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La charla de Liesel

In document La Ladrona de Libros Zusak Markus (página 161-168)

Definir qué tipo de personas eran Hans y Rosa Hubermann es uno de los problemas más difíciles de solucionar. ¿Gente amable? ¿Gente profundamente ignorante? ¿Gente de salud mental cuestionable?

Definir el aprieto en que se habían metido resultaba más sencillo.

LA SITUACIÓN DE HANS

Y ROSA HUBERMANN Bastante, bastante peliaguda. De hecho, tremendamente peliaguda.

Cuando un judío aparece en tu casa de madrugada, en la mismísima cuna del nazismo, es más que probable que experimentes niveles extremos de desasosiego. Angustia, incredulidad, paranoia... Todas desempeñan su papel y todas desembocan en la secreta sospecha de que las consecuencias que aguardan no son demasiado halagüeñas. El miedo resplandece. Deslumbra.

Por sorprendente que parezca, ha de admitirse que, a pesar del miedo iridiscente que relucía en la oscuridad, consiguieron controlar el embate de la histeria.

Rosa le ordenó a Liesel que se fuera.

—Bett, Saumensch —dijo con voz tranquila, pero firme. Muy poco habitual. Hans apareció al cabo de unos minutos y retiró las sábanas de la otra cama.

—Alles gut, Liesel? ¿Todo bien, Liesel? —Sí, papá.

—Como ves, tenemos visita. —Liesel sólo adivinaba el contorno de la talla de Hans Hubermann en la oscuridad—. Esta noche dormirá aquí.

—Sí, papá.

Minutos después, Max Vandenburg aparecía en la habitación, silencioso y opaco. El hombre no respiraba. No se movía. Sin embargo, se las ingenió para salvar la distancia que separaba la puerta de la cama y meterse bajo las sábanas.

—¿Todo bien? —volvió a preguntar Hans, esta vez a Max.

La respuesta salió flotando de sus labios y adoptó la forma de una mancha en el techo. Tal era la vergüenza que lo embargaba.

—Sí, gracias.

Volvió a repetirlo cuando Hans se dirigió hacia su asiento habitual, junto a la cama de Liesel. «Gracias.»

Habría de transcurrir una hora para que Liesel se rindiera al sueño. Durmió larga y profundamente.

Una mano la despertó a la mañana siguiente pasadas las ocho y media. La voz al final de la mano le informó de que aquel día no iría al colegio. Por lo que le dijeron, estaba enferma.

Cuando se desperezó del todo, miró al extraño de la cama de enfrente. Por la manta sólo asomaba un arrebujo de pelo aplastado hacia un lado. No hacía ruido, como si hubiera aprendido a dormir en silencio. Pasó junto a él con sumo cuidado y siguió a su padre al vestíbulo.

Por primera vez en su vida, la cocina y su madre todavía no habían entrado en ebullición. Estaban envueltas en una especie de silencio inaugural algo desconcertado. Para alivio de Liesel, sólo duró unos minutos.

Se oía el rumor de las bocas masticando. Rosa anunció las prioridades del día.

—Escucha, Liesel, tu padre va a decirte algo —la informó, sentándose a la mesa. Aquello iba en serio, ni siquiera había utilizado un Saumensch, todo un reto personal de abstinencia—. Y quiero que lo escuches con atención, ¿está claro?

La niña todavía estaba tragando. —¿Está claro, Saumensch?

Eso estaba mejor.

La niña asintió con la cabeza.

Cuando Liesel volvió a entrar en el dormitorio para coger su ropa, el cuerpo de la otra cama se había dado la vuelta y estaba hecho un ovillo. Ya no era un tronco largo, sino algo con forma de zeta atravesado en diagonal. Zigzagueando la cama.

Le vio el rostro bajo la luz mortecina. Tenía la boca abierta y su tez era del color de las cáscaras de huevo. Unos pelillos le cubrían la mandíbula y la barbilla. Tenía las orejas duras y pegadas al cráneo, y la nariz pequeña pero deformada.

Se volvió.

—¡Mueve el culo!

Lo movió, derecha al lavabo.

En cuanto se cambió y salió al vestíbulo, se dio cuenta de que no iba a ir muy lejos: su padre estaba ante la puerta del sótano, sonriéndole ligeramente. Encendió la lámpara y la llevó abajo.

Hans la invitó a que se pusiera cómoda entre las montañas de sábanas viejas y el olor a pintura. En las paredes refulgían las palabras pintadas que había aprendido tiempo atrás.

—Tengo que decirte algo.

Liesel se sentó sobre una montaña de un metro hecha con sábanas viejas y su padre en un bote de pintura de quince litros. Hans estuvo buscando las palabras unos minutos. Cuando por fin acudieron a él, se levantó para entregárselas y se frotó los ojos.

—Liesel, nunca estuve seguro de si esto llegaría a ocurrir, por eso no te hablé... —confesó con voz queda—. De mí. Del hombre de arriba.

Empezó a pasear por el sótano arriba y abajo. La lámpara ampliaba su sombra en la pared y lo convertía en un gigante que caminaba de un lado al otro.

Cuando se detuvo, la sombra se cernió sobre él, vigilante. Siempre había alguien vigilando.

—¿Sabes la historia de mi acordeón? —preguntó, y ahí empezó a contar. Le habló de la Primera Guerra Mundial y de Erik Vandenburg, y luego de la visita a la mujer del soldado caído.

—El niño que entró en la habitación aquel día es el hombre de arriba.

Verstehst? ¿Lo entiendes?

La ladrona de libros escuchaba la historia de Hans Hubermann. Transcurrió una buena hora hasta que llegó el momento de la verdad, que se tradujo en una obvia y necesaria charla.

—Liesel, escúchame bien.

Su padre la hizo levantar y le cogió la mano. Estaban de cara a la pared.

Formas oscuras, y el ejercicio de las palabras. Hans le apretaba los dedos con fuerza.

—¿Recuerdas el cumpleaños del Führer, cuando volvimos a casa la noche de la hoguera? ¿Recuerdas lo que me prometiste?

La niña asintió.

—Que guardaría un secreto —contestó a la pared.

—Eso es. —Las palabras pintadas se distribuían entre las sombras de las manos entrelazadas, apoyadas en sus hombros, descansando en sus cabezas y colgándoles de los brazos—. Liesel, si le hablas a alguien del hombre de arriba, todos nos veremos en un serio aprieto. —Caminaba por la cuerda floja, oscilando entre aterrorizarla hasta los tuétanos y tranquilizarla lo suficiente para que no perdiera la calma. Le dio de comer las frases y la observó con su mirada metálica. Desesperación y serenidad—. A tu madre y a mí se nos llevarían seguro.

A Hans le preocupaba pasarse de la raya, pero calculó el riesgo y prefirió equivocarse y pecar de más que de menos. La complicidad de la niña debía ser absoluta e inequívoca.

Acercándose al final, Hans Hubermann miró a Liesel Meminger y comprobó que estuviera atenta.

Le recitó una lista de consecuencias. —Si le hablas a alguien de ese hombre... Su profesora.

Rudy.

Daba igual quién fuera.

Lo importante era que todos podían ser castigados.

—Para empezar, me llevaré todos y cada uno de tus libros... y los quemaré. —Qué crueldad—. Los arrojaré a los fogones o a la chimenea. —Actuaba como un tirano, pero era necesario—. ¿Entendido?

La conmoción abrió un agujero en ella, muy limpio, muy preciso. Las lágrimas brotaron de sus ojos.

—Sí, papá.

—Siguiente. —Debía mantenerse firme, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para conseguirlo—. Te apartarán de mi lado. ¿Eso te gustaría?

Liesel se echó a llorar en serio.

—Nein.

—Bien. —Le apretó aún más la mano—. Se llevarán a ese hombre y tal vez a mamá y a mí también... Y nunca, nunca más volveríamos.

Con eso fue suficiente.

La niña se puso a sollozar tan desesperadamente que Hans apenas pudo refrenar el deseo de atraerla hacia él y estrecharla con fuerza entre sus brazos.

No lo hizo, sino que se agachó y la miró a los ojos para dejar escapar las palabras más suaves que le había dirigido hasta el momento: Verstehst du mich?

¿Me entiendes?

La niña asintió con la cabeza. Lloraba y, ahora sí, desarmada y deshecha, su padre la abrazó en el ambiente teñido de pintura y luz de queroseno.

—Lo entiendo, papá, de verdad.

El cuerpo de su padre amortiguó su voz. Permanecieron abrazados un buen rato, Liesel con la respiración entrecortada y su padre acariciándole la espalda.

Cuando subieron, encontraron a Rosa sentada en la cocina, sola y pensativa. Se levantó al verlos y le hizo un gesto a Liesel para que se acercara, reparando en las lágrimas secas que le veteaban la cara. Atrajo a la niña hacia sí y la envolvió en un rudo abrazo típico de ella.

—Alles gut, Saumensch?

No necesitaba una respuesta. Todo iba bien.

El dormilón

Max Vandenburg durmió tres días seguidos.

Liesel lo observó durante ciertos pasajes de ese sueño. En realidad podría decirse que, al tercer día, mirarlo y comprobar si seguía respirando se había convertido en una obsesión. Había aprendido a interpretar las señales que le indicaban que estaba vivo, desde el temblor de los labios y el hormigueo de la barba hasta el imperceptible estremecimiento de sus cabellos como ramas cuando movía la cabeza en medio de una pesadilla.

A menudo, cuando lo vigilaba, la asaltaba la mortificante sensación de que el hombre se acababa de despertar, que había abierto los ojos de repente y se la había encontrado, que la veía mirándolo. La idea de que la pillara la torturaba y la emocionaba por igual. Lo temía. Lo deseaba. Hasta que su madre la llamaba, era incapaz de apartarse de la cama, aliviada y decepcionada al mismo tiempo por no estar allí en el momento en que despertase.

A veces, cerca ya del final del maratón de sueño, hablaba. Murmuró una retahíla de nombres. Un repaso a la lista: Isaac, la tía Ruth, Sarah, mamá, Walter, Hitler.

Familia, amigos, enemigos.

Todos lo acompañaban bajo las sábanas. En cierta ocasión dio la impresión de estar peleándose consigo mismo.

—Nein —susurró. Lo repitió siete veces—. No.

En una de sus guardias, Liesel empezó a notar las similitudes que existían entre el extraño y ella. Ambos llegaron muy agitados a Himmelstrasse. Ambos sufrían pesadillas.

Llegado el momento, se despertó con el desagradable estremecimiento de la desorientación. Abrió la boca un instante después que los ojos y se enderezó, en ángulo recto.

—¡Ay!

Cuando vio el rostro de una niña, al revés, encima de él, sintió una repentina inquietud por la extrañeza del entorno y se aferró a los recuerdos para descifrar cuándo y dónde estaba sentado. Al cabo de unos instantes, se las apañó para rascarse la cabeza (un susurro de ramas) y la miró. Sus movimientos eran fragmentados y, ahora que los tenía abiertos, la niña comprobó que sus ojos eran cenagosos y marrones. Espesos, densos.

Liesel retrocedió en un acto reflejo. Fue demasiado lenta.

El extraño sacó una mano de debajo de las sábanas todavía caliente, y la cogió por el brazo.

—Por favor.

Su voz también la atrapó, como si tuviera uñas. Se la clavó en la carne. —¡Papá! —gritó.

—¡Por favor! —susurró.

Caía la tarde, gris y satinada, pero a la habitación sólo tenía acceso una luz de color sucio. La tela de las cortinas no permitía más. Si eres de los optimistas, imagínatela de bronce.

Cuando entró Hans, se quedó en la puerta y vio los dedos agarrotados de Max Vandenburg y su rostro desesperado. Ambos se negaban a soltar el brazo de Liesel.

—Veo que ya os conocéis —dijo.

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