6. Epílogo para cristianos: con las víctimas y contra los victimarios.
6.6. La lucha contra la pobreza como compromiso prioritario
La lucha contra la pobreza no puede ser ya la repetición retórica de que la opción por los pobres es una prioridad ineludible para los cre- yentes, tanto a nivel individual como institucional. En un mundo glo- balizado e interdependiente el problema de la pobreza es un problema de los ricos; y su solución pasa por la problematización de su (nuestra) riqueza. La pobreza es el problema metafísico, antropológico y polí- tico por excelencia de las sociedades ricas. No estará de más que, mien- tras haya quien se siga refugiando en el mundo de los asistencial o de la promoción personal, sigamos insistiendo en la dimensión estructu- ral, pública y política de la lucha contra la pobreza y en que el cambio de estructuras es un objetivo irrenunciable de la lucha contra ella. Pero, en cualquier caso, se trata de poner en juego nuestra riqueza para que nuestra acción contra la pobreza sea crítico-práctico-transformadora.
Quizá ha llegado el momento de tomar al pie de la letra el pasaje evangélico del hombre rico que se ve interpelado por Jesús para conver- tirse de su irredento propietarismo al altruismo solidario, para poder ha- cernos creíbles; para hacer ver que las razones creyentes no sólo sirven para dar un sentido trascendente a la vida que nos evite caer en el re- lativismo y en el nihilismo (que, paradójicamente, no se relacionan con el materialismo histórico reaccionario en el que viven —vivimos— los ri-
cos), sino que tienen consistencia también cuando hablan del pan, del techo y de la vida (en connivencia con muchos de los argumentos del materialismo histórico revolucionario). Si los bienes de la Iglesia perte- necen a los pobres, que son el vicario de Cristo en la tierra, no parecería una locura el compartir e incluso repartir los bienes a los pobres y seguir ligeros de equipaje, como aconseja el mandato evangélico. Si es un es- cándalo denunciado por las plataformas cívicas contra los desahucios el que haya tantas viviendas vacías o infrautilizadas, la Iglesia debería pen- sarse seriamente si su postura puede seguir consistiendo en mirar para otro lado o en denunciar con tibieza y ocasionalmente tal situación, en vez de tomarse en serio el «fabula de nobis narratur» (aplicarnos el cuento) y actuar en consecuencia..
Si somos conscientes de que el problema de la pobreza, que cada vez se hace más severo y más crónico, tiene que ver con el fascismo social que nos invade, hay que luchar por invertir su lógica, apostando por una economía solidaria y participando de las múltiples iniciativas que la ponen en práctica.128 No basta con hablar de la «economía del
don», sino de invertir los recursos económicos en formas de economía solidaria.
Hoy debería ser una prioridad en los mensajes y en las prácticas cris- tianas, tanto individuales como eclesiales, aplicar el principio básico e irrenunciable del pensamiento cristiano tradicional, siempre repetido por la Doctrina Social de la Iglesia: la primacía del trabajo, de la persona humana y de la satisfacción de sus necesidades básicas sobre el capital
128 Una interesante descripción de algunas de las innumerables iniciativas de eco-
nomía democrática social y solidaria es la que presenta J.García Jané en el último capí-
tulo de su libro Adiós, Capitalismo. 15M-2031 (2012). Icaria/Antrazyt, titulado «Topías»
pp 151 ss. Autogestión de bienes comunes, Balance social, Ciudades sin publicidad, Comercio justo entre países, Compra pública responsable, Comunidades empresariales de intercambio de materiales, Concejos abiertos, Constitución del pueblo, Consulta in- fantil y juvenil, Cooperativas de consumo agroecológico, Cooperativa de crédito (Wir, JAK), Cooperativas de periodistas, Cooperativas de vivienda (Fucvam, Marinaleda), Coo- perativas escolares y de enseñanza (Mondragón, escuelas libres, cooperativas integra- les), Cooperativas sociales (italianas, de interés colectivo, de solidaridad de Québec), Ecocomunidades ( Ecobarrios Vauban, Ecoaldeas, urbanizaciones comunitarias), Fuerzas de paz no violentas, Gestión ciudadana de los servicios públicos, grupos de afinidad, Herramientas digitales de creación colectiva de contenidos, Huertos urbanos comuni- tarios, Ley de transparencia, Mercado social, Microfinanciación social, Minicompoañías, Monedas comunitarias, Municipalización del suelo, observatorio de los medios, Planes de transición hacia la sostenibilidad, Planificación participativa (planificación descen- tralizada y participativa en Kerala, presupuestos participativos locales), Reconversión de empresas de armamento en empresas civiles, Reducción de la jornada laboral, Reloca- lización económica, Revocación de mandato, Slow cities, Territorios sin coches, Títulos participativos.
y sus intereses. Ante unos gobiernos que se pliegan a los intereses del capital hasta llegar a cambiar las constituciones democráticas en algo tan fundamental como es priorizar el pago de los intereses de la deuda (aunque esta sea ilegítima) a costa de no poder satisfacer los derechos y necesidades básicas de las personas, la Iglesia debería haber gritado desde todos sus púlpitos y en la calle que esta es una política «crimi- nal» por sus efectos letales para los más pobres.
La parábola del buen samaritano es un ejemplo claro de dicha prio- ridad, sin que ningún otro interés, pretendidamente de mayor rango, como el que buscan el sacerdote o el levita, puedan prevalecer ante el sufrimiento del prójimo. Debemos hacernos eco de la interpelación de Jesús que choca con los intereses clericales y con las sutilezas utilitaris- tas de su interlocutor, si queremos tomarnos en serio el amor al pró- jimo... La parábola del samaritano nos invita a una conversión, a un cambio de lugar en el escenario, a dejar un camino y a tomar otro, a vivir una experiencia que «remueve las entrañas», a vivir la experiencia humana de la compasión, a pasar a la acción y cargar con el otro y a pagar por él.
Pero, una vez más, sorprende, por ejemplo, que la banca vaticana sea noticia mundial por los innumerables escándalos que ha venido pro- vocando a lo largo de la historia y no por haber sido pionera como mo- delo de banca ética. Lamentablemente, tampoco han faltado indicios de que algunas diócesis y congregaciones religiosas han gestionado sus economías con criterios casi exclusivamente economicistas, cuando no han especulado financieramente con fondos de origen ilícito o criminal, colocando sus capitales en paraísos fiscales.
Como nos ocurre a tantos, a nivel personal, se sigue pensando que, cuando se trata de asegurarnos un futuro razonable, hay que procurar apostar por el caballo que creemos ganador, aunque el evangelio nos diga que es un caballo desbocado. Faltan las voces autoritativas y pro- féticas que nos persuadan de lo contrario.
Además de hacer propias las formas de economía solidaria que sur- gen en nuestras sociedades, la Iglesia debe potenciarlas ofreciendo ini- ciativas que en su propia tradición han servido para ejercer la verdadera compasión ante el sufrimiento de las víctimas. Se trata, ahora, de po- ner en juego la «dote bíblica» para recrear las nuevas condiciones de la compasión... Actualizar los mapas bíblicos que utilizaron los profetas y el Nuevo testamento, recuperando las figuras que sirvieron para vivir la experiencia del Dios de la justicia y de la igualdad: jubileos, años sabáti- cos, etc. (Lev, 25) La enorme actualidad del perdón de las deudas, espe- cialmente a través de una ley de quiebras razonablemente concebida, para que quienes no pueden devolver lo que deben no estén desahu-
ciados ni condenados de por vida y no para favorecer que acreedores avariciosos practiquen impunemente políticas crediticias irresponsables y engañosas.
Desde luego, el camino no puede ser el de facilitar plusvalía espiri- tual (el jubileo) a quien no está dispuesto a perdonar las deudas, sobre todo cuando estas son fruto de la injusticia, ni a practicar la eutanasia del rentista. El mensaje profético ha reiterado siempre que no existe ju- bileo para los ricos que se blindan en su riqueza y que «arrojan de su conciencia a los pobres».
6.7. La construcción de una Iglesia que haga plausible una praxis