La materia de Ferrara en España
2.1 L A TRADUCCIÓN EN LA E SPAÑA DE LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO
La multiplicidad de textos traducidos al castellano en el siglo XVI responde, por una parte, a la admiración que sentían los humanistas por la literatura clásica y, por otra, a su inquietud por conocer y difundir obras contemporáneas extranjeras. Dentro de esta segunda tendencia, cabe destacar la enorme influencia que tuvieron las letras italianas en el panorama literario español de la época.
En la corte del emperador Carlos V, era tan frecuente la presencia de relevantes literatos españoles (baste pensar en nombres de la envergadura de Juan Boscán o Garcilaso de la Vega) como de embajadores, diplomáticos y visitantes italianos, y allí tuvieron ocasión de entablar relación unos con otros. Ese contacto, sin lugar a dudas, fomentó el conocimiento y la imitación de las principales corrientes del Renacimiento italiano en España. A partir de mediados de siglo, ya bajo el reinado de Felipe II, al crecer la hegemonía española en tierras italianas, aumentó el número de españoles que visitaban Italia o se instalaban en dicho país por varios motivos, entre los que se hallaba la atracción ejercida por la cultura italiana.
En este clima de estrecho intercambio cultural existente entre Italia y España, y debido al gran ascendiente que poseían las artes y letras italianas sobre los españoles de la era renacentista —fenómeno, dicho sea de paso, que no se producía con la misma intensidad a la inversa—, también desempeñaron un papel destacado libreros e impresores, algunos de ellos italianos afincados en España, quienes fomentaron el comercio de obras italianas en ciudades emblemáticas de nuestra península, tales como Alcalá, Valencia, Zaragoza, Toledo, Salamanca y Medina del Campo, entre otras. No sorprende, pues, que a lo largo del siglo XVI, proliferasen las traducciones de obras italianas al castellano, pues con este ejercicio era posible dar a conocer ampliamente la cultura italiana al público español.
Entre las traducciones más relevantes de la primera mitad de la centuria, se pueden citar ejemplos pertenecientes a múltiples géneros: poesía alegórica, como los
Triunfos de Francesco Petrarca, traducidos por Alvar Gómez de Ciudad Real en 1510 ca., o el Infierno de Dante, traducido por Pedro Fernández de Villegas en 1515; poesía lírica, como numerosas traducciones parciales del Cancionero de Petrarca; poesía bucólica, como la Arcadia de Iacopo Sannazaro, traducida por Diego López de Ayala, Diego de Salazar y Blasco de Garay en 1547; diálogos, como el Coloquio de las damas de Pietro Aretino, traducido por Fernán Xuárez en 1547, o Los Asolanos de Pietro Bembo, traducción anónima de 1551; tratados y prosas didácticas, como El Cortesano de Baldassarre Castiglione, traducido por Juan Boscán en 1534, el Tratado de Re Militare de Maquiavelo, traducido por Diego de Salazar en 1536, y la Excelencia de la vida solitaria de Petrarca, traducida por el Licenciado Peña en 1553; novelas de caballerías, como El cuarto libro del esforzado caballero Reinaldos de Montalbán de Teofilo Folengo, traducción anónima de 1542; y, por último, el género al cual pertenece la obra objeto de estudio de esta tesis: los poemas caballerescos, a los que me referiré con mayor detalle en el siguiente apartado de este capítulo.1
Lo cierto es que los autores y libros italianos más traducidos al español en el siglo XVI fueron, por una parte, Baldassarre Castiglione y su tratado El cortesano y, por otra, Ludovico Ariosto y su Orlando furioso y Matteo Maria Boiardo y su
Orlando innamorato. Este último dato pone de manifiesto el éxito indiscutible de los poemas épico-caballerescos entre los lectores españoles de la época.
Hay un predominio en el siglo XVI de los libros de caballerías, pues a la serie de Orlandos se unen, por ejemplo, la de Reinaldos de Montalbán (L’inamoramento de Carlo Magno), la Trabisonda Historiata, de Tromba da Gualdo di Nocera, o la serie del Morgante, de Luigi Pulci. Estos datos ratifican la existencia dentro de este período de un gusto entre los lectores por este tipo de narraciones, que durante el siglo siguiente se va a ver claramente mermado.2
1 Véase un catálogo exhaustivo de las traducciones de obras italianas al castellano durante este período en María Dolores BECCARIA CIGÜEÑA, Bibliografía de las traducciones del italiano al castellano en los siglos XV, XVI y XVII, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 1998. Existe otro catálogo no exhaustivo pero con información más detallada sobre cada traducción: PROYECTO BOSCÁN: Catálogo de las traducciones españolas de obras italianas (hasta 1939) [en línea]. <http://www.ub.edu/boscan>. En este último, tras realizar una búsqueda de las traducciones realizadas entre los años 1490 y 1565 (es decir, diez años antes del comienzo del siglo y diez años después de que viera la luz la princeps del Orlando enamorado traducido por Francisco Garrido de Villena), aparecen —teniendo en cuenta únicamente las primeras ediciones— ciento cuarenta y ocho títulos, que incluyen obras enteras y también partes de obras, es decir, traducciones íntegras y traducciones parciales.
2 María Dolores BECCARIA CIGÜEÑA, Bibliografía de las traducciones del italiano al castellano…, cit., p. LXXV.
Más allá de su clasificación por géneros, la profusión de obras traducidas provocó una honda reflexión en torno al arte de traducir, iniciativa que se inserta en el marco de los debates lingüísticos, filológicos y literarios propios de una etapa en que las lenguas románicas debían erigirse en modelos dotados del prestigio necesario para poder transmitir una cultura ambiciosa y floreciente. En este sentido, y dentro del mencionado intercambio político, social, cultural, literario y lingüístico entre España e Italia, es importante citar al humanista y erasmista conquense Juan de Valdés, afincado en Nápoles en la década de los treinta, ciudad donde murió. Valdés escribió una obra titulada Diálogo de la lengua (ca. 1535-1536)3 con la voluntad de ofrecer al público italiano los instrumentos necesarios para aprender la lengua castellana,4 aunque quizá su valor principal radique en el hecho de formar parte de la corriente renacentista dignificadora de las lenguas vulgares, y aquí conviene destacar que el Diálogo es deudor de las citadas Prose della volgar lingua (1525) de Pietro Bembo. Pues bien, Valdés, en las páginas de su diálogo, comparaba en estos términos las lenguas castellana e italiana:
[…] veo que la toscana stá ilustrada y enriquecida por un Bocacio y un Petrarca, los quales, siendo buenos letrados, no solamente se preciaron de scrivir buenas cosas, pero procuraron escrivirlas con estilo muy proprio y muy elegante, y, como sabéis, la lengua castellana nunca ha tenido quien escriva en ella con tanto cuidado y miramiento quanto sería menester para que hombre, quiriendo o dar cuenta de lo que scrive diferente de los otros o reformar los abusos que ay oy en ella, se pudiesse aprovechar de su autoridad.5
La consideración de Valdés sobre la inferioridad de la lengua castellana frente a la italiana reflejaba en buena parte la opinión de muchos literatos humanistas españoles, que acabarían sirviéndose de la traducción del italiano al castellano —considerada como traducción «vertical», es decir, como traducción en que la lengua original «ha un prestigio e un valore trascendente rispetto a quella di arrivo»—6 a la hora de formular un canon lingüístico y literario autóctono.
3 Aunque el libro no sería publicado hasta 1736, lo cual significa que bien poca difusión debió de tener en su momento, es importante aquí por el hecho de reflejar una corriente y una serie de conceptos lingüísticos novedosos, fruto del caldo de cultivo que se formó en el período al cual aludo. 4 Aún faltaban treinta años para que se publicaran en Italia las Osservationi della lingua castigliana de Giovanni Miranda, obra precursora de lo que hoy denominaríamos los manuales de español para extranjeros. Véase un análisis de dicha obra y sus precedentes en María CARRERAS I GOICOECHEA, «El papel de las Osservationi della lingua castigliana de Giovanni Miranda (1566) en la historia de la enseñanza del español para italianos», Quaderni del CIRSIL – 1 (2002), pp. 9-23.
5 Cito por la edición de Juan M. Lope Blanch, Madrid, Castalia, 1969, p. 44. 6 Gianfranco FOLENA, Volgarizzare e tradurre, Turín, Einaudi, 1991, p. 13.
Los prefacios y notas al lector que solían acompañar las traducciones de la época constituyen testimonios de incalculable valor para entender la actitud e intención de cada traductor. Así, Juan Boscán, en la «Dedicatoria» a su mencionada traducción de El cortesano (1534) de Castiglione, enunciaba de esta forma los criterios adoptados al enfrentarse a su labor:
Yo no terné fin en la traducción de este libro a ser tan estrecho que me apriete a sacalle palabra por palabra; antes, si alguna cosa en él se ofreciere que en su lengua parezca bien y en la nuestra mal, no dexaré de mudarla o de callarla. Y aun con todo esto he miedo que según los términos de estas lenguas italiana y española y las costumbres de entrambas naciones son diferentes, no hay de quedar todavía algo que parezca menos bien en nuestro romance.7
El traductor, en un esfuerzo por utilizar una lengua correcta y un estilo libre y espontáneo, afirmaba haberse apartado en ocasiones de la literalidad para optar por la desviación y la supresión, con el fin de alcanzar un doble objetivo: dignificar la lengua castellana y adaptar la obra al nuevo contexto. Este postulado se aleja por completo de la antigua figura del fidus interpres, cuya traducción tenía que ser palabra por palabra, y sigue el camino trazado por san Jerónimo, según el cual la traducción debía hacerse «non verbum e verbo, sed sensum exprimere de sensu».8
Existía, pues, la posibilidad de realizar una traducción literal, de acuerdo con unas premisas de fidelidad extrema a las palabras del original, la cual, evidentemente, incluía el préstamo y el calco lingüísticos, fenómenos a los que volveré a referirme más adelante, o bien la posibilidad de llevar a cabo una traducción libre, ad sensum, alejada de expresiones literales que a menudo resultaban forzadas e incomprensibles, en aras de ofrecer mayor naturalidad, calidad e inteligibilidad en la lengua de llegada, aunque sin perder jamás de vista el sentido que poseía el texto en la lengua de partida.
Ambas modalidades de traducción, pese a estar regidas por criterios opuestos, tenían un fin común: constituir una versión fidedigna de la obra original. Ahora bien, existía un tercer modo de abordar la labor de traducir mucho menos respetuoso con la obra de partida. Se trataba de una práctica bastante extendida en el siglo que nos ocupa, y consistía en suprimir fragmentos del texto original o en añadir pasajes
7 Cito por la edición de Mario Pozzi y Mª de las Nieves Muñiz Muñiz, Madrid, Cátedra, 1994, p. 72. 8 Célebre frase extraída de una carta de san Jerónimo: «Epístola a Pammaquio sobre la mejor forma de traducir», en Cartas de san Jerónimo: Edición bilingüe, introd., versión y notas de Daniel Ruiz Bueno, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1962, vol. I, pp. 486-504.
creados ad hoc. Dichas intervenciones solían obedecer a criterios particulares del traductor, cuyas modificaciones de la obra podían deberse a varios motivos, tales como el considerar que ciertos temas no iban a ser del agrado de los lectores, el deseo de complacer al dedicatario de la traducción, un excesivo celo al querer adaptar la obra extranjera al nuevo contexto o una actitud censora. En aquellos casos en que los fragmentos añadidos eran muy numerosos y llegaban desvirtuar el texto original, más que de traducción podríamos hablar de adaptación.
Como era de prever, los traductores no siempre optaban por una de las tres modalidades de traducción descritas, sino que abundaban los casos de hibridismo, en los cuales solían combinar en una misma obra recursos pertenecientes a distintos tipos de traducción; asimismo, era habitual que su trabajo se situara en estadios intermedios entre una tipología y otra. Dentro de este último caso, me parece útil incluir la categoría de «traducción oblicua», que podemos ubicar entre la traducción literal, ad litteram, y la traducción libre, ad sensum, y que consiste en atenerse con total exactitud al sentido original y variar únicamente determinadas palabras o estructuras, según un uso obligado en la lengua de llegada.
Suele entenderse por traducción «libre» a) la que, ateniéndose al sentido, se aparta más o menos del original en la manera de expresarlo; b) la que se atiene al sentido en lo fundamental, pero no en los detalles de menor importancia.
Igual que el término de trad. «literal», al que con frecuencia se opone, el de traducción «libre» es bastante impreciso. La llamada trad. «libre» del tipo a) puede ser una traducción rigurosamente exacta: al traducir j’ai mal à la tête por «me duele la cabeza», me atengo al sentido del original y me aparto notablemente de éste en la manera de expresarlo; pero no me aparto del original libremente, sino obligado por el uso de mi propia lengua. Por consiguiente, no se trata en este caso de una «traducción libre». Se trata, simplemente, de una «traducción oblicua». La traducción «libre» del tipo b), en la medida en que prescinde de los detalles, deja de ser traducción y se aproxima a la «adaptación» o a la imitación.9
Dentro de la tipología que García Yebra bautiza como «traducción “libre” del tipo b)» estarían los casos de supresión y añadido de fragmentos a los que me refería más arriba. Como veremos pormenorizadamente en el tercer capítulo del presente estudio, el traductor del Orlando enamorado opta por un sistema híbrido a la hora de abordar su tarea, en el cual tienen cabida la ampliación y la omisión, pero también el calco y el préstamo. Se trata de un método de trabajo seguido por muchos de sus
9 Valentín GARCÍA YEBRA, Teoría y práctica de la traducción, Madrid, Gredos, 1984, 2ª ed. rev., t. I, p. 330.
contemporáneos al emprender sus respectivas labores de traducción, de un uso frecuente en las versiones españolas de otros poemas caballerescos italianos.