VI Los centros intergeneracionales: un modelo práctico
VIII. La profesionalización del trabajo intergeneracional
sionales en tales programas intergeneracionales y, en segundo lugar, aún son menos numerosos los trabajos relacionados con una figura profesional par- ticular vinculada específicamente al trabajo intergeneracional.
Sabemos, en el primer caso, que toda una gama variada de profesionales, de acuerdo con los supuestos, contenidos, objetivos y logros de los programas intergeneracionales, son convocados a aportar sus conocimientos y estrate- gias a sus respectivos desarrollos. Tal y como pone de manifiesto la revisión de la literatura especializada, el número de profesionales es tan amplio como la diversidad de sus contribuciones. Y tenemos cierta información acerca de qué es lo que opinan sobre el programa intergeneracional al que han contri- buido por las evaluaciones que los conductores de los programas realizan para valorar sus logros.
MacCallum et al. (2006) utilizaron, para el caso de Australia, el grupo de discusión y las entrevistas para obtener conocimiento sobre los progra- mas intergeneracionales que examinaron a través de la opinión-percepción de coordinadores de unos cuantos de esos programas, entre los que se conta- ban investigadores, profesores, músicos, historiadores, trabajadores sociales, gestores de la administración, educadores, psicólogos y directores de escuela. Un trabajo similar se está llevando a cabo a nivel nacional por el equipo de investigación, coordinado por Mariano Sánchez, que está realizando el proyecto INTERGEN: Descripción, análisis y valoración de los programas intergeneracionales en España (2006-2007), en el que, además de escuchar a mayores, jóvenes y niños participantes en programas intergeneracionales, se está obteniendo información de aquellos profesionales que pueden contri- buir con su opinión a construir una evaluación más sólida de esos programas intergeneracionales, y a tener una visión más completa de los efectos que las acciones de tales agentes, los profesionales entrevistados, tienen sobre sus respectivos y particulares compromisos con los programas.
También se pueden mencionar los trabajos de Perlstein y Bliss (1994) y Osborne y Bullock (2000), quienes muestran su interés –aunque no sean estudios centrados en el profesionalismo de alguna de las figuras profesiona- les vinculadas a lo intergeneracional– en poner de manifiesto la inexcusable colaboración de diferentes actores, desde sus respectivos campos de interven- ción, al diseño, planificación y desarrollo de un buen número de programas intergeneracionales (véase en MacCallum et al., 2006).
Pero los análisis más detenidos y más sistematizados que conocemos sobre el «trabajo intergeneracional profesional» son el de Rosebrook y Larkin (2003), y el de Sánchez, Larkin y Sáez (2004). Merece la pena detenernos en los pun- tos que, en relación con nuestro tema, abordan cada uno de estos dos textos, sobre todo pensando en el tipo de aportación que, al contrastarlos, pueden hacer a nuestro planteamiento y enfoque.
La visión de Rosebrook y Larkin sobre el especialista intergeneracional
Estas dos autoras norteamericanas formulan una serie de «orientaciones para el trabajo intergeneracional profesional» en las que apuestan deci- sivamente por el especialista intergeneracional, un profesional que pone en juego competencias y capacidades. Estas autoras elaboran un perfil del especialista que obedece a una serie de principios, de los que se derivan capacidades que debería desarrollar.
En primer lugar, el especialista intergeneracional se apoya en conocimientos procedentes, fundamentalmente, del área de los estudios del desarrollo huma- no en el ciclo vital, y los utiliza para planificar y ejecutar programas efectivos que reúnan a personas jóvenes y mayores para su mutuo beneficio. De este principio se derivan capacidades como las siguientes:
•Identificar necesidades similares y distintas de desarrollo que tienen los jóvenes y los mayores.
•Utilizar el conocimiento de cómo las personas aprenden en diferentes etapas de su vida para planificar actividades intergeneracionales desde una perspectiva interactiva y que acomode diferentes estilos de aprendi- zaje.
•Diseñar acciones intergeneracionales que estimulen el cerebro mediante ejercicio físico, interacción social y actividades cognitivas apropiadas.
•Reconocer la necesidad que tienen todos los grupos de edad de sentirse incluidos, cuidados y seguros.
•Comprender la importancia de asuntos tales como la amistad, el juego, la autoestima, la autonomía, la pérdida y el duelo, tal y como suceden en diferentes momentos de la vida.
•Reconocer signos de los problemas más típicos que pueden presentarse a los mayores y a los jóvenes, de modo que pueda orientar a estas personas y referirlas a terceros.
Un segundo principio de actuación de estos profesionales se refiere a la necesidad de apoyar el desarrollo de las relaciones intergeneracionales, uti- lizando de manera efectiva la comunicación. De aquí se derivan capacidades como:
•Comprender las diferencias y capacidades de desarrollo de jóvenes y de mayores en su vertiente social, lingüística, cultural, emocional, espiritual y física.
•Crear un entorno que promueva la interacción intergeneracional y mini- mice las barreras causadas por discapacidades físicas o diferencias cultu- rales o relacionadas con la experiencia de vida.
•Utilizar un lenguaje apropiado para fomentar las interacciones informa- les y planeadas entre los participantes de distintas edades.
•Transmitir a cada participante en el programa un interés positivo.
•Actuar de un modo empático y sensible en respuesta a la singularidad de sus colegas y de los participantes y sus familias.
Estos profesionales han de ser capaces también de entender y demostrar un compromiso con respecto a la colaboración y al trabajo en asociación con otras personas y entidades, de lo que se derivan capacidades como:
•Reconocer los beneficios tanto de compartir experiencias entre institu- ciones como de la formación profesional.
•Defender los beneficios de los programas intergeneracionales y educar a sus colegas acerca de la importancia de los mismos.
•Preparar tareas, horarios y presupuestos que respalden los objetivos de las organizaciones implicadas y reflejen un uso equitativo de los recursos que aporta cada una de las entidades colaboradoras.
•Organizar la formación para que el personal aprenda entre sí estrategias para gestionar los comportamientos problemáticos de los participantes mayores y jóvenes.
•Servirse de las innovaciones tecnológicas para facilitar y gestionar la comunicación y la colaboración entre instituciones.
•Cumplir con las exigencias éticas y de respeto necesarias.
En cuarto lugar, los profesionales que participan en programas intergenera- cionales han de saber integrar para el desarrollo de esos programas conoci- mientos procedentes de varios campos relevantes, como son entre otros la psicología, la sociología, la historia o la pedagogía. De ello se deduce que han de disponer de capacidades como las siguientes:
•Demostrar que conoce los fundamentos históricos, culturales y sociales de los programas intergeneracionales, así como los modelos que, con el paso del tiempo, han demostrado ser más exitosos.
•Reconocer cómo las experiencias culturales de cada generación dan forma de modo distinto a los valores y perspectivas tanto de los jóvenes como de los mayores participantes en el programa, lo que permite un intercambio de puntos de vista.
•Aplicar contenidos relevantes de disciplinas académicas para desarrollar actividades intergeneracionales efectivas.
•Estudiar metodologías tradicionales y novedosas que ayuden a abordar problemas intergeneracionales a nivel comunitario, social o global.
•Realizar investigación-acción para desarrollar el campo de los estudios intergeneracionales.
•Formular objetivos generales de los programas intergeneracionales que reflejen una perspectiva interdisciplinar sobre cómo cada generación tiene que contribuir al bienestar de las otras.
•Usar materiales apropiados desde el punto de vista del desarrollo con el fin de propiciar actividades que promocionen interacciones intergenera- cionales exitosas.
El quinto principio de actuación que, según Rosebrook y Larkin, estos pro- fesionales ponen en juego es el uso de técnicas de evaluación apropiadas y adaptadas de los campos de la educación y de las ciencias sociales, con el fin de informar sobre la marcha y los logros del programa en grupos y contextos diversos. Para ello han de demostrar las siguientes capacidades:
•Estar familiarizado y aplicar estrategias de valoración de los resultados del programa.
•Ser consciente del contexto comunitario en el que los programas funcio- nan, de modo que las políticas sociales más amplias y los recursos dispo- nibles estén en consonancia con los objetivos generales y los resultados intergeneracionales.
•Coordinar, para el beneficio de todos, el intercambio de información sobre la recogida de datos y el análisis entre las entidades colaboradoras.
•Contar con los participantes, con sus familias y con el personal técnico en el proceso de planificación y evaluación.
•Utilizar un enfoque interdisciplinar para aprovechar la investigación y las teorías actuales de cara a mejorar las prácticas intergeneracionales. Por último, el especialista intergeneracional es un profesional reflexivo, com- prensivo y afectuoso cuyo propósito fundamental es el de poner en contacto a jóvenes y mayores para su mutuo beneficio, lo que implica capacidades como:
•Facilitar emparejamientos de niños, jóvenes y mayores que puedan ser compatibles y ayuden a construir una relación basada en intereses, necesidades y metas compartidos a través de un programa intergenera- cional.
•Diseñar estilos interactivos eficaces para todos los grupos de edad.
•Se implica con regularidad en un proceso de autorreflexión que le ayude a crecer como profesional intergeneracional.
•Interesarse por conocer la opinión de otros colegas con el fin de promo- ver el pensamiento crítico y la resolución de problemas.
•Servir de guía a los nuevos profesionales que entran en el campo de los estudios intergeneracionales.
•Promover una comunicación positiva entre los distintos grupos que par- ticipen en el trabajo intergeneracional y ayudar a explicar la importancia de este campo al público general.
•Contribuir al desarrollo de la profesión a través de presentaciones en congresos, realización de investigaciones y diseminación de los resulta- dos, redacción de textos para publicar, lanzamiento de redes a nivel local, nacional e internacional.
En suma, el especialista intergeneracional, según este enfoque, es el profe- sional que moviliza toda esta serie de recursos, estrategias y habilidades con la intención de que tenga lugar, tanto en el diseño como en la ejecución, el encuentro de niños, jóvenes y mayores, a fin de lograr aquellos objetivos previamente formulados y satisfacer sus necesidades personales, culturales, sanitarias o económicas.
Si se analiza con detenimiento esta propuesta de principios de actuación y capacidades asociadas, nos percatamos de que se trata de la versión clásica y, por lo demás, predominante de las profesiones sociales y sus tradicionales competencias. Esta formulación del perfil profesional que tiene o debe tener el especialista intergeneracional, a juicio de Rosebrook y Larkin (2003), presenta una gran virtud, pero a nuestro juicio, también, una dificultad. La virtud es que va asociada a una serie de rasgos y características, de funciones y tareas que comparte con cualquier otra profesión social. Entre otras, iden- tificar-diagnosticar necesidades, planificar, intervenir, proponer alternativas, utilizar ciertos recursos y estrategias, propiciar el uso de las metodologías más adecuadas o evaluar, es decir, todas aquellas responsabilidades y competen- cias que son comunes a toda profesión social y que están orientadas al cono- cimiento de la persona joven o mayor y de sus problemas. Queda por definir, y Larkin y Rosebrook no lo abordan, lo que de propio y específico tiene el especialista intergeneracional, el profesional del que hablan.
Sin embargo, lo que hemos calificado de virtud, paradójicamente –he aquí la dificultad– está impidiendo visualizar la emergencia, configuración y competencias de un perfil del profesional que específicamente trabaje lo intergeneracional. De acuerdo con el planteamiento de Rosebrook y Larkin cualquier profesional de lo social, la salud, la economía, etcétera, podría auto- denominarse especialista intergeneracional en la medida en que su trabajo en programas intergeneracionales fuera reconocido y explícito. Y es evidente que las colaboraciones de todos estos profesionales son necesarias para la materialización de estos programas; de hecho, compartimos con Manière,
Aubert, Mourey y Outata (2005) el supuesto y la defensa de una potente inter- profesionalidad en el campo de los mayores, en sus diferentes dimensiones y actividades.
Sin embargo, la cuestión que se plantea es si al pensar en el profesio- nal de la intergeneración necesitamos pensar en un profesional diferente (de la psicología, de la política, de lo social, de la educación, de la eco- nomía o de la salud), experto no en el sujeto, sino en las relaciones, en la medida en que lo intergeneracional implica la interacción y el encuentro de sujetos de diversas generaciones. Es decir, si podemos concebir al profesional intergeneracional de manera diferente a otros ya reconocidos, como aquél que se ocupa de lo que acontece entre dos o más sujetos de diferentes generacio- nes y de los efectos que, con motivo de la actividad conjunta, se provocan en cada uno de ellos como individuos autónomos.
Desde nuestro punto de vista, el profesional de lo intergeneracional tiene ante sí, en lo obvio, la clave para su reconocimiento como tal profesional dife- renciado: centrarse en las relaciones que mantienen los participantes en los programas. Por ello pasamos a hablar del concepto de intergeneración.
8.3. Construcción del perfil profesional intergeneracional
Un profesional de lo intergeneracional no puede resumir sus funciones y com- petencias en el trabajo de poner en contacto a personas de diferente edad y que sea éste el criterio que dirima el tipo de interacción que va a existir entre ellas. La edad no dice nada de una persona salvo el tiempo que ha pasado por ella (Jullien, 2005). Para las ciencias de la salud o las jurídicas, por citar sólo dos ejemplos, la edad ha sido, respectivamente, un indicador de procesos de declive o de apertura a según qué derechos. En el terreno de las ciencias sociales el edadismo es un enfoque perturbador que determina políticas y estrategias que tienen el peligro de segregar en lugar de integrar. De manera similar, las generaciones no se definen por la edad sino por la época en que ellas vivieron; si queremos saber sobre las generaciones tenemos que acudir a estudiar las condiciones y el contexto en el que han vivido.
Por ello resulta poco útil enfatizar la edad de los individuos que, supuestamen- te, y por cubrir una misma etapa temporal, han de compartir ciertos valores,