En primer lugar, recuerden la cuestión planteada con anterioridad acerca del objetivo y fin de la voluntad; al enfrentarnos con esta cuestión vimos que la voluntad, en todos los niveles de su manifestación, desde el más bajo hasta el más alto, carece de un objetivo y fin últimos, si bien abrigue siempre un afán, dado que el querer constituye su única esencia y ésta no queda delimitada por la consecución de objetivo alguno, al no ser susceptible de alguna satisfacción finita y, aun cuando pueda verse determinada, marcha de suyo hacia el infinito (Metafísica de la costumbres, cap. 4, p. 52).
Como podemos ver, el análisis schopenhauariano sobre la esencia de la voluntad ha develado un problema de corte epistemológico y, sobre todo, de carácter ético- ontológico que la filosofía, entendida como práctica existencial o sabiduría, no puede dejar atrás. Ante todo nos interesa pensar qué es el mundo, pero la pregunta misma adquiere en las manos de Schopenhauer un carácter problemático en un doble sentido: por un lado, podemos pensar que el mundo es la voluntad y, sin embargo, también es representación de esa voluntad. Lo que queremos decir con esta afirmación es que debemos pensar al mundo simultáneamente como voluntad y a la vez como representación. En esta afirmación se juega una de las problemáticas más enigmáticas de la metafísica schopenhauariana, cuya interpretación envuelve al lector en un ambiente sumamente críptico y de implicaciones prácticas muy profundas y complejas. Por otro lado, la voluntad, según Schopenhauer, sólo se hace autoconsciente en su manifestación como inteligencia, pero su determinación fenoménica está modulada según el grado de su naturaleza u objetivación autoconsciente como voluntad humana, y en cuanto tal sólo es un fenómeno pasajero de la voluntad como cosa en sí. En este sentido, es preciso pensar que la voluntad esencial se hace a sí misma voluntad encarnada, es decir, la voluntad infinita se manifiesta según un grado determinado en la naturaleza; se hace a sí misma contraria a su esencia de acuerdo a su querer objetivado. Según esta indicación, parece que la metafísica de nuestro filósofo adquiere dimensiones bastante paradójicas, por un lado, y no deja, sin embargo, de ser una posición crítica respecto a la forma habitual de asumir la existencia humana, pues no es posible una alteración de la existencia en un sentido puramente racional, ya que comprender no altera el ser y, no obstante, comprender es ser.
La primera idea que se planteó anteriormente, decíamos, ocupa un lugar enigmático dentro del corpus entero de la filosofía de Schopenhauer; envuelve dentro de sí varios planteamientos que resultan importantes a la hora de enfrentar nuestra
propia vida y que cabe, entonces, plantearnos. Hay una pregunta que abre toda nuestra primera problemática y que puede ser planteada en los siguientes términos: ¿Por qué “toda vida es sufrimiento”? (El Mundo I…, §56, p. 368 (366)). Comencemos, entonces, por darle significado a esta indagación.
Para ello es necesario insistir en lo siguiente: el mundo es un enigma que se plantea desde la base de la existencia humana; no por el hecho de que Schopenhauer se una a la problemática que instaló Kant en la Crítica de la razón pura, se debe decir que su filosofía vaya en el misma línea gnoseológica; por el contrario, las implicaciones de la crítica kantiana adquieren su verdadero contenido desde la óptica pesimista que se devela en el Mundo como voluntad y representación[10]. Por eso, hay que acentuar el tono en donde Schopenhauer lo intenta hacer; allí, en medio del sufrimiento y la carencia vital de toda certeza; nublados por la nesciencia espontánea de nuestro cuerpo, el deseo incontrolable de nuestro corazón y la luz parcial de nuestro entendimiento, comprendemos, afirma Schopenhauer, que nuestra vida es inevitablemente sufrimiento. Si bien se trata aquí de una comprensión, ésta debe entenderse no en su sentido teórico, sino que dicha comprensión se desenvuelve desde la poca claridad que puede brindar la representación, es decir, se trata de una cierta indicación, o intuición, de nuestra finitud anclada en la ignorancia (avidya) de nuestro ser. Se trata entonces de un conocimiento nublado (representación) por el más enigmático poder de la voluntad, y cuyo sostén reside, paradójicamente, en el querer que se manifiesta continuamente como fenómeno. La inteligencia natural del hombre, no puede más que avisar sobre su limitación connatural, proveniente de su propio origen: la voluntad.
Esta oscuridad de la vida no se puede intentar dilucidar; es como si nos viésemos incomunicados respecto de alguna luz primigenia, o nuestro horizonte estuviese limitado por algún obstáculo externo, o la fuerza de nuestro espíritu no fuese adecuada a la magnitud del objeto; […] de ahí que estas tinieblas se vuelvan tanto más temibles cuanto mayor sea la luz, al tantear ésta tantos más puntos en los límites de la oscuridad; quiero decir que cuanto más inteligente es un hombre tanto más siente la oscuridad que le rodea, viéndose por ello filosóficamente estimulado (Metafísica de las costumbres, cap. 9, 200).
La intención de Schopenhauer puede estar guiada entonces por la necesidad de indicar un camino para repensar lo impensable, como un destello en medio de la oscuridad total. Puede estar diciéndonos que nuestra esencia, la voluntad,
metafísicamente es los más cercano y, a la vez, lejano. Al parecer, si miramos con detenimiento nuestra vida encontraremos que existe una “objetivación”, por decirlo así, de la oscuridad misma en medio de esta multiplicidad fenoménica del mundo que llamamos sufrimiento.