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L A I GLESIA Y EL M UNDO SEGÚN EL C ONCILIO

In document PRH (página 72-74)

L IBERADORA DE LA NATURALEZA

B. L A I GLESIA Y EL MUNDO

V. L A I GLESIA Y EL M UNDO SEGÚN EL C ONCILIO

La novedad del humanismo maritainiano consiste, como dijimos, en sostener la distinción entre la Iglesia y el Mundo propia del liberalismo clásico, pero hallando el modo de consagrar el mundo a Cristo Rey. En esto residió su éxito, porque cuando la mayoría de los pensadores antiliberales, contagiados con las medianías de la tesis moderna del naturalismo político, había dejado de lado la realeza social de Cristo, los nuevos liberales tuvieron la astucia de capturar esta bandera y levantarla en su bando. Esta novedad se con- centra, en el Concilio, en la novedosa Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el Mundo actual.

1º Un Mundo laico pero digno

Gaudium et spes merece el calificativo de novedosa, porque es la primera vez que un documento

conciliar se dirige no a los fieles católicos sino a los hombres en general: “El Concilio Vaticano II, tras haber profundizado en el misterio de la Iglesia, se dirige ahora no sólo a los hijos de la Iglesia católica y a cuantos invocan a Cristo, sino a todos los hombres, con el deseo de anunciar a todos cómo entiende la presencia y la acción de la Iglesia en el mundo actual”133. Esto no tiene sentido ni para el católico tradicional, ni para el

liberal clásico; pero el nuevo humanismo ha descubierto que la esfera mundana, ajena a la eclesiástica como lo quiere el liberal, no deja de estar por eso bajo la influencia de Cristo; ahora el mundo distinto de la Igle-

131 J. Maritain, Humanisme intégral, p. 83.

132 Nosotros, recalcitrantes tradicionalistas, nos hemos escandalizado de ver a los mismos obispos hacer borrar de las

constituciones políticas todo vestigio de profesión católica. Pero si el orden político debe ser filosófico -como a veces también entre nosotros se sostiene-, se justifica que lo hagan, pues por más que el fin buscado por medio del confesio- nalismo sea bueno, en sí mismo sería abusivo y no conviene usar medios falsos. Claro que sólo tuvieron éxito en perder privilegios en las dóciles naciones católicas y no tuvieron ninguno en ganar libertad religiosa en las no tan dóciles na- ciones musulmanas.

133 Gaudium et spes n. 2. La admiración que la Constitución manifiesta por el Mundo merece otros calificativos que

apenas resistimos referirlos. Para ella, la agonía que estamos sufriendo es una “crisis de crecimiento” (n. 4), es una “metamorfosis social y cultural, que redunda también sobre la vida religiosa”, que para el optimismo de la Constitu- ción no es otra cosa que el paso de gusano a mariposa. La técnica “ya conquista los espacios interplanetarios”, cuando apenas alcanza la luna y está arruinando la tierra; “la inteligencia impera sobre el tiempo” conociendo el pasado y pre- viendo el futuro (n. 5), cuando los «medios» están inventando hasta el presente; las ciencias “ordenan la expansión demográfica” (ibíd.), a fuerza de llenar el limbo de almitas asesinadas. Gaudium et spes reboza de gozo y esperanza por la criatura que está engendrando la Revolución. ¡Guía ciego que conduce ciegos al hoyo!

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sia, que no cree ni se ha bautizado, es un Mundo laico pero con dignidad de redimido que camina a la glori- ficación final: “Tiene pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, es- clavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder

del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación” (Gaudium et spes n. 2).

2º Las realidades terrenas y el Reino de Dios

En este documento se siente por todas partes que la distinción entre el Mundo y la Iglesia se identi- fica con la distinción entre el orden natural y el sobrenatural; pero nunca se lo dice, porque el humanismo nuevo la quiere superar señalando cómo la esfera de lo terreno, sin dejar de ser tal, está abierta a la influen- cia de Cristo. Esto cree haberlo logrado al descubrir la «consistencia de las realidades terrenas», es decir:

- las realidades mundanas son muy buenas en su misma naturaleza;

- la gracia no las cambia sino que las ayuda a ser lo que son, es decir, conservan su «consistencia»; - las realidades mundanas son de este modo «la materia» del Reino de Dios.

«Commendatio Mundi»

Nada más católico que el desprecio del mundo, «contemptus mundi»: ¿De qué sirve ganar el mundo si se pierde el alma? Las realidades terrenas tienen sentido sólo en orden a las eternas, pero esto no quiere decir que no haya que tenerlas en cuenta. Desde Suárez para acá -dijimos-, el naturalismo político había aceptado la identificación «temporal = natural», pero defendía el orden cristiano menospreciando impru- dentemente la importancia de las realidades temporales.

El nuevo humanismo va a corregir este error, pero no lo hará mostrando cómo los bienes temporales son el cuerpo e instrumento de los bienes eternos del orden sobrenatural, sino señalando cómo son buenos

en sí mismos: “El Concilio se propone, ante todo, juzgar bajo esta luz los valores que hoy disfrutan de

máxima consideración y enlazarlos de nuevo con su fuente divina. Estos valores, por proceder de la inteli- gencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bondad extraordinaria” (n. 11). Evidentemente, no es la gracia divina ni la vida eterna lo que nuestros contemporáneos más aprecian, sino la libertad, los derechos y las obras del hombre, sin detenerse a pensar si sirven o no para su salvación. El Concilio va admirarse de lo bueno que es todo esto y cuan amado por Dios; pues Dios hizo todas las cosas para el hombre y al hombre por el hombre mismo: “El hombre [es la] única criatura terrestre a la que Dios ha querido por sí misma -

propter seipsam-” (n. 24); de manera que el egoísmo del hombre contemporáneo no tiene por qué apartar-

lo del plan de un Dios que está puesto a su servicio.

La consistencia de las realidades terrenas

En tres capítulos, la Constitución considera especialmente tres valores contemporáneos: la persona humana, la comunidad y el trabajo. El planteo en los tres casos es semejante. Primero se señala el vínculo que estos valores tienen con Dios: la persona ha sido creada a imagen de Dios (n. 12), en la comunidad está la imagen de la Trinidad (n. 24), por el trabajo el hombre se asemeja al Creador (n. 34); luego se señala cómo son perjudicados por el pecado134; finalmente se dice cómo son reparados por la gracia135. El planteo

podría parecer tradicional: creación, pecado, redención; mas la novedad es sutil pero total:

• La persona, la comunidad y el trabajo no son considerados en el primer orden sobrenatural de jus- ticia original, sino en un orden puramente natural, en sí mismos, más allá de lo que la gracia pueda hacer en ellos.

• El pecado no daña los intereses de Dios, sino sólo los intereses del hombre mismo.

• La gracia no envuelve estos «valores» elevándolos a fines por encima de la naturaleza de los mis- mos, sino que los ayuda a ser mejor lo que por naturaleza son, no les quita su propia «consistencia»: “Mu- chos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia. Si por

134 Para la persona, n. 13; para la comunidad, n. 25; para el trabajo, n. 37.

135 “La libertad humana, herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esa ordenación de Dios, ha de apoyarse

necesariamente en la gracia de Dios” (n. 17). “Hay que proceder a una renovación de los espíritus y a profundas refor- mas de la sociedad. El Espíritu de Dios, que con admirable providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra, no es ajeno a esta evolución” (n. 26). “La norma cristiana es que hay que purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y el egoísmo, corren diario peligro” (n. 37).

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autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exi- gencia de autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo; es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar” (n. 36)136.

La materia del Reino

Aclaremos, por favor. No decimos que el Concilio predique un naturalismo total. No. Predica un na-

turalismo momentáneo, sólo mientras dura la Historia. Porque llegará el tiempo de la plenitud del Reino de

Dios, con la transformación del universo; y entonces sí se hará manifiesto el reinado de Nuestro Señor. La Iglesia católica es un anticipo histórico de ese Reino, presente ante el mundo como Sacramento visible. El Mundo, en cambio, prepara aquella transformación llevando a su perfección natural las realidades terre- nas, que se hacen así la «materia» del Reino: “Mas los dones del Espíritu Santo son diversos: si a unos lla- ma a dar testimonio manifiesto con el anhelo de la morada celestial y a mantenerlo vivo en la familia huma- na, a otros los llama para que se entreguen al servicio temporal de los hombres, y así preparen la materia

del reino de los cielos” (n. 38).

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