El cristianismo supuso un cambio radical en el concepto del tránsito final. La muerte era necesaria para alcanzar la vida verdadera, la cual se prometía eterna y que acababa con todas las angustias y temores suscitados por el sentimiento de la pérdida de la individualidad, la corrupción del cuerpo y el temor al más allá. Cristo con su resurrección representaba la negación de la muerte a través de la reconstitución del cuerpo y de su posterior inmortalidad154. En los textos evangélicos, la condición original para alcanzar la perpetuación de la carne se resumía en la conversión a través del
154
1 Corintios 15, 20-22 “Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicias de los que mueren. Porque como por un hombre vino la muerte, así, por un hombre, la resurrección de los muertos. Y como todos mueren en Adán, así todos revivirán en Cristo”.
94
bautismo155. Desde ese momento el individuo tenía asegurada la resurrección y el disfrute de la eternidad. En este primer estadio teológico, la buena muerte se circunscribió a aquellos que se habían convertido en contraposición con la mala muerte destinada a todos los que no estaban unidos en Cristo a través del bautismo. Pronto la patrística se encargó de matizar el acceso a la inmortalidad. Para alcanzarla no bastaba con ser miembro del cuerpo de la Iglesia. El cristiano debía llevar una vida ajustada y libre de pecado si quería aspirar a la resurrección futura156. Aparecerá el pecado como un obstáculo permanente capaz de nublar la certeza absoluta en la vida sobrenatural y con él la advertencia de que sin haber llevado una vida conforme con los preceptos evangélicos resultaba extremadamente difícil tener una buena muerte. Por otra parte, los momentos finales de la agonía estaban rodeados de tremendos peligros entre los que se encontraban las constantes tentaciones del demonio y la desesperación por no poder alcanzar la tan ansiada inmortalidad, con lo que la buena muerte se podía transformar en mala muerte que, inevitablemente, conducía a la condenación eterna.
Ambos conceptos tuvieron interpretaciones y matices diferentes según los niveles culturales. Por supuesto que las clases intelectuales encabezadas por religiosos y eclesiásticos consideraron como buena muerte la de aquellos que habiendo vivido dentro de las normas establecidas por la Iglesia, morían con el arrepentimiento de los pecados cometidos y con el perdón de sus culpas, recibiendo los últimos sacramentos de la eucaristía y la extremaunción. En teoría este hecho confirmaba, ante toda la colectividad, de manera oficial, la buena muerte del individuo con independencia de la clase de agonía que tuviera. Mientras que los usureros recalcitrantes, los blasfemos reconocidos, los apóstatas, los herejes y los asesinos sin contrición, estaban irremisiblemente abocados a la condenación eterna cuyo prolegómeno era su mala muerte. Sin embargo, en realidad los espacios existentes entre una buena o mala muerte resultaban muy angostos. Las clases iletradas añadieron una serie de condicionantes de
155
Romanos 6, 3-4
156
El maestro Venegas explicaba el por qué el bautismo no bastaba para conceder la inmortalidad al cuerpo: “La primera es porque si en el bautismo se recobrara la inmortalidad, no pudieran padecer los hombres, y por consiguiente no merecieran. La segunda, que si los bautizados nunca muriessen, tendrían la experiencia de la inmortalidad que se les dio en el Bautismo y por aquella certeza infalible olvidaran otras verdades que la fe les manda creer, assí se les menoscabaría la fe en esta vida en alguna manera, la qual se requiere de necesidad para caminar a la otra vida perpetua”, VENEGAS, Alejo: Agonía de..., op.
95
carácter ético-mágico relacionados con sus ámbitos cotidianos. Aquellos que habían contravenido las normas sociales impuestas por el grupo eran más susceptibles de tener una mala muerte. A los que se les suponían robos a la comunidad, incumplimiento de tratos o promesas, acaparamiento de alimentos y otros bienes, fraudes en los pesos y medidas o actuaciones que habían dado motivo a rencillas o agresiones, el imaginario popular les atribuía una mala muerte. Esta se podía traducir en una larga agonía acompañada de tremendos dolores y largos sufrimientos. Asignar una mala muerte a esta clase de individuos era el último rechazo que la sociedad les aplicaba y la corroboración de un justo castigo que la divinidad les infligía por sus actos. En muchas ocasiones, la percepción entre la buena y la mala muerte no era simétrica en ambos niveles. Alguien podía morir acompañado de todos las exigencias eclesiásticas y, sin embargo, suscitar entre la comunidad la sensación de que había muerto de manera horrible, de mala muerte.
No solamente una larga y dolorosa agonía significaban una mala muerte. La muerte instantánea e inesperada suponía abandonar este mundo sin tener tiempo a preparar el alma ante tan decisivo trance. El hombre generaba el pecado continuamente y era muy difícil que el momento final lo sorprendiera en estado pleno de gracia. Durante la Edad Media, y particularmente en los siglos XIV y XV, se fue desarrollando un complejo entramado de ideas entre las que destacaba la caducidad de la vida. La vida terrenal era un tránsito efímero cuyo destino estaba abocado a la muerte que significaba la verdadera vida perdurable. El triunfo de esta concepción se popularizó gracias al modelo retórico ¿ubi sunt? conectado con la fugacidad imparable del tiempo y la
muerte igualatoria de las Danzas Macabras157. El mundo estaba lleno de falsos engaños
tan perecederos como el mismo cuerpo y era necesario para morir bien hacer caso omiso a las cosas temporales dedicando la existencia en esta vida a la preparación de la muerte158. Erasmo de Rótterdam en su libro Preparación y aparejo para bien morir,
157
HUIZINGA, J.: El otoño de la Edad Media, Madrid, Alianza, 2004, p. 184; VENEGAS, Alejo: Agonía
del..., op. cit., punt. VI, cap. XIII, p. 267; NOLA, A. M. di: La negra señora. Antropología de la muerte y el luto, Barcelona, Belacqua, 2006, p.108. Este último considera que las teorías expuestas por autores
como Ariès o Vovelle respecto a la evolución del concepto sobre la buena y mala muerte están insertas en un criterio de evolucionismo histórico un tanto discutible. La meditación sobre la buena y la mala muerte parece que tiene raíces más antiguas estando ya presente en los textos antiguos.
158
A mediados del siglo XV, Juan de Mena expresará este viejo tópico cargado de admoniciones sobre el comportamiento de los personajes de su tiempo. “Razonamiento que hace Juan de Mena con la muerte”, en Poesía crítica y satírica del siglo XV, edición de Julio Rodríguez Puértolas, Madrid, Castalia, 1984, pp. 182-187.
96
publicado en 1535, decía, siguiendo a Séneca, que la preparación para la muerte era el ensayo de la nueva vida159. Se imponía pues una constante reflexión sobre el postrer momento, en la cual el cristiano debía considerar la corruptibilidad del cuerpo humano y el rechazo a las cosas terrenas como único medio para llegar a una buena muerte. Según la pedagogía de teólogos y moralistas la vida buena conducía a morir bien, mientras que la vida en el pecado implicaba la muerte perpetua y, por lo tanto, una mala muerte.
El proceso de implantación y difusión de este pensamiento se basó en una serie de factores muy complejos. Con toda seguridad uno de los hechos que contribuyó al desarrollo de la concepción cristiana de la buena y mala muerte fue el proceso de mundanización y secularización que se advierte en la sociedad europea a partir del
impulso económico del siglo XV160. Los moralistas y predicadores habían agotado los
viejos exempla medievales, mientras que la sociedad iba adquiriendo una conciencia cada vez más individual en la que se propagaba, con creciente intensidad, la inclinación por la vida terrenal. Como reacción a este creciente afán por las cosas profanas se produjo la respuesta de las instituciones eclesiásticas que advertía sobre la terrible realidad de la muerte capaz de acabar, no sólo con todos los goces y placeres mundanos, sino con el cuerpo biológico a través de la corrupción. Surgirán abundantes tratados en los que la imagen de la muerte se centrará en un rechazo insistente de la mala muerte frente a la buena muerte, que será considerada como la máxima aspiración que debe tener todo cristiano. En estos textos se mostrará el miserable fin del ser humano a la vez que, en el polo opuesto, se asegurará su inmortalidad siempre que la vida del individuo hubiese sido virtuosa. La insistencia de los tratadistas por describir las tremendas fases de la agonía y los espantosos castigos posteriores a la muerte, en el caso de morir en pecado, generaron un temor visceral a los últimos momentos popularizando el género literario de las Ars moriendi encaminadas a la preparación del cristiano para morir bien y tener un dichoso tránsito. En el paso de la Edad Media a la Edad Moderna, las artes de bien morir se difundirán de manera notable gracias a la simplificación de sus mensajes retóricos acompañados de abundantes xilografías que ilustrarán, de manera convincente
159
ERASMO de RÓTTERDAM: Preparatio ad morten, (traducción de Bernardo Pérez de Chinchón), en REY HAZAS, A.: Artes de bien morir. Ars moriendi de la Edad media y del siglo de Oro, Madrid, Lengua de Trapo, 2003, p. 31.
160
MARAVALL, J. A.: El mundo social de “La Celestina”, Madrid, Gredos, 1972, pp. 172 y ss. Este historiador argumenta que, a finales de la baja Edad Media, la muerte aparecerá simplemente como algo negativo sin connotaciones claramente definidas con respecto al destino sobrenatural del individuo.
97
y didáctica, una meditación que hasta entonces estaba reservada a los círculos intelectuales eclesiales. Por supuesto que siendo la mayoría de los fieles iletrados esta percepción les llegó de manera reducida a través de la predicación y de las imágenes, pero fue suficiente para crear en el común de las gentes una creciente angustia por la forma de morir. De los principales tratados de bien morir, se fueron desgajando numerosos manuales y pequeñas obritas destinadas a la instrucción del clero. En ellos se explicaba de manera sencilla los pasos que el sacerdote tenía que llevar a cabo durante la asistencia al moribundo y las fórmulas de las oraciones que convenían recitar según las distintas situaciones. A mediados del siglo XVII, las ediciones de las artes de bien morir alcanzarán en España su punto más álgido, si bien es cierto que muchas de ellas serán reediciones y copias de las anteriores161.
A la vez que la representación de la buena muerte va calando en todas las capas sociales, su interpretación final irá variando susceptiblemente. La inmortalidad del alma dará paso a una concepción mucho más restringida: la evitación de las terribles penas del Purgatorio. Todos los esfuerzos del fiel cristiano estarán centrados en salir de este mundo libre de los pecados cometidos, posponiendo, de manera difusa, el futuro destino del alma en la resurrección y en la inmortalidad162.