Alexander Oparin
V. LA NATURALEZA DE LA VIDA*
La amplitud de la vida
Vida… Esta palabra es tan fácil de entender y, sin embargo, es tan enigmática
para cualquier persona pensante. Uno podría suponer que el signifi cado de la pa- labra tendría que haber sido indudable y el mismo en todas las épocas. Sin em- bargo, sabemos que a lo largo de los muchos siglos de la historia de la cultura humana ha habido discusiones irreconciliables acerca de cómo se debería enten- der con propiedad.
Incluso la cuestión de cuáles entes están vivos, de cuáles son los objetos en el mundo que nos rodea que están dotados o imbuidos de vida, de cuál es la ampli- tud o el ámbito del reino de la vida, se han defi nido y todavía se siguen defi nien- do en diversas formas totalmente distintas. Nos encontramos frente a un espectro multicolor, por así decirlo, de opiniones diferentes. En uno de los extremos de este espectro están las ideas de aquellos fi lósofos y científi cos que piensan que la vida es una propiedad general, inseparable de toda la materia, y quienes por lo tanto amplían el reino de la vida, englobando todos los objetos del universo.
Por otra parte, los fi lósofos en el extremo opuesto del espectro arbitrariamen- te restringen el ámbito de la vida a los límites de la existencia humana, o incluso a veces mantienen que la vida es prerrogativa de tan sólo un sujeto pensante.
La primera de estas opiniones debe su origen a los antiguos partidarios grie- gos del hilozoísmo. Según Aristóteles, incluso Tales, el fundador de la escuela miletiana de fi losofía, creía que los imanes estaban vivos, ya que tenían la habili- dad de atraer el hierro. Más de 2 000 años después, en el siglo xvii, Spinoza, el fi lósofo materialista neerlandés, mantenía que las piedras piensan y que todos los cuerpos naturales son animados, mientras que aun 100 años después (tam- bién en los Países Bajos) el fi lósofo francés J. B. R. Robinet publicó un libro con el título de De la nature [Acerca de la naturaleza], donde reconocía que toda la
* Este texto apareció originalmente como el capítulo 1 en A. I. Oparin, Life: Its Nature, Origin, and Development, trad. de A. Synge, Academic Press, Nueva York, 1964, pp. 1-37.
materia estaba viva e incluso consideraba que las estrellas son cuerpos orgánicos vivientes.
Incluso en nuestros tiempos, muchos ingenieros y físicos no dudan en consi- derar que los más complejos mecanismos y autómatas modernos están vivos, así como Descartes comparaba a los organismos animados con los relojes de agua o con los molinos, o como La Mettrie equiparaba al hombre con una máquina ex- tremadamente bien educada. Algunos químicos y genetistas actuales, en sus in- tentos de asignarle la vida hasta a las moléculas individuales de las sustancias or- gánicas, parecen seguidores de Diderot.
Por otra parte, cualquier persona entiende que cuando algún escritor o fi ló- sofo habla en alguna de sus obras sobre el signifi cado o el valor o la meta de la vida, se está refi riendo sólo a la vida humana, a ese “esfuerzo hacia el bien” que según Tolstói constituye la principal aspiración de la vida y es cosa aceptada por la mayoría de los hombres.
Esta última opinión se encuentra en Acerca de la vida,1 de Tolstói. En ésta
Tolstói censura a los científi cos experimentales, o, como los denomina, escribas,2
por utilizar la palabra “vida”, pues con astuta sofi stería han inventado un lenguaje científi co artifi cial, especie de volapuk, donde las palabras no se corresponden con el signifi cado que les dan las personas comunes. Tolstói justifi cadamente recomienda que “un hombre está obligado, mediante todas y cada una de sus palabras, a dar a entender lo que todos comprenden sin lugar a dudas de la misma manera”.
Me parece a mí que si seguimos este sabio consejo habremos de encontrar una salida al actual, confuso laberinto de opiniones contradictorias sobre la cues- tión de la delimitación del reino de la vida, aunque encontremos que este camino estará lejos de ser el mismo que Tolstói recomendaba. Toda persona común que observe el mundo que le rodea, infaliblemente lo clasifi cará ya sea en el reino de lo inanimado o inorgánico, ya sea en el reino de los entes vivientes. En todo lugar y en todo momento verá que la vida no simplemente está regada por doquier, sino que sólo existe en los organismos individuales que viven separadamente del medio ambiente; de modo que la suma de tales organismos constituye el reino de la vida, el mundo de los entes vivos. Este mundo despliega una colosal diversi- dad, incluidos las plantas, los animales y los microbios, que, a primera vista, pare- cería que no pueden tener nada en común. Sin embargo, cualquier persona, in-
1 L. Tolstói, О жизни [O žizni, Acerca de la vida], 1886-1887.
2 Aquí Tolstói emplea el término “escriba” en el sentido peyorativo que tiene en los evangelios,
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cluso sin ningún tipo de educación científi ca, fácilmente puede identifi car lo que en efecto tienen en común y lo que le permite a uno incluir en la categoría de los entes vivos a un hombre y a un árbol, a una ballena y a un minúsculo insecto o una insignifi cante hierba, a un pájaro y a un molusco deforme.
Cuando Leeuwenhoek, el sencillo pulidor de vidrio de Ámsterdam, por pri- mera vez observó microbios de diversos tipos a través de su lupa, no dudó en de- signarlos como entes vivientes (viva animalcula), aunque algunos de ellos, por ejemplo, las bacterias coco que él dibujó con su propia mano, no podían moverse y no poseían ninguno de los rasgos externos de los entes vivientes.
Al darse uno cuenta de que los entes vivientes tienen algo en común que los relaciona entre sí, uno los diferencia de los objetos del mundo inorgánico que carecen de ese “algo”, es decir, que carecen de vida. Así, mediante la simple obser- vación personal del mundo que la rodea, cualquier persona común puede esta- blecer por sí misma la defi nición más elemental, pero también la más general, de la amplitud de la vida o del ámbito de su reino natural. La vida es una propiedad de todo organismo, desde el más evolucionado hasta el más bajo, pero una pro- piedad que no existe en los objetos naturales inorgánicos, a pesar de la compleji- dad que pueda tener su estructura. Es muy posible que exista en la extensión sin límites del universo una multitud de formas de movimiento y organización de la materia extremadamente complejas y con un alto grado de evolución, cuya exis- tencia nosotros todavía no sospechamos; pero sería totalmente injustifi cado afi r- mar que cualquiera de estas formas tuviera “vida” si en sus principios esenciales fuera distinta a la vida representada en nuestro planeta por una enorme multitud de organismos de formas diferentes. Si algún día llega a necesitarse, será mejor que inventemos una nueva palabra para designar a esas formas de organización.
Hemos demarcado así la región de la naturaleza, la categoría de los objetos que son pertinentes en nuestras refl exiones sobre la vida. Esto signifi ca que, en lo que sigue, podremos evitar muchos de los errores que son bastante comunes en la literatura científi ca, si nos atenemos estrictamente a los términos de referen- cia antes expuestos. Claro es, no se ha dado en absoluto una defi nición de la vida. Para darla, uno tendría que solucionar el problema de la naturaleza de ese “algo” que únicamente es característico en el mundo de los entes vivientes y que está ausente en los objetos de naturaleza inorgánica.
La discusión entre el idealismo y el materialismo respecto a la naturaleza esencial de la vida
Desde la Antigüedad y hasta nuestros días, este problema de la naturaleza esen- cial de la vida ha sido siempre un campo de batalla en la amarga contienda de los irreconciliables campos del idealismo y del materialismo.
Los representantes del campo idealista ven, como la esencia de la vida, una especie de origen eterno supramaterial que es inaccesible a la experimentación. Es la “psique” de Platón, la “entelequia” de Aristóteles, el “alma inmortal” o la “par- tícula divina” de diversas doctrinas religiosas, el inneres Prinzip der Kausalität [principio interno de causalidad], el Weltgeist [espíritu del mundo] de los hegelia- nos, la “fuerza vital” de los vitalistas y la fuerza “dominante” de los neovitalistas, y demás conceptos similares.
Desde este punto de vista, la materia, en el sentido de esa realidad objetiva que observamos directamente y estudiamos experimentalmente, es en sí misma y como tal, inanimada e inerte. Es simplemente la sustancia a partir de la cual el espíritu o el alma crea un ser vivo, le da forma, adapta su estructura a las necesi- dades funcionales, le otorga el poder de la respiración y el movimiento y, en ge- neral, le da vida. Y cuando el alma abandona el organismo y la muerte sobrevie- ne, sólo permanece el envoltorio material sin vida, un cadáver que se descompone y pudre.
Este concepto de la muerte como el abandono del cuerpo por el alma, la cual constituye la esencia de la vida, es, de hecho, la base de una defi nición de la vida que se ha divulgado ampliamente y que incluso aparece en varias enciclopedias; a saber, que la vida es lo opuesto de la muerte. Sin embargo, esta defi nición pasa por alto el hecho de que los entes vivientes sólo pueden compararse adecuada- mente con los entes no vivientes, pero no con los muertos. Es obvio que un cuer- po muerto es un producto de la vida, pues donde la vida no existe, es decir, en un mundo inorgánico, jamás podría darse un cadáver por sí mismo.
Aun partiendo de premisas idealistas, uno podría, claro es, realizar un estudio objetivo de organismos particulares y de sus órganos, pero sería inheren temente imposible llegar a una comprensión de la esencia de la vida misma mediante mé- todos experimentales y materialistas, ya que esta esencia posee una naturaleza supramaterial o espiritual. Sólo mediante el método de la introspección especula- tiva es posible llegar a una comprensión de ese principio divino que portamos dentro de nosotros. Sólo podemos contemplar pasivamente los demás entes vi-
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vientes, maravillándonos de la sabiduría del Creador que los creó. Y, natural- mente, si uno adopta esta posición, la posibilidad de que el hombre modifi que o transforme la naturaleza divina es nula.
Los materialistas plantean el problema de la esencia divina desde una pers- pectiva diametralmente contraria. Basando sus argumentos en los hechos descu- biertos por la ciencia, ellos afi rman que la vida, como el resto del mundo, es ma- terial, y que no se requiere, para su comprensión, la aceptación de un origen espiritual que no sea asequible por la investigación experimental. Al contrario, el estudio objetivo del mundo que nos rodea es, para el materialista, no sólo una manera esperanzadora de llevarnos a todos hasta una comprensión de la esencia misma de la vida, sino que también nos permitirá alterar intencionalmente la naturaleza viviente en una forma favorable para la humanidad.
Amplios círculos de científi cos dedicados a la biología basan sus investi- gaciones, consciente o inconscientemente, en una concepción materialista de la naturaleza viviente y, siguiendo esta línea, enriquecen constantemente la ciencia de la vida con su trabajo y nos aproximan a una comprensión de la esencia de la vida.
Conceptos mecánicos y dialécticos de la vida
Sin embargo, incluso dentro de los límites del concepto materialista de la vida, su esencia puede interpretarse de varias maneras.
Según la doctrina materialista, que prevaleció en el mundo científi co del si- glo pasado y que todavía hoy en parte se acepta, la comprensión de la vida en ge- neral consiste simplemente en una explicación cabal basada en la física y la quí- mica, una cabal elucidación de todos los fenómenos vivientes en cuanto procesos físicos y químicos. Si uno adoptara esta posición, no habría lugar para cuales- quiera leyes específi camente biológicas de la naturaleza. En realidad sólo existiría una ley que gobernara tanto el mundo inorgánico, como todos los fenómenos que ocurren en los organismos vivientes. Tal cosa sería, de hecho, la negación de que haya una diferencia cualitativa entre los organismos y los objetos inorgáni- cos. Por lo tanto, llegaríamos a una posición donde tendríamos que decir, ya sea que los objetos inorgánicos están vivos, ya sea que la vida no existe realmente. Así, mediante un desarrollo lógico del punto de vista materialista que aquí se ha expuesto, nos veríamos obligados a adoptar una conclusión que se opone funda- mentalmente a la idea que asumiéramos anteriormente. No obstante, es necesa- rio señalar que se debe entender claramente que la aceptación de la naturaleza
material de la vida no signifi ca que se deba negar que posea características espe- cífi cas, que los entes vivientes muestren diferencias cualitativas de las de los obje- tos inorgánicos. Uno no tiene que hacer lo mismo que los mecanicistas, conside- rar que todo lo que no se incluye en la física y la química es vitalista o sobrenatural. Al contrario, las formas de organización y movimiento de la materia pueden ser muy diversas. Negar esta diversidad es entregarse a un exagerado simplismo.
Según la doctrina dialéctica materialista, la materia está en movimiento cons- tante y pasa por una serie de etapas de desarrollo. En el curso de esta progresión surgen nuevas formas de movimiento de la materia, cada vez más complejas y más evolucionadas, las cuales poseen propiedades que anteriormente no tenían. Es indudable que durante un largo periodo tras la formación de nuestro planeta no existió la vida en éste. Obviamente, todas las cosas que en él existían en ese tiempo simplemente obedecían a las leyes de la física y la química. Sin embargo, en el proceso del desarrollo de la materia en la Tierra, los primeros y más primiti- vos organismos aparecieron, es decir, la vida surgió como una forma cualitativa- mente nueva del movimiento. Cuando esto sucedió, las viejas leyes de la física y la química naturalmente continuaron operando, pero ahora suplementadas por le- yes biológicas nuevas y más complejas que anteriormente no habían estado en operación.
Por ende, la vida en su naturaleza es material, pero sus propiedades no se li- mitan a las de la materia en general. Sólo los seres vivientes la poseen. Es una for- ma especial del movimiento de la materia, cualitativamente diferente del movimien- to en el mundo inorgánico; el organismo posee propiedades biológicas específi cas y formas de comportamiento específi cos, no simplemente sigue las reglas que gobiernan a la naturaleza inorgánica. Por lo tanto, un materialista dialéctico in- cluso formula el problema de la comprensión de la vida de una manera distinta a la del mecanicista. Para éste el problema consiste en una explicación más cabal de la vida con base en la física y la química. Para el materialista dialéctico, en la comprensión de la vida lo importante es el establecimiento de su diferencia cuali- tativa respecto a otras formas de la materia, es decir, la diferencia que nos obliga a ver la vida como una forma especial del movimiento de la materia.
Los intentos de formular definiciones de la vida
Esta diferencia ha encontrado y aún encuentra un refl ejo mayor o menor en las defi niciones de la vida formuladas y expuestas por los científi cos y pensadores
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del siglo pasado y los de nuestra propia época. Es justamente en su planteamiento de esta distinción entre los entes vivientes y los entes no vivientes donde se puede percibir el valor objetivo y esencial de tales defi niciones, no obstante su carácter absolutamente contradictorio y su asombrosa diversidad.
En el inicio de su extraordinario libro, Leçons sur les phénomènes de la vie
communs aux animaux et aux végétaux [Lecciones sobre los fenómenos de vida
comunes a animales y plantas],3 Claude Bernard expone muchas defi niciones de
la vida que habían sido elaboradas antes de su época, pero sólo lo hace para mos- trar que generalmente cualquier defi nición apriorística de la vida siempre resulta quimérica y científi camente inútil. Sin embargo, también piensa que se puede en- tender totalmente la vida si se aborda a posteriori, mediante el establecimiento de los rasgos característicos que diferencian a los entes vivientes de los cuerpos no vivientes. Cosa ciertamente no fácil de hacer, y, al intentarla, nos tropezamos con considerables difi cultades y dudas, aunque todo el tiempo nos vayamos acercan- do a la solución del problema.
En una enciclopedia estadunidense de 1944 se afi rma que no existe una sola defi nición de la vida satisfactoria, ya que, mientras unas abarcan demasiados fe- nómenos, otras sufren de demasiadas limitaciones.
Nosotros creemos que esto se deriva de que en la mayoría de los casos la gen- te intenta caracterizar la vida como tan sólo un punto, mientras que la vida de hecho es una larga línea que abarca toda esa sección del desarrollo de la materia que yace entre el origen de la vida en la Tierra y nuestros propios tiempos, y que incluye entre sus manifestaciones a los más primitivos organismos, tanto como a las plantas y animales más evolucionados, especialmente el hombre. Con la apa- rición del hombre, sin embargo, surge una nueva forma social de movimiento de la materia que es más compleja y ha evolucionado más que la vida, caracterizán- dose por sus propios rasgos peculiares y por las leyes especiales del desarrollo de la sociedad humana.
Es por lo tanto totalmente erróneo el intento de caracterizar la “línea de la vida” simplemente sobre la base de un punto, ya sea que este punto se encuentre en el inicio, la mitad, o el fi nal. De hecho, si tratamos de defi nir la vida a partir de las características que surgieron en el inicio mismo de su aparición en la Tierra, tenemos que excluir de entre sus rasgos no sólo la conciencia, sino también la respiración, fenómenos que obviamente no se dieron en los organismos más pri- mitivos. Por otra parte, si defi nimos la vida sobre la base de fenómenos que sólo
3 C. Bernard, Leçons sur les phénomènes de la vie communs aux animaux et aux végétaux, 2 tomos,
son típicos en los entes vivientes más altamente desarrollados, nos arriesgamos a relegar a las bacterias anaeróbicas, así como a muchos organismos primitivos, a la categoría de cuerpos no vivientes que pertenecen a la naturaleza inorgánica.
Cuando Engels, en su notable defi nición de la vida, la explicó como el “modo de existencia de los cuerpos albuminoideos”, de inmediato expresó sus reservas, señalando las limitaciones de su defi nición: