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el poema del movimiento y del espacio

3. La locura como

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Llegamos hasta la playa de Tarragona para despedir a Angélica y a Medoro,84 quienes, tras los deleites amorosos y la satisfacción del deseo, son invitados a abandonar el universo ariostesco para no regresar a él más allá de la mención y del recuerdo. Como Adán y Eva tras el maldito mordisco, se despiden del narrador que los expulsa de sus dominios porque, una vez cumplida su función textual –convertidos ahora en amantes–, ya no tienen un lugar en el poema.

Interrumpiendo su marcha salta frente a ellos «un uom pazzo / […] che, come porco, di loto e di guazzo / tutto era brutto e volto e petto e schene» (XIX, 42. 1-4). Ninguno lo reconoce.85 Ni siquiera a Angélica «che fosse Orlando, nulla le soviene: / troppo è diverso da quel ch’esser suole» (XXIX, 59. 1-2). El que fuera el mejor guerrero del Lis de Oro anda ahora fuera de sí, privado de juicio, de identidad y de humanitas, reducido a furiosabestia irreconocible que vaga por las estrofas sembrando el terror, segando bosques y sesgando vidas sin ninguna piedad ni criterio.86

Nos situamos, por lo tanto, en el pasaje en el que se desarrolla la novedad temática introducida por Ariosto en la materia, es decir, la locura de Orlando. Efectivamente, nadie antes que él había relatado cómo el señor de Anglante «per amor venne in furore e matto».87 En este episodio reside, por consiguiente, la razón dramática del poema y uno de los motivos clave de nuestro estudio: la locura.

Partiendo de estos planteamientos, en este capítulo, nos disponemos a culminar el análisis de la dialéctica del deseo y la poética del espacio, dos rasgos textuales de carácter esencial

84 Cfr. XXIX, 57.

85 Un claro ejemplo de la imposibilidad del reconocimiento de Orlando debido a su locura se encuentra en

XXXIX, 45: «Astolfo tutto a un tempo, ch’era quivi, / che questo Orlando fosse, ebbe palese / per alcun segno che dai vecchi divi / su nel terrestre paradiso intese. / Altrimente restavan tutti privi / di cognizion di quel signor cortese; / che per lungo sprezzarsi, como stolto, / avea di fera, più che d’uomo, il volto». Asimismo, unos cantos antes, Isabela y Zerbino se mostraban incrédulos ante la suerte corrida por el conde: «Durindana cercò per la foresta, / e fuor la vide del fodero starse. / Trovò, ma in pezzi, ancor la sopravesta / ch’in cento lochi il miser conte sparse. / Issabella e Zerbin con faccia mesta / stanno mirando, e non san che pensarse: / pensar potrian tutte le cose, eccetto / che fosse Orlando fuor dell’intelleto» (XXIV, 50).

86 Cfr. XXIX, 40 y ss.

87 Como hemos señalado anteriormente, es el propio Ariosto quien, en los versos inmediatamente anteriores

a éstos, anuncia la novedad de lo que va a ser relatado: «Dirò d’Orlando in un medesmo tratto / cosa non detta in prosa mai né in rima». Un anuncio de innovación que, como señala Mario Santoro (1973: 30-31), no es exclusivo del poeta de Ferrara, sino que «Si tratta di una dichiarazione di originalità consueta nella tradizione letteraria fin dall’antichità classica», que reproducen también, en el ámbito de la literatura italiana, Boccaccio, Pulci o Boiardo.

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para la comprensión y la posterior interpretación del clásico italiano. Con este objetivo, considerando la furia del conde Orlando como el último eslabón de un enamoramiento obsesivo, de un deseo frustrado llevado al extremo, analizaremos cómo se expresa la locura en los escenarios del universo ariostesco; un trastorno cuyas características y consecuencias nos llevan a definirlo como un significativo non-locus dentro del poema dello spazio; un trastorno que comienza con una fatídica salida de vía.

3.1.

La salida de vía

La consecuencia de la fidelidad extrema hacia el vasallaje de Amor (obedientia amoris) en el poema de Ariosto va más allá del simple errare. El pernicioso efecto de esta servidumbre es la salida de vía y la imposibilidad de encauzar nuevamente el rumbo, viéndose el sujeto condenado a vagar fuera del mundo y de sí mismo:

Chi mette il piè su l’amorosa pania, cerchi ritrarlo, e non v’inveschi l’ale; che non è in somma amor, se non insania, a giudizio de’ savi universale:

e se ben come Orlando ognun non smania, suo furor mostra a qualch’altro segnale.

E quale è di pazzia segno più espresso che, per altri voler, perder se stesso?

Varii gli effetti son, ma la pazzia è tutt’una però, che li fa uscire.

Gli è come una gran selva, ove la via conviene a forza, a chi vi va, fallire: chi su, chi giù, chi qua, chi là travia.

(XXIV, 1; 2. 1-5) [énfasis mío]

Más explícitos no pueden ser los versos de Ariosto: «non è in somma amor, se non insania». Orlando, como sujeto deseante-amante, buscaba desesperado el reconocimiento de una identidad mediante la elección de Amor a través del objeto del deseo, del Otro. Un privilegio que, sin embargo, le arrebata Medoro contra todo pronóstico. Y al descubrir que la flor ha sido dichosamente cortada por otro jardinero,88 que otra mariposa ha degustado

88 «Angelica a Medor la prima rosa / coglier lasciò, non ancor tocca inante: / né persona fu mai sì aventurosa, / ch’in quel

giardin potesse por le piante» (XIX, 33. 1-4). Resultan reveladores, al respecto, los temores que Ariosto le hace confesar a Orlando, entre suspiros, instantes antes de adormecerse en el canto VIII: «Dove, speranza mia, dove ora sei [Angelica]? / vai tu soletta forse ancor errando? / o pur t’hanno trovata i lupi rei / senza la guardia del tuo fido

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el néctar de su felicidad, en definitiva, que aquella no era su raison de vivre, sino la de otro, estalla el héroe en mil pedazos consumido por la pena.

A raíz de esta constatación, sumido en la tragedia, el conde, criatura perteneciente al poema dello spazio, se descubre desamparado y no encuentra refugio ni posada en los que guarecerse de esta afrenta. Ariosto lo priva de tal posibilidad convirtiendo los locus amoenus en locus eremus para Orlando. Una vez más, el poeta invierte los lugares comunes de la tradición, de modo que donde el héroe debería encontrar su felicidad, lo que hallará serán los vestigios de la dicha ajena, que le confirmarán la pérdida de su objeto amado para siempre: «[…] Orlando’s stumbling across such a place will in fact lead to his madness.» (Donato, 1986: 48). En lugar de ofrecerle consuelo y goce, estos lugares idílicos lo empujarán a la locura. Así, contrariamente a lo que pudiéramos pensar, no son los espacios más tenebrosos del poema, sino los más acogedores y felices, los que le quitan el sueño al paladín. Lo siniestro con apariencia de dulzura. El lobo con piel de cordero. De esta manera, Ariosto invierte las tornas de un topos literario reservado en la tradición al deleite y al sosiego haciendo que los árboles que han visto encarnarse a Angélica sean irónicamente la tumba de un abatido Orlando.89

En consecuencia, del mismo modo en que Angélica y Medoro, como amantes, pierden su derecho de permanencia en el texto, Orlando, como pazzo, no dispone de camino o senda en los que guarecerse, dado que no existe en el Furioso un escenario para el padecimiento y la expresión de la locura. En efecto, la locura no dispone de un lugar propio en el texto.90

Orlando? / e il fior ch’in ciel potea pormi fra i dèi, / il fior ch’intatto io mi venía serbando / per non turbarti, ohimè! L’animo casto, / ohimè! Per forza avranno colto e guasto. // Oh infelice! oh misero! che voglio /se non morir, se’l mio bel fior colto hanno? / O sommo Dio, fammi sentir cordoglio / prima d’ogn’altro, che di questo danno. / Se questo è ver, con le mie man mi toglio /la vita, e l’alma disperata danno-» (VIII, 77; 78. 1-6) [énfasis mío]. Así Orlando, ingenuo, pronunciaba estas palabras ignorando cuán vaticinadoras eran. Contenían una verdad tan amarga que eran una sentencia de muerte más que un lamento.

89 A estos lugares –el prado, la cueva y el albergue donde se han amado Angélica y Medoro– llega Orlando

tras errar dos días a lomos de un caballo desbocado: «Lo strano corso che tenne il cavallo / del Saracin pel bosco senza via, / fece ch’Orlando andò duo giorni in fallo, / né lo trovò, né poté averne spia. / Giunse ad un rivo che parea cristallo, / ne le cui sponde un bel pratel fioria, / di nativo color vago e dipinto, / e di molti e belli arbori distinto» (XXIII, 100).

90 Esta falta de espacio para la locura y la consecuente errancia que la acompaña fue uno de los rasgos

definitorios de la locura en la Edad Media. Así lo señala Borràs Castanyer en su estudio: «I tot i que cada època ha creat per als seus folls un espai propi […] a l’Edat Mitjana la qüestió és més delicada. No s’observa cap organització espectacular com el decret de fundació de l’Hospital General a París del 1656, ni cap imatge obsessionant com la de les naus de folls. El foll dels segles XII i XIII no té un lloc propi tan fàcilment delimitable com en èpoques posteriors. Ningú no es va ocupar, ni juristes ni romanciers, de circumscriure’l en un espai concret. Així, trobem folls arreu, a les forêts de Bretanya, a les ciutats, als castells, pels camins… El denominador comú de tants folls diferents és, si se’m permet l’expressió, l’“errància”.

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Tras esta afirmación quizá pueda reclamarse la mención del valle de las cosas perdidas como sede de la locura. Sin embargo, si no lo mencionamos como tal es en razón de dos motivos. En primer lugar, porque no se trata de un espacio en el que los personajes desarrollen de forma simbólica su trastorno (a diferencia, por ejemplo, de los caminos, metáfora de la búsqueda, o del castillo de Atlante, metáfora del cautiverio) y en segundo lugar, y más significativo, porque consideramos que a esta pequeña parcela de la Luna no puede atribuírsele este estatuto. La razón es bien sencilla: se trata de un juego de espejos del maestro Ariosto que mediante el intercambio de reflejos puede llegar a confundirnos. Veámoslo brevemente.

La Luna es el escenario más lejano y fantástico de todos. A él, no se llega por voluntad propia ni por error, sino por exclusivo requerimiento divino,91 y, a pesar de su breve presencia textual, es uno de los referentes más significativos dentro de la geografía del texto, por ser un lugar estratégico en relación con la trama de la locura.92 Aunque nos detendremos en ello en el noveno capítulo de la tesis, no queremos avanzar sin dejar claras ciertas nociones.

En el cerco de la Luna, donde se encuentra el valle de las cosas perdidas, se almacena todo lo que en Tierra se pierde mediante una dialéctica de inversión especular:93

[Astolfo] Da l’apostolo santo fu condutto in un vallon fra due montagne istretto, ove mirabilmente era ridutto

ciò che si perde o per nostro diffetto,

Els folls sempre són folls errants. Aquest és, sens dubte, l’àmbit de la follia medieval.» (1999: 85). Una noción de errancia que, como señala la especialista, no fue exclusiva de los romans, estando también presente en la hagiografía.

91 Astolfo es conducido hasta este escenario por voluntad divina, teniendo a San Juan Evangelista como guía,

con la encomienda de recuperar el juicio perdido de Orlando: «Né ad altro effetto per tanto camino / salir qua su t’ha il Redentor concesso, / se non perché da noi modo tu apprenda, / come ad Orlando il suo senno si renda. //Gli è ver che ti bisogna altro viaggio far meco, / e tutta abbandonar la terra. / Nel cerchio de la luna a menar t’aggio, / che dei pianeti a noi più prossima erra, / perché la medicina che può saggio /rendere Orlando, là dentro si serra» (XXXIV, 66. 5-8; 67. 1-6) [énfasis mío].

92 Para un análisis detallado del episodio lunar remitimos al apartado «9.2. La relación “locura-ironía” en el

Furioso» (184 y ss.).

93 «Attribuire alla luna come faceva Plinio, le medesime dimensioni della terra (XXXIV, 70, 5-6); immaginare ch’essa sia

formata di “un acciar che non ha macchia alcuna” ((XXXIV, 70, 4), cioè che sia molto simile a uno specchio: ecco ciò che permette all’Ariosto di sottolineare il concetto di specularità rispetto alla terra. [...] Quello che sorprende di piú, è il fatto che l’Ariosto crea una specularità duplice, in senso morale e simbolico: della luna rispetto della terra, non è men vero che la terra è lo specchio della luna. Insomma, anche la terra è un mondo “altro”: è solo questione di prospettiva» (Segre, 1990: 107). El propio Ariosto menciona este carácter especular en el texto: «Ogni effeto convien che corrisponda / in terra e in ciel, ma con diversa faccia» (XXXV, 18. 3-4).

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o per colpa di tempo o di Fortuna: chiò che si perde qui, là si raguna.

(XXXIV, 70; 73, 3-8)

Se resuelve el entuerto acerca de la plausible identificación de la Luna como sede de la pazzia, si reparamos en el hecho de que en ella, a pesar de lo que pueda esperarse, no se encuentra en realidad la locura, ni un ápice de ella, sino el juicio que se ha evaporado de la Tierra. Por lo tanto, no es en la Luna donde la pazzia debe buscarse –puesto que en ella se encuentra absolutamente ausente– sino en la Tierra, donde campa a sus anchas y gobierna a los hombres y al mundo. Por consiguiente, este escenario no puede ser considerado como la sede de la locura, por ser precisamente éste el único espacio del poema a salvo de su dominio.

En consecuencia, lo único que puede ofrecerle Ariosto al forsennato es la posibilidad de vagar sin un rumbo ni un destino concretos, perdido, literalmente extra-viado; ajeno a sí mismo y a todo espacio del poema. Como observa Gianna Barlusconi, la locura en el poema de Ariosto se hace visible a través de sus efectos, que comienzan con la salida de vía, el primer síntoma del trastorno:

L’identità della follia non è conoscibile nella sua essenza se non attraverso le molteplice varietà delle sue manifestazioni, solo attraverso i suoi diversi effetti, ognuno dei quali ad essa si riconduce direttamente, disvelandone un nuovo aspetto. Dove l’espressione semanticamente pregnante qui è “fa uscire”, che indica contemporaneamente come la pazzia sia condizione di manifestazione e centro di irraggiamento. Gli effetti, esplicandosi, si traducono dinamicamente in azioni che “escono”, si irradiano dal nucleo vitale, ad esso riconducendosi come alla fonte della propria esistenza. Ed è appunto giocando sul significato polivalente di “uscire” che l’Ariosto può operare il trapasso immediato al piano spaziale. Si può “uscire” solo “di via” e la via è il sentiero tortuoso di una foresta, che continuamente si biforca e si interrompe. Sicché la follia non può essere che un luogo concluso, all’interno del quale le molteplici possibilità espressive si trasformano in sentieri interroti, che senza posa si aggirano, ritornando su di sé in un moto avvolgente. (Barlusconi, 1977: 52-53).

Así es como fuera de toda vía y de todo escenario va deambulando Orlando loco, desubicado. Condenado al exilio por no tener un territorio en el que acallar su dolor. Este

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hecho no es en absoluto casual en un poema en el que, precisamente, como sabemos, tramas y escenarios coinciden. Pero es de tal magnitud el furor que lo invade, que ante la falta de un espacio propio para la locura, el señor de Anglante no puede permanecer inmóvil esperando el rinsavimento, de modo que irrumpe arremetiendo contra árboles, animales, aldeas y campesinos.94 Y no lo hace por placer, ni por propia voluntad, sino porque, efectivamente, no hay una casilla para la locura en este tablero, donde cada pieza, – cual partida de ajedrez–, tiene asociado un movimiento. En consecuencia, la locura se desplaza por el universo ariostesco como un huracán, girando sobre sí misma fuera de control, arrasando a su paso con los escenarios y las tramas. Aquí es justamente donde halla la pazzia su expresión en el poema: en la devastación de los escenarios. Por lo tanto, el pazzo es aquel personaje de naturaleza perturbada, que ante la falta de un lugar propio, a causa de la enajenación, se mueve por las estrofas sin distinción entre avanzar o retroceder, recorriendo los escenarios careciente de rumbo. Infringe las reglas de la partida, no respeta su turno, y hace caso omiso del coup de dés, bajo el estandarte de la destrucción. He aquí algunos ejemplos de su fuerza devastadora:

Tagliò lo scritto e’l sasso, e sin al cielo a volo alzar fe’ le minute schegge. Infelice quell’antro, et ogni stelo in cui Medoro e Angelica si legge! Così restâr quel dì, ch’ombra né gielo a pastor mai non daran più, né a gregge: a quella fonte, già si chiara e pura, da cotanta ira fu poca sicura;

che rami e ceppi e tronchi e sassi e zolle non cessò di gittar ne le bell’onde,

fin che non furo mai più chiare né monde.

(XXIII, 130; 131, 1-3)

In tanta rabbia, in tanto furor venne, che rimase offuscato in ogni senso. Di tor la spada in man non gli sovenne; che fatte avria mirabil cose, penso. Ma né quella, né scure, né bipenne era bisogno al suo vigore immenso. Quivi fe' ben delle sue prove eccelse, ch'un alto pino al primo crollo svelse:

e svelse dopo il primo altri parecchi,

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come fosser finocchi, ebuli o aneti; e fe' il simil di querce e d'olmi vecchi, di faggi e d'orni e d'illici e d'abeti. Quel ch'un uccellator che s'apparecchi il campo mondo, fa, per por le reti, dei giunchi e delle stoppie e del l'urtiche, facea de cerri e d'altre piante antiche.

(XXIII, 134-135)

Pero además de la destrucción, existe otra manifestación espacial característica de la locura mucho más reveladora: el uso inapropiado o ilógico de los medios de transporte, si se nos permite hablar en estos términos. Hasta el momento, atendiendo exclusivamente a la violenta conducta de Orlando en este episodio, podríamos cualificarlo simplemente de energúmeno –si omitiéramos el hecho del carácter impropio de sus actos en relación a la identidad del sujeto–. Pero el proseguir con la lectura nos confirma el diagnóstico, dándonos sobradas muestras de que no se trata solamente de ira, sino que ésta viene acompañada de y es causada por el furor. El resultado es la alteración de la capacidad de discernimiento, de la mesura y la prudencia, y a causa de ello, tiene lugar una utilización de los espacios de un modo imprudente y temerario; en definitiva, se hace un uso contrario al que haría alguien en su sano juicio.

Ilustrativos ejemplos de esta conducta que desafía la lógica del comportamiento de todo caballero nos los brinda la relación con el mar. El mar es un medio ajeno al hombre que siempre ha generado respeto y temor por su inconmensurabilidad y su carácter traicionero, frente al cual, toda precaución es poca. Por ello, sólo un desesperado o un loco osaría cruzarlo sin una portentosa nave y una eficiente tripulación, bajo la amenaza manifiesta de perder la vida. Incurriendo en esta temeridad, Orlando pazzo se sumerge incauto en el mar sin distinguir dónde empieza el agua y dónde termina la tierra, azuzando a una confundida bestia que no termina de ver claro cómo se cabalga en el océano:

[...]

Orlando urta il cavallo e batte e stringe, e con un mazzafrusto all’acqua spinge.

Forza è ch’al fin nell’acqua il cavallo entre, ch’invan contrasta, e spende invano ogni opra: bagna i genocchi, e poi la groppa e’l ventre,