1. VIDA
1.3. LA RISA Y LA VIDA
1.3.2. La distracción como fundamento de lo cómico
Como hemos dicho la repetición, la rigidez y el automatismo son las causas por las que nos reímos de un gesto, una forma, una fisonomía o un acto. Pero lo que determina esa desviación de la vida en el sentido de la mecánica es una cierta distracción fundamental del ser humano. Esta distracción es como si el alma se hubiese dejado fascinar, hechizada por la pura materia, por el gesto, la fisonomía o la repetición.
Toda distracción es cómica. Y cuanto más profunda sea la distracción, tanto más elevada será la comedia. […] olvido de sí mismo y de los demás: he aquí lo que siempre encontramos. Y examinando de cerca las cosas, veremos que este olvido se confunde precisamente con lo que hemos llamado insociabilidad. La causa principal de esta rigidez consiste en olvidarse de
mirar en derredor y sobre todo dentro de uno mismo. […] Rigidez,
automatismo, distracción, insociabilidad, todas estas palabras vienen a designar la misma cosa y de todos estos elementos se forma lo cómico de los caracteres (R 110-111)
Cuando nos olvidamos de la vida inmanente en cada uno de nuestros actos estamos en lo cómico mismo. El fundamento del carácter cómico de las cosas es la distracción, del mismo modo como que el carácter cómico del ser humano consiste en la distracción de la persona. La rigidez, el automatismo y la repetición, que son las principales características del mecanicismo, tienen por causa el olvido de la vida. En el instante en que por un efecto de rigidez o velocidad adquirida, llegamos a decir o hacer lo que no querríamos decir o hacer, estaremos en lo cómico y la risa que viene dada por nuestros semejantes será el castigo por haber olvidado cuanto hay de flexible, irrepetible y libre en nuestra propia actividad.
El hábito cumple un papel muy importante dentro la distracción que nos sumerge en la rigidez, la repetición y el automatismo. Tanto así que el mecanicismo reside en la
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distracción de la persona al tener una ciega confianza en el hábito en aras de responder a las necesidades dictadas por el ambiente. La distracción y el hábito se mezclan perfectamente para producir espíritus entregados al automatismo, a la palabra inconsciente, a la actitud copiada. Aquella persona que nos produce risa estará completamente contagiada por la fuerza del hábito. Su cuerpo, siempre orientado hacia la acción presente, tiene por función limitar la vida del espíritu. Su percepción sólo expresa la posibilidad de obrar del ser vivo condicionada por la necesidad. Su vida se sumerge en la inconsciencia y su voluntad queda opacada por lo automático de sus gestos y actitudes.
[p]orque el hábito motriz una vez adoptado, es un mecanismo, una serie de
movimientos que se determinan unos a otros […]. Ahora bien, nuestra
experiencia interior nos muestra en el hábito una actividad que ha pasado, por grados insensibles, de la conciencia a la inconsciencia y de la voluntad
al automatismo […] El hábito nos da así la viva demostración de esta
verdad, y es la de que el mecanismo no se basta a sí mismo; no sería, por decirlo así, más que el residuo fosilizado de una actividad espiritual (Vida obra Ravasion, PM 1147)58
La risa se instala en el tránsito entre la distracción (el olvido) y la consciencia de la energía viva presente en todos los actos que realizamos. La teoría de los planos de conciencia de Bergson nos permite entender cómo es que vamos del olvido a la consciencia. Se reconocen en la inmensidad de la vida del espíritu dos planos extremos. Primero, el plano de acción,
en el que estamos inmersos en las necesidades y buscamos adaptarnos como sea posible al medio en que nos desenvolvemos. Segundo, el plano de la memoria pura en el que vivimos
la duración substancial de nuestro ser y somos conscientes de la totalidad de nuestra experiencia vivida. En la tercera parte de MM encontramos una imagen que nos permite
entender en dónde se instala la distracción que nos sumerge en el olvido de la vida inmanente a nuestros gestos, rasgos y movimientos. Bergson reconoce tres tipos de hombres en los que la memoria se vive de distinta manera. En un extremo, encontramos al
hombre impulsivo que, nacido de la fuerza del hábito y la repetición, vive en el puro
presente y responde a una excitación por medio de una reacción inmediata. En el otro
58 Sobre el hábito y la repetición (Cfr.,
MM 235)Hábito y memoria(MM 274, 278, 279) Hábito y utilidad (MM 288) Hábito y automatismo (MM 293) Hábito y atención práctica (MM 349, 357)
extremo, el hombre soñador está mejor adaptado a la acción y aún así vive en el pasado por
el placer de vivirlo. Él es el espíritu bien equilibrado porque se ha adaptado perfectamente a la situación actual y, aún así, la conciencia no está esclavizada por la necesidad ni por el hábito repetido. En medio de ellos está el hombre de acción que es aquel que, con
prontitud, apoya la situación dada con los recuerdos que a ella se refieren (Cfr., MM 344).
En el plano de conciencia superficial encontramos al impulsivo, allí no se hace uso de la memoria profunda, sino de los recuerdos más inmediatos. En este género de vida es donde presenciamos la repetición, el automatismo y la rigidez mecánica que la risa viene a
corregir. Pero en el hombre de acción, instalado en un plano de conciencia un poco menos superficial que el primero, también se encuentran relictos de distracción que producen lo cómico y serán corregidos por la risa. En cambio en el hombre soñador, que vive en el
plano de memoria pura, se habrán superado todos los obstáculos que lo mantienen en lo
inmóvil, en la materia buscando imponerse sobre lo vivo. Esta persona será consciente de la flexibilidad misma, la gracia y la libertad de su vida. El soñador es el ser humano que se da cuenta que es completamente creador de su carácter y de sus circunstancias, que se levanta por encima del mecanicismo y de la distracción ya que ha tenido el valor de reírse y dejarse corregir. La risa se instalará en el movimiento por el cual el hombre impulsivo decide mirar a su alrededor y a sí mismo, encontrando que su vida no es pura repetición, imitación y automatismo. Lo cómico denuncia ese olvido producto de un desequilibrio del espíritu. La risa, sobre todo la expresada por nuestros semejantes, corregirá dicha distracción buscando un perfeccionamiento tanto individual como social. La risa busca producir en el individuo y en la sociedad espíritus bien equilibrados, capaces de adaptarse perfectamente al presente sin olvidar que su vida es cambio continuo, desarrollo imprevisible e irrepetible, creación constante y libertad.
Para concluir diremos que la risa busca corregir la rigidez adquirida y el automatismo constante que están determinados por el modo como la conciencia vive la memoria y la duración. El hombre impulsivo vive en la conciencia superficial la memoria en tanto hábito y adaptación. Incluso, la risa surge en un grado de conciencia en el que se hace patente lo mecánico imponiéndose sobre lo vivo. Cuando surge la risa, el ser humano observa,
consciente o inconscientemente, la transfiguración momentánea de una persona en una cosa; percibe el automatismo y la rigidez imponiéndose sobre la libertad y la flexibilidad. Cuando somos capaces de reírnos estamos en dirección de simpatizar profundamente con la vida misma. Cuando surge lo cómico tenemos la posibilidad de practicar la ascesis de
nuestro espíritu y transformar las emociones, los hábitos y las acciones que no nos permiten recrear la flexibilidad, la libertad y la creación que son la vida misma.