La conciencia es el producto superior de la materia, de la natura- leza. El problema de su origen y esencia es uno de los problemas cientí- ficos más arduos. Durante largo tiempo, la ciencia dejó sin resolver los problemas de cómo y en qué fase de su desarrollo la materia engendra al espíritu pensante; de cuál es el origen de las sensaciones, percepcio- nes, representaciones e ideas y de cómo se efectúa el tránsito de las sensaciones y percepciones al pensamiento. Lo cual dio pie para que se difundieran las falsas ideas de que la conciencia es una propiedad o función de cierta sustancia inmaterial, el “alma”. Se pensaba que esta última no dependía en absoluto de la materia, del cuerpo humano, y que, además, podía llevar una existencia propia; se suponía asimismo que mientras el cuerpo material, tarde o temprano, acababa por desaparecer, el “alma” inmaterial y su conciencia podían seguir viviendo “eternamen- te”.
Ideas semejantes aparecieron ya entre los hombres primitivos, los cuales se explicaban el sueño o la muerte del hombre en virtud de que el “alma” abandona el cuerpo transitoria o definitivamente. La filosofía idea- lista no sólo no rechazó esas ideas, sino que, por el contrario, sus dife- rentes sistemas vinieron a afianzarlas aún más. En verdad, no hay sis- tema idealista que de una u otra manera no proclame que la conciencia (el “espíritu”) es una sustancia sobrenatural y autónoma, independiente de la materia y —lo que es más— creadora de ella.
Para la filosofía materialista este problema no fue tampoco fácil. Al mismo tiempo que concebía acertadamente el carácter de la conciencia como propiedad específica de la materia incurría en graves errores. Así, por ejemplo, algunos filósofos materialistas que tropezaban con dificulta- des al abordar el problema del origen de la conciencia, la declararon atributo de la materia, propiedad eterna de ella e inherente a todas sus formas. Pero no faltaron pensadores materialistas que, al no acertar a comprender el principio de la unidad material del mundo, acabaron por negar en el fondo la existencia misma de la conciencia, concibiéndola entonces como una forma peculiar de la materia, segregada por el cere- bro a la manera como el hígado, por ejemplo, segrega la bilis. Así pen- saban los materialistas vulgares. Sin embargo, gracias a los progresos alcanzados por las ciencias se superaron esos errores. Paulatinamente, paso a paso, basándose en los datos suministrados por las ciencias naturales, el materialismo llegó a establecer una concepción verdadera,
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cada vez más profunda, del carácter de la conciencia como propiedad de la materia altamente organizada, como producto de la actividad del ce- rebro.
Las dificultades con que tropieza la investigación de los procesos y fenómenos de la conciencia nacen de que no pueden ser percibidos directamente por ninguno de nuestros órganos sensoriales. Ciertamente, no alcanzamos a ver, oír, oler ni tocar las sensaciones, percepciones, representaciones o ideas, pero sí podemos ver el órgano del pensamien- to, el cerebro, y examinar las células cerebrales con el auxilio del mi- croscopio; podemos estudiar igualmente, por medio de los instrumentos adecuados, las corrientes eléctricas que se forman en los tejidos nervio- sos y en la masa cerebral, etc.; sin embargo, aunque utilicemos el más potente microscopio jamás podremos ver el pensamiento, de la misma manera que no podremos pesarlo o medirlo con una regla. La concien- cia, el pensamiento, a diferencia de los cuerpos materiales, no posee propiedades físicas. Pero ello no debe llevarnos a suponer que forme parte de un mundo sobrenatural, distinto por principio del mundo material e independiente de la materia. Como no debe pensarse tampoco que la conciencia no pueda estudiarse con ayuda de los métodos objetivos y rigurosamente científicos de que hoy disponen las ciencias.
Aunque nuestros sentidos no perciban directamente la conciencia misma de los demás hombres, sí perciben sus actos reales, su conduc- ta, así como el lenguaje con que expresan sus relaciones mutuas y sus nexos con el mundo circundante. La actividad del individuo, el carácter de sus relaciones mutuas con los demás hombres y de su conexión con el medio que le rodea ponen de manifiesto los rasgos esenciales de la conciencia del individuo de que se trate. No en vano suele decirse: “Para conocer a alguien, mira lo que hace.”
El examen escrupuloso de la actividad práctica de los hombres, de su interdependencia y de sus vínculos con el medio ambiente —natural y social— (y todo esto puede estudiarse con métodos objetivos), resulta mucho más fecundo para la conciencia, desde el punto de vista de su estudio, que la autoobservación de lo que acontece en ella. La investiga- ción científica de la conciencia, de la actividad psíquica, haalcanzado progresos considerables precisamente desde que se han utilizado los métodos objetivos. La ciencia ha logrado éxitos muy importantes en este terreno gracias a los eminentes sabios rusos I. M. Sechenov e I. P. Pa- vlov, a quienes se debe la creación de una teoría coherente y armónica de la actividad nerviosa superior, basada en la aplicación del método científico-natural.
Lo psíquico es producto de la actividad del cerebro. Así lo atesti- gua, ante todo, el hecho de que los fenómenos psíquicos aparezcan solamente en los seres vivos normales, que poseen sistema nervioso. Agreguemos a ello que los procesos psíquicos más complejos, entre ellos el pensamiento lógico abstracto, que constituyen en su unidad in- terna y mutuo condicionamiento lo que llamamos conciencia, se hallan vinculados a la existencia del sistema nervioso más altamente desarro-
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llado y a la de su sección superior, el cerebro. Y cuanto más bajo están los animales en la escala de la evolución animal y más sencillamente se halla organizado el sistema nervioso, tanto más elementales son los fenómenos psíquicos, hasta llegar a su forma más simple, la sensación. En los seres orgánicos inferiores, que carecen de sistema nervioso cen- tral, no se descubre rastro alguno de vida psíquica.
La dependencia de la conciencia respecto de la materia organiza- da en cierta forma se pone al desnudo cuando se perturba el funciona- miento normal del cerebro, a causa de un trauma o de una enfermedad. Si los grandes hemisferios cerebrales del hombre sufren una lesión, su vida psíquica, su conciencia, se verá perturbada total o parcialmente, y al desaparecer esa lesión o curarse la enfermedad cerebral respectiva, la conciencia volverá a funcionar normalmente. Hechos conocidos como el sueño de los seres humanos o la provocación de alucinaciones en ellos con ayuda de diferentes narcóticos, patentizan también que la con- ciencia depende del estado del cerebro.
La corteza cerebral tiene asimismo una importancia decisiva para la conciencia. No es idéntica o uniforme en todas sus partes, sino que constituye una formación material sumamente compleja, cuyas diversas regiones poseen distintas propiedades y diferente estructura. La corteza cerebral se divide en varias áreas; visual, auditiva, motriz y otras. Cada una de ellas se caracteriza por una estructura microscópica peculiar — forma de sus células, disposición de las capas celulares— y desempeña una función definida en la actividad de toda la corteza cerebral. Sin em- bargo, la estructura de esas distintas áreas posee también rasgos co- munes, ya que el cerebro es un todo único.
Las áreas de la corteza cerebral no son sino las terminaciones corticales de los analizadores visuales, auditivos, kinestésicos y otros153. Las partes corticales de los analizadores (los núcleos de éstos) no se hallan separadas entre sí por límites infranqueables, sino que se pene- tran y entrelazan mutuamente por medio de formaciones neutronales específicas. Las partes corticales de los analizadores cumplen funciones superiores como las de analizar y sintetizar las excitaciones que llegan al cerebro. Las regiones de la corteza cerebral comprendidas entre los analizadores propiamente dichos son igualmente receptores y pueden realizar algunas de las funciones de los analizadores, si bien en forma mucho más elemental. A consecuencia de ello, la perturbación de una parte cortical del analizador (por una intervención quirúrgica, un trauma, etc.) impide que puedan cumplirse las funciones superior es propias del área cerebral de que se trate; pero las partes extendidas de los analiza-
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Los analizadores son complejos mecanismos nerviosos, de los que forman parte, además de las mencionadas regiones corticales, los órganos de la percepción o receptores (terminaciones de las fibras ner- viosas sensitivas, que reciben la excitación y la transforman en una exci- tación nerviosa) y las fibras conductoras que transmiten la excitación desde los receptores a la corteza cerebral.
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dores pueden desempeñar las funciones más elementales de esos mis- mos receptores.
Pavlov ha demostrado esto con ayuda de los siguientes experi mentos: un perro sin los lóbulos occipitales (es decir, sin la región de las percepciones visuales y de las funciones superiores de análisis y sínte- sis de esas percepciones) no podía distinguir un objeto de .otro, pero sí diferenciaba los grados de iluminación y las formas más simples; un perro sin los lóbulos temporales (región de las percepciones auditivas y de las funciones superiores de análisis y síntesis de esas percepciones) no podía distinguir sonidos complejos como un nombre, pero sí diferen- ciaba sonidos complejos como, por ejemplo, un tono de otro, etc. Pavlov vio en esto una prueba decisiva de la importancia fundamental que tiene la estructura de la corteza cerebral para los procesos nerviosos superio- res. Basándose en escrupulosas investigaciones experimentales, señaló que si se perturbaba determinada zona de la corteza cerebral al mismo tiempo que las restantes se mantenían en su estado normal, podía pro- vocarse cierto trastorno en la actividad nerviosa superior.
Subrayando la enorme significación de la correspondencia entre las peculiaridades de la estructura cerebral y la dinámica de los procesos nerviosos, Pavlov consideró que la “adaptación de la dinámica a la es- tructura” constituía uno de los principios básicos de la teoría de la activi- dad nerviosa superior. De este modo, desarrolló profundamente la tesis del materialismo dialéctico según la cual lo psíquico es una propiedad de la materia específicamente organizada; o sea que lo psíquico es una función del cerebro. Sin embargo, la corteza cerebral no se reducía para él a un mero conjunto de formaciones estructurales sueltas, coexistentes unas junto a otras y ligadas de un modo puramente exterior. Pavlov sub- rayó su conexión íntima, su unidad. “Si la corteza de los grandes hemis- ferios puede considerarse, desde un punto de vista, como un mosaico formado por gran cantidad de puntos sueltos que cumplen cierta función fisiológica en un momento dado, representa, desde otro, un sistema dinámico sumamente complejo, que tiende constantemente a unir (a integrar) y a estereotipar una actividad unificada.”154
Esta concepción dialéctica de la conexión íntima entre el todo y las partes en la actividad de la corteza cerebral constituye una de las características más importantes de la teoría de Pavlov. Gracias a ella pudo evitar dos errores extremos: por una parte, la llamada tendencia localizacionista, profesada por los que atribuían de la manera más abso- luta un carácter específico a la actividad de las regiones particulares del cerebro; por otra, la que sólo admitía la unidad del órgano cerebral, ha- ciendo caso omiso de sus formaciones estructurales particulares.
Así, pues, la conciencia es un producto del cerebro, de la materia altamente organizada; una función del órgano cerebral. Y éste, a su vez, el órgano de la conciencia, del pensamiento.
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I. P. Pavlov, Obras completas, ed. rusa, t. IV, Moscú- Leningrado, 1947, Página 195.
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Al denominar conciencia al producto de la materia, no queremos decir que la conciencia, que ha nacido y depende de la materia, tenga una existencia exterior a esta última, semejante, por ejemplo, a la de la manzana en las ramas del árbol del que ha brotado y del cual depende. No se trata de dos procesos paralelos —los procesos fisiológicos del cerebro, por un lado, y el pensamiento, por otro—, sino de un solo y único proceso, cuyo estado interno es precisamente la conciencia. Lenin subraya que “la conciencia es el estado interno de la materia...”155
Por tanto, no puede ser separada en absoluto de la materia que piensa.
Pero también es falso suponer que el pensamiento, la conciencia, sea algo material, como creen los materialistas vulgares, pues al incluir la conciencia en la materia “pierde sentido la antítesis gnoseológica en- tre la materia y el espíritu, entre el materialismo y el idealismo”. Dentro de los límites de las investigaciones gnoseológicas, debe mantenerse semejante antítesis, pero “sería un error inmenso operar fuera de esos límites con la antítesis entre la materia y el espíritu, lo físico y lo psíqui- co, como si se tratara de una antítesis absoluta”156
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La antítesis gnoseológica entre la materia y la conciencia es abso- luta, entendida como antítesis entre lo primario y lo derivado, entre lo que existe desde siempre y lo que surge en una determinada fase del desarrollo de la naturaleza. Pero, a la vez, la antítesis entre la materia y la conciencia es relativa en el sentido de que la conciencia no puede ser separada, en modo alguno, de la materia pensante y opuesta a ella co- mo algo aislado e independiente. La conciencia no es algo ajeno a la naturaleza; es un producto de ella tan natural como los seres materiales dotados de esta conciencia.
Después de haber alcanzado enormes éxitos en el conocimiento de la actividad cerebral, en el estudio de los procesos psíquicos, de la conciencia, la ciencia actual ya no pretende solamente explicar esos fenómenos, sino también dominarlos, gobernarlos. “Podemos estar se- guros —escribe Pavlov— de que siguiendo la ruta emprendida por una rigurosa fisiología del cerebro de los animales, la ciencia llegará a reali- zar descubrimientos tan asombrosos y a obtener un dominio tan extraor- dinario sobre el sistema nervioso superior que no tendrán que ceder en nada a otras adquisiciones de las ciencias naturales.”157
Sin embargo, los filósofos idealistas se empeñan en discutir, pese a los datos evidentes de las ciencias naturales, que la conciencia es un producto, una función o propiedad de la materia específicamente organi- zada y que el hombre piensa con ayuda del cerebro. Así, Friedrich Paul-
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V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, trad. esp., ed. cit., pág. 85.
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Ibídem, pág. 280.
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I P. Pavlov, Obras completas, ed. rusa, t. ni, vol. i, ed. de la Academia de Ciencias de la URSS, Moscú-Leningrado, 1951, pág. 289.
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sen158 reputa que la tesis de que el pensamiento surge en el cerebro es absurda, pues, a juicio suyo, podría afirmarse también, con el mismo derecho, que las ideas tienen su asiento en el estómago o en la Luna. Esta objeción al materialismo es tan disparatada que un psiquiatra apos- tilló al conocerla: sólo a los locos y deficientes mentales les he oído decir que tenían su alma en el estómago o en la Luna.
R. Avenarius, filósofo idealista subjetivo cuyas concepciones fue- ron criticadas profundamente por Lenin en su obra Materialismo y empi- riocriticismo, rechazaba con energía la tesis de que el pensamiento, la sensación, es una función o propiedad del cerebro. Y trataba de razonar su posición arguyendo que nadie ha visto directamente cómo se originan las sensaciones en el cerebro. Según Avenarius, las sensaciones exis- ten en todo momento, aunque no siempre seamos conscientes de ello; cuando un movimiento material (una excitación) se transmite a la sus- tancia que consideramos sensible, simultáneamente —¡no en virtud de ello!— las sensaciones que ya existían antes se “liberan” y se tornan conscientes para nosotros. Así, pues, las sensaciones no son para Ave- narius una función o un producto del cerebro.
Ahora bien, aceptemos por un momento lo que sostiene este filó- sofo y supongamos con él que los procesos cerebrales, lejos de engen- drar las sensaciones, las “liberan” sencillamente. En ese caso, tendre- mos que llegar a la conclusión de que la sensación de dolor, por ejem- plo, que experimenté hoy al cortarme un dedo con un cuchillo, ya existía ayer en mí, es decir, antes de que me cortara; o que la sensación olfati- va que experimentaré mañana, ya se da en mí en este momento, aun- que en forma inconsciente, y así por el estilo.
¿Podemos estar de acuerdo con Avenarius sin violar las reglas más elementales del pensamiento científico, del pensamiento lógico? Es evidente que no. Cualquier persona puede observar literalmente a cada paso, el hecho palpable de que sus sensaciones son provocadas por la acción que el mundo material exterior ejerce sobre sus órganos senso- riales. Gracias a ello puede orientarse certeramente por entre los fenó- menos de la realidad exterior, vencer los obstáculos que se interponen en su camino, evitar las condiciones desfavorables y descubrir las que son provechosas para su existencia y su actividad. En cambio, Avena- rius y sus discípulos pretenden hacernos volver a la doctrina platónica de la reminiscencia de las ideas, contempladas por el alma en un “mundo ideal”.
Avenarius reprochaba a los naturalistas que consideraban el pen- samiento y la sensación como funciones del cerebro el empleo de una “introyección” inadmisible; es decir, que introdujeran en el cerebro ideas y sensaciones que no existían en él. Afirmaba igualmente que por esa vía se alejaban de la “concepción natural del mundo”, que conduce al idealismo. Pero, al propio tiempo, se declaraba enemigo de la filosofía
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F. Paulsen, Introducción a la filosofía, trad. rusa, Moscú, 1904, pág. 138.
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idealista, basándose en que admitía por igual la realidad del “yo” y la del medio. En verdad, Avenarius combatía la auténtica “concepción natural del mundo”, es decir, el materialismo, y defendía el idealismo, puesto que el “yo” y el medio, en el fondo no eran para él sino combinaciones de sensaciones. En fin de cuentas, no demostraba nada, limitándose sencillamente a postular lo que pretendía demostrar: que las sensacio- nes existen sin la materia pensante, fuera del cerebro. “Como no cono- cemos aún todas las condiciones de la relación que observamos a cada paso entre la sensación y la materia organizada en cierta forma, no ad- mitimos, por tanto, que exista más que la sensación; a esto se reduce el sofisma de Avenarius.159
Algunos pensadores idealistas de nuestra época “no niegan” que la conciencia se halle ligada al cerebro. Pero, según ellos, en esa vincu- lación el cerebro no pasa de ser un “instrumenta” mediante el cual se manifiesta la conciencia, que es por sí misma independiente del cerebro. Fácil es comprender que aquí nos hallamos sencillamente ante una nue- va formulación de la falsa teoría de Avenarius.
El idealista subjetivo Ernesto Mach abordó el problema de las re- laciones entre la conciencia y el cerebro de distinto modo que Avenarius. A fin de no contradecir abiertamente los datos de las ciencias naturales que atestiguan la existencia de un nexo indisoluble entre la conciencia y la sensación, de un lado, y los procesos materiales del cerebro y del sistema nervioso, de otro, Mach se esforzó por que esos datos encaja- ran en su teoría filosófica, según la cual los cuerpos son complejos de sensaciones. Sin embargo, como demostró Lenin, ese intento condujo también a deplorables resultados. En efecto, puesto que el cerebro es