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LA MENTE Y LA CURACIÓN

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La verdadera causa del contagio.

Hay muchas personas de naturaleza escéptica que siempre están dispuestas a gastar alguna broma a costa de aquellos que practican los sistemas de curación divina, quienes enseñan a mantener un estado de ánimo siempre libre de temores, en todas las circunstancias. Pero la realidad es que un alto porcentaje de nuestras enfermedades se debe a sentimientos de temor de parte del paciente.

Los viajeros que han visitado islas y zonas deshabitadas informan que las aves y las bestias que encontraban allí no sentían al principio el menor temor por ellos, aunque pronto conocieron, desgraciadamente, la naturaleza destructiva del ser humano y huían de el al verlo. Es así como la despiadada naturaleza del hombre sembró el terror en el pasado en toda la tierra. Reinos conquistados, domando y explotando a las bestias y a las aves, y lo que no pudimos conquistar lo matamos, hasta que todos los seres que respiran han aprendido a huir de nosotros aterrorizados.

Cuando volvemos nuestra atención a las cosas diminutas entonces el caso es completamente distinto. El hombre, que creía reinar soberanamente sobre el planeta, porque había logrado aterrorizar a todas las cosas grandes, tiembla a su vez de miedo ante los seres diminutos del mundo, y cuanto más diminutos más les teme. El microscopio nos ha enseñado que seres tan pequeños como la mosca casera, transportan en la pelusa de sus patas millares de parásitos; y, por consiguiente, el miedo nos obliga a gastar millones y millones de pesos en cazamoscas, insecticidas y mosquiteros y demás artificios para librarnos de ellos, pero la mayor parte de nuestros esfuerzos son vanos. Por más cuantiosas que sean las sumas que gastemos para exterminar a las moscas, estas son tan prolíferas que se multiplican más rápidamente de lo que nosotros podemos destruirlas.

Tememos más aún a su primo, el mosquito. El microscopio nos ha enseñado que este pequeño insecto es el primer mensajero del Ángel de la Muerte. De ahí que luchemos contra él temiendo por nuestra vida; pero, a pesar de las ingentes sumas que gastamos anualmente en nuestras tentativas para exterminarlo, sigue prosperando. Luego está la leche que bebemos. Se dice que en condiciones ordinarias contiene por lo menos 100.000 gérmenes por centímetro cúbico, aunque sometida a los procesos mas estrictamente sanitarios que nos sea posible establecer, ese ejército de destructores puede descender a solo 10.000. Así pues, temblando de miedo, pasterizamos ese 1íquido antes de atrevernos a dárselo a nuestros hijos de tierna edad. En cada gota de agua que bebemos bullen gérmenes de todas clases, revela el microscopio, y hasta las monedas y los billetes de banco con que compramos las cosas que necesitamos son igualmente vehículos de muerte, porque están infectados hasta un extremo inimaginable. En cierta oportunidad hasta se trató de lavar y desinfectar los billetes, pero los banqueros entonces no podían distinguir fácilmente los legítimos de los falsos, por lo que hubo que abandonar ese procedi- miento. O tememos más a los billetes falsos que a los gérmenes, o amamos más al dinero que a la salud. ¿No es toda esta actitud ridícula e indigna de nuestro elevado y noble estado de seres humanos, de hijos de Dios? Hasta la misma ciencia oficial sabe que el temor destruye el poder de resistencia del cuerpo y lo torna propenso a ad- quirir enfermedades que en caso contrario no lo hubieran afectado. Desde el punto de vista oculto, todo esto es perfectamente claro y sencillo. El cuerpo denso que vemos con los ojos está interpenetrado por un vehículo compuesto de éter, y la energía solar, que llena todo el espacio, está continuamente penetrando en nuestro cuerpo a través del bazo, que es el órgano encargado de atraer y asimilar ese éter universal. En el plexo solar se convierte luego en un fluido rosado que compenetra todo el sistema nervioso, y el cual puede compararse a la electricidad que circula por los cables de un aparato eléctrico. Por medio de este fluido vital se mueven los músculos y los demás órganos realizan sus funciones vitales, de manera que el cuerpo pueda gozar de plena salud. Cuanto mejor es la salud, mayor es la cantidad de este fluido solar que absorbemos; pero sólo utilizamos una parte, porque el exceso es irradiado del cuerpo hacia afuera en línea recta.

Todos hemos visto las cintas de papel que suelen sujetarse a la rejilla de los ventiladores eléctricos en las confiterías y lugares semejantes. Cuando el ventilador está en movimiento, estas cintas flotan frente al mismo,

impulsadas por la corriente de aire. Las líneas que irradian de toda la periferia del cuerpo también se estiran rectamente hacia afuera cuando gozamos de perfecta salud. Por lo tanto, este estado permite establecer en seguida si gozamos de salud radiante, como suele decirse. Cuando encontrarnos a una persona así, decimos que irradia salud y vigor, o que tiene una vitalidad radiante. En esas condiciones ningún germen puede encontrar asidero en el cuerpo. No pueden penetrar desde afuera, porque estas corrientes de fuerza invisible se lo impiden, de la misma manera que una mosca no puede pasa a través de un ventilador en movimiento. Y los microorganismos que entran en el cuerpo con el alimento, también son expulsados rápidamente, porque los procesos del cuerpo vital son selectivos, como vemos, por ejemplo, en los riñones, que excretan los materiales y residuos del desgaste, mientras que retienen las substancias vitales necesarias para la economía del cuerpo.

Pero, como permitimos que sentimientos de temor, de preocupación, ira o desaliento, etcétera, nos asalten, el cuerpo trata de cerrar las puertas, por así decirlo, contra todo enemigo exterior, imaginario o real. Entonces el bazo se cierra y deja de producir el fluido vital en cantidades suficientes para las necesidades del cuerpo, y se produce un fenómeno análogo al que se observa cuando se disminuye el voltaje o se corta parcialmente la corriente de un ventilador eléctrico: las cintas de papel empiezan a caer y ya no se mantienen tendidas y ondeantes para proteger los dulces o frutas y mantener apartadas a las moscas. Lo mismo pasa con el cuerpo humano cuando el temor provoca el cierre parcial del bazo, pues las fuerzas solares ya no pasan por el cuerpo con la misma velocidad que antes y no irradia de la periferia del cuerpo en líneas rectas, sino que estas líneas se tuercen y aflojan, y permiten el paso de los organismos infecciosos que pueden desarrollarse entonces sin obstáculos en nuestros tejidos y provocar enfermedades.

Sea que los que practican la ciencia mental o la curación divino-espiritual conozcan esta ley o no, en realidad operan de acuerdo con sus dictados, al afirmar que son hijos de Dios y que no hay motivo alguno para sentir temor, porque Dios es nuestro Padre y nos protejera mientras nosotros no violemos deliberadamente las leyes de la vida ordinaria.

La verdad es que el contagio viene de adentro. Mientras vivamos sensatamente, alimentando nuestros cuerpos con alimentos puros, procedentes del Reino Vegetal, hagamos los ejercicios físicos necesarios y nos mantengamos mentalmente activos, podemos tener la completa seguridad de que el Señor es nuestro refugio y ningún mal caerá sobre nosotros mientras demostremos nuestra fe con obras. Si, por otra parte, defraudamos nuestra fe en Dios, desobedeciendo sus leyes, entonces nuestras esperanzas de conservar la salud son vanas.

Poder del pensamiento.

Como el hombre piensa en su corazón, así es, dijo el Cristo, y ésta es una proposición absolutamente científica y

además, algo que todo el mundo puede comprobar fijándose en las condiciones de la vida cotidiana del hogar, del trabajo, de la calle. Aquí vemos a un hombre de labios gruesos, de henchidos carrillos, con una verdadera papada bajo el mentón, y en seguida sabemos que se trata de un glotón y de un sensual Viene otro por la calle: su rostro está cubierto de arrugas, sus labios son finos y duros, y en seguida sabemos que los arquitectos que han modelado su faz son el pensamiento y las preocupaciones.

Cada transeúnte expresa exactamente sus pensamientos internos. Uno es musculoso y activo, porque los pensamientos que han gobernado sus actividades han construido un cuerpo lleno de actividad. Otro tiene carnes fofas, un enorme vientre y una marcha vacilante, demostrando a todas luces que no le agrada el ejercicio. En cada uno de los casos, el cuerpo es una reproducción exacta de la mente, y cada clase sufre las afecciones peculiares a las tendencias generales de su actividad mental. El glotón y el sensual sufren enfermedades provocadas por pensamientos que han cristalizado y debilitado el sistema digestivo y los órganos creadores. Sus enfermedades son completamente distintas de las afecciones nerviosas que suelen atacar al pensador, y cualquier sistema curativo que no tenga en cuenta el hecho de que el cuerpo es más un instrumento físico para la expresión de la mente que no la mente una manifestación del hombre físico, cometerá errores radicales. En nuestra compleja naturaleza, la mente y la materia actúan y reactúan recíprocamente, de tal manera que es absolutamente necesario considerar al ser humano en conjunto, cada vez que tratemos de curar alguna afección.

Todos os fisiólogos saben muy bien que la alegría es capaz de sacar al paciente de su lecho de enfermo mucho más rápidamente que cualquier medicina. Si se produce algún acontecimiento que de a sus asuntos mundanos un buen empuje de prosperidad, de manera que se vuelva optimista, parece que la enfermedad desapareciera como por arte de magia, en tanto que si, por el contrario, mientras goza de buena salad, una influencia deprimente sobreviene sobre sus negocios, comienza a sentirse también físicamente mal. Una carta que contenga malas noticias puede detener la digestión de golpe, produciéndole una grave indigestión a la persona que la reciba. De ahí la verdad enunciada por nuestro Salvador, de que "Así como el hombre piensa en su corazón, así es", queda ampliamente demostrada en la práctica de la vida diaria.

Cuando también comprendemos la necesidad de mantener una actitud de franco optimismo, comprobamos que un estado de ánimo lleno de esperanza es el mejor remedio, y la reiteración constante de la resolución de

sobreponerse y vencer las enfermedades presentes es mucho más eficaz que todas las medicinas del mundo. Cuando uno está sufriendo constante y agudamente, es quizá muy difícil mantener una actitud optimista; pero, sin embargo, la fórmula mágica del Salvador aplicada a la salad nos ayudará a vencer la enfermedad a su debido tiempo.

Es una ley que si "pensamos en la salud", acabaremos forzosamente por labrárnosla, tarde o temprano, pero debernos vivir una vida racional, suspender todos los excesos, especialmente los de la comida, en lo cual nunca se insistirá lo bastante. De nada servirá pararse ante un espejo y decirse a si mismo: "Yo tengo fe", "Yo tengo salud" u otras vanas afirmaciones similares. Basta con dejar de hablar a los demás de nuestras afecciones, tratando sobre todas las cosas, de distraer el pensamiento acerca de nuestro mal y creer en la salud como un estado normal, cosa que puede lograrse sin dificultad por todos, sin andar vacilando.

Quizá hayáis oído contar la anécdota referente a aquella buena anciana que oyó al pastor decir en un sermón que la fe podía mover las montanas. En seguida trató de poner a prueba su fe con un montón de cenizas. Pero a la mañana siguiente, cuando fue a verlo y lo encontró donde estaba antes, exclamó "Ya me parecía a mi que era así." Las cosas eran tal cual ella las creía en su corazón, no como las decía con su lengua, y lo mismo sucede con todo el mundo. Por lo tanto, creed sinceramente en vuestro corazón.

CAPITULO XV

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