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La Ciencia divina

In document Antropología Teológica (página 175-178)

Capítulo 6 Naturaleza y persona en Dios

1. La naturaleza de Dios

1.10. La Ciencia divina

La Ciencia divina se refiere al modo propio del conocimiento de Dios y, por lo tanto, es otra de las propiedades que definen la naturaleza divina. Como hemos explicado ya, todo efecto supone y depende en su forma de una causa, de manera tal que, si es posible contemplar un orden en el cosmos y en el hombre, es porque hay una inteligencia que ha generado ese orden. El orden supone siempre una inteligencia; el desorden es siempre una negación de ella. Es evidente que los seres no racionales no son capaces de generar ni de descubrir el orden de las cosas existentes. Luego, esta primera Causa de todas las cosas de la cual venimos hablando debe ser una Inteligencia Suprema.

En Dios hay ciencia, es decir, acto de inteligencia, puesto que posee todas las perfecciones y, sobre todo, una de las más elevadas que es la vida intelectiva.

En primer lugar, deberíamos recordar que cuando hablamos de acto de conocimiento nos estamos refiriendo al proceso por el cual la razón producen una idea. Este proceso se origina en la inmaterialidad de un ser, esto es, que un ser puede aprehender la forma de algo en la medida en que tiene una naturaleza espiritual que le permita abstraer las condiciones materiales de una cosa para quedarse con aquello que es su esencia. El acto de conocimiento se origina en la información que la razón recibe de los sentidos. Así por ejemplo, por el tacto y la vista, el hombre se genera una imagen sensible con la cual la razón va a trabajar después realizando esa separación (abstracción). Todo esto es lo que hacemos cada vez que inteligimos un objeto. Y, para ello, nuestro conocimiento tiene un presupuesto muy elemental: para que sea posible la intelección hace falta que exista antes y por sí mismo la cosa que pretendo conocer. El conocimiento humano supone el ser.

Cuando hablamos de conocimiento en Dios sucede algo que es, en cierta manera parecido y en cierta manera diferente. Como sucede con el hombre, el conocimiento divino también produce ideas, es decir, capta la esencia de las cosas. Pero a diferencia del acto intelectivo finito, el conocimiento divino no supone la preexistencia del objeto, porque es precisamente la Inteligencia Divina la que crea; luego, no supone el ser sino que lo hace existir. En otras palabras, un ser surge de la nada, es creado, cuando Dios primero lo piensa, y luego, su voluntad omnipotente decide darle la existencia.

Ésta es la diferencia fundamental dentro del conocimiento humano y el divino: el primero sólo descubre, es decir, capta por la idea, lo que la mente divina ha creado.

Aquí también deberíamos recordar que, dado que el conocimiento supone la inmaterialidad, tanto más inteligente es un ser cuanto más espiritual es. Los animales sólo tienen capacidad para un conocimiento sensible, sólo pueden conocer cosas concretas, nunca pueden producir una idea porque no tienen un alma racional como el hombre. Los ángeles, seres puramente espirituales, tienen un conocimiento superior al del hombre. Y en Dios, que posee una naturaleza espiritual, se da de una manera absolutamente perfecta; el conocimiento llega a su máxima expresión, es decir, abarca a todo lo existente y de manera perfecta.

Otra de las diferencia consiste en el modo cómo se produce el proceso del conocimiento. Dijimos antes que, en el hombre, hay un conocimiento sensible que precede al racional; deberíamos agregar a esto que, normalmente, el hombre conoce por comparación, yendo de lo más conocido a lo menos conocido y, por esto, el conocimiento humano supone un razonamiento lógico que es posible dividir en etapas. Esto tiene que ver con la limitación de la razón humana y con la relación que tiene el alma con la materialidad (el cuerpo). En el caso de un ser que no tenga cuerpo, el conocimiento no necesita partir de imágenes sensibles, sino que se da de una manera más simple e inmediata. Para tratar de entender esto, podríamos recordar que, en nuestro caso, algunas veces, el conocimiento se da de manera intuitiva, es decir, cuando hay una captación directa de una idea sin el proceso del discurso lógico; en los ángeles, se da siempre de esa manera; y finalmente, en Dios, el conocimiento intuitivo se produce de forma mucho más perfecta. El

conocimiento divino es un acto instantáneo, inmediato, no tiene desarrollo lógico como el del hombre.

Ahora bien, tenemos que preguntarnos qué es lo que conoce Dios. Entonces, para encontrar una respuesta, debemos tener presente que Él es eterno y que, por lo tanto, existe antes que todo. Luego, cuando no existía ninguno de los seres creados, Dios se conoce a sí mismo.

Una de las propiedades de la inteligencia es que es reflexiva, siendo capaz de volverse sobre sí misma, es decir, no sólo conoce sino que conoce que conoce. Pues bien, lo primero que conoce Dios es su propio Ser de forma inmediata, porque ahí se produce una identificación absoluta entre el sujeto y objeto del conocimiento.

¿En qué momento se produce este acto de la mente divina? Desde toda la eternidad. ¿Por qué? Pues porque así como Dios es un ser que está siempre en acto, también su inteligencia lo está. A diferencia del hombre que tiene su inteligencia en potencia para conocer algunas cosas que aún no conoce, en Dios nada es potencial, tampoco su entendimiento200.

Este acto de conocimiento es absolutamente perfecto en Dios. Por ser, como dijimos, un ser en acto tiene un conocimiento que está en acto y que, libre de toda materia y toda potencia, comprende, de manera perfecta y en un solo acto, aquello que conoce, en este caso, su propio Ser.

La ciencia de Dios también tiene un objeto secundario que es la intelección de todas las cosas creadas. Dios conoce a todos los seres que existen: pasados, presentes o futuros, pues como dijimos, es su conocimiento el que los origina, y luego de la Creación, los contempla en cuanto seres que participan de su modo de ser y sus perfecciones; es la mirada de Dios que abarca toda la realidad. Esta mirada consiste también en un solo acto que se da de manera inmediata y que contempla todo. La ciencia divina no es discursiva como la nuestra; tampoco es cambiante como la nuestra, puesto que Él conoce todas las posibilidades de variaciones que tienen los seres. Así es que, aunque sean muchos los seres

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conocidos, su conocimiento permanece absolutamente simple, como su esencia.

Dios conoce no sólo lo que es, sino lo que podría haber sido y no es; así conoce las imperfecciones de los seres como las privaciones del bien, es decir, Dios conoce el mal.

El conocimiento que Dios tiene del futuro de los seres creados, como ya dijimos, no implica una intervención en la voluntad humana, determinándola hacia una cosa u otra. El acto libre del hombre no está determinado de ninguna manera por las circunstancias que lo explican. Dios contempla, desde la eternidad, toda la historia y, por eso, ve, en un mismo momento, la causa y los efectos de los actos humanos, dejando siempre libre al hombre, como lo sabemos por experiencia, para que elija entre una cosa y otra. Hay sólo una cosa que el hombre no puede elegir: el fin de su vida y aquello que le hace bien o hace mal; porque no todas las cosas o acciones son convenientes a su naturaleza. En esto sí podemos decir que la ciencia divina no deja lugar al libre albedrío del ser humano, y es mejor que así sea porque seguramente, en más de una circunstancia de nuestra vida, elegiríamos cosas que nos hacen daño o infelices. Después de todo, tiene derecho como Creador a determinar la naturaleza de los seres. Nadie está antes de ser creado como para sugerirle a Dios un modo mejor de haber sido hecho.

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