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La forma/esencia, la forma/materia y la forma/contenido

Cuando empezamos a perder el fundamento en una discusión, nuestro último recurso suele ser insistir en que «a pesar de lo que se dijo, las cosas son esencialmente lo que creemos que son». Esto es precisamente lo que Hegel tiene en mente al hablar de la esencia en su inmediatez: «esencia» designa aquí la

introspección inmediata, la «esencia de las cosas», que se mantiene independientemente de la forma externa. Los casos de esta actitud, mejor ejemplificados por la estupidez del proverbio «aunque la mona se vista de seda, mona queda» abundan en el ámbito político. Basta con recordar el típico trato de derecha de los excomunistas en el Este: sin importar lo que realmente hacen, su «forma» democrática de ninguna manera debería engañarnos, ya que no es más que forma; «en esencia» siguen siendo los mismos viejos totalitarios, etc[211]. Un

ejemplo reciente de esta lógica de la «esencia interior», que mantiene sus características a pesar de los cambios en la forma externa, fue el juicio de desconfianza a Gorbachov en 1985: nada cambiará, Gorbachov es aún más peligroso que los típicos comunistas firmes, porque da al sistema totalitario un seductor frente «democrático» y «abierto»; su objetivo principal es fortalecer el sistema, no cambiarlo radicalmente. Un comentario hegeliano que debemos agregar aquí es que esta afirmación probablemente sea verdadera: es muy probable que Gorbachov «realmente» solo haya querido mejorar el sistema existente. Sin embargo, al margen de sus intenciones, sus actos pusieron en marcha un proceso que transformó el sistema íntegramente: la «verdad» residía en lo que tanto los críticos desconfiados de Gorbachov como el propio Gorbachov consideraban una mera forma externa.

La «esencia», así concebida, sigue siendo una determinación vacía cuya adecuación puede ponerse a prueba solo mediante la verificación del grado en que está expresada, manifestada, en la forma externa. De esta manera obtenemos el par forma/materia en que la relación se invierte: la forma deja de ser una expresión- efecto pasiva detrás de la cual debemos buscar una «esencia verdadera» oculta y se convierte en cambio en la agencia que individualiza la materia de otra forma pasiva e informe, y le confiere una determinación particular. En otras palabras, en cuanto nos damos cuenta de la manera en que toda la determinación de la esencia radica en su forma, la esencia, concebida abstractamente a partir de su forma, se convierte en un sustrato informe de la forma, en resumen: en materia. Tal como señala Hegel de manera concisa: por eso el momento de la determinación y el momento de la subsistencia se desmoronan, se postulan como distintos: cuando se trata de una cosa, la «materia» es el momento pasivo de subsistencia (su sustrato- fundamento sustancial), mientras que la «forma» es lo que proporciona su determinación específica, lo que hace que esta cosa sea lo que es.

La dialéctica que dificulta esta oposición aparentemente directa no se limita al hecho de que nunca encontramos materia «pura» desprovista de forma (la arcilla con que se hace la maceta ya tiene que tener propiedades que la hacen adecuada para cierta forma y no para otras: para una maceta, no para una aguja, por

ejemplo), para que la materia «pura» informe se convierta en su opuesto, en una forma-receptáculo despojada de toda determinación concreta, positiva y sustancial, y viceversa, por supuesto. Pero lo que Hegel tiene en mente aquí es algo más radical: la contradicción inherente de la noción de forma que designa tanto el principio de universalización como el principio de individuación. Con la forma se obtiene a partir de una materia informe una cosa particular, determinada (digamos, una taza de arcilla); pero es al mismo tiempo lo Universal abstracto común a diferentes cosas (tazas de vidrio, tazas de porcelana y tazas de metal son todas «tazas» por su forma común). La única manera de salir de este punto muerto es no concebir la materia como algo informe y pasivo, sino como algo que ya tiene en sí una estructura inherente, es decir, algo que es opuesto a la forma y tiene su

propio contenido. Sin embargo, para evitar una regresión a la contraposición inicial abstracta de la esencia interior y la forma impuesta externamente, debemos tener presente que el par contenido/forma (o, más precisamente, contenido en cuanto tal) es solo otro nombre para la relación tautológica mediante la cual la forma se relaciona consigo misma. ¿Qué es el «contenido» sino, precisamente, materia formada? Entonces, podemos definir la «forma» como el modo en que cierto contenido se actualiza, se realiza, en materia (mediante la formación adecuada de este último): «el mismo contenido» (la historia del asesinato del César, por ejemplo) puede narrarse en formas diferentes, desde el informe historiográfico de Plutarco, hasta una película de Hollywood, pasando por la obra de teatro de Shakespeare. Como alternativa, podemos definir la forma como la universalidad que combina la multiplicidad de contenidos diversos (la forma de la clásica novela de detectives, por ejemplo, funciona como el esqueleto de las normas de género codificadas que agregan un sello común a las obras de autores tan diferentes como Agatha Christie, E.S. Gardner, etc.). En otras palabras, en la medida en que la materia represente el Otro abstracto de la forma, el «contenido» es la manera en que la materia es mediada por la forma, e inversamente, la «forma» es la manera en que el contenido encuentra su expresión en la materia. En ambos casos, la relación contenido/forma, en contraste con la relación materia/forma, es tautológica: el «contenido» es forma en sí en su determinación oposicional.

Con una mirada a todo este desplazamiento de esencia/forma a contenido/forma, es fácil percibir cómo su lógica anuncia de manera condensada la tríada de noción, juicio y silogismo desde la «lógica subjetiva», la tercera parte de la Ciencia de la lógica de Hegel: el par esencia/forma se mantiene en el nivel de noción; es decir, la esencia es el simple en sí de la noción, de la determinación sustancial de una entidad. El siguiente paso genera literalmente el Ur-Teilung, el juicio en cuanto «división original», el desmoronamiento, de la esencia en sus dos momentos constitutivos que así son «postulados» en cuanto tales, explicados, pero

como externalidad, es decir, como externos e indiferentes uno al otro: el momento de la subsistencia (la materia en cuanto sustrato) y el momento de la determinación (la forma). Un sustrato adquiere determinación cuando se le predica una forma. Por último, el tercer paso vuelve evidente la estructura ternaria de la mediación, la marca distintiva del silogismo, con la forma como término medio.