“…el pasado que se rememora y se olvida es activado en un presente y en función de expectativas futuras” (Jelin, 2002a: 18)
“Hace poco la municipalidad ha adoptado como lema el de la Unidad Nacional y creo que es un acierto que señala el camino que debe transitarse” (Szelagowski, 1982a: 44) Un aspecto delicado al que sólo hicimos algunas referencias en los capítulos anteriores es el modo en que los textos del centenario tematizan su historia reciente, es decir, los años inmediatamente previos a 1982. Es ahí donde hallamos más frescas las políticas de memoria de la época, donde podemos observar cómo los años de la dictadura empiezan a ser narrados –todavía durante el régimen- y advertir algunas marcas propias de una “transición negociada”, como los llamados a la unidad nacional yla reconciliación que analizaremos aquí.
No todas las publicaciones abordan los tiempos recientes. Al practicar el “culto a los orígenes” propio de la historia didáctica, muchas se limitan a los primeros años de la ciudad y se concentran en los relatos de la fundación. Los textos testimoniales, por su parte, ponen el foco en el tiempo feliz de la infancia de sus autores y construyen a los años ´20 y ´30 como una suerte de belle epoque platense.
Ni siquiera todos los textos que en teoría proponen un recorrido completo por el siglo de la ciudad se animan a la historia reciente. Crónicas de un siglo es un claro ejemplo. Está dividido en cinco partes a partir de una periodización en etapas de aproximadamente veinte años: 1882-1899–“Los primeros años de una idea que se concreta”-, 1900-1919 –“Comienza el nuevo siglo”, 1920-1939 –“El próspero Cincuentenario-, 1940-1959 –“La ciudad cambia su fisonomía”- y 1960-1982 -“Donde el ayer se fue volviendo hoy”-. El último capítulo, que en la división temporal es el que abarca más tiempo, resulta sin embargo el más acotado: desde 1973 en adelante hay, con suerte, una referencia breve por año, y la cronología elude varias fechas. Así, por ejemplo, el único párrafo sobre 1973 dice: “Historietas. Aparecen en las páginas de historietas del diario ´El Día´, como tiras cómicas y de aventuras, el Pato Donald, Mandrake y el Ratón Mickey”. 1974, en tanto, está dedicado a evocar la figura de Noel Sbarra, retomando una nota publicada ese año sobre el pediatra y escritor ya fallecido. 1975 ni siquiera aparece; en tanto, de 1976 el único –y largo- texto que se incluye es… ¡el testimonio de un vendedor ambulante de 1913!. En el recorrido también faltan 1978 y 1981 261.
No es el único libro que esquiva el pasado reciente. En Historia del Banco Municipal, por ejemplo, se afirma que “el período comprendido entre los años 1976-1982, por sus características, merece un estudio particular y pormenorizado dentro del contexto histórico de la institución” que “no se ha realizado por ser ésta una obra general” (Giuliano, 1983: 9).
Vida platense es, finalmente, la publicación que más claramente abarca todas las épocas de la historia política. De hecho, el capítulo sobre los años ´70 presenta el desarrollo más “lento”, con menos narración de anécdotas sueltas y mayor contenido político. Resulta
261 Las últimas referencias de Crónicas de un siglo alimentan el imaginario de la ciudad cultural que
caracterizamos en el último capítulo. La noticia de 1977 es el incendio del Teatro Argentino, en tanto la de 1980 es una bibliográfica: la aparición de Nuestra Juvenilia, una “obra de evocación del viejo Colegio Nacional” (Moncaut, 1982: 218) realizada por otro de los autores del centenario: Lázaro Seigel.
interesante observar el modo diferente en que construye una mirada sobre los ´60 –años en que tanto el autor, Soler, como parte de la familia editora de El Día, militaron en el reformismo universitario- y sobre los ´70 –con la radicalización política que el diario impugna y de la que la familia propietaria fue víctima-.
En primer lugar cabe reconocer una caracterización relativamente sensata y abierta sobre la década de 1960. Al igual que señalamos a propósito de los textos de Nessi262, no hallamos una mirada conservadora sobre esta etapa, sobre todo en lo que refiere al plano cultural. Vida platense menciona a los jóvenes pintores del grupo Sí, reconoce cierta influencia de la cultura beat y hippie, y cita la experiencia de la Cofradía de la Flor Solar, una comunidad de artistas fundada hacia 1967 en la ciudad. En el ámbito universitario menciona que La Plata vivió episodios equivalentes a “la noche de los bastones largos” y cuestiona la supresión de la organización estudiantil (Soler, 1982: 189-194). Y en relación a la dictadura encabezada por Juan Carlos Onganía, el autor refleja la confrontativa opinión editorial de El Día, en ese entonces contraria a la interrupción del mandato constitucional.
También hace alusión a cierto proceso de liberación “sexual y de las costumbres” –que incluye el desarrollo del “hotel alojamiento o por horas, en donde se permitía el ingreso de parejas sin presentar documentos” (Soler, 1982: 208)-, aunque finaliza con un comentario de moderación:
“La informalidad había ganado todo, educación, matrimonio, vida cotidiana, sexo, modas, política, negocios, etc. De todos modos, la mayoría de los platenses, menos exhibicionista, seguía estudiando y trabajando como siempre” (Soler, 1982: 208).
A partir de este punto comienza a desplegar una mirada condenatoria sobre la radicalización de la juventud, asociada centralmente a una universidad que albergó “docentes ultras, situados más allá del bolchevismo e inclusive del maoísmo...” (Soler, 1982: 213). Una alusión al “desaliño” de los jóvenes de la época, en este tramo, presenta un parecido de familia con la indignación de Szelagowski por los jueces que llegaban a su despacho con chomba o campera. Soler habla además de una moda ideológica:
“Así como había modas en las ropas, en los vehículos, en las casas, también las había ideológicas. Parte de la juventud miraba con simpatía al peronismo o era peronista, gustaba del cine liberación, la literatura del Tercer Mundo, el movimiento hippie y algún movimiento místico como Silo. Eran los epígonos del estructuralismo y de alguna escuela nueva del psicoanálisis, cuya exégesis proveía los temas de esa generación. Aparecieron así en el horizonte tratadistas como Darcy Ribeiro, Paulo Freire, el argelino Franz Fanon, y esta juventud entendía que lo que no estaba en esta línea era perimido, burgués, decadente, superado; es decir, malo” (Soler, 1982: 213)
La violencia política, generalmente caracterizada con los mismos términos de los responsables de la represión ilegal, aparece casi súbitamente y adquiere centralidad en el capítulo dedicado a “Los tristes años 70”263. El autor habla del asesinato del general
262 El historiador y crítico participa de Ciudad milagro y Obra de arte, y dirige el Diccionario de arte. En su
recorrido Nessi menciona “el grupo del ´Barrilete´ (1951/54) disidente en arte y en política; ´Los elefantes´ (1958/60) ya consagrados a la antipoesía y a una pintura que niega la forma natural; y el grupo Sí (1961/63) de gravitación decisiva en la ruptura” (en Lerange, 1982: 127). Luego observa: “los acontecimientos históricos a partir de 1966 desalentaron la creatividad artística: La Plata, en mayor medida que Buenos Aires, pierde su imagen; los artistas se quedan en casa, los centros como Bellas artes y el museo deponen su liderazgo” (Nessi, 1982: I-III). Tampoco es conservadora la mirada de Ganuza sobre la “Problemática del arte actual a través de la plástica platense”, donde cita a los informalistas, a Rollié y a Vigo, entre otros (en Lerange, 1982: 192-194).
263 Tramos anteriores del libro dan la sensación de un ocultamiento intencionado de la conflictividad social y la
Aramburu, el “baño de sangre con el que surgió la nefasta organización Montoneros, definida en aquella época por un cronista de EL DIA como «Tacuara de izquierda»...” (Soler, 1982: 209). También aparecen en el libro expresiones como peronismo izquierdizado, acólitos de Firmenich, grupos asesinos autotitulados izquierda, bajas a manos del terrorismo y una larga serie de sindicalistas muertos por la subversión. Al mismo tiempo que enfatiza la cotidianidad de la violencia, le resulta posible mencionar el acto de recibimiento a Perón en Ezeiza sin nombrar la masacre ocurrida ese 20 de junio de 1973 ni mencionar muertes (Soler, 1982: 218). Según Vida platense,
“Dos hechos resonantes y nuevos para la ciudad irrumpieron con los años 70. Por un lado, parte del movimiento estudiantil hizo su entrada en el peronismo; por otro la subversión, que ya había comenzado a ganar adeptos en los claustros universitarios, emprendió su etapa más trágica y sofisticada: la de «la guerrilla urbana», como se la denominaba en los manuales de entrenamiento que llegaban desde Cuba o China, logrando gran difusión entre los estudiantes.
A poco de andar, el accionar de estos grupos dio origen a la formación de otros de signo contrario que salieron a combatirlos, generándose así una guerra despiadada que sacudió a la sociedad en su conjunto. Por sus características de ciudad universitaria La Plata fue una de las más castigadas por ese capítulo de horror, que no sólo cobró víctimas entre las dos bandas en pugna, sino que, desgraciadamente, en numerosos casos lo hizo entre personas ajenas a las parcialidades enfrentadas” (Soler, 1982: 205-206)
El autor enfatiza que “La Plata fue una de las ciudades «cuna»” de las “bandas subversivas” y que “la guerrilla se fue incorporando –como un cáncer– a la vida cotidiana platense...” (Soler, 1982: 208, 214). Merecería un trabajo aparte el análisis detallado de la lectura sobre este proceso, dado el espacio dedicado al tema, los hechos retomados y la proliferación de caracterizaciones sobre los grupos involucrados, incluido el reconocimiento de algunos “originarios de la ciudad”, que hace de Vida platense una excepción en cuanto al tratamiento de la historia reciente. Incluso arriesga un análisis de “causas del fenómeno guerrillero”, vinculadas tanto a una frustración de la democracia argentina como a los “coletazos de la aventura marxista en América Latina” (Soler, 1982: 211)264. El libro plantea, por otra parte, la imposibilidad de “reconstruir la formación de un movimiento clandestino como fue el subversivo ya que un bar, una pensión estudiantil, un internado universitario, una plaza, eran lugares apropiados para la formación de una célula” (Soler, 1982: 210).
Ese estado de “La Plata al rojo” se revirtió a partir de 1976 con “el gobierno de las Fuerzas Armadas”, que “se juramentó a la eliminación de la subversión, atacándola en todos los frentes, en especial en los ámbitos que más la generaron, como la Universidad, y en modo especial la de La Plata” (Soler, 1982: 234).
casi románticas”, de “tono menor”, que suenan prácticamente anecdóticas: porque el reclamo de los trabajadores refería a la prohibición de “usar ladrillo sin mojarlo”, o bien a la orden de un vigilante que no permitió que un grupo de carpinteros pernoctaran en el Ministerio de Hacienda para poder cuidar la obra y sus instrumentos de trabajo (Soler, 1982: 26). Basta observar la vaguedad del sujeto de la acción en la siguiente frase: “los sucesos políticos de la toma y posterior desalojo de los talleres Vasena produjeron cuatro muertos...” (Soler, 1982: 78).
264 En la Crónica del centenario –otro de los pocos textos que aluden a la guerrilla-, el fenómeno es
desestimado: “Hoy existen conflictos armados en más de una veintena de lugares con guerras que se vienen sucediendo desde la última conflagración mundial. A las libradas entre países se han sumado las desatadas por movimientos internos mediante las guerrillas, constituidas en su mayoría por civiles pertenecientes a grupos ideológicos de extrema izquierda. Todos estos conflictos si bien trascienden de la primera significación local por la interrelación de factores, intereses, políticas o creencias religiosas, no han afectado a nuestro país con la intensidad producida por los otros conflictos citados” (Szelagowski, 1982b: IV).
En términos generales, el libro sigue la línea editorial de El Día durante el período 1974- 1982, que consistió en “construir el sentido de otredad asignado a las organizaciones armadas, de ambos signos como las calificaba a las de derecha e izquierda” (Díaz, 2009: 252) y así reforzar la llamada teoría de los dos demonios, que leía los hechos de los últimos años como el enfrentamiento de extremismos de distintos signos políticos, eximiendo a la sociedad civil de toda responsabilidad. Contra lo que sugiere la usual adjudicación de ese relato al gobierno de Alfonsín y al primer prólogo del Nunca más, la condena del terrorismo “de ambos signos” fue una fórmula habitual desde la aparición del grupo represivo para-estatal conocido como la Triple A. Por otra parte, las páginas del diario daban escasa jerarquía a la responsabilidad de las Fuerzas Armadas en su implementación del terrorismo de Estado265.
Al igual que ocurre con las alusiones a 1955, los textos que abarcan los años de la última dictadura utilizan distintos eufemismos para hablar de ella. En Crónica del centenario, Szelagowski refiere a “períodos de ´veda política´” y, si bien en otros tramos y en particular en el libro dedicado a su experiencia de gestión reivindica la legalidad constitucional, admite que aquellos “impulsan un mayor diálogo entre las fuerzas políticas ajenas a la conducción del gobierno y vinculan personalidades de distintos sectores” (Szelagowski, 1982a: 51).
En su texto sobre los estudios de periodismo, Elsa Bustos escribe que “luego de las alteraciones en los planes de estudios y cambios propios de los avatares políticos de la época, que resintieron la estructura académica de la Escuela, en 1976 se aprobó un nuevo plan de estudios, que es el que actualmente rige...”266 (en Lerange, 1982: 406). Por su parte, Albarracín alude a un “año de profundas transformaciones en el panorama político del país” (en Lerange, 1982: 310). No hay, en libros como Ciudad milagro, ninguna alusión a los desaparecidos. Por el contrario, la expresión se utiliza en varias oportunidades sin la carga de sentido que alude a una víctima del terrorismo de Estado: se habla de un artista desaparecido en plena juventud, de la “desaparición” de Roque Sáenz Peña, etcétera. Con distintas concepciones, las únicas publicaciones que dan cuenta de la represión estatal son Crónica del centenario, Vida platense y, por supuesto, No habrá manto de olvido.
Szelagowski escribe:
“El gobierno actual, que actúa desde 1976, a través de distintos titulares y compartido el poder con una Junta Militar integrada por las tres fuerzas, y que asumiera en medio de una tremenda crisis política y económica, no ha logrado cumplir con los objetivos que se habían propuesto, salvo el de la eliminación de la subversión desatada en toda su intensidad, que comienza a preocupar alrededor de 1970. Fue una guerra despiadada, que dejó miles de muertos y desaparecidos. La violencia llegó a límites inimaginables. Trágicos atentados cobraron víctimas en todos los sectores. La Ciudad de La Plata fue, por momentos, la más castigada y vivió horas de terror. Las secuelas de esa tragedia tan reciente, que tocó a tantas familias, hoy continúan y pasará mucho tiempo antes de que las heridas sean restañadas” (Szelagowski, 1982b: IV)
De este último párrafo, entre otras cosas, cabe advertir la coincidencia de la expresión “guerra despiadada” con la anterior cita, que correspondía al libro de El Día. Con un enfoque
265 Otras muestras de la postura del diario en esa época encontramos en Ciudad milagro, donde Carlos
Fragueiro y Marcelo Ortale escriben un capítulo sobre El Día. Allí, bajo el subtítulo “línea editorial” incluyen algunas citas que corresponden a la época de la dictadura. En tanto, en el capítulo sobre la bohemia se menciona que “David Kraiselbud” [sic] fue “muerto trágicamente víctima de la subversión” (en Lerange, 1982: 632).
bien distinto –que denuncia la ilegalidad de la represión y, además, inclina la balanza hacia un énfasis en los trabajadores que fueron víctimas-, el libro Familiares planteará:
“Nuestras calles, las de siempre, conocieron por las noches o a plena luz del día, los gritos desgarradores de los trabajadores, el ulular crispante de sirenas, el sonido de los autos sin patente que huían llevando en sus baúles, secuestrados, que irían a engrosar los Campos de Concentración y ´chupaderos´ de la zona.
Las aceras y cordones sintieron con dolor la roja y caliente sangre de nuestros trabajadores” (Familiares, 1983: 58)
En el caso de Vida platense, si bien la escritura mantiene el léxico de la dictadura en cuanto habla de “extremistas”, “subversivos” y “terroristas”, relata:
“Se iniciaba el año 75 con una mención que en los tres años siguientes sería cotidiana: el operativo rastrillo. Consistía en el cerco de una manzana o zona tendido por las fuerzas conjuntas (Fuerzas Armadas y Policía) y el registro concienzudo del lugar aislado en busca de extremistas o de elementos abandonados por éstos” (Soler, 1982: 230)
Por supuesto, no habla de centros clandestinos, sino que “en los enfrentamientos, la superioridad de las fuerzas conjuntas era notoria...” (Soler, 1982: 235)267. Contradictoriamente, hacia el final del libro reproduce una solicitada con nombres de desaparecidos, del 21 de noviembre de 1978, como las que las madres y familiares empezaron a promover desde 1977. El Día se jacta de haber sido “el primer diario en el país en publicar una solicitada de este tipo” (Soler, 1982: 243). En la entrevista que realicé al autor tuve oportunidad de tratar el tema:
“- En una de las últimas páginas... Es cierto que es el ´82, pero una de las últimas páginas del libro tiene transcripta la lista de desaparecidos de entonces...
[hace silencio y arranca hablando bajito]- Pero... no pensés idealísticamente, no vas a entender nada. Kraiselburd quería la próxima etapa. ¿O vos te creés que el tipo la iba a sacar por idealista?” (Entrevista con Ricardo Soler, agosto de 2008)
Unidad nacional y reencuentro pacífico
“Desde aquella primavera […] en que La Plata fruteciera como un anhelo de unidad política del país contó con almas que le dieran vida, envolvieran con desvelos su puericia. Con gracia su pubertad. Y hoy, en su mayoría de edad, continúan amparándola desde las estrellas” (Terrasa, 1982: 9)
“Hoy, a los cien años, rebasada la peligrosa curva de las grandes desgracias y desencuentros de la segunda mitad del siglo XX, renace como ´ave fénix´ a su deber ser, consolidada en los valores fuerza que le dieron origen, con blasones ganados en las lides republicanas, tras las pruebas de fuego…” (Bernard, en Lerange, 1982: 29) La Crónica del centenario, colocada en la cripta y legada a la generación del 200° aniversario, sostiene que la derrota en Malvinas y una deuda externa “que supera toda razonabilidad” han llevado a “la crisis más espantosa de nuestra historia, ha causado un
267 Es más evidente la existencia de represión de Estado en tramos que refieren a otras épocas. Por ejemplo,
recuerda a “la policía ugartista”, tal como denominaba EL DÍA a la policía de la Provincia de Buenos Aires, de la que denunciaba abusos de poder, arbitrariedades y atropellos. Citaba, por ejemplo, el procedimiento realizado frente al frigorífico Swift, del Puerto de La Plata, en enero de 1915 (Soler, 1982: 74). O refiere las denuncias de 1933 sobre “la jauría vacuna con los Martínez de Hoz a la cabeza (...que) persiguen ciudadanos honorables, torturan hombres indefensos en el fondo oscuro de los calabozos” (Soler, 1982: 119).
revulsivo dentro de la vida política argentina, alcanzando todos los niveles, desde los de conducción hasta los de oposición” (Szelagowski, 1982b: V). Es uno de los pocos textos que se hace eco de la promesa de una salida electoral (“a la brevedad posible, no más allá de marzo de 1984”). Además expresa un deseo de que “éste sea el inicio de una era de estabilidad institucional” y llama a convencerse “de la bondad de la democracia como forma de gobierno y mantenernos férreamente en la decisión de respetar el orden jurídico” (Szelagowski, 1982b: V). Si tenemos en cuenta que esta publicación fue promovida por la Municipalidad y pensada como el documento oficial de la celebración, queda claro que estamos ante una etapa de transición. En ese contexto, el pasado platense –cuya revisión es