Elaborar la memoria de lo sucedido, es decir, construir un relato de lo sucedido, se constituye en un aspecto esencial a la hora de continuar un duelo. Dentro del proceso de reconstrucción de los hechos a partir de los testimonios de las víctimas, es decir su memoria, se “verbalizan” los sucesos traumáticos con el fin de encontrarle sentido a las vivencias, iniciando la labor de recordar y reelaborar, momentos que hacen parte del complejo proceso de duelo que deben llevar a cabo las víctimas de la masacre
Con el testimonio las víctimas transmiten y entrelazan sus experiencias con sucesos más amplios que les permiten encontrar una explicación a lo ocurrido. Y, si esta memoria está acompañada de una labor investigativa que efectivamente intenta mostrar cómo ocurrieron los hechos y en cierta medida por qué, se puede decir que hay una labor encaminada a la construcción de una memoria que intenta trascender el espacio de las víctimas y posicionarla en el ámbito púbico, y así visibilizar los hechos, contrario a lo que en primer momento hicieron los paramilitares con los mismos; en otras palabras, se puede decir que las víctimas logran ser escuchadas, por ejemplo:
La verdad es una cosa, si esta población hubiera estado armada, quizás hubiéramos habido (sic) muerte de bando y bando, pero la población no estaba armada como decían, como lo hicieron, despojaron las casas buscando armas, a dónde están las armas, ellos no tienen pruebas de armas en las casas, pruebas tenemos nosotros de que fue parte de gobierno quien hizo esto, por qué, porque quien tiene un avión fantasma es el gobierno, no son los paramilitares, me dice «por qué dice eso», «porque el avión fantasma estaba respaldando los que estaba aquí, no a la población, respaldaban a los que estaban haciendo la masacre» (CNRR, 2010: 106 - 107).
Dentro de los procesos de reconstrucción de los hechos, las víctimas han narrado desde sus puntos de vista los hechos, estableciendo diversos énfasis entre los que se encuentran la dignidad de ellos mismos en tanto víctimas en contraste con la cobardía de los victimarios, estableciendo una relación entre la inocencia de las victimas fatales y la brutalidad de sus asesinatos, así, de acuerdo con GMH “hay un énfasis unánime y vehemente en las voces de las víctimas sobrevivientes sobre los hechos: la reivindicación de la inocencia de todas la
víctimas; y con ello se permiten no sólo interpelar moralmente a los paramilitares, sino asignarle un alto grado de responsabilidad a la guerrilla” (2010, p. 112).
En este caso, de manera analógica, quien escucha se constituye para las víctimas en quien lee, y así, poner en el debate público, más allá del texto mismo, lo sucedido antes, durante y después de la masacre se convierte en un imperativo.
La decisión de los saladeros de poner su memoria en la escena pública, construida desde la doble condición de victimas y ciudadanos, debe ser valorada entonces como una interpelación a la sociedad a reconocer y reconocerse en lo sucedido, y a solidarizarse y movilizarse por las demandas de verdad, justicia y reparación de las víctimas de esta masacre inenarrable. (CNRR, 2010 p. 27).
También, en la reconstrucción de los hechos, se presentan los puntos de vista de las personas que se escondieron en las montañas durante la masacre, y que también vivieron situaciones traumáticas. De acuerdo con GMH estas personas reclaman un espacio para contar sus versiones, pues casi siempre se hace énfasis en los llamados “sucesos centrales”, es decir los hechos del parque. En este caso, el Grupo presenta el testimonio de dos mujeres que “condensa” el sufrimiento de las víctimas que se escondieron en las montañas; sin embargo no hay un mayor espacio en el texto para contar detalladamente las vivencias en esos terrenos, como si lo hay para los asesinatos. Cabría entonces preguntarse por la relevancia de uno u otro caso a la hora de la reconstrucción de los hechos de la masacre.
Cuando ya estábamos allá en el monte, eso nos regamos cantidad tanto de mujeres como de hombres, la luna estaba llena, la luna estaba clara, nosotros nos quedamos en un rancho, cuando estábamos en ese rancho dicen todos los hombres «ustedes la mujeres se quedan aquí y nosotros nos quedamos en el monte» […] los hombres se fueron para las lomas nosotros nos quedamos en el rancho, un caney grande, nos quedamos ahí, los hombres venían a darnos vuelta «tranquila, que no hay nada, quédense tranquilas», pero qué va, nosotros de los nervios no dormíamos, todos los niños se durmieron y nosotros nos levantamos, hicimos una ollada de café y compramos cigarrillos, entonces fuma cigarrillo y toma tinto, las señoras fumaban calilla […] (CNRR, 2010 p. 120 – 121).
La construcción de una memoria colectiva, como se observa, debe tener en cuenta la colectividad misma. Si bien es un trabajo harto complejo, el mismo Grupo manifiesta que la masacre no sólo se desarrolló en la cancha; así mismo las víctimas no sólo fueron los que murieron en ese lugar junto con los que presenciaron dichos asesinatos, pues como ya se ha dicho, la masacre también afectó a las poblaciones vecinas a El Salado y a los habitantes que huyeron a los montes y no presenciaron las atrocidades cometidas por los paramilitares.