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LA CRISIS DE LA EXPERIENCIA

In document Las etapas de la vida, ROMANO GUARDINI (página 31-36)

I

Hemos hablado de la imagen esencial del joven, y posteriormente, avanzando en el desarrollo lógico de nuestro tema, hemos dirigido nuestra atención al problema ético del niño y del joven.

Al comienzo de nuestras reflexiones decíamos que entre las etapas de la vida hay crisis. Las diferentes etapas de la vida constituyen por sí mismas formas básicas de la existencia humana, modos característicos en que el ser vivo va siendo un ser humano a lo largo del camino que conduce del nacimiento a la muerte: maneras de sentir, de entender, de comportarse en relación con el mundo. Estas imágenes están tan fuertemente caracterizadas que a lo largo de su vida el hombre no pasa sin más de una a otra, sino que ese paso implica siempre una separación cuya realización puede llegar a ser tan difícil que implique un verdadero peligro para la persona. Puede requerir un período de tiempo más o menos largo, puede tener lugar con cierta violencia o con relativa calma, puede saldarse con un éxito o con un fracaso, y este último puede consistir tanto en que la fase que debería haber llegado a su término perdure a expensas de la siguiente, como en que la fase por la que se esté atravesando en un momento dado se vea desplazada o violentada por la que vendrá más tarde.

Uno de esos pasos, o de esas crisis, se da también entre la fase vital del joven y la inmediatamente siguiente, a la que nos gustaría denominar fase de la mayoría de edad. Esta fase guarda una estrecha relación con algo a lo que ya hemos aludido varias veces: la experiencia.

Es de la esencia del joven el impulso ascendente de la vida en expansión, la conciencia, que va creciendo rápidamente, de la propia personalidad, de las propias fuerzas, de la propia vitalidad. El efecto psicológico de este impulso ascendente es la sensación de estar abierto a

infinitas posibilidades: lo que la persona adulta será y hará, y lo que la vida le depare. Muy relacionada con esa sensación está la incondicionalidad de las ideas y actitudes interiores, lo absoluto de las tomas de posición, la falta de compromisos en el comportamiento, todo ello unido a la convicción de que la realidad de la existencia podrá ser captada y dominada por medio de esas ideas y actitudes.

Pero lo que en verdad sucede es que se pasa por alto esa realidad. No se la ve correctamente: ni la realidad del propio ser, de lo que éste puede y no puede, de los elementos que impulsan y de los que perturban su desarrollo, ni tampoco la realidad del entorno, de las circunstancias económicas y sociales, de la actitud interior de las demás personas, de las ayudas y obstáculos que pueden surgir por su causa, etc.

Toda esta actitud del joven es idealista, tanto en el sentido positivo de este término como en su acepción negativa.

II

Pero justo en ese momento es cuando empezamos a tomar conciencia de la realidad.

Sobre todo, debido a que el comportamiento idealista conduce a fracasos. El joven experimenta que no es capaz de mucho de lo que creía serlo, y que quizá sus aptitudes reales son de otro tipo, menos llamativo, interesante y revolucionario, pero se trata de auténticas aptitudes. Experimenta un hecho tan elemental como tardíamente percibido, el de que también las demás personas tienen sus iniciativas, ideas, actitudes y ganas de hacer cosas, que también ellas actúan por su cuenta y no están dispuestas a dejarse subordinar a iniciativas ajenas.

Experimenta también qué complicadas son las cosas, qué poco se avanza con normas demasiado simples, cómo más bien hay que decir siempre: por un lado, pero por otro... Nota qué irreales son con frecuencia los principios absolutos, y que por tanto hay que aceptar una y otra vez algo que al joven le cuesta mucho trabajo decidirse a aceptar: compromisos, que sólo resultan realizables al precio de que las exigencias respectivas pierdan algo de su carácter de absolutas.

Experimenta, por otra parte, que la realidad de la vida social, política y económica que él quiere modificar apoyado en lo incondicionado de la idea y en la pureza de la actitud interior es mucho más resistente de lo que él pensaba. Se percibe y se dice qué es lo correcto, pero eso no basta para que se acepte. La estupidez, el egoísmo, el desinterés son enormemente fuertes. Las modificaciones que se haya logrado introducir en las circunstancias dadas duran poco, y todo vuelve a su estado inicial.

Consigo mismo tiene que hacer la misma experiencia. El hecho de que sepa que algo es lo correcto no implica de ninguna manera que lo haga. Muy frecuentemente no está a la altura de las circunstancias. Ve cómo una y otra vez el balance ético que él mismo extrae de su conducta

arroja un resultado negativo. Liberarse realmente de un defecto, superar una debilidad, adquirir una areté, una «virtud» reconocida como correcta, son todas ellas cosas harto difíciles.

Experimenta en definitiva qué mísera es muchas veces la existencia. Toma conciencia, desanimado, de qué quieren decir expresiones como «por término medio» y «cotidiano», de qué raros son los verdaderos talentos y los logros significativos, al igual que los grandes acontecimientos, tanto buenos como malos.

Descubre qué significa lo fáctico. Lo que no tiene por qué ser, pero es. Lo que no se puede derivar de principios, y por tanto tampoco se puede dominar con principios, pero sin embargo está ahí, hay que contar con ello y sólo tras un lento laborar puede ser sojuzgado... Descubre aquella fuerza que es la condición previa de toda auténtica realización: la paciencia.

La consecuencia es que empieza a tambalearse todo lo que hasta ese momento la actitud interior había considerado firme y seguro y había afirmado con la incondicionalidad propia de las convicciones juveniles. Es patente que faltaba algo, a saber, la experiencia, y su falta hacía que todo lo demás fuese en cierto sentido erróneo. Se hace necesaria, por tanto, una redefinición de muchas cosas. Una imagen de la vida que en su momento fue correcta toca a su fin, y es preciso obtener una nueva.

En esta empresa se puede fracasar de diversas maneras. Puede suceder que el joven que se va adentrando en la vida se mantenga aferrado a su actitud propia. En ese caso caerá en el absolutismo, se convertirá en un doctrinario, en un fanático de los principios, que no reconoce nada como válido y todo lo critica. 0 se convertirá en el eterno revolucionario que jamás logra un resultado concreto porque no encuentra ningún punto de contacto con lo dado, no sabe qué aspecto tiene un logro real y no sólo imaginario, e intenta compensar su propia esterilidad con un perenne querer hacer las cosas de otra manera. Llega a ser alguien que se entusiasma con demasiada facilidad, cuyos sentimientos carecen de toda relación con las cosas y que por tanto vive en un mundo irreal .

El fracaso también puede tomar la forma de que el joven abandone la incondicionalidad de sus ideas y de su actitud interior y capitule ante la realidad, o mejor dicho ante la realidad mala, ante lo que «todo el mundo» dice y la mayoría quiere. En ese caso, el joven se entrega a la mala experiencia y a la búsqueda del éxito, y ya no pregunta más que por la utilidad y el disfrute... Surge entonces ese tipo de persona que a todo el que realmente alberga aspiraciones y esperanzas le dice que hay que ser

«realista», que hay que tomar la vida como es, que hay que procurar salir adelante a cualquier precio, alcanzar un buen estatus social, pasarlo todo lo bien que se pueda, etc.

En ninguno de los dos casos se ha logrado dar el paso correcto. Éste hubiese consistido en hacer y aceptar la experiencia, pero al mismo tiempo seguir convencido de la validez de la gran idea, de que se está obligado a lo recto y noble. Hubiese consistido en que se mantuviese en pie, o, mejor, en que adquiriese por primera vez una sólida base, el convencimiento de que lo que en último término importa no es ganar dinero y poder, sino hacer algo realmente valioso y de sí mismo una persona recta.

In document Las etapas de la vida, ROMANO GUARDINI (página 31-36)

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