VII. Las instituciones políticas
1. La diarquía
El rasgo m ás notable de la institución real espartana es su duplicidad. U n a leyenda recogida p o r H eródoto (6.52) refería que Argia, esposa del m ítico conquistador de Laconia, el H e ra clida Aristodam o, hab ía tenido dos gemelos —Eurístenes y P roeles— y se había negado a identificar al p rim er nacido; pero lo cierto es que los m o narcas espartanos pertenecían a dos casas reales independientes, la de los Agíadas y la de los E uripóntidas. Este detalle no resulta irreconciliable, en principio, con la m encionada tra d i ción, ya que las dos dinastías p o d rían haberse diversificado a p a rtir de u n
ancestro rem oto com ún; sin em bargo, se h a n en con trado razo nes d e peso p a ra sospechar que la d u alid ad m o n árq u ica no era originaria.
H eródoto tran sm ite un as listas de reyes que H enige h a considerado com o los pedigrees de L eónidas 1 y L atíqui- das II, im p u g n an d o , p o r tanto, su ca rácter de listas reales. De hecho, los n om bres del A gíada C leóm enes I y de los E urip ó n tid as Agesicles, A ristón y D am árato , conocidos com o reyes p o r otras fuentes, están ausentes de las lis tas d e H eródoto, a u n q u e ello po d ría deberse, según sugiriera P rakken, al h echo posible de que el h isto riad o r h u b iera com p aginad o listas parciales procedentes de fuentes diversas. C art- ledge, p o r su parte, en tiende que el b alan ce de la polém ica sobre las listas de H eródoto es favorable a la co n sid e ración de q ue las dos in clu id as en su o bra son, en efecto, listas reales y no genealogías de los últim os m o narcas; aunque le parece cuestionable su valor como testimonio de la diarquía, y llam a la atención asim ism o sobre el p ro blem a que p lan tea la conexión de esas dos d inastías con la trad ició n de los H eraclidas.
«El propio hijo de Crono, esposo de Hera de bella corona, Zeus, a los Heraclidas ha dado esta
ciudad; con ellos dejando el Erineo ventoso, a la amplia isla de Pélope (Pélopos neson)
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p a ra legitim ar la suprem acía esp a r ta n a en L aconia, po d ría h a b e r sido p ergeñado en la época de la consoli d ación del estado. Y va aú n m ás allá C artledge al co n sid erar la posibilidad, m uy razo n ab le, de que la conexión de los A gíadas y los E u rip ó n tid as con los H eraclidas, establecida a través de los hijos de A ristodam o, estuviera desti n a d a a leg itim a rla realeza m o n o p o li z a d a p o r esas dos fam ilias, frente a los d^emás espartanos que no eran descen dientes de H eraclidas y, sobre todo, frente a los que tenían com o ancestros a otros H eraclidas, no al supuesto p ri m er rey de Laconia.
O tro m otivo de reserva co n respecto al valor de las listas es nuestra falta de g aran tía sobre su transm isión: al m e nos en un principio tuvo que ser oral, y tam p o co nos consta que se llegaran a in scrib ir alg una vez, de m odo que hay m u ch as posibilidades de que fueran alteradas.
Por otra parte, la d in astía de los E urip ó n tid as tran sm itid a p or P au sa nias presenta varias discrepancias con respecto a la de H eró doto, que se p o d rían deber, según sugiriera Jacoby, a la eventualidad de que cada uno de los autores haya in co rp o rad o u n a rela ción selectiva. E n cu a lq u ie r caso, hay dos detalles que confieren a las series dinásticas tran sm itidas p o r las fuen tes u n a ap arien cia artificiosa: el p ri m ero es la equivalencia num érica, total en P au san ias y m uy apro x im ad a en H e rodo to, de las dos líneas, que resulta inexplicable en u n a m o n arq u ía vitali cia; el segundo, la doble sucesión p er fecta de p ad re a hijo a lo largo de las deiciseis generaciones que cubren las listas. M u chos de los nom bres reseñ a dos están docum entados com o a u té n ticos p o r otras fuentes, pero el conjunto del esquem a inspira escepticism o.
El análisis de la doble versión de la d in astía E u rip ó n tid a h a p erm itido su p o n er que era m ás corta que la Agíada, y, p o r o tra parte, la noticia de H ero doto en el sentido de que los Agíadas
ten ían u na preem in en cia sobre tos E urip ó n tid as (6.51) invita a pensar que constitu ían , en efecto, la casa real m ás antigua. Pero esta cuestión queda integrada en el p ro b lem a sustancial, que es el del origen de la d iarqu ía. Los historiadores m oderno s rech azan la tradició n griega que p resen tab a ese origen com o u n sim ple incidente suce sorio en u n a prim itiva d in astía u n ita ria, pero las interpretaciones aportadas en este sentido h a n sido diversas.
A finales del siglo p asa d o C. W achs- m uth y G. G ilb ert elab o raro n sendas argum entacion es sobre la base de que la d ia rq u ía co n stituía un com prom iso de p o d er entre los distintos sectores étnicos de Esparta: p a ra W achsm uth, entre el d orio y el aqueo, es decir, el co rrespond iente a la p o b lació n de la E poca M icénica; p ara G ilbert, entre este últim o y el do rio aliad o con el m in ia, que rep resen taría a la supuesta p o b la c ió n p re h e lé n ic a de L acon ia. A m bas tesis h a n sido rech azad as po s teriorm ente, p o rq u e no h ay n in g u n a evidencia que abogue en favor de esa com ponente poblacional, y el pasaje de H eródoto en el que se b a sa b a n (5.72) no es de suyo u n testim o nio fiable.
Pocos años después, K. J. N eu m an n p ergeñ aba u n a interp retació n m e ra m ente especulativa, p artie n d o de la supuesta ascendencia h eraclid a de las dos casas. Al llegar a L acon ia, los d o rio s se h a b r ía n d iv id id o en dos grupos, m anteniénd ose el p rim ero en el valle del E u rotas y co n tin u a n d o el segundo hacia M esenia; los jefes de los dos grupos h a b ría n gobern ado co n ju n tam en te u n estado que ten d ría com o territorio co m ú n el área de E s parta. Tam poco esta explicación es satisfactoria en el estado actual de conocim ientos.
E n 1932 A. M om igliano sugería la po sib ilid ad de que la d in astía A gíada h u b iera sido la o rig inariam en te rei nante, y que los E urip ó n tid as h u b ie ra n conseguido m ás tard e co m p artir con ella el p o d er real: el estado esp ar tan o h ab ría exp erim entado el m ism o
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proceso que el resto de los estados griegos, p a sa n d o de la m o n arq u ía a la oligarquía, es decir a rre b a ta n d o el m onopolio del gobierno a la fam ilia que ío disfrutaba. Esta interpretación resulta harto forzada, po rq u e la d ia r quía e sp a rtan a se parece m u ch o m ás a una m o n arq u ía que a u n a oligarquía, y no h a convencido.
En otra línea de ap roxim ación al problem a, Pareti d esarrolló en dos tra bajos elaborados respectivamente, antes y después del de M om igliano, la tesis de que los reyes espartanos e ran los primitivos jefes de las tres tribus dorias. Los A gíadas, jefes de los Hylleis, y los E uripóntidas, que serían los jefes de los Dymcmes, se h a b ría n convertido en reyes, m ien tras que los A gíadas jefes de los Pamphyloi, que vivirían en A m i d a s , h ab ría n qu ed ad o subordinados. T am poco esta in terpretación resulta convincente, com o no lo es alguna otra elab o rad a desde el m ism o p u n to de partida.
Recientem ente, el historiador P. O li va h a ab o rd ad o la cuestión de la d ia r quía espartana asum iendo las reservas sobre las interpretaciones anteriores establecidas ya p o r B engtson y p ro p o n ien d o aceptarla com o u n a in stitu ción d estin ad a a evitar el m o nopolio político, tan to en los asuntos m ilitares com o en los civiles. La d iarq u ía repre sentaría, p o r tanto, el prin cip io de la colegialidad en los poderes p erso n a les suprem os que info rm a el biconsu- lado rom ano. E n apoyo de esta idea po d ría ap u n tarse tam b ién el hecho de que el eforado esp artan o se constituye sobre eí m ism o principio, a diferencia del arco n tad o ateniense, b asa d o en la diversifícación de los poderes.
F inalm ente, P. C artledge h a vuelto a in sistir en la línea de p en sam iento que v incula el origen de la d ia rq u ía al sinecism o que in au g u ra rá el estado espartano. P artien d o del h ec h o de que los A gíadas y los E u rip ó n tid as ten ían sus respectivos lugares °de en terra m iento en P ita ñ a y en L ím nas, co n si dera que la m o n a rq u ía c o n ju n ta pudo
n ac er en el m om ento en que las dos com unidades decidieron form ar la p o lis de Esparta. C om o quiera qu e C arilo es el p rim er E u rip ó n tid a d o c u m e n tado con certeza, y la evidencia arqu eo lógica cerám ica señ ala que en la fecha que se puede a trib u ir a su rein ad o ya existían los san tu ario s de A rtem is Ort
hia en Lim nas y de A tenea Poliouchos
en la Acrópolis, sugiere Cartledge com o hipótesis de trabajo la p o sib ilid ad de que A rquelao y C arilo fueran los dos prim eros correyes, d a ta n d o p o r ta n to, el origen de la d iarq u ía a finales del siglo VIIL
D e todo este trata m ien to historio- gráfico m oderno del p ro b lem a de la d ia rq u ía se p u ed en extraer dos co n clusiones a m odo de balance. En p ri m er lugar, la im po sib ilid ad de esta blecer su origen de un m odo cierto, a u n q u e parezca lo m ás ra zo n ab le d es de la perspectiva actual, relacio narlo con el proceso d e sinecism o que llevó consigo la creación del estado lacede- m onio y ubicarlo, consecuentem ente en el s. VIII. Y, en segundo lugar, la consideración de que esa figura co n s titucional p o d ría re p resen ta r algo m ás que u n com prom iso en la rivalidad p o r el p o d er de dos fam ilias d o m in a n tes: la asun ció n del p rin cip io de la colegialidad com o form a de lim ita ción de la autocracia.