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L A CARTA PRIVADA

In document RevPsico El Analista Como Instrumento (página 191-196)

Miguel de Unamuno

D. Miguel publicó La agonía del cristianismo en 1925, durante su autoexilio en Francia, un libro que refleja la lucha interior que años antes también

2. L A CARTA PRIVADA

Durante estas últimas décadas se han revalorizado diferentes prácticas dis- cursivas, como es el caso de un grupo de textos llamados géneros menores entre los que se incluye la carta privada.

Los acercamientos a la carta tienen como objetivo la lectura de la pro- ducción discursiva en vistas a la construcción o relectura del mapa histó-

2 Silvia Molloy trabaja la autobiografía de Victoria Ocampo (una mujer del siglo XX), de Juan Francisco Manzano (un esclavo cubano del siglo XIX) entre otros

rico-cultural, sea desde la historia de la cultura o del pensamiento, desde la historia de la literatura, o la filosofía de la cultura.

La carta privada, según Darcie Doll Castillo (2002), es un relato retros- pectivo construido a partir de la memoria del autor, es un mensaje escrito a través del cual se envían, desde un emisor a un destinatario, hechos narrados. La carta es una forma comunicativa realizada en ausencia del destinata- rio, lo que se denomina un diálogo diferido, dando lugar a un marco de enunciación que implica un narrador marcado por la primera persona. El yo opera como huella del sujeto de la enunciación con su correspondiente destinatario, el tú.

En cuanto a la perspectiva temporal es conveniente destacar que el tiempo de la narración incluye interrupciones y, a su vez, se puede observar una constante superposición entre el tiempo de la narración y el tiempo de la escritura, llegando ambos en algunos casos, incluso, a confundirse.

La carta presenta un sujeto que se refiere a sí mismo. El discurso de este sujeto puede oscilar entre distintos modos en relación a su propia subjeti- vidad, pero en el caso de la carta, manifiesta una constante recurrencia al “comentario autorreflexivo” (Lozano, Peña-Marín y Abril, 1989. p. 124- 26). Este comentario autorreflexivo, consiste en adoptar un punto de vista exterior a uno mismo tratándose, de este modo, de un desdoblamiento yo- yo: “el yo es observador y observado, y también es juzgado, compadecido, o comentado por el propio yo”( Doll Castillo, 2002)

EL GÉNERO EPISTOLAR EN EL PSICOANÁLISIS

Grandes pensadores han recurrido a la correspondencia como medio para desarrollar sus presupuestos científicos y mantener discusiones teóricas.

Además de las mil quinientas cartas de contenido platónico que en el transcurso de cuatro años Freud le escribiera a su novia, mantuvo también una nutrida correspondencia con colegas a quienes les refiere momentos claves de su trabajo de investigación. Parte de ella constituye el testimonio de un compromiso con el pensamiento, así como un desafío.

El correo epistolar entre Freud y sus contemporáneos podría ser consi- derado una obra paralela, alternativa, y de no menor importancia que los trabajos conocidos como sus obras completas. Es justamente dentro de éste donde Freud adelanta, ensaya, toma decisiones, nombra por primera vez muchos de sus conceptos y algunos otros por única vez.

Mirtha Perel, en el trabajo que lleva como título “Variaciones sobre el método. Puntualizaciones en alguna correspondencia entre Freud y sus con- temporáneos”, sostiene que: “en el epistolario, se van elaborando y produ-

ciendo descubrimientos; entre sus maestros, sus discípulos, su historia y su época, construye puentes que articulan legalidades diferentes, funciona- mientos heterogéneos; descifra claves para poder dar cuenta de esa gramá- tica particular del inconsciente”( 2006, p.789).

Freud mantuvo intercambio epistolar con Abraham, Jung, y Jones, pero la correspondencia con Fliess ocupa en el conjunto de la obra freudiana un lugar particular tanto en el aspecto temporal, ya que se mantuvo desde 1887 hasta 1902, como en el aspecto conceptual. Allí encontramos lo que algu- nos autores llaman “el alma del descubrimiento freudiano”.Lacan la llamó “la conversación fundamental” (1955, p.187).

Didier Anzieu confirma esta idea cuando dice de que “no hay duda de que el descubrimiento del psicoanálisis no habría tenido lugar sin Fliess” (1959, p.143). El contenido del intercambio epistolar en general y, en particular con Fliess, revela pasiones, rencores, alegrías y decepciones tanto referidos a cues- tiones de su práctica como a las relaciones con sus colegas, amigos o familia.

LA CARTA ELEGIDA

Freud mantuvo con Romain Rolland una relación predominantemente epistolar. El primer nexo fue Edouard Monod-Herzen, a quien le agrade- ció en febrero de 1923 su contacto, expresándole admiración por el escri- tor y el deseo de entrevistarse con él. En otra carta fechada 4 de marzo del mismo año le expresa al mismo Rolland que su nombre está asociado “a la más bella de las ilusiones; es decir, la extensión del amor a toda la Humanidad” (1923, p. 303).

La carta que se trabajará a continuación data de enero de 1936, a pro- pósito del 70 aniversario de Romain Rolland. Allí relata la experiencia que le ocurriera en 1904, es decir treinta y dos años antes.

Conviene mencionar algunos acontecimientos significativos ocurridos en el año en el cual se escribe esa carta. En efecto, ese año se conmemora- ban dos aniversarios, uno referido a su vida profesional y el otro referido a su vida matrimonial. En referencia al primero, fue en las Pascuas de ese año que se cumplieron 50 años de su carrera como médico y el segundo, fue en el mes de septiembre que con Marta celebraban 50 años de matri- monio. Entre esas dos fechas, en mayo más precisamente, Freud cumplía 80 años, ocasión en que recibió muchas felicitaciones y trajo a su vez uno de los más altos honores científicos que se puedan conceder: fue nombrado miembro de la British Royal Society.

Un dato significativo omitido en su diario: en 1936 se cumplían 40 años de la muerte de su padre Jacob Freud, más precisamente en el mes de oc-

tubre. Esta omisión podría ser tomada como un olvido, no justamente vo- luntario, con todo el peso inconsciente que encierra un olvido.

Es interesante señalar que, como efecto de dicho olvido, el primer escrito que produce en 1936 es la carta mencionada que lleva como título “Un tras- torno de memoria en la Acrópolis”. Al convocar a su padre a través de un ol- vido, Freud deja abierta una pregunta que le preocupaba respecto a su pro- pia muerte: ese año Freud tenía un año menos que su padre al morir.

En el comienzo de la carta de Freud aparecen dos puntos importantes a señalar: uno consiste en la explicitación de la intención de compartir con Romain Rolland ciertos valores de la época, como ser: “el amor a la verdad, el coraje por las creencias y la afección y devoción hacia la Hu- manidad” (p.3328); el otro punto hace referencia a la labor científica que Freud mismo realizara. Le explicita que su objetivo siempre estuvo diri- gido a “aclarar las manifestaciones singulares, anormales o patológicas de la mente humana, es decir, reducirlas a las fuerzas psíquicas que tras ellas actúan y revelar al mismo tiempo los mecanismos que intervienen” (p.3328). Para arribar a estas formulaciones comenzó en su propia per- sona, siguió con los demás, para finalizar en una “osada extensión en la totalidad de la raza humana” (p.3328).

Uno de los motivos que lo impulsó a relatar el acontecimiento en la Acró- polis, acontecimiento que le había sucedido 32 años atrás, fue el hecho de que se trataba de un “fenómeno”, “que nunca llegué a comprender” (p.3328). El no saber siempre funcionó para Freud como disparador para buscar res- puestas. Este no saber, no comprender, sostenido por Freud hasta el final de su vida, denota un límite que da forma al saber propio del psicoanálisis. La carta prosigue con el relato de la experiencia: había planeado un viaje junto con su hermano Alexander, diez años menor, y estando en Trieste, relata cómo se sintieron muy desanimados al encontrarse sólo con obstá- culos. Aceptan la idea, propuesta por un tercero, de viajar a Atenas en lugar de Corfú, lugar del que no dice en ningún momento por qué querían visi- tar. Llegan entonces a verse frente a la Acrópolis y ocurre el episodio que dio motivo a su relato:

la tarde de nuestra llegada me encontré parado en la Acrópolis, abarcando el paisaje con la mirada, vínome de pronto el siguiente pensamiento, harto ex- traño!: De modo que todo esto realmente existe tal como lo hemos aprendido en el

colegio!”…

el extraño pensamiento que se me ocurrió en la Acrópolis sólo estaría desti- nado a destacar el hecho de que ver algo con los propios ojos es cosa muy distinta que oír o leer algo al respecto (p.3329).

hipótesis en relación a su persona y dice: “dicha ocurrencia en la Acrópolis me demostró que en el inconsciente no creí tal cosa y que sólo ahora en Ate- nas, habría llegado a adquirir una convicción, extendida también al incons- ciente” (p.3329). Hasta aquí relata su experiencia: se trataba de un recuerdo que había ocurrido cuando tenía 48 años.

El primer punto desarrollado teóricamente es la vinculación entre la de- sazón en Trieste y la ocurrencia en la Acrópolis: “Trátase de uno de esos casos de too good to be true como esos ejemplos de escepticismo” que surge tan a menudo cuando somos sorprendidos por una buena nueva”(p.3330). Freud se incluye en la interpretación que va desarrollando a partir de la sensación que experimentó. Dice:

Según el testimonio de mis sentidos, me encuentro ahora en la Acrópolis, pero no puedo creerlo”…” así surge algo equivalente a la afirmación de que en algún momento de mi pasado yo habría dudado de la existencia real de la Acrópolis, cosa que mi memoria rechaza por incorrecto y aún imposible (p.3331)

Este recorrido personal culmina cuando define a este fenómeno como “sensación de extrañamiento” (p.3331). A partir de este punto describe este tipo de fenómenos y el relato cambia, dando comienzo a las conceptualiza- ciones teóricas: “Dichos fenómenos pueden ser observados en dos formas: el sujeto siente que ya una parte de la realidad, ya una parte de sí mismo, le es extraña...” p.3332

Relaciona este tipo de fenómenos con los llamados “fausse reconnaissance,

del dejà vu y el dejà reconté”, como “ilusiones en las cuales tratamos de acep-

tar algo como perteneciente a nuestro yo” (p.3332). Describe característi- cas generales de los fenómenos de extrañamiento: “sirven siempre a la fi- nalidad de la defensa; tratan de mantener algo alejado del yo, de repudiarlo” y por otro lado “no es aceptada sin discusión” (p.3332)

Ya sobre el final, Freud retoma el relato en donde vuelve a incluirse y construye una interpretación de lo sucedido. En dicha interpretación re- corre sus recuerdos infantiles, la relación con el padre y el momento de la adolescencia.

¿Recuerdas aún cómo en nuestra juventud recorríamos día tras día las mis- mas calles, camino de la escuela; cómo cada domingo tras domingo íbamos al Prater o alguno de esos lugares de los alrededores que teníamos archico- nocidos? … ¡Y ahora estamos en Atenas, parados en la Acrópolis! ¡Realmente hemos llegado lejos! (p.3333)

poleón, al ser coronado emperador, dijera a uno de sus hermanos, proba- blemente el mayor, José:

“¿Qué diría de esto monsieur notre père si ahora pudiera estar aquí pre- sente?”(p.3333).

Y es así como encuentra “la solución del pequeño problema” (p.3334) y, seguramente, también, a su desmentida: debió tratarse de una conjunción en donde la satisfacción por haber llegado a Atenas se había mezclado con la vivencia de un sentimiento de culpa. Era también un fracaso al triunfar. Y entonces concluiría con esta reflexión: “Parecería que lo esencial del éxito consistiera en llegar más lejos que el propio padre, y que tratar de superar al padre fuese aún algo prohibido” (p.3334)

El padre de Freud, un comerciante que no había concluido sus estudios se- cundarios, no habría podido apreciar y gozar de un viaje a Atenas y de un encuentro con la Acrópolis. El hombre que había ya alcanzado la grandeza, convertido en un anciano imposibilitado de viajar, podía ahora recordar a su padre. Casi al final de su vida recordar lo ocurrido en Atenas fue recor- dar a su padre. Dedicarle el recuerdo a Romain Rolland, adquirió el esta- tuto de acontecimiento, con la intención, quizás, de que el mismo pasase a formar parte de su pasado y dejase de ser presente.

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