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LA DESIGUALDAD DE RIQUEZA Y RENTA

In document Liberalismo - Ludwig Von Mises (página 39-41)

Los fundamentos de una política liberal

5. LA DESIGUALDAD DE RIQUEZA Y RENTA

Lo que más se critica en nuestro ordenamiento social es la desigualdad en la distribución de la riqueza y de la renta. Existen ricos y pobres, y existen ricos demasiado ricos y pobres demasiado pobres. Así, pues, lo primero que se nos ocurre es la distribución igualitaria de los bienes.

La primera objeción a esta propuesta es que no serviría para mucho, ya que el número de los que tienen poco supera enormemente al de los ricos, por lo que de una tal distribución el individuo sólo podría esperar un incremento insignificante de su bienestar. La objeción es justa, pero el argumento no es completo. Los defensores de la igualdad en la distribución de la renta olvidan el punto esencial: que la suma global que se puede distribuir —el producto anual del trabajo social— no es independiente de la manera en que la distribución se realiza. El hecho de que esa producción sea hoy tan grande no es un fenómeno natural o técnico, independiente de las condiciones sociales, sino consecuencia de nuestras instituciones sociales. Sólo porque en nuestro ordenamiento social es posible la desigualdad de riqueza y sólo porque esta desigualdad estimula a cada uno a producir lo más que puede al menor coste, dispone hoy la humanidad del total de riqueza anual que puede consumir. Si se eliminara este incentivo, la productividad se reduciría hasta el punto en que la cuota de renta per

cápita, en igualdad de distribución, caería muy por debajo de la que hoy recibe incluso el más pobre.

Pero la desigualdad en la distribución de la renta tiene también una segunda función tan importante como la mencionada: la de hacer posible el lujo de los ricos.

Sobre el lujo se han dicho y escrito muchas estupideces. Contra los consumos de lujo se ha objetado que es injusto que haya quienes gozan de lo superfluo mientras que otros viven en la indigencia. El argumento aparentemente tiene cierto fundamento, pero sólo aparente, ya que si se demostrara que el lujo tiene una función precisa para la convivencia social, el argumento quedaría invalidado. Es lo que trataremos de demostrar.

Nuestra defensa del consumo de lujo no es, desde luego, la que a veces se oye por ahí, es decir, que hace circular el dinero entre la gente. Si los ricos no llevaran una vida lujosa —se dice—, los pobres no tendrían ingreso alguno. Pero esto es un puro disparate, pues si no hubiera lujo, el capital y el trabajo invertidos en la producción de bienes de lujo se invertirían en la producción de otros bienes, bienes de consumo de masas, artículos necesarios en lugar de «superfluos». Para hacerse una idea exacta del significado social del lujo, es preciso ante todo comprender que el concepto de lujo es totalmente relativo. Lujo es un modo de vivir que contrasta con el de la gran masa de los contemporáneos. La concepción del lujo es, pues, esencialmente histórica. Mucha cosas que hoy nos parecen necesarias, en otro tiempo se consideraron un lujo. Cuando en la Edad Media una aristócrata bizantina casada con un dux veneciano introdujo en la mesa, en sustitución de la costumbre de comer con las manos, un utensilio de oro que podemos considerar el precursor de nuestro tenedor, los venecianos lo consideraron como un lujo blasfemo, hasta el punto de que cuando un día aquella señora contrajo una grave enfermedad, ellos interpretaron el acontecimiento como un justo castigo divino por su extravagancia antinatural. Hace dos o tres generaciones, en la propia Inglaterra tener baño en casa se consideraba un lujo; hoy lo hay en la casa de cualquier obrero de cierto nivel. Hace treinta y cinco años no existían aún los automóviles; hace veinte años poseer uno era signo de un tenor de vida particularmente lujoso; hoy en Estados Unidos incluso un obrero tiene su Ford. Tal es la evolución de la historia económica: el lujo de hoy es la necesidad de mañana. Todo progreso aparece primero como un lujo de pocos ricos para convertirse luego, al cabo de cierto tiempo, en la normal necesidad de todos. El lujo estimula al consumo y a la industria a inventar e introducir nuevos productos, y es por tanto uno de los factores dinámicos de nuestra vida económica. A él le debemos las progresivas innovaciones, que tanto han contribuido a elevar gradualmente el nivel de vida de todas las capas de la población.

La mayoría de nosotros no tiene simpatía por el rico haragán que pasa su vida sin trabajar, pensando sólo en pasárselo bien. Pero también él cumple una función en la

vida del organismo social. Su lujo tiene un efecto de imitación, suscitando en las masas nuevas necesidades y estimulando a la industria a satisfacerlas. Hubo un tiempo en que sólo los ricos podían permitirse el lujo de viajar al extranjero. Schiller nunca vio las montañas suizas que cantó en su Guillermo Tell, aunque lindaban con su patria sueva. Goethe jamás visitó París ni Viena ni Londres. Hoy son centenares de miles los que viajan, y pronto serán millones.

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