanto el proceso careció de un esfuerzo teórico que arreglara cuentas con el dualismo reforma-revolución. Pues la posibilidad de la Unidad Popular era ser una revolución reformis- ta, que nucleara a la gran mayoría en torno a una manera nueva de concebir el tránsito al socialismo y una forma original de especificar el contenido de las tareas socialistas, definidas de manera distinta que en el modelo bolchevique. Para esta concepción el socialismo era dicta- dura del proletariado, mientras que para la Unidad Popular el socialismo debió ser una democracia más real y profunda que la existente en los sistemas representativos liberales.
La falta de una discusión estratégica en los comienzos del proceso, cuando ella pudo ser fecunda para corregir rumbos y poner la proa hacia la construcción de la gran alianza que necesitaba la revolución reformista, se hace notar al final. Cuando estalla la discusión estra- tégica entre los partidos la crisis estaba avanzada y el enfrentamiento solo sirvió para profundizar la división de la Unidad Popular.
1.3 Pendiendo de un hilo
En el Chile de la Unidad Popular el Estado no se estaba cayendo a pedazos como en Rusia en 1917. No había perdido su gobernabilidad, más bien había resuelto dentro de sus reglas el problema de la elección de Allende, ni aparecía en peligro inminente su sobreviven- cia como aparato de sometimiento y coerción. Pese a las creencias en contrario, derivadas de un marxismo mecanicista, el triunfo de Allende no proviene de una necesidad (ineluctable) impuesta por las estructuras sino de un acontecimiento de la lucha política, regida por la contingencia. El Estado chileno padecía sin duda alguna formas de desajuste, porque de otro modo no se hubiese dejado vulnerar por una fuerza que obstaculiza hasta el extremo su papel de articular dominio político y dominio económico. Ese jaque a la capacidad de articu- lación fue posible por las reformas políticas de la década del 60, cuando se plasma un tramado de compromisos que favorecen la competencia equitativa de la izquierda por el poder. Pero esa izquierda no llega al gobierno por una lógica dialéctica de necesidad histórica, sino por una estrategia errónea en el juego de fuerzas de la política. Tampoco llega “ilegalmente” por la vía de un asalto sin cálculo, como en la Comuna. Llega bajo legalidad, por una suma de decisiones que sus enemigos pudieron evitar, de manera tal que el arribo no fue la resultan- te, como se decía, de una crisis insoluble del desarrollo capitalista (que hacía indispensable una “superación”), sino de un acontecimiento político preñado de significados.
Por supuesto la situación era reveladora de las insuficiencias de las fuerzas de conten- ción de la izquierda, por lo tanto de los desajustes de las relaciones de clases en el Estado. La Unidad Popular, haciendo uso del poder obtenido (gobierno y parte del parlamento) busca aprovechar la situación para otorgarle al Estado un papel en el sostenimiento en equilibrio precario de esta articulación de nuevo tipo. Ella consistía en la existencia de un gobierno que buscaba transformar desde dentro el capitalismo en socialismo. El papel que termina
asignándole la Unidad Popular a ese Estado es el de garante, con sus aparatos (judicial, coercitivo, de defensa nacional), del nuevo estado de derecho en surgimiento. En éste no desaparecía la propiedad privada de los medios de producción, pero sí era limitada y subor- dinada, y sobre todo era negada su necesidad privilegiada, pues el dinamismo provenía del sector de propiedad social.
Es justamente en este punto crucial donde se pone en evidencia el extravío de la razón. La falta de una teorización se manifiesta, por ejemplo, en el hecho de que la Unidad Popular le otorga la primacía en la conformación del papel articulador de la totalidad que correspon- de al Estado, al Estado entendido como aparato, en vez de al Estado entendido como relación de clases. Allí se puede observar con plena fuerza que a los políticos intelectuales que de- bían asumir la conducción de esa compleja transición les fallan los instrumentos analíticos, que los mapas cognitivos han dejado de aportar las señales útiles. Porque para una práctica política tan sobredeterminada, con márgenes de operación reducidos y peligros múltiples, la articulación de la totalidad no podía pensarse a través de la ilusión en el Estado-aparato sino, debía afrontarse de la manera más difícil, en la conformación de las redes capaces de construir las relaciones de clases que hicieran de sostén de la experiencia, lo que significaba movilizar una mayoría social. Cuando se desplaza toda la esperanza hacia el constituciona- lismo de las Fuerzas Armadas, hacia la formación del bloque democrático militar, se revela de un modo dramático la falta de alternativas, porque ha tenido lugar un fracaso en la cons- trucción del tramado de clases que podía sostener una empresa de la magnitud de la emprendida. Creer que el Estado-aparato, bajo la forma de constitucionalismo militar, podía sustituir la producción de la necesaria mayoría de masas, revela un desplazamiento del aná- lisis de fuerzas hacia el terreno de la ilusión.
La fijación de la mirada en los militares ocurre con énfasis desde la crisis de octubre en adelante (1972), pero éstos habían creado confianza desde el principio respecto de su papel crucial para la seguridad constitucional, en la medida que fueron sus investigaciones las que resolvieron el asesinato del General Schneider (1970). Esa ilusión del pacto cívico militar es expresión del fracaso para afrontar el problema de las relaciones de clases en el Estado, considerado como sitio central de logro de esa seguridad, en cuanto seguridad de masas y no burocrático-legal. Pero esa resolución requería, por acción de las propias reglas y de la diná- mica del camino emprendido, conseguir una ampliación de la influencia en el pueblo, o en su defecto la búsqueda de alianzas con otros sectores con arraigo popular y también en los grupos medios, bajo la fórmula de un bloque por los cambios.
El fracaso de esas opciones tiene como resultado que, en especial desde octubre de 1972, la Unidad Popular penda del delgado hilo del constitucionalismo militar.
¿Por qué se despilfarra la capacidad, en todo caso problemática, de resolver a favor el problema de la correlación de fuerzas, de manejar las relaciones de clase de una manera que fuera acorde con la magnitud del proceso de transformación emprendido?
Una afirmación central de este artículo es que la radical originalidad del la experiencia chilena impedía tener una teoría preconcebida, pues la situación chilena divergía de todas las otras, incluso de aquellas que podían tener alguna semejanza como el caso de Checoslo- vaquia. Pero no tener una teoría no significaba no hacer el esfuerzo de teorizar. En el análisis de algunas decisiones cruciales se observa que no se buscaron políticas que fueran coinci- dentes con las exigencias fundamentales derivadas de la trayectoria elegida, la cual siempre dependió de la capacidad de conseguir una mayoría social y estatal.
Las contradicciones y problemas prácticos sin resolver, entre ellos el estrechamiento del campo de alianzas en el Estado arriba, y la dificultad de poder afrontarlas en la base, donde tomaban aun más virulencia por los conflictos cara a cara entre los partidarios de la Unidad popular y los militantes demócrata cristianos, llevan a los partidos a guarecerse en sus pre- misas previas y abandonar la reflexión de la práctica diaria con sus acuciantes desafíos para volver al terreno aparentemente seguro, el de las oposiciones que separaban a la izquierda chilena desde fines de la década del cincuenta del siglo veinte.
Otra de las particularidades de la experiencia de la Unidad Popular es que el proceso tiene lugar pese a que las concepciones previas de las fuerzas políticas más significativas respecto del carácter de la revolución eran divergentes y en varios puntos opuestas.