Miguel Martínez Miguélez
1. La convivencia cívica como esencia del ser humano.
El filósofo Baruch Spinoza afirmó que "el hombre es un animal social", pero los pensadores existencialistas han puesto un énfasis particular en los dilemas que vive el hombre contemporáneo en una sociedad de masas y estandarizada, en la cual se siente enjaulado, alienado y deshumanizado.
En esa situación, aunque rodeado de gente por todas partes, el individuo se siente solo ante su propia existencia, que le obliga a encarar sus dudas, miedos y ansiedades, y busca la compañía de los demás solamente como un medio para superar su soledad. Así, esta tendencia, natural en el hombre, se ve aumentada en los últimos tiempos. Esa tendencia se presenta como positiva y constructiva en sí; pero también puede llegar a ser negativa y destructiva cuando es una consecuencia reactiva de la frustración de necesidades básicas.
Quizá, el autor que más directamente se enfrenta y rechaza el individualismo es Hegel. Todo su sistema filosófico se constituye sobre el concepto de relación y dialéctica; el individuo aislado es un enajenado y carece de verdad, es decir, que no es un singular verdadero si no se une a lo universal. El individuo tiene verdadera realidad sólo cuando se niega a sí mismo para unirse a lo universal, esto es, a la familia, a la sociedad civil, a las distintas entidades sociales y a la historia universal. En la unión e
integración con estas instituciones creadas por el hombre es donde se encuentra la esencia del individuo, su desarrollo y realidad plenos, su verdadero destino y su realización total y acabada (Vá squez, 1993, pp. 36, 282, 283).
El concepto de Persona, en cuanto realidad única e inagotable –y, por consiguiente, como concepto, siempre limitado– no se revela en la naturaleza individual del hombre.
El hombre individual –escribió Feuerbach (que fue discípulo de Hegel) en El Programa de 1843, que precedió su obra Principios de la filosofía del futuro– no contiene en sí mismo la esencia del hombre, ya sea en cuanto ser moral o en cuanto ser pensante. La esencia del hombre se halla solamente en la comunidad, en la unión de hombre y hombre, una unidad que se apoya en la diferen- cia entre yo y tú (Schilpp, 1967, p. 42).
El autor que más ha desarrollado esta gran intuición de Hegel y Feuerbach –que en el fondo es la idea básica del Cristianismo– es Martín Buber. Su obra y su pensamiento están fundamentados en ella.
El hecho fundamental –dice Buber– de la existencia humana es el hombre con el hombre. Lo que singulariza al mundo humano es, por encima de todo, que en él ocurre entre ser y ser algo que no en- cuentra par en ningún otro rincón de la naturaleza. El lenguaje no es más que su signo y su medio; toda obra espiritual ha sido provocada por ese algo... Esta esfera... la denomino la esfera del ―entre‖ (zwischen)... y constituye una protocategoría de la realidad humana... Únicamente en la relación viva podremos reconocer inmediatamente la esencia peculiar al hombre... (1974, pp. 146-150).
Buber describe esta relación profunda, de persona a persona, como una relación "yo-tú", es decir, una mutua experiencia de hablar sinceramente uno a otro como personas, como somos, como sentimos, sin ficción, sin hacer un papel o desempeñar un rol, sino con plena sencillez, espontaneidad y autenticidad.
Donde mejor puede observarse la verdadera naturaleza de esta característica es en el proceso de crecimiento humano (educación) o en el proceso de recons trucción humana (psicoterapia): en este contexto, es fácil observar que el ser humano está sediento de relaciones auténticas y profundas, de relaciones humanas donde pueda ser él mismo en todas sus dimensiones y aceptado plenamente como es, sin que se le utilice para cualquier tipo de diagnóstico, evaluación o análisis y sin que se le pongan barreras cognoscitivas o emocionales. Este tipo de relación es la que constituye la mejor forma educativa y, cuando ésta ha fallado, la mejor práctica terapéutica.
De esta manera, los avances de la ciencia y de la técnica han solucionado muchos problemas al hombre, pero lo han puesto frente a uno nuevo, el problema humano. Nuestra sociedad actual es muy compleja e interdependiente, como nunca antes lo había sido. Para proveer a la más simple de nuestras
necesidades vitales dependemos de miles de personas que no conocemos y que ni siquiera hemos oído nombrar. En realidad, cada uno de nosotros se ha convertido en auténtico "custodio y guardián de su hermano" (Combs, 1978). Esto ha aumentado inmensamente, en manos de cada individuo, el poder de hacer bien o mal a los demás. Un solo terrorista puede convertir a una nación en un caos, como un conductor alocado puede crear el pánico y el desastre en una autopista.
Este cambio básico en nuestra sociedad, que hace de todo ser un ser-en-relación, donde cada entidad humana está constituida por un grupo de relaciones que tiene con las demás entidades, requiere paralela - mente un cambio en la educación. La nueva educación debe fijar como una prioridad el sentido y conciencia de la propia responsabilidad, es decir, el ser sensible y percatarse de la repercusión positiva o negativa que la conducta individual tendrá en las demás personas.
En la medida en que sea cierto que nuestros mayores problemas actuales son los humanos, el planificador educacional deberá asumir la responsabilidad de estructurar un currículum que prepare a la generación joven para estos grandes desafíos presentes, que han de ser mayores en el futuro. Ahora bien, es necesario tener bien claro que estos altos logros no se alcanzan sin un aprecio y estima profundos de los seres humanos. Esto implica, a su vez, el conocimiento del otro, el conocimiento que sólo ofrece la comunicación y diálogo auténticos y reales; un diálogo que no es mera conversación y, menos aún, discusión, sino que se fundamenta en el deseo de comunicarse empáticamente, es decir, en la actitud interna, intención y disposición de entrar en la mente de los demás para poder comprender su visión de las cosas, sus intereses y también, cuando fuera diferente, su cultura.