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Ante todo lo analizado en páginas anteriores, es menester hacer referencia las experiencias vividas por diversas personas, miembros de una familia homoparental, cuya realidad ha trastocado los límites establecidos por nuestras sociedades occidentales.

Como primer ejemplo de ello tenemos el testimonio de Horacio, "...Horacio X tiene 31 años, estudia derecho, trabaja en un estudio jurídico y es candidato a legislador porteño por un partido pequeño. Desde los diez años lo crió su papá adoptivo, un profesor gay de la universidad, un exiliado político que prácticamente le salvó la vida. Horacio nunca conoció a su verdadero padre. Su mamá lo golpeaba. Horacio escapaba de su casa seguido. Su madre le rogó a su nuevo papá que se hiciera cargo de él. "Mi viejo tuvo la voluntad de ser padre. Y su inclinación sexual fue tomada muy naturalmente. La primera vez que trajo a un novio a vivir con nosotros, me dijo: mirá, él es mas que un amigo. Lo dijo como si fuera mi mamá la que presentaba un novio. Durante tres años, fuimos tres hombres viviendo bajo un mismo techo. Siempre fueron muy respetuosos. Entre los dos me ayudaban a rendir las materias y

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72 nunca repetí un año. Nunca mi viejo se planteó ser mi madre. Fue mi padre y listo. Nunca se planteó crear un sustituto de la familia tradicional.

Hoy en día, Horacio sale con cuatro mujeres a la vez. Un año atrás, se estaba por casar. Ya no. Dice que, mas allá de que tenga sus propios hijos, quiere adoptar..."14

Estas breves líneas nos llevan a considerar que en muchas ocasiones el padre homosexual puede brindar al niño la estabilidad y el amor, del que carecían sus progenitores.

Otro caso que nos llamó la atención es el de la española Mariela Muñoz, una transexual que crió a 17 niños, teniendo hoy 32 nietos y un bisnieto.

"...En 1993, Mariela Muñoz reclamaba su derecho de continuar con la crianza de las criaturas que le habían sido confiadas por sus madres de origen y que la justicia amenazaba con quitarle. Alguien había "denunciado" que Mariela era transexual. Ella ya había educado a otros hijos- en ese entonces adultos- que salieron rápidamente en su defensa. Ante el riesgo de perder a los niños que criaba, Mariela recurrió a los medios y solicitó la comprensión y el apoyo de la comunidad. Por primera vez el público debió tomar partido ante un problema que le resultaba extraño, extravagante quizá, pero que capturaba su interés.

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73 Las respuestas autorizaron a conjeturar que la comunidad apoyaba a Mariela que peleaba por defender su vínculo con aquellos niños a quienes consideraba sus hijos; las respuestas no incluyeron ira, burla u horror ante el desarraigo de los genitales masculinos- como había sucedido tiempo atrás a raíz de algunos programas televisivos-sino que expresaron simpatía ante la vocación maternal de Mariela. En el ámbito en el que se denominó caso Mariela, el deseo de criar hijos y la defensa del vínculo con los niños se transformó en un dato público que, entre otras variables, permitió evaluar desde otra óptica el modelo tradicional que regula la vida de innumerables familias.

Mariela Muñoz dijo a Clarín, en una nota publicada en el 97, que ahora quiere lograr un régimen de visitas para ver, a los que considera sus hijos.

En diciembre de 1993, el Juez de Menores de Quilmes, Pedro Entío, decidió anular las partidas de nacimiento de dos mellizos y una nena que ella cuidaba desde su nacimiento y que había anotado como hijos propios.

Además el juez le dictó a Mariela un año de prisión preventiva en suspenso. Los chicos fueron a vivir con familias sustitutas y ella no los volvió a ver. Ahora, intentará que la justicia civil le otorgue un régimen especial para ver a los niños.

"Ahora más que nunca voy a luchar por ellos porque el corazón no sabe de leyes ni códigos fríos. Siempre di vida y amor, creo que merezco esto", dijo Mariela.15

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74 Es evidente que la condición como persona que se debe considerar, para su mejor función como padres, son sin duda sus cualidades morales, de sentimientos y responsabilidad, en el trato y valores que puedan dedicar y trasmitir a sus hijos, y que nada tiene que ver con su identidad sexual, y siempre se encuentre dentro de la relaciones de respeto y libres entre adultos.

Hay deficiencias naturales en las personas que ponen en desventaja natural a éstas frente al resto de la sociedad y por tanto necesitan de una especial atención y protección por la sociedad, para así, suplir esa deficiencia y equipararnos todos en igualdad de posibilidades y oportunidades para toda actividad o función social.

La homosexualidad, evidentemente, no es una deficiencia natural que suponga desventaja alguna para ninguna función social y por supuesto tampoco para formar una familia, como lo puedan ser algunas deficiencias naturales, en limitación o carencia de facultades que pueden incapacitar para hacer ciertas labores. En realidad, la homosexualidad en sí misma no se puede considerar o tratar como una deficiencia, ni tan siquiera como un problema, a lo sumo, se podría decir que es un pequeño desajuste de la naturaleza, sin más. El problema está en la marginación o rechazo social que se sufre por esta razón; es decir: El problema está en un sector de la sociedad que en mayor o menor medida, de una forma más o menos infundada, insensible y reaccionaria, rechaza esa naturaleza. De tal forma qué, por ejemplo, para una persona parapléjica, su limitación física es la propia causa de su problema, y es lo que le puede impedir o incapacitar para determinadas labores. Para una persona homosexual que es perfectamente válida para cualquier labor, quien le incapacita o limita, es la propia fobia social hacia esa condición. Quiere decirse que la causa de su

75 problema no está en esa imperfección o desajuste natural, su problema está en la deficiente condición, forma de ser, o naturaleza, de un determinado grupo de personas que no acepta la condición homosexual. Por tanto solucionar este pequeño problema de la homosexualidad, está en solucionar ese gran problema que padece ese sector social, con esa fobia o aversión hacia la homosexualidad. Quiere decirse qué tenemos dos sectores sociales afectados por un mismo problema: Un sector de la sociedad que padece una determinada fobia y otro que sufre las consecuencias de esa fobia, y por tanto ambas partes necesitan de la ayuda del conjunto social.

El poner impedimentos a personas homosexuales para que puedan constituir una familia, es un problema que afecta no solo a ese colectivo, afecta a toda la sociedad, puesto que nos perdemos todos un servicio social importantísimo del que estamos muy necesitado, y el único problema natural o barrera física que puede tener la persona homosexual para constituir una familia en condiciones normales, es en cuanto a la reproducción, pero eso es un problema menor y de fácil solución, con las adopciones y con las técnicas de inseminación artificial.

Por tanto el único problema importante y serio en este conflicto social, es la fobia hacia la condición homosexual, que ha de considerarse y ser tratado como un problema que sufren alguna gente y que igualmente son necesitadas de ayuda. Necesitan de la comprensión y del apoyo de todos para superar esas fobias aunque no podemos decir que toda causa del problema está en la conducta de las personas que rechazan y marginan la homosexualidad. Como en cualquier conflicto, las dos partes en litigio tienen que hacer un mismo esfuerzo de reconciliación, aunque crea la parte

76 en principio víctima o perjudicada que el único que tienen que ceder y deponer su actitud, es solo quien le tiene hostigado y usurpado sus derechos

Tampoco podemos definir este rechazo social hacia la homosexualidad, generalizándolo como una fobia, como una patología. No quiere decir que no haya gente que no la sufra, pero en esto, como en todo, se muestra un gran abanico de grados en su manifestación social, en casos pequeños prejuicios o reticencias, muchas veces por engañosas influencias y desconocimiento, y en otros tiene como fondo la defensa por ambas partes de derechos legítimos y enfrentados, que en casos pueden fácilmente achacarse razones xenófobas, cuando en realidad no las hay.

Las dos partes deben saber adaptarse y orientar sus esfuerzos hacia un punto de confluencia común, intermedio, de tolerancia y reconciliación. En todos los problemas de la vida podemos observar que la solución está en ese punto intermedio de ceder en las posturas de cada cual, no se trata de frenar primero y luego someter a la parte más reaccionaria o de quien infringe o ha infringido el daño tradicionalmente, de quien usurpa, o a usurpado nuestros derechos, sino de buscar formas de aproximación graduales, de continua adaptación y aceptación hasta llegar a ese punto intermedio de equilibrio, de reconciliación, de mínima y necesaria justicia en respeto a los derechos naturales de ambas partes. Como es un problema de aflojar más que de tirar, quien más tiene que aportar, es quien más sentido común y mejor talante y mas madurez como persona se considere a si mismo que dispone o pueda aportar. Somos mucho más permisivos tolerantes con una acción negativa o reprobable hecha por un niño, que esa misma acción hecha por un adulto. Pues muchas veces hay adultos que actúan como niños y tenemos que ser igualmente

77 tolerantes. Por tanto no es una cuestión de actuar estrictamente en justa medida, o en justa contrapartida, sino e justa comprensión y tolerancia y quien más tenga de estos elevados valores, en mayor medida está obligado a contribuir.

Cuando tenemos un hijo rebelde que no acepta ninguna norma de convivencia establecida, por muy razonable que sea esta norma, y tiene una actitud rebelde, reaccionaria contra todo, no solo es necesario educar al hijo con las técnicas de orientación y persuasión adecuadas, sino también es absolutamente necesario educar a los padres con este fin, y en donde seguramente tienen que ceder en muchas de sus actitudes que puedan parecer en justa medida y tradicionalmente razonables, aunque parezca que el único que tiene que deponer en su actitud reaccionaria o violenta, primero, sea el hijo rebelde.

En toda relación humana ocurre lo mismo, no podemos creer que el único que lo hace mal, es aquel que reacciona contra nosotros cuando defendemos lo que creemos justo y razonable en legítimos derecho, aunque se haya sufrido más los efectos de la violencia e intransigencia, y la parte contraria se halla rodeado de esa aureola de hostigador y malvado, de toda sin razón, y que como tal „sin razón‟ ha de extinguirse. Hay muchas veces en nuestras justas reivindicaciones pretendemos avances excesivos en nuestros “razonables” planteamientos, e incluso sin darnos cuenta los acompañamos de un cierto revanchismo, por los perjuicios sufridos con anterioridad, muchas veces en casos y con cosas totalmente innecesarias, y que son justamente los que crean conflicto y bloquean todo avance. En lo que no es necesario para equiparase en derechos fundamentales y reivindicar nuestra dignidad como personas, hay que ser tolerantes, sobre todo en cuestión de formas.

78 Los que vemos el problema desde fuera nos hacemos la siguiente pregunta: ¿Que más le da a ambas partes que se llame de una forma u otra, para tener que enfrentarse por esta causa, precisamente cuando se dan ahí las razones más importantes de desavenencia y por tanto de crispación y enfrentamiento? Cuando se da tal circunstancia, que desde fuera se puede ver como absurda e incluso como una trivialidad infantil, hay que hacer un esfuerzo de comprensión y ver que hay en el fondo de todo esto, el significado que encierra este asunto más allá del significado literal de las palabras, para mantener tal inmovilidad e intransigencia en ambas posiciones.

El término „matrimonio‟ para muchas personas reviste un significado que tiene una estrecha relación con sus sentimientos espirituales, y por tanto podemos decir que es un término con connotaciones o simbolismo sagrado. Evidentemente para cualquier persona que no cree o no tiene fe, estas cosas no tienen sentido. Pero para la persona creyente, por poco fundada que pueda estar su creencia con argumentos demostrativos o experimentales, es una poderosa convicción intima que no puede cuestionar siquiera a si misma, y que preside todo argumento racional en su vida. Mancillar el nombre de un valor sagrado, es herir en lo más íntimo a la persona. Podemos decir que nadie mancilla, ni puede sentir mancillado ese valor por el hecho de reivindicar unos derechos absolutamente legítimos y que además van en beneficio de toda la sociedad. Bueno, esto puede ser así, pero fijémonos en un detalle: Ese valor sagrado que se representa y se sustancia con esa palabra: „matrimonio‟, no hace estricta referencia o tiene su origen por razón exclusiva de la unión de dos personas, sino también a la unión o fusión del principio femenino y masculino de la creación.

79 Hablamos de consideración o devoción hacia un símbolo. Y ese valor sagrado está acuñado con ese nombre por una larga tradición y arraigo a lo largo de 2000 años de historia en el subconsciente colectivo de ese grupo social. Y para esta gente, eso, está más allá de los valores y derechos propios de la vida física, y se hace trascendente. Trasciende a cualquier planteamiento dialécto en cualquier derecho moral, material y discursivo de la razón. No es porque se sienta mancillado o ultrajado el nombre por una fobia mal entendida, o por una conducta moral que pueda creerse desviada respecto a su moral religiosa, sino porque es un término que adquiere un valor trascendental para estas personas y como hemos dicho, en este caso, tiene de fondo y simboliza el principio masculino y femenino de la creación, primer vinculo a su origen de ser, a su razón de existir, en una creencia que van mas allá de lo explicable incluso para sí misma, y que toca lo más sensible, incuestionable y permanente de su ser. Nuestra pregunta en este caso va dirigida al sector homosexual, que aún pensado, y que todo y así, eso puedan ser razones infundadas ¿Vale la pena correr el riesgo de poder estar cometiendo en verdad un agravio innecesario cuando los objetivos fundamentales ya se están consiguiendo? ¿Cual es la verdadera razón por la que se exige refrendar este derecho con el mismo término?

Es evidente que las formas es lo de menos, pero sin embargo es lo que más nos enfrenta y añade más fractura social en cuestiones absolutamente triviales e innecesarias. En la lucha por la reivindicación de derechos invadidos y usurpados, se ha de ser especialmente moderado y saber esperar a que se haga el retorno de forma natural, sin forzar, por su propio camino, y por supuesto no ir más allá de lo estrictamente necesario. Puesto que puede dar la sensación que no se pretende solo la reconquista de nuestros derechos, sino la derrota de aquel, que antes nos ha tenido

80 sometidos, y eso suena a revancha y humillación. Ocurre lo mismo que con la pretendida ley de igualdad de la mujer en derechos, cuando se esta presionando sobre los derechos del hombre dando una sensación revanchista de derrotar, no de igualdad, al extremos de considerar la condición de hombre como único causante y por tanto único culpable. En realidad se abre una brecha artificial de diferencias: La mujer es la víctima y el hombre es culpable a priori y por su condición sexual, cuando sabemos que la maldad anida indistintamente en ambas partes. Por tanto cuando se han adquirido lo derechos básicos, es importante no ir más allá en algo que no es fundamental o necesario, ni justo, y ser prudente en las formas de aplicación para no exceder el límite de esos derechos. Mantener un término medio de pretensiones en justo equilibrio, es el único punto donde se puede extinguir el conflicto.

Tener hijos es la tarea social más importante a la que nos debemos. Todas las personas salvo excepciones de clara incapacidad y que ésta no pueda ser suplida convenientemente por la colaboración social, deberían tener hijos, y las personas homosexuales evidentemente no tienen ninguna incapacidad que se lo impida, y por supuesto como cualquier persona que se disponga a emprender tal tarea tiene que tener todo el apoyo y amparo social necesario e íntegro. Por tanto, las condiciones que se deberían exigir para formalizar estas uniones, que esto es extensible tanto a parejas homosexuales como heterosexuales, es que esos derechos sociales de apoyo y protección en relación a la pareja tengan validez a partir de que se tengan hijos. El único vinculo de unión que proporciona los derechos de protección social entre pareja, son los hijos, no la firma de un papel o una declaración de intenciones.

81 Respecto a la educación de los hijos por parejas homosexuales, a priori y objetivamente y por esa única razón, no puede apreciarse más problemas que el que se da en el común de las parejas, pero hay una cuestión que nos tiene en cierta medida preocupados y no se como y en que medida puede afectar negativamente a nuestros hijos, y es el ejemplo de vida. Puesto que todavía no hay datos estadísticos o estudios suficientemente exhaustivos y concluyentes, y por tanto fiables. Pero en esta valoración de riesgos que son muy importante, solo podemos de momento aplicar el sentido común y la lógica. Quizás esperar a ver resultados definitivos en los estudios, signifique utilizar a mucho de nuestros pequeños como conejillos de indias, esperar a que se den uno resultados muy amplios, con unos perjuicios que no puedan ser evitados una vez se detecten. Me refiero a la posible influencia que puedan tener los hijos en su orientación sexual en el seno de una familia de padres homosexuales. Considerando de antemano, que si bien, las personas homosexuales que acepta y estima su condición, con el orgullo de sobreponerse a los tabúes y lacras sociales asociadas a esa condición, suponemos que no deja de considerarlo una natural deficiencia que no hubiese deseado para sí y por tanto para nadie, ni tampoco para sus hijos. Aunque no pase nada si así lo fueran.

Antes hemos dicho que la homosexualidad se manifiesta como un problema social en dos frentes: Los que sufren la fobia hacia esa condición y el propio colectivo homosexual que sufre las consecuencias de esa fobia. Por una parte, concebir o adoptar hijos por parejas homosexuales aporta una importante solución a este problema. Estos colectivos se integran en una labor de un gran servicio social y por tanto son pasos importantes para salir de esa exclusión o marginación de la que han estado tan injustamente sometidos. Y en cuanto a los niños que crecen dentro de este

82 ambiente familiar es prácticamente imposible que pueda desarrollar fobias hacia la homosexualidad, puesto que aprenden a valorar a las personas por lo que son, no por lo que aparentan, y sin influencias contrarias, o prejuicios establecidos. Pero en contrapartida pueden dejarse influir por esa condición homosexual, imitar esas conductas que perciben con total naturalidad en sus padres.

Las personas que tienen claramente definida su orientación sexual, bien sea, tanto homosexuales como heterosexuales, es muy difícil, por no decir imposible, que las circunstancias puedan influir o modificar su orientación sexual. El problema está en aquellas personas que no tienen claramente definida su orientación, y es fácilmente influenciable por el entorno familiar y social en el que se desenvuelven. Tienen