1. Capítulo
2.2. La plaza en el contexto urbano.
Desde las primeras aglomeraciones urbanas, la plaza se constituyó en el espacio público por excelencia, que permitía las reuniones políticas, expresiones sociales, el culto a los dioses y las celebraciones.
También se constituyó en el ámbito para el funcionamiento del mercado y de otras actividades sociales, de representación del poder y la cultura dominante.
En el Renacimiento, el espacio público adquirió particular atención por parte de los arquitectos de la época. La utilización de la perspectiva motivó las composiciones monumentales y el establecimiento de relaciones proporcionales entre ancho de calles y plazas con la altura de los edificios.
La luz y el sol eran patrimonio exclusivo del gran espacio cívico de la plaza, simultáneamente monumental y útil.
Son célebres los planos de Roma realizados por Nolli, en los que se pone de manifiesto la red de espacios públicos de la ciudad, incluyendo espacios en el interior de los edificios, pero que son de uso público. (Arrese A. 1995)
Estas pautas proyectuales se mantuvieron sin mayores cambios hasta el siglo XIX cuando la era de la máquina comenzó a producir grandes cambios en la estructura urbana. Así fue que aparecieron los principios higienistas y los espacios públicos abiertos se transformaron en una porción de naturaleza en el abigarrado paisaje construido.
A partir de esos principios se fortalece el paisajismo contemplativo. Hay una irrupción de la naturaleza exótica en parques y jardines, donde los efectos visuales predominan sobre los demás sentidos.
Durante la segunda mitad del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII, Londres, París y algunas otras ciudades europeas, a la par que crecieron en complejidad de funcionamiento a raíz del cada vez mayor desarrollo industrial y comercial, también comenzaron a albergar diferentes lugares destinados a una cada vez más numerosa “clase media” urbanizada, con disponibilidad de suficientes ingresos y tiempo libre para practicar el ocio y el consumo recreativo. Durante este periodo comenzaron a proliferar en estas ciudades las casas de té, los cafés, bares, lugares de juego, comercios de diferentes rubros, sitios para la cultura y también los espacios al aire libre para el paseo y la recreación, tanto de los fines de semana, como de los ratos libres diarios.
Aparecieron entonces las operaciones de ensanche de las ciudades europeas con Haussman durante la década 1850–60, como el paradigma de la urbanidad de la ciudad moderna del siglo XIX. Aquellas reformas se basaron principalmente en la apertura de anchos y extensos bulevares que abrieron la antigua ciudad medieval al paseo del público, al tráfico acelerado de carruajes y trenes, y a la proliferación de comercios, cafés, bares y teatros en el centro de la ciudad. Estas obras, más la construcción de grandes palacios destinados a la cultura, parques, mercados, alumbrado y otras de infraestructura, dotaron a las ciudades de una nueva capacidad para soportar y promover el incipiente desarrollo
comercial e industrial del momento, y también, una vida social bulliciosa y rica en diversidad social basada en al espacio público como el principal elemento estructurante. Este modelo urbano se convirtió rápidamente en un ejemplo y se irradió hacia diferentes partes del mundo como el paradigma de la nueva forma en vida en las ciudades modernas.
Si bien aquella forma de vida urbana se basó, principalmente, en el ocio y el consumo recreativo de una amplia clase social intermedia compuesta por la burguesía comercial– industrial, impulsora del desarrollo capitalista, el carácter público de su sociabilidad, estructurada sobre un espacio urbano abierto y sin restricciones al uso de la totalidad de los habitantes urbanos, integró, también, tanto a los restringidos círculos de la nobleza, como al proletariado industrial, e incluso a los pobres y excluidos recién llegados del campo, hacinados en torno a las fábricas y periferias urbanas.
De modo que aquella sociabilidad se basó en la integración urbana de individuos, grupos y clases sociales muy diferentes, que dotaron de un gran dinamismo urbano y diversidad social a la ciudad, que se expresaban de una manera muy directa y en una dimensión muy humana, tanto, a través de formas organizadas y colectivas, como las fiestas populares, los desfiles militares, e, incluso, con los conflictos políticos emergentes de las nuevas contradicciones sociales, como, a través de los más pequeños y triviales momentos de la vida cotidiana, como los variados encuentros de carácter programados o espontáneos entre trabajadores, comerciantes, paseantes, viandantes, e incluso, de mendigos y errantes urbanos. Todo este espectro de eventos y personajes expresaban el pulso de la vida urbana teniendo como lugar de realización, las calles y distintos lugares públicos y semipúblicos de la ciudad.
El análisis de Berman sobre la obra de Baudelaire refleja con toda intensidad el significado de aquella nueva urbanidad y la importancia que en ese contexto social ha tenido el espacio público y la calle para la vida urbana. Tanto para la sociabilidad cotidiana como para las manifestaciones políticas más intensas, expresadas entonces reiteradamente en formas de revueltas e insurrecciones populares que tuvieron a las calles como lugar de realización. (Barreto M. 2002)
El pensamiento urbanístico de finales del siglo XIX y comienzos del XX alimentó la construcción de un espacio público de gran claridad estructural, modelado mediante la arquitectura.
La fachada continua de edificios de altura uniforme como borde, estructura un espacio que se organiza por las jerarquías de las vías de circulación, aparece el boulevard, la avenida y
la calle. Esta última y el bloque de edificios son los componentes esenciales que estructuran el espacio urbano. Las plazas y los parques se sucedían a la vera de la red de calles.
En el siglo XX el movimiento moderno propuso romper con esa estructura jerárquica de vías circulatorias y masa edificada, tratando de lograr un continuum de espacio público en el que los edificios se diseminaban en grandes superficies como idea integradora de naturaleza y urbanidad.
Luego de la segunda guerra mundial, y como respuesta a este modelo de ciudad sin urbanidad, se produce una revalorización teórica del espacio urbano, y se manifiesta en los conceptos de carácter predominantemente visual y espacial, teniendo al libro Paisaje Urbano de Gordon Cullen, como el de mayor influencia en las escuelas de Arquitectura.
2.2.1. La plaza como herencia hispánica
En la organización espacial de los asentamientos humanos se encuentran diversos modos de distinguir ámbitos de uso común y otros de uso reservado o privado. Esta pauta, que posee una dimensión casi universal, se particulariza en la cantidad y calidad del espacio público de cada asentamiento en relación con el tamaño de la población y con sus códigos culturales. Es difícil imaginar un asentamiento humano en el cual no exista una noción de espacio común la que concretiza el sentido de lo “público” arraigado en su comunidad. En ese sentido define cuantitativamente y cualitativamente aquello que ha de configurar el territorio de todos y el de cada uno de los ciudadanos. (Saldarriaga Roa A. 1997)
El estudio de la historia permite apreciar la evolución de ese sentido de lo público en diversos contextos culturales, desde las nociones más sencillas que se encuentran en los asentamientos primarios hasta las complejas estructuras de las grandes ciudades contemporáneas. La herencia de la ciudad colonial española es un ejemplo especialmente interesante de apreciar. El acto de fundación de un asentamiento se entendió como la determinación de una estructura en la cual estaban claramente definidos los espacios públicos y las parcelas que podían ser repartidas entre los habitantes. El dominio público tenía su centro en la “plaza mayor”, circundada por las edificaciones más importantes del lugar. La red de calles, rigurosamente ordenada en una malla cuadriculada se prolongaba en los senderos y caminos que comunicaban el asentamiento a la gran red poblada. Frente a las iglesias conventuales se reservaba una plazoleta que servía como «atrio», para los eventos religiosos. En nuestras latitudes, las Leyes de Indias establecieron el patrón de diseño de los sitios urbanos.
La Plaza era el centro cívico por excelencia y a su alrededor la cuadrícula se extendía indiferenciada. Este modelo se impuso a pesar de la topografía y de las condiciones climáticas locales.
La calle ganó en importancia como ejes estructuradores y conectores de los espacios abiertos y construidos. Así lo público, abierto, queda bien diferenciado de lo privado, construido, cerrado.
Las plazas surgen en esta trama, como vacíos de lo que debería ser privado, anexado tangencialmente a las calles o conectores lineales y sin superar la mayoría de las veces el módulo del damero. Sin embargo, esta inserción de parcelas abiertas entre bloques masivamente construidos, conectados entre sí mediante espacios abiertos lineales más o menos homogéneos, ha generado un paisaje urbano característico de nuestras ciudades. El espacio privado se delimitó con el muro casi hermético de la fachada y se desarrolló en los predios individuales dispuestos en el interior de las manzanas. La claridad en la delimitación de lo público se correspondía con igual claridad en la definición de los diversos recintos del mundo privado y, entre ellos, de los diferentes umbrales y espacios de transición.
La acción ciudadana tiene también un papel significativo en este asunto, en cuanto ha sustituido o complementado la acción del Estado en la construcción, mejoramiento y mantenimiento del espacio público. Muchas comunidades han construido con su propio esfuerzo espacios para la recreación infantil y han logrado dar terminación y dotación a los espacios públicos de sus barrios y veredas, como parte de su gestión para elevar el nivel de su calidad de vida. El trabajo colectivo permite embellecer los espacios inmediatos a la vivienda y dar sentido a la vida en común.
2.2.2. La plaza como espacio arquitectónico
Se puede definir el espacio arquitectónico como una materialización del espacio existencial. Toda actividad significa estar en alguna parte.
Los mundos singulares descubren siempre la espacialidad del espacio que es propia de cada uno de ellos. En si mismo, el espacio carece de forma; su forma visual, su calidad luminosa, sus dimensiones y su escala derivan por completo de sus limites, en cuanto están definidos por elementos formales.
El espacio urbano según Bob Krier es todo tipo de espacio intermedio entre edificios, tanto si se trata de áreas urbanas como rurales.
Los centros focales también pueden definirse en términos puramente espaciales, es decir, como plazas. La calle y la plaza son los elementos básicos en una ciudad, y se puede considerar a la plaza como la primera creación humana de un espacio urbano.
La plaza puede ser definida como un espacio exterior accesible rodeado por edificación. En estas palabras se puede reconocer su historia: el ágora (del verbo griego ago, reunir) órgano vital y encuentro de los ciudadanos libres de la polis; los foros romanos, rodeados por imponentes edificios; las deliciosas plazas medievales, orgullo de cada ciudad y marco de los acontecimientos y manifestaciones de sus habitantes; las sorprendentes y equilibradas plazas del Renacimiento, surgidas de exactas relaciones tridimensionales; las plazas reales, con su arquitectura unificada; la plaza doméstica inglesa del siglo XVIII; la plaza romántica; y la actual de una época de crisis. (Nicoletti S. 2003)
A partir de la definición de plaza como espacio exterior accesible rodeado por edificación, se puede interpretar su relación con la arquitectura de cada época, siendo esta uno de los temas representativos del pensamiento cultural. El proceso y evolución de las plazas a través del tiempo está dado por su intención de uso y su planificación. Desde las plazas secas de la edad media, de forma orgánica e irregular utilizadas para reuniones del pueblo y como centro de comerciantes, hasta las plazas barrocas con gran complejidad de diseño y significación, monumentales en su mayoría y relacionadas con los principales edificios dentro del sistema de una ciudad uniforme; pasando por las renacentistas con sus exactas dimensiones tridimensionales y cerradas como un patio florentino, y las manieristas con diseño elipsoidal en tensión y ambiguas, ambas utilizando la perspectiva.