2.2 La identidad narrativa: una respuesta al problema de la identidad personal
2.2.3 La mutua reciprocidad entre mismidad e ipseidad
Ricoeur señala que lo específico de la mismidad es ser “[…] un concepto de relación y una relación de relaciones”.146 Esto debido a que ella posibilita la unicidad, en cuanto se
presenta como identidad numérica, que designa con un nombre invariable una cosa que
141 Ricoeur, Paul, Sí mismo …, p. XVIII.
142Cf. Bonyuan, Marcelo Eduardo, Paul Ricoeur: Yo e identidad en el marco de Sí mismo como otro, en Revista Borradores,
Vol. X/XI, 2009-2010, p. 2.
143Cf. Ricoeur, Paul, Sí mismo …, p. 8. 144Cf.Ibidem, pp. 107 y 108.
145Cf.Ibidem, pp. 109. 146Ibidem, pp. 110.
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ocurre dos o más veces, generando así una reidentificación de lo mismo.147 De esta manera,
identificamos fenómenos o cosas que suceden o se muestran una serie de veces, por ejemplo, hablamos del mismo Sol que se muestra todos los días o de la misma luna, entre otras cosas. Como se puede constatar, esta identidad es de carácter cuantitativo, por lo que su materialidad permite dicho reconocimiento.
Pero la mismidad también se muestra como identidad cualitativa, la cual se funda en la semejanza entre dos elementos que a partir de aspectos cualitativos parecidos se reidentifican como lo mismo.148 Así, cuando agrupamos animales u objetos bajo una misma
categoría, por ejemplo, los felinos, los caninos o los muebles…, dichos términos son posibles por estos elementos cualitativos que hay entre los objetos que refieren.
Sin embargo, ambos modos de mismidad, a saber: identidad numérica y cualitativa son limitados, una vez que son afectados por el tiempo, el cual puede desvanecer la certeza de identificación cuando hay una distancia considerable de temporalidad entre la identificación primera de un objeto y su reidentificación posterior, como sucede en la identificación de un agresor por parte de su víctima, cuando éste se le presenta tiempo después de la agresión y tiene que reconocerlo entre otros posibles agresores.149
Por ello, la mismidad exige un tercer modo que es el de continuidad ininterrumpida entre un primer y último estadio de desarrollo de un individuo. Este criterio hace frente a los factores que se presentan como causantes de la desemejanza y la diversidad numérica, como lo son el crecimiento de los seres vivos y la reproducción, fundados en última instancia en el tiempo que viene siendo en resumidas cuentas el “[…] factor de desemejanza, de separación, de diferencia”.150 Esto porque a lo largo de su existencia un ser vivo experimenta cambios
físicos, tales como el crecimiento y el envejecimiento que lo muestran desemejante en relación a etapas anteriores de su desarrollo.
147Cf.Idem. 148Cf.Idem. 149Cf.Idem. 150Ibidem, p. 111.
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Por último, está el criterio de permanencia en el tiempo, el cual permite salir del modelo sustancialista de la identidad personal, una vez que a través de él se hace manifiesto el carácter relacional de este tipo de identidad (mismidad).151 Asimismo, dicho criterio refiere una
estructura invariable, que en el caso de un ser vivo puede ser su código genético que no debe considerarse como un aspecto o dimensión radicalmente inmutable, sino más bien de carácter relacional, de modo que permita abordar el problema de la identidad personal desde un enfoque diferente, siendo esto lo que posibilite un fuerte significado de permanencia en el tiempo.152 Pero queda aún por determinar cuáles son los elementos que reflejan dicha
permanencia temporal, lo cual se explica a continuación.
Los modelos de permanencia en el tiempo: el carácter y la palabra dada.
Ricoeur considera, hipotéticamente, que tanto el carácter como la palabra dada tienen una función específica en relación al problema de la identidad personal. Así, en el primero se da una coincidencia entre el idem y el ipse y en el segundo, la ipseidad se libera de la mismidad.
[…] la polaridad de estos dos modelos de permanencia de la persona es el resultado de que la permanencia del carácter expresa la casi completa ocultación mutua de la problemática del idem
y de la del ipse, mientras que la fidelidad a sí en el mantener la palabra dada marca la distancia extrema entre la permanencia del sí y la del mismo, atestiguando, por tanto, plenamente la mutua irreductibilidad de las dos problemáticas.153
Por esta razón, es necesario determinar lo propio de ambos modelos, carácter y palabra dada, con la finalidad de mostrar cómo resuelve Ricoeur las relaciones que se dan entre ellos y los dos tipos de identidad con los que están implicados, a saber: mismidad e ipseidad, una vez que estos son los polos que refieren y permiten dilucidar el problema de la identidad personal, en miras a comprenderlo.
Por carácter, Ricoeur entiende “[…] el conjunto de signos distintivos que permiten identificar de nuevo a un individuo humano como siendo el mismo”.154 Pero dicha noción no
151Cf.Ibidem, p. 112. 152Cf.Ibidem, pp. 111 y 112. 153Ibidem, p. 113.
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pretende enfatizar un estatuto de inmutabilidad en el carácter, debido a que esto representaría una forma de mantenerse en la misma tradición sustancialista, sino más bien, lo que Ricoeur busca es destacar la dimensión temporal del mismo, por esta razón agrega que este también “[…] designa el conjunto de disposiciones duraderas en las que reconocemos a una persona”155, lo cual implica que al mencionar “disposiciones duraderas” se deje entrever la
dimensión temporal. De esta manera, dicha dimensión del carácter posibilitará abordar el problema de la identidad personal por la vía de la narrativización.
Sin embargo, antes de exponer la relación que guarda la identidad personal con la narratividad, es necesario aclarar lo que implica una disposición duradera, ya que es precisamente esta la que posibilita tal reconocimiento de la persona. Así pues, de ella destaca Ricoeur dos sentidos: en el primero se presenta como una costumbre que estamos contrayendo y como una costumbre ya adquirida. En el segundo, se enlazan a la disposición las identificaciones adquiridas, por las que la alteridad entra a formar parte de la mismidad.156
En el primer sentido, el de la disposición como costumbre, se deja entrever la historia del carácter, que pasa a través de un proceso de recubrimiento del ipse por el idem, es decir, dicha historia queda fijada por la costumbre, aun cuando en sus inicios su acontecer haya sido innovador.157 Pero la costumbre no es un elemento dado de antemano, sino un rasgo que se
construye y constituye el carácter, por eso posee historicidad.
Cada costumbre así construida, adquirida y convertida en disposición duradera, constituye un
rasgo –un rasgo de carácter, precisamente-, es decir, un signo distintivo por el que se reconoce a una persona, se la identifica de nuevo como la misma, no siendo el carácter más que el conjunto de estos signos distintivos.158
Ahora bien, en lo tocante al segundo sentido, donde las identificaciones adquiridas se unen a la disposición conformadora del carácter, sobresalen una serie de elementos (valores, normas, ideales, modelos, héroes…) que representan dichas identificaciones, a través de las cuales se constituye también la identidad de una persona o de una comunidad. Cada uno de ellos refleja lo otro, es decir, lo extrínseco que viene a complementarse con las costumbres y
155Ibidem, p. 115.
156Cf.Ibidem, pp. 115 y 116. 157Cf.Ibidem, p. 116. 158Idem.
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a constituir, por esto mismo, el carácter. Tales identificaciones adquiridas se adhieren al carácter a través de un proceso de interiorización, por el cual el efecto inicial de la alteridad queda anulado o modificado, una vez que es llevado de afuera a adentro, quedando sedimentado. Dicha sedimentación de las identificaciones adquiridas es la que posibilita el reconocimiento del individuo, pues en él han quedado estabilizados los elementos que garantizan la identidad numérica y cualitativa, y la continuidad ininterrumpida en el cambio y la permanencia en el tiempo, factores que –como se ha dicho- conforman la mismidad.159
De esto se sigue que para Ricoeur el carácter represente, en cierta manera, lo fijo y estable de la identidad o como él mismo lo señala “el <<qué>> del <<quién>>”.160 Esto sin
pensar que son lo mismo, pues este autor se ha esforzado por señalar los límites de fundarse en la pregunta ¿qué soy?, y en dejar claro la distinción entre esta cuestión y la de ¿quién soy? Sin embargo, no por ello se opone a mostrar la forma en la que ambas interactúan, a través “[…] del recubrimiento del ¿quién? por el ¿qué?, el cual hace deslizar de la pregunta: ¿quién soy? a la pregunta ¿qué soy?”.161
Así, en el proceso de identificación, subyacente en el carácter, se da una dialéctica de innovación y sedimientación, de dinamicidad y estabilidad, que hacen posible que la dimensión estable del carácter pueda recubrirse con una dimensión innovadora manifestada en la narración, lo cual permite que lo sedimentado pueda desplegarse por lo narrado. De esta manera, surge la necesidad de desarrollar y explicar lo concerniente a la identidad narrativa que representa el puente entre el idem y el ipse. Esto es lo que hará que en la propuesta ricoeuriana no se postule una identidad fundada en una substancialidad inmóvil e inmune, sino por el contrario, una identidad capaz de constituirse y reconstituirse por la narración.
Por otra parte, el segundo modelo de permanencia en el tiempo, y que nos permite adentrarnos a la constitución de la ipseidad, es la palabra mantenida o dada. Esta expresa otro sentido que libera al ipse del idem, según lo dicho anteriormente, esto porque “la palabra mantenida expresa un mantenerse a sí que no se deja inscribir, como el carácter, en la
159Cf.Ibidem, p. 116 y 117. 160Ibidem, p. 117.
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dimensión del algo en general, sino, únicamente, en la del ¿quién?”.162 Por esta razón, cada
individuo tiene la posibilidad de edificarse de un modo peculiar, en tanto permanezca fiel a su palabra, esto debido a que tal fidelidad implica una resolución íntima y personal que nutre su identidad, como sucede en la constancia que alguien tiene en la relación de amistad con otra persona,163 pues para mantenerla es necesario permanecer en actitudes, pensamientos e
intenciones que han sido previamente acordadas o aceptadas por ambos.
La palabra mantenida enlaza al individuo con el otro, porque es éste quien la recibe y sobre quien se funda un acto de credibilidad. De esta manera, el otro se convierte en fundamental para expresar una auténtica autonomía como principio de libertad, por lo que la palabra mantenida expresada como promesa no conlleva una anulación de la libertad personal, sino un ejercicio pleno de esta, una vez que exige la autonomía para mantenerse en lo prometido a pesar de cambiar de intereses o inclinaciones. Por esto mismo, dicho modelo posee un carácter netamente ético, en el que la persona y su ipseidad se construyen en el juego de la temporalidad.164
La exigencia de cumplir a lo largo del tiempo con la palabra prometida es cuestión del ipse. Su manera de articular el futuro con el presente permite que un aspecto de la persona –su ipseidad- se edifique mediante el entretejido de la acción efectiva en el juego temporal.165
Así, la promesa se muestra como el acto que apertura al individuo a lo desconocido del porvenir, pero tal apertura expresa lo indeterminado que hay en la constitución de sí, pues lo venidero, en tanto que futuro, no es previsible de modo absoluto y es ahí donde aparece el sentido fuerte y creativo del ipse que no se deja atrapar totalmente por el presente, sino que se mantiene en un aspecto indeterminado.
El acto de prometer nos abre a algo incondicional con lo que nos ligamos desde nuestra ignorancia. Nuestra acción de prometer implica nuestra voluntad de trascender aquello que ignoramos hoy y que mañana podría impedirnos mantener nuestra palabra. No estamos dados de antemano, ni a los otros ni a nosotros mismos. Parte de nuestro ser se nos escapa y puede quedar presa de circunstancias extrañas a nuestros propósitos.166
162Ibidem, p. 118.
163Cf. Begué, Marie-France, op. cit., p. 232. 164Cf.Idem.
165Idem.
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De esta manera, es como el ipse logra separarse del idem, al ejercer la obediencia alternada con la libertad, por lo que al seguir lo prometido no pierde autonomía, antes bien la plenifica. Así la capacidad del sí para seguir su promesa es la que orienta su acción de acuerdo con aquélla y la que constituye su ipseidad trascendiendo los avatares de la temporalidad,167 en el sentido de que estos pueden cambiar las inclinaciones del que ha dado
su palabra e incluso le pueden provocar que falte a la misma, es decir, que se traicione. Por esto mismo, “[…] el mantenerse ligados por las lealtades produce consecuencias ontológicas. En la raíz de todo compromiso auténtico hay una suerte de aprehensión fundamental, de vínculo fundante, que liga nuestro ser con el de la totalidad”.168 Esto se refleja sobre todo por
el hecho de que las promesas siempre se hacen a los semejantes, lo cual conlleva a que el individuo salga de sí y se constituya a partir de las mismas, pues estas le posibilitarán reconocerse y ser reconocido de una forma determinada.
Con estas consideraciones sobre la constitución de la ipseidad a través de la palabra dada, podemos establecer algunas puntualizaciones que son fundamentales para el desarrollo de esta investigación sobre esta forma de permanecer en el tiempo: primero, se descubre que en la palabra dada hay un aspecto narrativo, en tanto que el que promete se narra en este acto al decir algo de sí; segundo, posee una dimensión ética, pues exige el valor de la confianza en el seno de una comunidad; tercero, como base de los dos aspectos anteriores, se descubre un trasfondo ontológico que se expresa en la constitución creciente del ser propio de cada sí mismo.169
Estos tres aspectos de la palabra dada, muestran a la ipseidad no como una identidad abstracta, separada de lo concreto y corpóreo, sino más bien llevan a descubrir en ella una inclinación vital, en la que los actos de voluntad son determinantes para dar cumplimiento a las promesas hechas en una vida concreta. Esta concreción se hace radical cuando el que promete toma consciencia de que su palabra es dirigida a otro que posee libertad y capacidad de relación170, por lo cual, tal identidad (ipseidad) no debe considerarse de tipo formal, antes
167Cf.Ibidem, p. 234. 168Idem.
169Cf.Idem.
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bien debe considerarse implicada y referida a la existencia concreta, en la que también subyace la mismidad. Pero esta existencia concreta no es aislada, como se ha dicho, en ella juega un papel determinante la alteridad, por lo que de esta forma el tema de la identidad se trata fuera de los ámbitos del subjetivismo y logra verse desde esta otra perspectiva, según lo refiere el mismo Ricoeur en el prólogo de Sí mismo como otro:
Una alteridad que no es –o no sólo es- de comparación es sugerida por nuestro título, una
alteridad tal que pueda ser constitutiva de la ipseidad misma. Sí mismo como otro sugiere, en principio, que la ipseidad del sí mismo implica la alteridad en un grado tan íntimo que no se puede pensar en una sin la otra, que una pasa más bien a la otra, como se diría en el lenguaje hegeliano. Al <<como>>, quisiéramos aplicarle la significación fuerte, no sólo de una comparación –sí mismo semejante a otro- sino de una implicación: sí mismo en cuanto […] otro”.171
Como se puede constatar, el modelo de permanencia en el tiempo de la palabra mantenida o dada, permite acceder a las implicaciones éticas de la constitución de la identidad personal. Sin embargo, esto se desarrollará con mayor profundidad en el capítulo tercero, por lo que en este sólo nos limitamos a mostrar la forma en la que se constituye tal identidad en la dialéctica del idem y del ipse, teniendo presente que entre estas media la identidad narrativa como el modo propio de eliminar tal polaridad para posibilitar una mejor comprensión del tema, según lo atestigua el mismo Ricoeur:
Este nuevo modo de oponer la mismidad del carácter al mantenimiento de sí mismo en la promesa abre un intervalo de sentido que hay que llenar. Este intervalo es abierto por la polaridad, en términos temporales, entre modelos de permanencia en el tiempo, la permanencia del carácter y el mantenimiento de sí en la promesa. Ha de buscarse, pues, la mediación en el orden de la temporalidad. Ahora bien, este <<punto medio>> es el que viene a ocupar, a mi entender, la noción de identidad narrativa.172