• No se han encontrado resultados

La economía del barrio

In document La Ley 50.pdf (página 119-123)

Supe que la gente del gueto comprendía que jamás dejé en espíritu el gueto, y que nunca lo dejé físicamente más que cuando tuve que hacerla. Poseía un instinto de gueto; por ejemplo, sabía si en un público del gueto la tensión era mayor de lo normal. Y hablaba y entendía el idioma del gueto.

Malcolm X Al iniciarse como traficante de drogas a los doce años de edad, Curtis Jackson se vio frente a un mundo desconocido que contenía toda clase de peligros. El lado comercial del oficio era relativamente fácil de entender. Lo difícil era la gente, los diversos actores en escena: los conectes rivales, los traficantes estrella, la policía. Pero el mundo más extraño e impenetrable de todos era el de los consumidores, la clientela de la que dependía el negocio. Su conducta podía ser imprevisible, y aun francamente alarmante.

En cuanto a los conectes rivales y la policía, Curtis podría conocer su manera de pensar, porque operaban con cierto grado de racionalidad. Pero los adictos parecían dominados por sus necesidades, y podían ponerse hostiles o violentos en cualquier momento. Muchos traficantes habían desarrollado fobia por sus clientes. Veían en ellos las debilidades y dependencia que podían aquejar a quien sucumbiera a la adicción. El conecte confía en su agudeza mental; coquetear siquiera con el consumo de drogas podía destruir esa facultad, y hacerlo caer en la resbalosa cuesta de la dependencia. Si convivía demasiado con los adictos, podía hacerse consumidor. Curtis entendía esto y guardaba distancia de ellos. pero este aspecto del oficio le incomodaba.

Una vez los adictos dieron en evitarlo. sin que supiera por que. Sólo sabía que no podía vender una tanda recibida a consignación. Esto consistía en aceptar droga gratis de un conecte de arriba, vendido el lote se le pagaba lo acordado y lo demás era ganancia. Pero esta vez parecía que él no ganaría ni siquiera lo suficiente para pagar. Eso podía dañar su reputación y causarle todo tipo de problemas; quizá hasta tendría que robar para conseguir el dinero.

ofreciendo toda suerte de descuentos, lo que fuera, con tal de deshacerse de la droga. Logro pagar justo lo requerido y se salvo de milagro. Tal vez esa tanda era de mala calidad, pero ¿cómo habría podido saberlo y cómo podía evitar que eso le volviera a ocurrir?

Un día buscó el consejo de Dre, un conecte mayor con mucho tiempo de traficar en las calles. Se le tenía por negociante astuto (había estudiado economía en la cárcel) y parecía entenderse muy bien con los adictos. Dre le explicó que la experiencia le había enseñado que existen dos tipos de traficantes: los que se quedan afuera y los que se meten hasta el fondo. Los de afuera nunca se toman la molestia de conocer a sus clientes. Para ellos todo se reduce a dinero y números. No tienen ninguna noción de psicología ni de las sutilezas de las necesidades y demandas de la gente. Les da miedo acercarse demasiado al consumidor; eso podría obligarlos a revaluar sus métodos e ideas. El traficante superior se mete hasta el fondo. No teme a los adictos; quiere saber que les pasa por la cabeza. Los consumidores de drogas no son diferentes a las demás personas. Tienen fobias, y rachas de aburrimiento, y vida interior. “Si te quedas afuera”, le dijo a Curtis, “no ves nada de eso, y tu trabajo es puramente mecánico y sin vida”.

“Para mejorar”, le explicó, “tienes que poner en práctica uno de los trucos más viejos de este oficio: la prueba. Cada vez que recibas un lote, separa una parte para regalarla a algunos de tus clientes. Ellos te dirán de inmediato si el material es bueno o malo. Si su reacción es positiva, correrán la voz en sus redes, información creíble por venir de otro consumidor, no de un conecte que promueve su mercancía. Si es negativa, tendrás que aguantar y buscar cómo moderarla, ofreciendo ilusiones' (ventas de aparente dos por uno, con cápsulas rellenas de polvo) o lo que sea necesario para que la tanda se acabe. Pero opera siempre con comentarios sobre la calidad de tu producto. Si no, no sobrevivirás en las calles."

"Cuando eches a andar este sistema, úsalo para cultivar tus relaciones con tus clientes más con fiables. Te darán valiosa información sobre cambios en los gustos. Hablar con ellos te dará muchas ideas de planes de mercadotecnia y nuevos métodos de trabajo. Tendrás una noción de cómo piensan. Con eso, tu trabajo será creativo y lleno de posibilidades."

los adictos no eran en absoluto como los había imaginado. Eran im- previsibles sólo cuando se les trataba de manera incoherente. Valo- raban la comodidad y las transacciones rápidas, querían algo nuevo de vez en cuando y les encantaban los arreglos de cualquier tipo. Gracias a esta serie creciente de conocimientos, Curtis pudo sacar partido a las necesidades de los adictos y manipular su demanda. Descubrió algo más: que como pasaban mucho tiempo en la calle, eran una fuente de información excelente sobre la policía o las de- bilidades de conectes rivales. Estar tan bien enterado del barrio dio a Curtis una sensación de inmenso poder. Luego trasladaría esta es- trategia a la música y la promoción de sus grabaciones en las calles de Nueva York. Manteniendo contacto estrecho con los gustos de sus fans, adecuaría su música a las reacciones de ellos y crearía un ritmo atractivamentc visceral como no habían oído nunca antes.

El extraordinario éxito de sus dos primeros álbumes comerciales llevó a Curtis (ya 50 Cent) a la cima del mundo de la música, pero en su nuevo entorno estaba perdiendo su sensación de contacto vi- tal, tan importante en las calles. Lo rodeaban aduladores que que- rían pertenecer a su séquito () gerentes y gente de la industria que sólo veían en él un signo de dólares. Sus principales interacciones ocurrían con personas del mundo corporativo u otras estrellas. Ya no podía vagar por la calle ni conocer de primera mano las nuevas tendencias. Todo esto quería decir que iba a ciegas en su música, sin saber si seguía en contacto con el público. Éste era la fuente de su temple y energía, pero de él lo separaba una distancia cada vez mayor. Eso no parecía preocupar a otras estrellas; de hecho, les agradaba vivir en la burbuja de la celebridad. Tenían miedo de vol- ver a poner los pies sobre la tierra. Fifty sentía lo contrario, pero su situación parecía no tener salida.

Sin embargo, a principios de 2007 decidió iniciar su página en Internet. La concibió como un medio para comercializar su músi- ca y hacer ventas directas al público, sin la interferencia de su sello discográfico, que había resultado muy torpe para adaptarse a la era del ciberespacio. Su página se transformó pronto en una red social, una especie de Facebook para sus fans; y entre más hurgaba en ella, más se convencía de que representaba mucho más que un recur- so de mercadotecnia: era tal vez la mejor herramienta para volver a estar en contacto con su público.

Primero, decidió experimentar. Mientras se preparaba para lan- zar un disco en G- Unit en el verano de 2008, filtró una de las can- ciones a su página una noche de viernes, y al día siguiente consul- tó varias veces la sección de comentarios para seguir las reacciones del público. Tras cientos de comentarios quedó claro que el veredic- to era negativo. La canción era demasiado suave, sentenciaron los fans; querían y esperaban algo más fuerte de un disco de G- Unit. Tomándose en serio esas críticas, Fifty archivó ese tema y pronto sacó otro, con el intenso sonido exigido. Esta vez la respuesta fue abrumadoramente positiva.

Eso demandó más experimentos. Fifty ofreció el sencillo más reciente de su archienemigo, The Game, suponiendo que leería co- mentarios negativos de sus fans. Para su sorpresa, la canción gustó a muchos. Se enfrascó en un debate en línea con ellos, y abrió bien los ojos a cambios en los gustos y al motivo de que su música hu- biera podido dejar de agradar. Esto lo obligó a replantear su rumbo.

Para atraer más personas a su página, decidió eliminar la dis- tancia en ambas direcciones. Publicó blogs sobre sus asuntos perso- nales, y respondía los comentarios de sus fans. Éstos sintieron que tenían total acceso a él. Usando los últimos adelantos de la tecno- logía telefónica, llegó más lejos aún, haciendo que su equipo lo fil- mara hablando con sus fans por teléfono celular dondequiera que iba; las imágenes se transmitían en vivo en su página. Esto generó intenso tráfico y chateo en línea; los fans no sabían cuándo podían ocurrir esas transmisiones, así que tenían que hacer revisiones re- gulares para poder atrapar esos momentos espontáneos, a veces fascinantes en su trivialidad y acentuados otras por el don de Fif- ty para la confrontación. El número de visitantes aumentó a pasos agigantados.

Al evolucionar, la página de Fifty acabó por parecerse curio- samente al mundo de conecte que él había creado en las calles de Southside Queens. Podía ofrecer pruebas (de canciones) a sus fans —quienes eran como los adictos, siempre ansiosos de sus nuevos productos—, y obtener reacciones inmediatas sobre su calidad. Po- día hacerse una idea de lo que buscaban y de cómo manipular su demanda. Se había metido hasta el fondo, y su merodeo cobró nue- va vida, esta vez a escala global.

In document La Ley 50.pdf (página 119-123)