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Es innegable que las grandes urbes atraen por la multiplicidad de recursos materiales y simbólicos que ofrecen, algo conocido como “las luces de la ciudad”. Son centros administrativo-burocrático y financiero alrededor de los cuales se manifiesta una hiper- concentración de servicios. Allí se encuentran generalmente en las ciudades capitales de los países y provincias, los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial, las sedes de los ministerios y de importantes instituciones educativas e industrias, así como los principales cines y teatros, diversidad de transporte público y la máxima oferta de esparcimiento, entre otros. Uno de los recursos más buscados en las grandes ciudades es el trabajo. Diariamente se movilizan desde la periferia al centro inmensos de contingentes, con la finalidad de desarrollar actividades laborales. No hay que olvidar que la ciudad, además de brindar trabajo formal, permite realizar distintos tipos de tareas, aunque estén socialmente descalificadas, posibilitan la obtención de algún dinero en forma de “rebusques” o actividades adicionales no denunciadas o indenunciables (Sharf, 1987).

Muchas de éstas se desarrollan en la calle facilitadas por la gran circulación de potenciales demandantes de productos o servicios y la garantía de ocultamiento que brinda el anonimato de la ciudad. El contraste entre la economía formal y la callejera, informal o ilegal, se manifiesta en que la última ofrece siempre una oportunidad para “entrar en acción” y obtener algún ingreso, mientras que los empleos formales, en los últimos tiempos, se agotan o desaparecen sin más.

La ciudad es una composición espacial definida por una alta densidad de población heterogénea extraña entre sí y por el asentamiento de un amplio conjunto de construcciones

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estables. Según Delgado, el ámbito de lo urbano no es la ciudad en sí, sino sus “espacios usados transitoriamente”, sean públicos (la calle, los vestíbulos, los parques, acaso la red de internet (cibers) o semipúblicos (cafés, bares, discotecas, grandes almacenes, superficies comerciales, etc.) (Delgado, 1999: 33). Predominan aquí los vínculos débiles y precarios, los encuentros fortuitos y aleatorios, el distanciamiento, la insinceridad y las relaciones sociales apresuradas y articuladas entre desconocidos o conocidos “de vista”.

“La urbanidad consiste en esa reunión de extraños, unidos por la evitación, el anonimato (…), expuestos a la intemperie y al mismo tiempo camuflados, invisibles”

(Delgado, 1999: 33).

Las relaciones urbanas no aparecen estructuradas sino estructurándose continuamente (Bourdieu en Delgado, 1999: 25) y las personas deben renegociar constantemente sus vínculos. La ciudad tiene habitantes, lo urbano no. “Lo urbano no es un espacio que pueda ser morado” (Delgado, 1999: 33), ya que está constituidos más bien por “usuarios” que no tienen derecho de propiedad sobre el territorio que utilizan y se ven obligados a compartirlo en todo momento. Estos espacios no poseen la marca social del suelo, que sí tiene el territorio de la ciudad, que expresa la identidad del grupo y se afirma como un lugar ocupado mientras que el espacio urbano es ante todo un lugar practicado. Turistas, viajeros, transeúntes, personas que viven o trabajan en la calle, chicos “de” la calle se mueven, circulan y recorren este espacio componiendo y recomponiendo interrumpidamente los vínculos sociales. En el espacio urbano “nada merece el privilegio de quedarse” (Delgado, 1999: 46).

Según Delgado lo urbano, o el espacio urbano, constituiría lo que Marc Augé (1993) ha denominado cómo un no lugar. El no lugar se opone a todo cuanto parecerse a un punto identificatorio, relacional e histórico (el barrio, el límite del pueblo, la plaza con su iglesia, asociados a un conjunto de normativas que aspiran a “domesticar” el espacio). “Es el espacio del viajero móvil, aquel que dice el espacio y haciéndolo produce paisajes y cartografías móviles (Delgado, 199: 41). Los no lugares estarían representados por los vestíbulos del aeropuerto, cajeros automáticos, habitaciones de hoteles, centros comerciales, transportes públicos. Se puede agregar también la plaza o cualquier lugar, la calle céntrica de cualquier ciudad donde predominan la provisoridad. Nadie se siente como en su casa, allí se practican conductas estándar no domésticas (Augé, 1993: 83).

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Para Iglesias (2003), habitar es casi un sinónimo de vivir, morar en un lugar o casa. Sólo se habita cuando la persona se orienta e identifica con su entorno, cuando a éste se lo experimenta como algo significativo. Habitar proviene del latín habeo: tener, poseer, ocupar, lo cual está indicando la permanencia en un lugar. El lugar espacial donde se habita es un hecho cultural por excelencia: “todo el esfuerzo de la cultura tiende a saber dónde se está” (Iglesias, 2003: 48). El hábitat no es un lugar como los otros, implica:

“toda una serie de articulaciones entre las diversas maneras de haber vivido y de vivir y de esperar vivir, tanto a nivel individual y familiar como colectivo; la casa, la calle, el barrio, la ciudad, la región son sus manifestaciones reales” (Salignon, en Iglesia, 2003: 47).

Por su parte, habitar en un grupo familiar está asociado con lo doméstico. Este término tiene una raíz antigua indoeruropea de dom, casa (edificio para habitar, choza). Familia y casa son dos hechos que aparecen estrechamente unidos en la historia de la humanidad. La casa define a quienes la habitan, es la familia quien signa este sitio -independientemente de las diferencias culturales-, “quien habita centra su vida” (Iglesia, 2003: 44). El habitar familia está teñido de vivencias varias además de las de facilitar el comer, dormir, aparearse, reponer energías, descansar, resguardarse; la vivienda refiere a olores, colores, sonidos, afectos. Según Salignon, fuera de la casa el mundo es hostil y la armonía se quiebra. La casa es la imagen y metáfora del útero materno y por eso un factor de identidad individual y social. La familia toma el carácter de un punto de orientación, un polo espacial del que se parte y al que se retorna. Habitar significa, para una persona, reconocer “sus anclajes” y sus raíces profundas, al mismo tiempo que su propia “singularidad” (Salignon en Iglesia 2003: 48). La manera de habitar en familia es trascendental porque permite ubicarse en espacio y tiempo, tener intencionalidades singulares y realizar proyectos a futuro.

Por nuestra parte, somos conscientes de que la satisfacción de las necesidades mencionadas no siempre se cumplimenta en la vivienda familiar y el entorno social. La distribución geográfica desigual implica que en muchas zonas exista déficit de servicios básicos, equipamiento e infraestructura. En ese sentido la vivienda familiar se ve afectada por tales carencias y por las dificultades socioeconómicas, a las que debemos sumar las limitaciones propias de espacio que alteran las relaciones intrafamiliares.

Las intenciones urbanísticas tendieron siempre a contener el crecimiento demográfico de las ciudades y restringir el uso y goce de sus servicios para los elegidos; por lo tanto, el

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radio urbano, que durante principios del siglo XX se limitaba principalmente a las ciudades capitales o centros urbanos con preponderancia en lo económico. En relación con ciudades Latinoamericanas como es el caso de San Salvador de Jujuy, su propagación comenzó desde la década del 40 a extenderse hacia la periferia, como espacio alternativo para la localización de las masas migratorias extranjeras y del interior de la provincia.

En la segunda guerra mundial, por ejemplo, en Buenos Aires la consecuente decisión política de intensificar el proceso de sustitución de importaciones y concentrar las industrias y las empresas de servicios en el gran Buenos Aires, atrajo por sus posibilidades laborales a los migrantes internos y más adelante a los migrantes internos y más adelante a los migrantes de países limítrofes. Además, dos factores coadyuvaron en la radicación de la población obrera en el conurbano: el transporte barato y la posibilidad de comprar lote a plazo.

La nacionalización de los ferrocarriles, sumada a la extensión de la red de colectivos, facilitaron -por su parte- los desplazamientos cotidianos entre la residencia y el trabajo, y su bajo costo implicó un subsidio de hecho para quienes vivían en la periferia. En innumerables ocasiones se demandaba elevados precios por metro cuadrado, ya sea para locación o compra, y además exigía altas contribuciones municipales, generando una barrera infranqueable para las clases populares (Ozlak, 1991). Por su parte, los loteos económicos del Gran Buenos Aires, con planes de pago en cuotas no indexadas, se constituyeron en la principal forma de acceso a la tierra y a la vivienda para los sectores de menores ingresos. Los trabajadores constituían una demanda solvente, debido al aumento del poder adquisitivo durante la época del peronismo y a la reducción de la jornada laboral, lo que facilitó los largos desplazamientos entre la periferia y el centro, o dentro de la misma periferia, y la dedicación de unas horas por día a la construcción de la vivienda propia (Torres, 1993). La expansión metropolitana fue adoptando entonces dos formas:

“en la periferia se (produjo) un tipo de suburbanización que (tuvo) como protagonistas a los estratos de menores ingresos (loteos económicos) (mientras que) en las

zonas urbanas consolidadas centrales y subcentrales (fundamentalmente en la Capital Federal en su conjunto) se (desarrolló) una forma de densificación urbana de la que (fueron) protagonistas toda la gama de los sectores medios (departamentos en propiedad hordo de un

fraccionamiento “horizontal)” (Torres, 1993: 14).

El Conurbano, según algunos autores, se fue constituyendo en una “aberración urbanística” (Ozlak, 1991), objeto de un fraccionamiento “salvaje”, que se dejó librado a las

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inversiones privadas, sin regulación estatal, dando origen a un tejido urbano discontinuo y desestructurado. La pavimentación de calles, la provisión de servicios básicos de agua corriente, cloacas, desagües, gas, tratamiento de residuos, resultaron insuficientes y con escasa planificación, siguiendo en todos los casos patrones azarosos y no coordinados. A los déficits mencionados se agregó la escasez de hospitales cercanos y de escuelas. Esta “urbanización salvaje” llenaba en realidad otra necesidad del mismo modelo: hacía posible -a un bajo costo inmediato, pero dejando planteados altos costos futuros- la expansión del área metropolitana principal, donde se desarrollaba de manera preponderante el proceso de industrialización sustitutivo de importancias y tenía lugar una proporción importante del consumo colectivo de bienes y servicios (Torres, 1993: 16).

A partir del año 1955 se suspendió el financiamiento público para la compra de vivienda y dejó de tener vigencia la ley de alquileres que había congelado los precios de las locaciones y permitido a las clases populares y medias ser locatarias de casas o departamentos en la capital. Los loteos económicos y el autoconstrucción de viviendas comenzaron a disminuir, principalmente porque una legislación de usos del suelo desalentaba a los especuladores inmobiliarios, antiguos encargados de brindar facilidades de pago para acceder a los terrenos. Se generó así un proceso de “loteos piratas” para intentar burlas las normas, principalmente en las zonas que, si bien no eran inundables, estaban por debajo de la cota establecida. De esta forma, los compradores no podían acceder a las escrituras. Paralelamente, el precio del transporte que constituía una especie de subsidio para los habitantes del conurbano, comenzó a subir en términos relativos.

Esta conjunción de factores provocó el agotamiento del modelo de suburbanización económica que había primado entre los años ´40 -´60 en el área metropolitana. No hay que olvidar tampoco que durante la época de Onganía y en forma más exacerbada con la última dictadura militar (1976 – 1983), se estableció una fuerte política de erradicación de villas en la Capital. “Vivir en Buenos Aires no es para cualquiera sino para el que lo merezca, para el que acepte las pautas de una vida comunitaria agradable y eficiente. Debemos tener una ciudad mejor para la mejor gente”. Fue justamente el Gran Buenos Aires el que recibió los contingentes más numerosos de habitantes de las villas de Capital.

Los procesos de estructuración urbanos fueron definiendo y profundizando un patrón de ocupación cada vez más inadecuado para albergar a una población creciente, que superó

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ampliamente las previsiones que se habían hecho en tanto estructura de servicios. El Gran Buenos Aires se transformó en una de las áreas más carenciadas del país, con los peores índices en todos los rubros que definen la calidad de vida: viviendas precarias, saturación de redes de energía, ausencia de espacios verdes y pavimento, escasas ofertas gratuitas en salud, educación y esparcimiento, lo que vino a reafirmar la desigualdad entre el núcleo central del área de la Ciudad de San Salvador de Jujuy y su periferia provincial.

Pero poner el énfasis exclusivamente en el entorno de suciedad, enfermedad, violencia y exclusión que se respira en los sitios donde pernoctan, “ranchan” o pasan la mayor parte de sus horas niños, adolescente, jóvenes y adultos que están en la calle sería relatar una verdad a medias. Muchas y muchos de quienes viven o deambulan por allí seguramente dirán que quieren estar en la calle, pero otros no. Coincidimos con Shaw en que “hay placer en la

calle”, ya que “la calle ofrece algo más que miseria” (2002a: 17)

Como dijimos anteriormente, la pobreza en sí misma no empuja a una persona a vivir en la calle. Hay que considerar el componente de decisión activa de la ciudad, ya que la mayoría de los que padecen situaciones similares, continúan en sus hogares. Sólo unos pocos deciden dar el salto y explorar nuevos caminos. Buscan un lugar diferente, que promete otra vida. El entorno del cual provienen estos chicos/as evidencia déficit de recursos indispensables para la subsistencia y la satisfacción de sus mínimas necesidades. Las limitaciones de espacio y de libertad en sus casas, la cantidad de personas que las habitan, las violencias cotidianas potenciadas por carencias económicas les muestran que la vida callejera es, de algún modo, mejor que la que llevaban en sus casas. Además, hay que decirlo, la calle de los barrios para los niños y niñas de los sectores populares no les es tan extraña: “la mayoría de su tiempo transcurre en la calle” (Shaw, 2002a); allí juegan, se socializan, es el

campo de deportes, el sitio para encontrarse con sus amigos y novios/as, para mantenerse alejados de las obligaciones y el control familiar.

El trayecto que recorre un niño o niña entre la calle de su barrio y la calle de la gran ciudad suele ser progresivo y nunca es de una vez y para siempre. Se quedan en casas de vecinos, amigos o parientes en zonas cercanas a su barrio, pernoctando en la estación de ferrocarril que se encuentra en la zona del centro de la ciudad, a borde de la misma. Hasta que un día se animan y entonces se lanzan más lejos. A través de estos graduales sondeos se van acercando al centro de la ciudad. Algunas veces son invitados por sus amigos o hermanos,

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otras veces aparecen en la calle cuando no pueden o no quieren ir a la escuela, cuando piensan que en su casa no son lo suficientemente esperados o han sido objetos de violencia, cuando realizan alguna actividad laboral y un día resuelven no regresar. Las calles del centro, “las luces de la ciudad”, con sus avenidas comerciales, sus conglomerados turísticos, sus lugares de diversión, atraen radialmente a estos chicos/as provenientes de los suburbios (especialmente de sectores de la ciudad como es Alto Comedero, San Francisco de Alava, San Pedrito, Islas Malvinas, Arenales, entre otros), apareciendo a sus ojos como el ámbito eficaz para conseguir recursos o al menos, respuestas parciales a sus demandas. La calle les promete nada más y nada menos que la libertad tan ansiada, la ausencia de normas y reglas parentales, el placer, las drogas, el encuentro con pares, la diversión, el reconocimiento identitario.

No se pretende afirmar que la calle sea un lugar agradable y placentero, donde efectivamente se cumplen estas promesas, pero esta ilusión será uno de los móviles impulsores de su salida hacia la calle. Atraviesan la ciudad armando rutas y rutinas cotidianas, fragmentándolas en zonas delimitadas según la conveniencia, oferta y facilidad de acceso a los recursos que anhelan. Con el correr el tiempo, esas rutinas y zonas transitadas son proclives a modificarse por variados motivos: razzias policiales, incremento de la seguridad, quejas de los vecinos, disposiciones municipales o contravencionales y renovación urbana.

El mismo espacio callejero estaría propiciando en estos chicos y chicas diferentes modalidades para aprovechar los recursos disponibles. La figura del cazador -utilizada por Denis Merklen para dar cuenta de una característica peculiar de los habitantes de los “márgenes” (asentamientos y villas)- permitiría ilustrar esta lógica. Según Merklen, para ganarse la vida en un mundo donde nada está garantizado, se requiere de la “viveza” y sagacidad del cazador, que busca el intersticio, el espacio dejado vacante por unas instituciones que no logran garantizar la integración social. Si bien éste vive de recursos cuya reproducción no puede controlar, no puede acumular y por lo tanto aprovecha aquello que el medio ofrece, tiene un detallado conocimiento del terreno y de sus posibilidades, y saber en qué momento ir a qué lugar determinado para obtener un recurso particular, ocurre regularmente esta situación cuando ellos saben a que negocio dirigirse y en qué momentos del día para poder retirar comida de negocios, como ser sandwicherias, restaurantes, panaderías. La ciudad es para él, un bosque que ofrece multiplicidad de posibilidades (Merklen, 2000). Es

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el contrario de la figura del pobre que espera ser asistido; el cazador desarrolla habilidades para “cazar” recursos, por lo tanto, está al acecho de oportunidades.

En forma semejante y sintetizando: los chicos/as en situación de calle mueven como cazadores que recorren la ciudad buscando cubrir sus necesidades materiales y simbólicas, a través de changas informales, mendicidad, robo, recursos que aportan las instituciones. Así consiguen comida e higiene, lugares para protegerse/dormir, clientes, amigos, oportunidades, diversión, placeres y libertad