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4. LA DEMOCRACIA DEL SABER

En las postrimerías del siglo XX se asistía a llamada “tercera revolución de la humanidad”: la del conocimiento y la información. Para llevarla a cabo se contaba —y se cuenta— con el sistema educativo. Algo similar ocurrió para instaurar las sociedades neolíticas e industriales. Es por ello que, en este repaso a la historia de la EA, he- mos constatado cómo el sistema educativo, for- mal e informal, en todo momento se ha puesto al servicio de las ideologías y grupos dominantes en los distintos modelos de sociedad (esclavista, estamental, teocrática, capitalista, socialista, etc.). El pasar de la alfabetización alfabética a la digital es sólo un hecho circunstancial. Y es lo que Plutarco (siglo I d C) denunciaba al referirse

a la educación en Esparta: “Los ciudadanos eran habituados a no tener ni deseo ni aptitud para llevar una vida particular…Por el contrario, eran llevados a consagrarse a la comunidad”. Es la ins- trumentalización histórica de la cultura en gene- ral y de la EA en particular. Porque, ¿quién decide cuáles son los verdaderos intereses de la persona adulta?

La precariedad de la EPA a lo largo de su desarrollo histórico le ha facilitado, por falta de control y atención, un importante grado de liber- tad en la praxis educativa. Su propia naturaleza ha propiciado una oferta educativa más abierta y flexible que la del sistema educativo convencio- nal. Hablamos de la “heterogeneidad creativa”

(Palazón 1987: 97) o, dicho de otro modo, del

“pluralismo ideológico” de los centros EPA. Plu-

ralismo formal, por la diversidad de instituciones y grupos que participan, e interno, por la libertad

de cátedra de un profesorado que, hasta ahora lle- vaba a cabo actividades poco reguladas (respecto a currículos y textos). Y es que la autonomía de la EA es un rasgo al que no se debería renunciar en el futuro si desea situarse en la vanguardia del cambio y del progreso. Una autonomía que debería conjugarse con las exigencias de rentabilidad pe- dagógica y social, así como el respeto a las deman- das formativas de la persona adulta. La EPA como instrumento de progreso social y personal, y como “espacio para reconstruir el conocimiento, para dar un nuevo significado a nuestras experiencias como sujetos críticos de una historia colectiva” (Cabello, 1997: 20-21).

Por ello, la EPA debe ser pluralista, e “in- clusiva” de la diversidad, porque como sostiene P. Freire, “la discriminación, en cualquiera de sus

formas, nos ofende a todos porque hiere la sus- tantividad de nuestro ser” (1997). La heteroge- neidad y la alteridad conllevan el reconocimiento de los otros, de su cultura y sus vivencias. Este hecho no debería servir para consolidar socieda- des multiculturales —resucitando el injusto mo- delo medieval— sino como base para el diálogo y la comunicación, para nuevas formulaciones del concepto de progreso y modernidad. Intercultura- lidad sobre la base irrenunciable del respeto a los

principios de igualdad y libertad. Una EA científica y crítica, alejada del adoctrinamiento sectario y

de los “cantos de sirena” del poder. Una educación de personas adultas que ponga el conocimiento y la información al servicio de la genuina sabiduría. Y que actualice democráticamente la romántica fórmula de los ilustrados: Educación + Progreso = Felicidad.

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En el curso 1984/85 se inició el Plan Regional de Educación de Adultos y Alfabeti- zación en Murcia. La educación permanente

de adultos es una necesidad y un derecho que tienen los ciudadanos: dar la oportunidad a las personas adultas de aprender y comple-

tar sus estudios obteniendo una titulación básica, prepararse para otros niveles acadé-

micos o profesionales y ampliar sus posibili- dades de desarrollo personal y social.

Isabel Mª García Escarabajal -