Sucia Emboscada
Día 10: La última noche en la Tierra
Nubes negras se arrastran desde el norte, cubriendo poco a poco el cielo. Los soldados vuelven a mirar al este, para tormento de su ánimo: la llanura al norte del Baranduin empieza a ser ocupada por miles de orcos y hombres, una marea negra que toma posiciones poco a poco. Algunos empiezan a ocupar las cercanías de las orillas del Nenuial, a unos 300 metros de la ciudad, donde ni jabalina ni flecha alguna pueden dañarles. Grandes agujeros en la tierra señalan las recien excavadas guaridas de los trolls, salpicadas por la llanura. Se calcula que podrían contar con al menos 50 trolls. Desde una gran roca elevada, a unos 500 metros al norte de la Colina, una enorme mole de músculos recubierta de metal otea Annúminas. Todo oficial reconoce al individuo: es el temible Rogrog, cabeza pensante y puño demoledor del ejército angmareano. Subirá al rudimentario pedestal cada cierto tiempo, desde donde rugirá furiosas consignas en la lengua de los orcos y lanzará maldiciones y provocadoras palabras a los hombres en la lengua común. Cuando el sol, cubierto por las nubes, llegue a lo alto, Aranarth saldrá del refugio. En la torre este, en la que se construyó una solida plataforma de madera sobre los cascotes, el Príncipe mantiene un silencioso y tenso duelo de miradas con Rogrog. Finalmente es Aranarth quien se vuelve, para
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Con gesto resuelto, Faramis habla a sus hombres con familiaridad:
“Hermanos, aqui nos hallamos al fin. Nuestro destino y nuestros pasos han confluido en esta Colina, antiguo hogar de reyes, y nos enfrentan ahora a una tormenta negra cuyo final la vista no puede alcanzar. Los mugrientos orcos gritan y perjuran, pero saben que no son nada frente al poder de los dúnedain, de los descendientes de Elendil y de las puntas de nuestras lanzas. Habeis visto al Príncipe Aranarth, nuestro señor, y habeis visto el gran ejército que formamos. Nuestros estandartes permanecerán cuando el último orco haya caído, y los trolls retrocederán ante nuestras picas, ¡los sureños necesitarían caballos el doble de grandes para acercarse a nosotros! Os conozco a todos y cada uno de vosotros, y conozco cúan fuerte aferrais los mástiles de nuestras poderosas lanzas, y os digo que la escoria de Angmar deberá arrastrarse hacia su escondite del Norte. ¡El Baranduin será un torrente de sangre negra! Y cuando esta batalla concluya, las humaredas de los orcos muertos se verán en todo el mundo, ¡y el Enemigo sabrá que el Norte pertenece a los Hombres! Nuestras picas serán los estandartes del gran Reino del Norte, y nadie osará jamás poner la mano encima de los dúnedain. Dormid hoy agarrados a vuestras lanzas, porque serán nuestras amantes en los días por venir. Que las bendiciones del Astaldo nos protejan”.
satisfacción de Rogrog; el Príncipe, ceñudo, manda reforzar la línea del vado con mil hombres más. Decenas de voces, desde nobles a cabos, dan las órdenes oportunas y a la hora del almuerzo dos mil hombre cubren el paso del río.
El día, como los anteriores, se dedican a las tareas ordinarias, a pesar de lo crítico de la situación.
Al atardecer, Aranarth convoca a sus hombres en la Explanada. Los soldados forman por primera vez desde que acamparan en la Colina. Miles de hombres ocupan la explanada dejando un amplio pasillo que los atraviesa a lo largo. En el extremo más cercano al refugio del Príncipe se alinean los nobles, dos filas de caballeros de armaduras relucientes y vistosas capas, todos de gesto adusto y valeroso. En cabeza, Aranarth. Porta una esplendida coraza de plata que crea un tenue halo brillante a su alrededor. En su brazo izquierdo sostiene un hermoso yelmo plateado, y la mano derecha sujeta una afilada espada larga. Su magnífico caballo blanco luce las bardas reales, con las siete estrellas de plata bordadas en el paño negro. Con paso decidido, el corcel del Príncipe recorre el pasillo mientras éste entona un valeroso discurso que es oído en silencia por los hombres, que al final prorrumpen en vítores, alentados por el coraje de su señor.
Durante la tarde, hasta poco antes de la hora de descansar, se suceden los discursos de ánimo de los nobles,
capitanes y otros oficiales a sus hombres. Faramis se reune con sus Raggers poco después de la cena. Viste con el uniforme de siempre, pero tocado con una brillante capa roja con el símbolo de los Raggers bordado en negro. Habla con voz más animada que en los días anteriores (ver Faramis ante sus Raggers), arengando a sus lanceros, que corean y juran fidelidad eterna al finalizar. Luego, parlamentará con los capitanes, Gûra (si estuviera vivo) y PJs sobre temas no relacionados con la guerra. Melyanna y Dimrod conversarán con los PJs e Isten el Joven (en caso de que éste aún viviera); Eoden, si sigue vivo, visitará al grupo. Está más endurecido, pero sigue igual de presumido o incluso más (pertenece a una compañía de exploradores de un noble menor). Al cabo de una hora todos se despiden y se marchan a dormir; en la cabeza de todos ronda la creencia de que será la última noche de descanso para los Hombres del Norte.
Durante la noche, los trolls salen de sus refugios y braman desde el otro lado del río. Algunos tiran grandes rocas desde la orilla norte, pero no llegan por muy poco a la orilla sur. Los hombres del vado están muy nerviosos y piden refuerzos.
Un levísimo cambio en el cielo, una variación en el tono de las nubes anuncian la llegada del alba. Los rugidos de los trolls se cambian por la ominosa presencia de grandes nubes rojas y negras que dominan el cielo hasta donde la vista se pierde.