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L O VIVIDO EN NUESTRAS P ROVINCIAS

In document Edición hispanohablante PA n 85 (página 37-42)

Auteuil, 10-12 Julio

Fiche 5: EUCARISTÍA – Regla de Vida n°

3. L O VIVIDO EN NUESTRAS P ROVINCIAS

3.1. Consagración de la Capilla de Auteuil, 2 de Junio 2010

HOMILÍA DEL CARDENAL André VINGT-TROIS

Queridos amigos,

Muchas veces tenemos la impresión de que el camino por el que Jesús nos conduce es un camino un poco extraño. Dice: " Llega la hora (ya estamos en ella), en que adorarás en espíritu y en verdad, " y no en un lugar, o dondequiera. Y justamente escuchando esta palabra de Cristo, ¡estamos consagrando un lugar dedicado a la oración!

Probablemente el entrenamiento de largos años de meditación nos ha acostumbrado a esta fórmula, en su inicio extraña para la mente, es decir que ya no se adora sobre el Monte Garizim, no se adora ya en Jerusalén, sino que adoramos en espíritu y en verdad. Y además he aquí que construimos iglesias y no sólo las construimos, sino que las reconstruimos, las adaptamos y las consagramos. De algún modo les damos cierta importancia, porque si esto no tuviera importancia, no estaríamos aquí. En el fondo ¿Cómo entendemos esto ?

Evidentemente no en el sentido de que no seamos capaces de rezar en un lugar diferente de una iglesia. Gracias a Dios, todos nosotros, somos capaces de rezar en todas partes: porque ningún lugar, ningún tiempo, ninguna actividad nos hace ajenos a Dios y por consiguiente " en todo lo que hagáis, ya

comáis o bebáis, hacedlo todo para gloria de Dios " y nosotros intentamos dar gloria a Dios, tanto como podemos en todos los aspectos de nuestra vida, y en todos lugares de nuestra vida.

Consideramos también que no se construyen edificios únicamente por comodidad. Inicialmente las basílicas paganas se utilizaron como iglesias, para resguardarse de las inclemencias del tiempo, y se rezaba en aquellos lugares paganos, sin que surgiera el proyecto de construir iglesias, especialmente destinadas a la oración. Se hubiera podido continuar celebrando en cobertizos o en cines. ¡No se hizo así!

Al recorrer el mundo, o simplemente algunos países de Europa, o simplemente algunos pueblos de Francia, percibimos que a través de las construcciones de las iglesias, se quiso expresar algo, pero ¿qué es lo que verdaderamente se ha manifestado? ¿No habríamos acaso re - sacralizado los lugares, o hemos seguido verdaderamente a Cristo que nos pide adorar en espíritu y en verdad? Y ¿qué necesidad tenemos de lugares consagrados? Es muy impresionante en la práctica cristiana: consagramos a las personas. Por la unción del óleo sagrado se consagra a los bautizados, a los confirmandos, a los sacerdotes, a los obispos que son ordenados, y en este mismo instante vamos a consagrar este lugar, este altar, ¡vamos a consagrar cosas! ¿Cómo realizamos este gesto en el sentido de la adoración en espíritu y en verdad?

Podríamos quizá reformular la pregunta de otra manera: " aquel que dice que ama a Dios a quien no ve, y no ama a su hermano a quien ve, es un mentiroso " 1 Jn. Aquel que dice que adora a Dios a quien no ve, sin realizar nunca gestos visibles de adoración, ¿es un verdadero adorador?

Nuestra condición humana, en su carne, en su sensibilidad, en su inteligencia, en sus modos de expresión, en sus facultades estéticas, ¿puede acaso unirse verdaderamente en un acto de adoración puramente mental, y sin apoyo físico?

Podemos tomar otro ejemplo: intentamos, esperamos estar en comunión con Cristo en todo momento, y sin embargo recibimos la comunión eucarística. ¿Por qué? Porque somos seres humanos que necesitamos que el trabajo

realizado en lo más íntimo de nosotros mismos se manifieste a través de actos y realidades visibles.

Para nosotros ya no es cuestión de decir que tal lugar es sagrado, que tal árbol es sagrado, que tal roca es sagrada… No se trata de re - sacralizar lo que Dios desacralizó, convirtiendo la naturaleza en el nuevo universo sagrado del hombre moderno: a falta de tener un Dios, adoran a los árboles, o a las playas, o a una atmósfera más limpia…

No es esa nuestra religión. Pero nuestra religión, que consiste en adorar en espíritu y en verdad y de estar en comunión con Cristo en lo más hondo de nosotros mismos, no puede alcanzar su plenitud sino a través de la expresión corporal que le damos. ¡Constituirse en un pueblo sin verlo jamás sería una ilusión! Ser miembro de una Iglesia sin pertenecer a ninguna comunidad, es una ilusión! ¡Pensar que estamos en comunión con Dios, sin estar en comunión con los hermanos, es pura ilusión!

Nuestra comunión espiritual alcanza verdaderamente su plenitud, cuando transforma nuestras relaciones humanas, al igual que la oración de los cristianos a lo largo de los siglos transformó las basílicas imperiales de las ciudades romanas en lugares dedicados, consagrados a la oración, definidos por la oración, conservando la arquitectura anterior y todo lo que se quiera… incluso los mosaicos. Pero poco a poco el pueblo que dio vida a estos edificios, les dio una dimensión que no consiste en hacer sagrado el edificio, sino en la consagración del pueblo.

Hace un momento, rocié las paredes de esta iglesia al mismo tiempo que os asperjaba, porque formamos un todo: la iglesia es el lugar, pero la Iglesia es el cuerpo, y el cuerpo, es el Pueblo. Por lo tanto nuestra devoción no va dirigida hacia los lugares, no hacia las piedras, ni hacia las obras de arte, va hacia la persona de Cristo. Y los lugares, las piedras, las obras de arte, la construcción inteligente de un espacio, la organización artística de un espacio, todo ello contribuye a dar cuerpo a la oración que brota de nuestros corazones; con una gran alegría sellamos esta etapa (ha habido varias, no me atrevo a decir cuántas porque no lo sé) esta nueva etapa de la capilla de las hermanas de la Asunción (risas).

Hubo varias anteriormente, lo cual es un signo muy importante, una parábola de la vida de la Iglesia, que sin cesar renueva su expresión, que no deja de

recoger los elementos de su tradición para hacer de ellos el lenguaje actual de su oración.

La evolución del lugar es también un signo de la evolución de los hombres. La Iglesia viva es una Iglesia que se transforma. Espero que Santa Marie Eugenia, por fin aquí detrás de la pared (risas) aquí, en el espacio y tiempo en que nos encontramos nosotros – pues ella no está en el espacio ni en el tiempo- ¡Espero que Marie Eugenia, con su espíritu tan creativo y sagaz, comprenda que el lugar de oración de la Asunción en 2010 no puede ser exactamente el mismo que en 1860! No solo porque el mundo ha cambiado, sino porque se trata de una comunidad viva que se expresa de otro modo, y que se expresa a través de una representación diferente. Guarda los rasgos característicos y tiene una organización que se adapta mejor a la experiencia de la oración de la comunidad hoy.

Tenemos pues la alegría de sellar, no sólo la renovación de la iglesia, sino también la esperanza de que esta remodelación del edificio manifiesta la vitalidad de la comunidad y el dinamismo que habita la congregación, no sólo en su oración, sino también en su vida de cada día. Pidamos pues con confianza al Señor que consagre este lugar, no para convertirlo en un lugar sagrado, sino para recordarnos que somos su pueblo consagrado.

3.2. Aniversario de la Canonización, Auteuil 3 de Junio 2010

Homilía del P. Benoît GRIERE, aa Hace exactamente tres años que estábamos en la Plaza de San Pedro de Roma celebrando la canonización de la Madre María Eugenia de Jesús. El acontecimiento, copiosamente regado gracias a una lluvia diluviana, nos permitió captar la figura de una santa que la Iglesia nos ponía como modelo para los creyentes.

Hoy, más modestamente, en esta capilla renovada de las religiosas de la Asunción de París, conmemoramos la santidad siempre activa en nuestro mundo de Santa María Eugenia de Jesús y la vitalidad de su posteridad

espiritual. « ¿Qué Dios es grande como nuestro Dios? La santidad es tu camino » dice el salmo. El Evangelio de este día nos lleva a profundizar en el misterio de la santidad.

Digámosle en verdad, si María Eugenia es santa, es porque estamos también nosotros llamados a la santidad. La santidad no es una distinción, una decoración, una recompensa; es ante todo el reconocimiento de un camino abierto para una persona, un camino que conduce a Dios y que permite serle fiel. Hoy, al celebrar la santidad de Santa María Eugenia de Jesús, hemos vuelto a oír la llamada permanente que Dios lanza a hombres y mujeres: Sed

santos porque vuestro Padre del cielo es santo.

El evangelio nos ilumina también. Un escriba que quiere saber cuál es el primero de todos los mandamientos, interpela a Jesús. Lo sabemos, en el judaísmo, la práctica de la ley conduce al hombre a la pureza y a la santidad. Observando los mandamientos es como el hombre llega a ser justo. Jesús, como un judío piadoso, recuerda la ley dada a Moisés. Dios es Único y hay que amarle con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas.

María Eugenia descubrió al Único oyendo a Lacordaire predicar desde el púlpito de Nuestra Señora de París, y comprendió que era necesario darle «todas sus fuerzas o mas bien toda su debilidad» para servir a la Iglesia. La verdadera santidad es la que crece en seres frágiles que reconocen su debilidad y están dispuestos a acoger la gracia. Como todos los santos auténticos antes que ella y después de ella, cuando ella supo que había un Dios, no pudo hacer otra cosa que ponerse a su servicio. María Eugenia escuchó, como Israel, y descubrió al Único. Desde entonces todo estuvo orientado por la luz dada en este encuentro. Hoy, Dios es para nosotros el Único. ¿Es esto una verdad en nuestra vida? Atención, no un Dios que vendría a aplastar nuestra condición o destruir nuestras solidaridades, sino un Dios que nos da vida y nos hace estar más presentes aún en el mundo. Porque el Dios al que amamos es el Dios de Jesucristo. Jesús, Hijo de Dios que se hizo carne y que compartió totalmente nuestra condición humana.

Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Es, a ejemplo de María Eugenia, reconocer que a pesar de nuestras debilidades y nuestras enfermedades, está Jesucristo que «vive en nosotros» y que nos moviliza para contribuir a la extensión de su Reino. Amar a Dios es amar a Jesucristo y seguir su ejemplo.

Teresa de Ávila, otra santa que nos abre un camino de vida, tuvo un sueño. Vio a un niño que le preguntaba cómo se llamaba. Teresa contestó: «Soy Teresa de Jesús».La carmelita le preguntó: y tú ¿cómo te llamas?, y el niño respondió: «yo soy el Jesús de Teresa». Creo que María Eugenia de Jesús descubrió a Jesús. Es decir, aquel al que es posible conocer cuando se reconoce a Jesús como el Único y que permanece con el oído del corazón atento. María Eugenia encontró a Jesús porque escuchó la palabra que Dios no cesa de dirigir al mundo. Se nos invita a descubrir el Único rostro de Dios que se nos revela en Jesucristo. Descubrir el Jesús de Diana, el Jesús de Thérèse Maylis, el de Martine, el de Pablo y el de Santiago…

Es escriba del Evangelio oyó también las otras palabras de Jesús: « amarás al

prójimo como a ti mismo». El amor a Dios es inseparable del amor al prójimo y

la fuerza de los santos se despliega en este único mandamiento con doble cara. María Eugenia fundó su Congregación por amor a Dios y al prójimo. El Reino de Dios que había entrado en su corazón por la escucha amante de la palabra de Jesucristo, se extendió en torno suyo por el deseo de servir a la Iglesia. Una vida contemplativa fuerte es siempre misionera. María Eugenia nos propone un camino de santidad en el que la contemplación desemboca en el servicio al hermano. Demos gracias a Dios por ella que nos abre un camino de santidad.

3.3. Abidjan, Costa de Marfil

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