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La amplitud del concepto de sucesión apostólica

VII. Ministerio y vida del sacerdote

3. La amplitud del concepto de sucesión apostólica

Tras haber repasado los grandes movimientos apostóli­ cos de la historia de la Iglesia, volvemos a la tesis que ya había anticipado tras el breve análisis de los hallazgos bíblicos: el

concepto de la sucesión apostólica ha de ser ampliado y pro­ fundizado si queremos hacer justicia a todo lo que pretende sig­

nificar. ¿Qué significa esto? En primer lugar, hay que retener

como núcleo de este concepto la estructura sacramental de la Iglesia, en la que ésta recibe siempre de nuevo la herencia del apóstol, la herencia de Cristo. Por el sacramento, en el que actúa Cristo a través del Espíritu Santo, se diferencia ella de todas las demás instituciones. El sacramento significa que ella vive desde el Señor como «criatura del Espíritu Santo», y continuamente es recreada. En ello hay que considerar los dos componentes del sacramento, pertenecientes uno al otro de forma inseparable, de los cuales ya hemos hablado ante­ riormente: primero está el elemento cristológico-encarnacio- nal, es decir, la referencia permanente de la Iglesia a la unicidad de la encarnación y del acontecimiento pascual, el vínculo con la actuación histórica de Dios. Pero también esta, igualmente, la actualización de ese acontecimiento en la fuer­ za del Espíritu Santo, por tanto, el componente cristológico- pneumatológico, la novedad y continuidad de la Iglesia viva garantizadas al mismo tiempo.

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Con ello queda resumido lo que en la Iglesia siempre fue

enseñado como esencia de la sucesión apostólica, el núcleo

propio del concepto sacramental de Iglesia. Pero este núcleo es empobrecido, atrofiado, cuando con ello se piensa sólo en la estructura de la iglesia local. El ministerio de la sucesión de Pedro rompe la mera estructura de la iglesia local; el sucesor de Pedro no es sólo el obispo local de Roma, sino obispo para toda la Iglesia y en toda la Iglesia. El personaliza con ello una parte esencial de la misión apostólica que nunca puede faltar en la Iglesia. Pero el mismo ministerio de Pedro no vol­ vería a comprenderse y, por tanto, se distorsionaría en una figura excepcional monstruosa, si se responsabilizara sólo a su portador de desarrollar la dimensión universal de la suce­ sión apostólica20. Siempre tiene que haber también en la Iglesia

servicios y misiones que no son de naturaleza meramente local, sino que sirven a la misión universal y a la extensión del

Evangelio. El Papa está remitido a estos servicios, y estos a él,

y en la conjunción de ambas formas de misión, se realiza la sinfonía de la vida eclesial. La edad apostólica normativa subraya, de forma evidente, estos componentes como irre- nunciables para la vida de la Iglesia. El sacramento del orden, el sacramento de la sucesión se hace necesario para esa forma estructural, pero está rodeado, más aún que las iglesias loca­ les, de múltiples servicios, y, aquí, la participación de las mujeres en el apostolado de la Iglesia es también enorme.

Resumiendo todo, podríamos decir verdaderamente que el

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a aversión frente al primado y la desaparición de su sentido para la Iglesia uni­

versal está unido, precisamente, con el hecho de que la idea de Iglesia universal sólo se encuentra concretada en el papado, y éste, aislado y sin relación vital res­ pecto a las realidades de toda la Iglesia, aparece como un monolito escandaloso Jjue dificulta la imagen de una Iglesia reducida a servicios meramente locales y a convivencia de las comunidades. La realidad de la Iglesia antigua no tiene nada Sue ver con esto.

primado del sucesor de Pedro existe para garantizar esos componentes esenciales de la vida eclesial, y ordenarlos hacia las estructuras de las iglesias locales.

Para evitar malentendidos, tengo que decir aquí clara­ mente: los movimientos apostólicos siempre aparecen en la historia con formas nuevas; necesariamente, porque son la respuesta del Espíritu Santo a las situaciones cambiantes en las que vive la Iglesia. Y, así como las vocaciones al sacerdo­ cio no pueden hacerse, establecerse, administrativamente, del mismo modo, los movimientos no pueden ser implanta­ dos por la autoridad de forma planificada, sino que son dones. Sólo hemos de estar atentos a admitir de ellos lo auténtico a través del don del discernimiento, a aprender a superar lo inservible. De la mirada retrospectiva a la historia de la Iglesia podría concluirse agradecidamente que, a través de todas las dificultades, siempre se logró crear espacio en la Iglesia para las grandes nuevas irrupciones. No podría tam­ poco ignorarse la cantidad de estos movimientos que fracasa­ ron o condujeron a separaciones permanentes: montañistas, cátaros, valdenses, husitas, el movimiento de la Reforma del siglo XVI. Y, de hecho, habría que hablar de culpas por ambas

partes respecto a que, al final, haya prevalecido la separación.

3. Diferenciasycriterios

Así, como última tarea de esta ponencia resulta inevitable la pregunta por los criterios del discernimiento. Para poder responderla bien tendría, en primer lugar, que precisar aun con un poco más de exactitud el concepto «movimiento», quizá, incluso, establecer una tipología de los movimientos. Evidentemente, todo esto no puede hacerse aquí. Hay que

guardarse también de proponer una definición demasiado rigurosa, pues el Espíritu Santo siempre tiene preparadas

maravillas inesperadas, y, entonces, sólo retrospectivamente

reconocemos que detrás de las grandes diferencias reina una

esencia común. Quiero, sin embargo, como presupuesto para la aclaración conceptual, delimitar muy brevemente tres tipos diferenciables entre sí, que se pueden observar, en cualquier caso, en la historia reciente. Los caracterizaría con los con­ ceptos de movimiento, corriente e iniciativa. El movimiento litúrgico de la primera mitad de este siglo, así como el movi­ miento mariano en la Iglesia que a partir del siglo XIX ha des­

tacado cada vez con más fuerza, no los caracterizaría como movimientos, sino como corrientes que, por su parte, se habrían desplegado en movimientos concretos como congre­ gaciones marianas o agrupaciones de la juventud católica, pero que se extenderían más allá. Las recogidas de firmas para pedir una definición dogmática o para solicitar cam­ bios en la Iglesia, como hoy se dan de forma acostumbra­ da, no son, nuevamente, movimientos, sino iniciativas. Lo que es un movimiento puede verse muy bien de la forma más clara en las corrientes alemanas y francesas del siglo

XIII: los movimientos provienen en su mayoría de un guía

de personalidad carismàtica, se configuran en forma de comunidades concretas que, a partir de ese origen, viven con nuevo espíritu todo el Evangelio y reconocen sin vaci­ laciones a la Iglesia como su fundamento vital, sin la cual no podrían existir21.

Con este deficiente intento de dar algún tipo de defini­ ción estamos situados ya, sin embargo, en los criterios que, Por así decirlo, ocupan el lugar de una definición. El criterio

esencial ha surgido ya, precisamente, espontáneamente: es el

*' De gran ayuda para determinar la naturaleza de los movimientos es: A. Cattaneo,

«I movimenti ecclesiali: aspetti ecclesiologici»: «Annales Theologici» 11 (1997)

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enraizamiento en la fe de la Iglesia. Quien no comparte la fe apostólica no puede reclamar una actividad apostólica. Por­ que la fe es sólo una para toda la Iglesia y, así, origina su uni­ dad; a la fe apostólica está unida la voluntad de unidad, de estar en la comunión viva de toda la Iglesia, concretando: de permanecer con los sucesores de los apóstoles y con el sucesor de Pedro, que tiene la responsabilidad de conjugar Iglesia universal e iglesia particular como el pueblo uno de Dios. Si lo «apostólico» es el lugar de los movimientos en la Iglesia, entonces, la voluntad de llevar una vita apostólica tie­ ne que ser fundamental en todos los tiempos. Por tanto, la renuncia a la propiedad, a la descendencia, a entremezclar la propia imagen de Iglesia, es decir, obediencia en el segui­ miento de Cristo, han de ser considerados para todos los tiempos como los elementos esenciales de la vida apostólica, que, naturalmente, no pueden regir de la misma forma para todos los miembros de un movimiento, pero sí que constitu­ yen para todos, de forma diferenciada, orientación para la propia vida. La vida apostólica no es, además, finalidad por sí misma, sino que procura la libertad para el servicio. La vida apostólica implica la actuación apostólica: en el lugar más importante se encuentra, de nuevo de forma diferencia­ da, el anuncio del Evangelio como el elemento misionero por excelencia. En el seguimiento de Cristo la evangelización es siempre ante todo evangelizare pauperibus, anuncio del Evangelio a los pobres. Esto, sin embargo, no sólo se lleva a cabo con palabras; el amor, que constituye su centro interno, su núcleo de verdad y de acción, al mismo tiempo, tiene que ser vivido y, de esta forma, convertirse en anuncio. Por ello, también el servicio social siempre está unido de alguna forma con la evangelización. Todo esto presupone, mayormente desde la fuerza contagiosa del carisma inicial, un profun­ do encuentro personal con Cristo. El ser comunión y el construir la comunión no excluye el elemento personal,

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sino que lo exige. Sólo donde la persona es tocada y abier­ ta por Cristo en su profundidad más íntima, allí también puede ser tocado el otro en su interior, sólo allí puede

acontecer la reconciliación en el Espíritu Santo, sólo allí

puede crecer la verdadera comunión. Dentro de esta

estructura cristológica-pneumática y existencial funda­

mental pueden darse, pues, muy distintos acentos y pesos específicos, en los que siempre tiene lugar la novedad del cristianismo, el Espíritu de la Iglesia siempre «rejuvenece como un águila» (Sal 103,5).

Desde aquí se perciben tanto los peligros que existen con los movimientos, como los caminos de superación. Los aso- ciacionismos inquietan al poner un acento desmesurado en la misión específica que surge en un período o resulta de un carisma. Si el movimiento espiritual no es experimentado como una forma de existencia cristiana, sino como el ser tocado por la simple totalidad del mensaje, puede conducir a la absolutización del movimiento que se entiende a sí mismo como la Iglesia, como camino para todos, mientras ese único camino puede compartirse de distintas formas. Así, desde la frescura y la totalidad del movimiento, amenaza de forma casi inevitable el choque con la comunidad local, con lo que las dos partes pueden ser culpables y de lo cual serían espiri­ tualmente responsables las dos partes. Las iglesias locales pueden haber caído en un cierto conformismo con el mundo, la sal puede volverse sosa, como Kierkegaard ha expuesto con mordaz sagacidad en su crítica de la cristiandad. Tam­ bién allí donde el alejamiento de la radicalidad del Evangelio no ha alcanzado el punto criticado por Kierkegaard, la irrup­ ción de lo nuevo, sin embargo, será vivenciada como obstácu­ lo, también cuando aparece con toda clase de enfermedades infantiles y de absolutizaciones equivocadas, como sucede a menudo.

Ambas partes tendrían que dejarse educar por el Espíri­ tu Santo y también por la autoridad eclesiástica, aprender una abnegación sin la cual no es posible el acuerdo interior en la multiplicidad de formas de la fe vivida. Ambas partes tienen que aprender una de otra a dejarse purificar, a sopor­ tarse y a llegar a aquella actitud de la que Pablo habla en el gran canto sobre el amor (1 Cor 13,4ss). Así, hay que exhortar

a los movimientos a que, aun cuando hayan encontrado la tota­ lidad de la fe en su camino y así lo transmitan, son un regalo en el conjunto de la Iglesia y en general, y tienen que someterse a las exigencias de esa totalidad para ser fieles a su propia natu­ raleza22. Sin embargo, hay que llamar también la atención a las

iglesias locales, a los obispos, al respecto de que no pueden aplaudir un uniformismo de formas y planes pastorales. No pueden convertir sus propios planes pastorales en criterio de aquello que le está permitido obrar al Espíritu Santo: con meras planificaciones las iglesias podrían hacerse impermea­ bles al Espíritu Santo, a la fuerza de la que viven2Í. No se trata

de que todo tenga que conllevar una organización unificada; ¡es preferible menos organización y más espíritu! Ante todo no puede existir un concepto de communio en el que la búsqueda de evitar conflictos se convierta en el supremo valor pastoral. La fe también es espada, y puede exigir precisamente conflicto en pro de la verdad y del amor (cf. Mt 10,34). Un concepto de unidad eclesial en el que los conflictos son rechazados desde un principio como extremismos, y la paz interna es lograda renunciando a la totalidad del testimonio, se mostrará pronto como algo falaz. Finalmente, no se puede establecer una prio­ ridad afectada de la razón que equipare el celo de los tocados

22 Cf. Cattaneo, op. cit., 423-425. 21 Sobre esto insiste Cattaneo: 413 y 417.

por el Espíritu Santo y su fe inocente en la palabra de Dios con el anatema del fúndamentalismo, y que sólo admite aún una fe para la cual los condicionantes y las trabas son más importan­ tes que la esencia de aquello mismo en lo que se cree. Para ter­ minar, todos se tienen que dejar medir en el amor a la unidad de la Iglesia una, que es única en todas las iglesias particulares y que, como tal, siempre vuelve a aparecer en los movimientos apostólicos. Iglesias particulares y movimientos apostólicos tendrán siempre ambos que reconocer y aceptar que dos cosas tienen validez por igual: ubi Petrus, ibi ecclesia-ubi episcopus,

ibi ecclesia. Primado y episcopado, estructura de la iglesia par­

ticular y movimientos apostólicos se necesitan entre sí: el pri­ mado sólo puede vivir con y a través de un episcopado vivo, el episcopado sólo puede salvaguardar su unidad dinámica y apostólica orientado hacia el primado. Allí donde se debilita uno de los dos es sufrido por la Iglesia entera.

Tras todas estas reflexiones, al final debería prevalecer ante todo agradecimiento y alegría. Agradecimiento porque el Espíritu Santo también hoy está trabajando en la Iglesia de forma totalmente manifiesta, y le sigue regalando nuevos clones por los que ella experimenta de nuevo la alegría de su juventud (Sal 42,4 Vg.). Agradecimiento por todos los hom­

bres,jóvenes y mayores, que han acogido la llamada del Espí- ntu y sin volver la vista atrás han entrado con alegría al servicio del Evangelio. Agradecimiento por los obispos, que abren nuevos caminos, creándoles espacio en sus iglesias particulares, luchando con ellos pacientemente para superar

su Parcialidad y conducirlos hacia su forma correcta. Y, ante

todo, agradecemos al que es aquí y ahora Papa, Juan Pablo II, *jUe n°s precede a todos en la capacidad de entusiasmo, en la

erza de la juventud interior que emana de la fe, en el dis­

cernimiento de espíritus, en la lucha humilde y valiente por ^rea^zación del servicio al Evangelio, en la unidad con los lspos del orbe desde la escucha y la orientación, y es para

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todos nosotros guía hacia Cristo. Cristo vive, y envía desde el Padre el Espíritu Santo, ésta es la experiencia feliz y vivifi­ cante que surgirá precisamente del encuentro con los movi­ mientos eclesiales de nuestro tiempo.

IX

PRESENTACIÓN DE LA DECLARACIÓN

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