2. VIOLENCIA Y MELANCOLÍA
2.4. El Estado democrático y la insignificancia de la muerte
2.4.1. La Ilustración, el olvido del cristianismo
El Estado moderno, caracterizado por la democracia, es hijo de la Revolución Francesa. Este acontecimiento político fue ejecutado por el pensamiento Ilustrado, pues la razón comprendió que el rey era una figura inútil en la constitución efectiva de una comunidad no alienante. Para Hegel, la Ilustración construye un proyecto político cuando entrega a la humanidad una razón limpia de supersticiones y de subordinaciones. La razón ilustrada proclama que la humanidad por fin puede pensar libremente, sin las restricciones de ninguna autoridad ni de ningún dios44. Se puede decir, entonces, que la muerte de dios es la condición de posibilidad de una razón capaz de iluminar por sí misma la realidad entera.
44 Hegel escribe: “Esta intelección pura es, pues, el espíritu que le clama a toda conciencia: sed para vosotros mismos lo que todos vosotros sois en vosotros mismos: racionales” (2010: 633).
Para el ilustrado, dios es una abstracción inútil que no responde a los problemas reales y terrenales que la vida nos plantea (Hegel 2010: 627); incluso los empeora, porque los enviados de dios –los sacerdotes– introducen confusión y dominación45. El mundo ha sido oscurecido por la fe, la tarea de la razón es entonces iluminarlo. En este sentido, la Ilustración forja su identidad atacando a un enemigo –la fe–, lleno de supersticiones y fanatismos que la razón rechaza. Hegel está señalando con esto que la identidad propia de la Ilustración se forja de manera negativa, es decir, destruyendo aquello que ella no es; de tal manera que esta identidad no tiene contenido positivo, sino que su único contenido es la destrucción de ese otro. Por supuesto, la manera negativa y destructiva no es la única manera de construcción de la propia identidad. La identidad que comprende la diferencia será vislumbrada a partir del reconocimiento genuino, en el tercer capítulo.
Hegel señala que la Ilustración busca destruir los fanatismos de la fe con tanto ímpetu que logra instalar un nuevo fanatismo. Sobre el cadáver de la fe, la razón se sacraliza como un nuevo infinito omnipotente46. Para que la razón sea libre, hay que eliminar cualquier ídolo o imagen que subordine la omnipotencia del pensamiento. La razón es autonomía, no quiere estar arrodillada ante nada ni nadie. Por tanto, la Ilustración se define negativamente, es decir, por un afán iconoclasta de destruir aquello que amenaza con subordinarla. Durante los primeros años de la Revolución Francesa, todo aquello que recordaba al ancién regime fue eliminado por representar un estorbo en el progreso hacia el nuevo futuro; así, no sólo reyes e iglesias fueron eliminados, también fueron cambiados el calendario y los nombres de las calles, incluso obras de arte, antes religiosas, fueron re-contextualizadas en el espacio secular del museo (Comay 2011: 61-62).
La razón ilustrada desprecia todo lo viejo bajo la promesa de un futuro renovador. La razón, si quiere ser libre, no puede cargar con el peso de ninguna tradición, de ningún pasado que
45 Hegel resume la posición de la Ilustración con estas palabras: “La intelección pura sabe a la fe como lo contrapuesto a ella, que es la razón y la verdad. A sus ojos, igual que la fe es, en general, un tejido de supersticiones, prejuicios y errores (λ) Esa masa es víctima del engaño de un clero (λ) y se conjura a la vez con el despotismo, el cual (λ) saca la ventaja de la dominación tranquila y de dar cumplimiento a su lujuria y su arbitrio, pero es, a la vez, el mismo embotamiento de la inteligencia, la misma superstición y el mismo error” (2010: 637).
46 Hegel advierte que la Ilustración es incapaz de ver lo finito en tanto finito y lo convierte en falso infinito: “Saber solamente de la finitud, y por cierto de la finitud como lo verdadero, y saber este saber de la misma como de lo verdadero, como lo supremo” (2010: 659).
imposibilite su avance47. Una vez destruidos los fanatismos, los ídolos, las tradiciones, los dioses, e incluso el pasado, la Ilustración puede avanzar en el cumplimiento de su promesa de un futuro racional y libre. Sin embargo, la estrategia iconoclasta no funciona para desacralizar, sino, al contrario, para enaltecer nuevos ídolos.
Rebecca Comay nos recuerda cómo los revolucionarios, en 1793, convirtieron la Catedral de Notre-Dame en el Templo de la Razón (Comay 2011: 61).Una vez la razón haya destruido todos los ídolos de la fe, descubrirá que ella misma ha montado unos nuevos ídolos y, en consecuencia, tendrá que destruirlos también. Por ejemplo, el ateísmo llegó a ser otro fanatismo que el mismo Robespierre señaló como un nuevo objetivo de la destrucción revolucionaria (Comay 2011: 62). Incluso la destrucción misma llegó a conmemorarse, pues hay pinturas donde se representa la destrucción de las imágenes y los ídolos. Esto se puede entender como la vanidad del iconoclasta que se pinta a sí mismo destruyendo ídolos y con ello se enaltece a sí mismo como nuevo ídolo. En este sentido, Hegel señala que el afán de libertad de la razón ilustrada acaba creando nuevas entidades sagradas, tan efímeras que, una vez descubrimos su importancia, preferimos aniquilarlas y buscar un nuevo ídolo.
En la relación que la Ilustración tiene con la fe se descubre su melancolía. Según Hegel, la razón ilustrada es la forma que niega el contenido del concepto, es decir, es un pensamiento que rechaza la tradición cristiana, la cual, en realidad, guarda la historia y la cultura que se ha elaborado en occidente48. Por esto mismo, y para tener la certeza de no utilizar fundamentos erróneos, pretende renunciar a todos los presupuestos cristianos. La Ilustración es incapaz de reconocer al otro –este es, la fe–, pues proclama que la razón tiene la luz para explicar el mundo, mientras que todo desarrollo cristiano es la oscuridad enemiga que hay que combatir. Sin embargo, la Ilustración no se percata que ella está cometiendo el mismo delito que censura en la fe: la sacralización, la introducción de falsos infinitos en la vida terrena.
La crítica Ilustrada a la religión consiste en que, bajo el yugo de la fe, los humanos distorsionamos la comprensión de nuestras vidas con las ilusiones y mentiras que la Iglesia
47 La Ilustración es olvido; de ella afirma Hegel que “es en sí esta simplicidad en la que todo está disuelto y olvidado” (2010: 639).
48 Hegel anota: “El objeto peculiar y característico contra el que la intelección pura dirige la fuerza del concepto es la fe en cuanto que es la forma de la conciencia pura enfrentada a ella en el mismo elementos” (2010: 633).
impone. Pero la razón se sacraliza a ella misma, crea sus propias ilusiones, tales como creer que se puede pensar y vivir lejos de toda tradición y pasado. Además, la crítica que la Ilustración hace contra la fe es tan violenta y efectiva que la religión no tiene ya dónde fundamentarse y, por tanto, no le queda sino entristecerse ante un mundo en ruinas que no tiene ya significación espiritual (Comay 2011: 64). La religión se ha defendido racionalmente, pues ha intentado fundamentar la fe con hechos históricos y demostraciones científicas, sin embargo, este procedimiento no es propio de la religión sino del pensamiento ilustrado. En consecuencia, su propia defensa es su propia aniquilación, ya que argumentando racionalmente ha quitado todo contenido espiritual a la fe. La melancolía del religioso es así obvia, pues se lamenta ante la nada que tiene enfrente luego de la muerte de dios49. Parece que la Ilustración celebra la muerte de dios, pero pronto se dará cuenta que también lamenta la nada que tiene enfrente.
Para Hegel, aquello que la Ilustración odia de la fe es aquello que odia de ella misma; por eso la razón es una persecución no sólo contra la religión sino contra sí misma50. En consecuencia, el repudio ilustrado contra la divinidad ocurre porque encuentra en su propia racionalidad abstracciones e ilusiones que delatan su melancolía por un Dios que ha muerto. La renuncia a Dios significa el anhelo por un nuevo infinito: no sólo se sacraliza la razón, sino que se reestablece la religión. Esta búsqueda acaba con dos planteamientos religiosos al interior de la Ilustración, dos nuevos productos sagrados de la razón: el deísmo y el materialismo (Comay 2011: 65-66). Ambas son apuestas abstractas de un pensamiento racional. La primera propone un Ser Supremo vacío, carente de predicados51; y la segunda enaltece la realidad material pues todo significado espiritual se ha ido52. Nos quedamos, pues, con un ser vacío y con materia vacía. En resumen, aunque parece que la Ilustración entierra el cadáver de Dios y se aleja con
49 La fe es un anhelar melancólico que espera volver a llenar el vacío que Dios ha dejado; Hegel es claro con esta afirmación: “la fe ha perdido el contenido que colmaba su elemento, y se hunde toda ella en un sordo y abotargado vaivén del espíritu dentro de ella misma. Ha sido expulsada de su reino, o bien, este reino ha quedado saqueado (λ) Al quedarse sin contenido y no poder permanecer en este vacío, o bien, al encontrar sólo vacío cuando sale más allá de lo finito, que es el único contenido, la fe es un puro anhelar, su verdad es un más allá vacío para el que no puede encontrarse ya ningún contenido adecuado, pues todo se ha tornado otro” (2010: 669). 50 Hegel anota: “La intelección se enreda en esta contradicción por entrar en la lucha y creerse en combate contra algo distinto (λ) Lo que, por tanto, enuncia la intelección pura como su otro, lo que ella enuncia como error o mentira, no puede ser otra cosa que ella misma; lo único que puede hacer es maldecir lo que ella es” (2010: 641). 51 Cuando Hegel comienza a hablar de las verdades positivas de la Ilustración, escribe: “la esencia absoluta se le convierte en un vacuum con el que no se puede conjuntar determinación ni predicado alguno” (2010: 654). 52 El materialismo es, para Hegel, una realidad sin espíritu: “esta certeza sensorial ya no es opinión, sino que, antes bien, es verdad absoluta” (2010: 654); y más adelante afirma que “queda la pura materia como el vaivén y el moverse abotargados dentro de sí misma” (2010: 673).
la satisfacción de que ahora sí puede crear el mundo de manera racional, este tipo de indiferencia hacia el pasado (cristiano) no permite un duelo adecuado, sino que oculta una melancolía, un anhelo de tropezarse con el cadáver para pedirle desesperadamente que regrese a la vida.