En 1979 es publicado el famoso ensayo Spie12 de Ginzburg (2006).13 En este, el
autor describe la historia de un modelo de conocimiento que ha estado latente desde
12 En italiano el término Spie tiene una significación ambigua; significa, al mismo tiempo, indicio y espía.
13 El ensayo fue publicado en la Rivista di StoriaContemporanea en 1978. Desde su publicación, generó revuelo en las cien- cias sociales y en sus metodologías de conocimiento. En palabras de Carlos Aguirre “Este ensayo de Ginzburg despertó un enorme interés y toda una serie de vivas polémicas, primero en todo el ámbito intelectual italiano, pero después y mediante sus sucesivas traducciones a otras lenguas, también en todo el mundo académico europeo, e incluso en toda la historiografía y las ciencias sociales del mundo entero, para terminar convirtiéndose hoy, en este año de 2006, en el más importante ensayo de metodología histórica escrito en los últimos cuarenta y cinco años, sólo comparable por su relevancia y sus profundos impactos intelectuales, dentro de la historiografía de las ciencias sociales del siglo XX con el también excepcional ensayo de Fernand Braudel, sobre Historia y ciencias sociales. La larga duración, publicado en 1958” (Aguirre, 2006: 138).
tiempos inmemoriales, cuyos inicios se remontan a los cazadores neandertales -primeros narradores de historias; los adivinos que buscaban rastros del futuro en los caparazones de las tortuga, en las espinas de peces gigantes, en los ojos muertos de los aves- hasta llegar a Detectives como Sherlok Holmes o Dupin y
Los crímenes de la calle Morgue (Poe, 1841). También aquí caben los médicos,
los psicoanalistas, los literatos, los antropólogos, los historiadores y todos aquellos que han intentado e intentan delinear, estudiar, comprender la compleja y bullente realidad humana.
Este conocimiento fundamentado en los indicios, en la observación de los pequeños detalles, en la predicción de acontecimientos basados en las huellas, en los rastros, en los olores, en los sabores, le ha permitido a los seres humanos intuir el mundo natural y modificar los paisajes, así como definir la cultura y comprender la humanidad. Este es un conocimiento enraizado en las vivencias concretas, que devela -como en un mundo fractal- la experiencia general de la humanidad. Es un paradigma que lleva siglos de conocimiento acumulado y que se materializa en los avances de la medicina, en sus posibilidades de diagnóstico; en el conocimiento de los expertos en pintura que pueden, de un vistazo, saber la diferencia entre un original y una copia; en el detective que reconoce, en la inmensidad de la realidad, los rastros dejados por el criminal; en el campesino que sabe que dialoga con los animales y predice la naturaleza; en el indígena que sabe leer en el trueno y el rayo; en el antropólogo que intuye las causas profundas de algunas celebraciones comunitarias; en el sociólogo que comprende las razones de un levantamiento popular; en el historiador que rastrea las historias no contadas de los subalternos de hace siglos. En el fondo del paradigma indiciario late la idea de que las cifras, los datos, las evidencias requieren la problematización, la interpretación y la agudeza humana para tener sentido:
Había una actitud orientada al análisis de casos individuales, reconstruibles sólo por medio de rastros, síntomas, indicios. Los propios textos de jurisprudencia mesopotámicos, en lugar de consistir en la recopilación de diferentes leyes u ordenanzas, se basaban en la discusión de una casuística muy concreta. En resumen es posible hablar de paradigma indicial o adivinatorio que según las distintas formas del saber se dirigía al pasado, al presente o al futuro. Hacia el futuro, se contaba con la adivinación propiamente dicha. Hacia el pasado, presente o al futuro, todo a un
tiempo, se disponía de la sintomatología médica en su doble aspecto, diagnóstico y pronóstico. Hacía el pasado se contaba con la jurisprudencia. Pero detrás de ese paradigma indicial o adivinatorio, se vislumbra el resto tal vez más antiguo de la historia intelectual del género humano: el del cazador, que tendido sobre el barro, escudriña los rastros dejados por su presa (Ginzburg, 2006: 146).
El “paradigma indiciario” como lo llamara Ginzburg, se opone al modelo galileano que surgió de la posibilidad que encontró Galileo de imaginar en su mente, en el plano abstracto, la rotación de las esferas celestes, sin que esta abstracción pudiera ser reproducida en la realidad concreta. Desde entonces, el único conocimiento considerado científicamente válido ha sido el conocimiento de lo general; un conocimiento al que solo se puede acceder a partir de la abstracción, del pensamiento puro. El individuo, sus percepciones, sus sentimientos, sus honduras, su ser concreto, hacen parte de una esfera animal que representa lo ilusorio, la falsedad, la mundanidad, la carne. El mito de la caverna de Platón se reedita en Galileo.
Subterráneo, silencioso, persistente, negado, el conocimiento indiciario orientó el desarrollo de las ciencias sociales, que esperaban seguir el modelo científico de las ciencias naturales, a pesar de sí mismas; a pesar de su humanidad.
Las ciencias sociales, afirma Ginzburg en su paradigmático ensayo, deben elegir entre un modelo científico legitimado que se acerca a las ciencias naturales, pero que no les permite descubrir hechos relevantes de la realidad social, o un modelo científico más tambaleante (pero, en proceso histórico de legitimación) que les permita acercarse a realidades más profundas y, por tanto, más inasibles, de la humanidad. Este conocimiento viene acumulándose desde nuestra época de cazadores:
Durante milenios, el hombre fue cazador. La acumulación de innumerables actos de persecución de la presa le permitió aprender a reconstruir las formas y movimientos de las piezas de caza no visibles, por medio de huellas en el barro, ramas quebradas, estiércol, mechones de pelo, plumas, concentraciones de olores. Aprendió a olfatear, registrar, interpretar y clasificar rastros tan infinitesimales como por ejemplo, los hilillos de baba. Aprendió a efectuar complejas operaciones mentales con rapidez fulmínea, en la espesura de un bosque o en un claro lleno de peligros (Ginzburg, 1994: 144).
Una lectura indiciaria del oficio del cazador permite extraer una conclusión de repercusiones insospechadas que sorprendió gratamente al literato Calvino: “Tal vez la idea misma de narración (diferente de la de sortilegio, encantamiento o invocación) haya nacido por primera vez en una sociedad de cazadores, de la experiencia del desciframiento de rastros” (Ginzburg, 1994: 144). Una lectura a partir de los indicios de los rastros le permite conjeturar a Ginzburg que quizás la primera historia que se contó en los orígenes de los tiempos, fue contada por un cazador, quien, con sus gestos, sus manos, su cuerpo, mostraba a los otros cazadores que lo observaban atento, la dimensión de la presa, la ruta que pudo haber tomado; quizás este hombre olfateó a lo lejos la pelambre del animal; se agachó, palpó sus huellas, lamió su baba e identificó la mejor manera de cazarlo y, con voz, ademanes, movimientos, gestos, lenguaje, orientó a sus compañeros en la estrategia de captura. La base de la literatura, de la escritura, de la palabra, de la comunicación entre humanos estaría en la cacería, por ser esta una de las primeras acciones que requirieron el apoyo mutuo entre humanos, por tanto, la comprensión.
Este cotidiano y prosaico, pero bello y poético descubrimiento, nos sirve de enlace para explicar la necesidad del análisis histórico para entender la configuración territorial del Estado en el Caquetá. Entendemos la historia como palimpsesto, en tanto esta es un cúmulo de imágenes sobrepuestas, de memorias en disputa, de percepciones e imaginarios sobre los hechos. La historia no es solo una; las historias son infinitas. Un palimpsesto es un manuscrito que conserva huellas de otras escrituras en la misma superficie; escrituras borradas expresamente para dar vida a las letras actuales del manuscrito. Para descubrir esa otra realidad, apenas insinuada, es necesario cavar con cuidado en el manuscrito, intuir lo que oculta, adivinar las otras grafías que posibilitaron la construcción de la imagen final. Los rastros de los trazos ocultos esperan que alguien les de la palabra. No en vano, Metis, la madre griega de la historia, es aquella que adivina con el agua:
Para los griegos dentro del vasto territorio del saber conjetural estaban incluidos, entre muchos otros, los médicos, los historiadores, los políticos, los alfareros, los carpinteros, los marinos, los cazadores, los pescadores, las mujeres. Los límites de este territorio, significativamente gobernado por una diosa como Metis, la primera esposa de Zeus, que personificaba la adivinación mediante el agua, estaba
delimitandos términos tales como “conjetura”, “conjeturar” (tekmor, tekmairesthai) (Aguirre, 2006: 147).
La búsqueda de las historias subterráneas que han construido los colonos y colonas en el departamento del Caquetá, la realizamos a través de actores, rastros, datos, cifras de la historia reciente de esta región, que nos indican premisas para la problematización y el desciframiento de discursos, prácticas y materialidades. Este indagar la humanidad concreta y particular, es también la búsqueda de la humanidad universal. Como hemos dicho, el hombre crea la estructura, pero la estructura recrea al hombre; así mismo, la sociedad está antes que el individuo, pero el individuo construye la sociedad. En esta óptica, lo que ha sucedido y sucede en el Caquetá no es un hecho exclusivo, único y aislado del resto de la humanidad; es un contexto recreado por un universo histórico de pensamiento, estructuras y sociedades que permitieron el surgimiento de ese hecho concreto. Por ello, aquí no tienen cabida las dicotomías explicativas civilización y barbarie, atraso y desarrollo, legal e ilegal. Se trata de un hecho que ha sucedido así, porque las condiciones y decisiones históricas así lo han permitido; dicho de otro modo, las históricas antinomias no han sido excluyentes; por el contrario, se han alimentado mutuamente; han ficcionalizado el mundo de una manera antagónica.
De esta manera, la historia se nos presenta como palimpsesto para leer el Estado y entender su configuración territorial. A continuación, dos teóricos, Charles Tilly y Michael Mann, quienes trazan categorías a tener en cuenta para el estudio concreto de la abstracción ficcional, que resulta ser la organización política hasta hoy más evolucionada de la humanidad en todos los tiempos.
CHARLES TILLY. CONCENTRACIÓN Y ACUMULACIÓN