Este simple hecho ya sugiere que la crítica de la justicia encontrará en estos textos un eco particularmente claro:
LA RECONSTRUCCIÓN A PARTIR DE LA TABLA RASA
Si bien no poseem os más que breves fragmentos de Pro- tágoras, y su interpretación plantea frecuentes problemas, resulta en cam bio que Platón le hizo pronunciar un largo discurso en el diálogo que lleva su nombre. Todos los deta lles sugieren una imitación muy fiel del sofista, imitación que se manifiesta hasta en el estilo y en los métodos de razonamiento. Aunque, por otra parte, estas características no eran palpables, sería absurdo imaginar que Platón se toma tanta molestia para poner en boca de un personaje tan con ocido ideas que no fueran suyas.
Ahora bien, este texto, con el mito que constituye su parte esencial, expresa una teoría muy firme en defensa de la justicia: muestra, en efecto, que sólo ciertos valores morales permiten el bienestar del hombre, haciéndole posi ble la vida en sociedad. Con esta idea, toda la reflexión sofística cambia de sentido: lo que ya no se justificaba con la referencia a los dioses o a lo absoluto encuentra de improviso todo su premio en función, esta vez, de la vida humana y del interés m ism o de los hombres.
Hay que confesar, sin embargo, que en el mito estos valores tienen el aire de seguir vinculados a los dioses y a sus dones, ya que son estos dones los que permiten a los hombres vivir en sociedad. Este hecho — al cual volveremos más tarde— 1 confirm a que a los ojos de sus contem porá neos Protágoras no hablaba ni se com portaba com o un ateo, pero no debemos sobrestimar el sentido. Sólo se tra ta de un mito, es decir, de una forma de expresión figura da y relacionada con un m arco tradicional en el que cada
uno borda libremente para hacer aparecer ciertas ideas. De hecho podía elegir entre el empleo del mito y el del discur so razonado o logos', eligió el primero, que presenta, dijo, un mayor atractivo (319 c); pero está claro que este atrac tivo se basa en un p o co de invención. Lo que cuenta no es esta envoltura poética, con Zeus, Prometeo y Epimeteo, sino lo que acaece a los hombres y por qué.
Esto es tanto más cierto cuanto que el mito de los orí genes de la humanidad y de sus progresos era entonces un tema de m oda que se encuentra en m uchos autores. El Pro
meteo encadenado de Esquilo relata cóm o vivía el hombre
en sus orígenes, «entre el desorden y la confusión», sin poseer técnicas ni conocim ientos hasta que Prometeo Ies concedió el don de todas las artes que hacen la civilización. La Antigona de Sófocles evoca la misma serie de inventos, atribuyéndolos al hombre, pero concluyendo que no son nada si no se emplean para el bien. Eurípides, en Las supli
cantes, vuelve a su vez al tema, evocando la vida «confusa
y bestial» de los com ienzos (201), describiendo después los inventos sucesivos y ensalzando «a aquel de entre los dio ses» a quien los debe el hombre. Se encuentran, en fin, cua dros del mismo género en el tratado Sobre la medicina anti
gua (3), en el fam oso texto del Sísifo, citado más arriba
para la invención de los dioses, y en un texto de D iodoro de Sicilia (1,8) que, según las hipótesis de ilustres sabios —hoy en día un p o co discutidas—-, se remontaría a Democrito.2 El tema vuelve a encontrarse en Arquelao, el discípulo de Ana- xágoras y maestro de Sócrates, que analizó el m odo en que los hombres en su aparición se distinguieron de los anima les. Se diría que toda esta época no deja de maravillarse de lo que ve florecer para gloria del hombre, al principio tan desvalido.
Por lo demás, esta clase de evocación debía perpetuar se durante m ucho tiempo: se sabe la amplitud que adquie re, cin co siglos más tarde, por el libro V del poem a de Lucrecio.
Se trata de un marco muy con ocido en el cual el análi sis podía adoptar fácilmente la form a de un relato más o menos ficticio. Pero se trata también — el número de los textos es la prueba— de una reflexión esencial sobre los inicios y la evolución de la humanidad. Ésta debía de ser además particularmente importante a los ojos de Protágo-
ras si podem os interpretar en este sentido el título de un tratado suyo que no poseemos pero que llevaba el título de
Sobre ¡a condición pñmera.
En estos relatos ficticios es capital, claro está, señalar la naturaleza de los inventos sobre los cuales insiste cada autor. Ahora bien, si hay entre ellos pequeñas diferencias, la originalidad de Protágoras, comparada con los otros, sal ta a la vista: de toda la serie, es el único que no hace depen der la evolución de la humanidad de las artes y la técnica, sino que introduce en la historia del hombre dos tiempos sucesivos: primero llegan las artes y la técnica, otorgadas p or Prometeo, y después las virtudes políticas, donadas por Zeus.
Esta doble intervención es necesaria por el hecho de que las artes y la técnica no bastan para corregir la confusión y la bestialidad de los orígenes: al contrario, dejan al hom bre bajo la amenaza de un aniquilamiento completo, debido todo ello a las luchas contra los animales y a las luchas con tra los otros hombres. Protágoras, siempre según Platón, lo dice con elocuencia: los hombres no tienen ciudades; son destruidos por los animales; «y su industria, suficiente para alimentarlos, seguía siendo impotente en la guerra contra los animales; porque aún no poseían el arte político, del que forma parte el arte de la guerra. Intentaron, pues, agru parse y fundar ciudades para defenderse, pero una vez agrupados, se lesionaban mutuamente [el verbo, en griego, es adikéin], por falta del arte de la política, de tal m odo qué empezaban de nuevo a dispersarse y a perecer» (322 b).
Unirse y form ar ciudades: ésta fue sin duda la originali dad de los hombres y la obligación que les imponía su debi lidad. Para otros autores, el principio de esta agrupación no pareció plantear problemas; Sófocles había hablado de las «aspiraciones de donde nacían las ciudades» (354); Isocra tes evocaría a los hombres uniéndose gracias a la persua sión; gracias a ella, escribe, «nos hemos reunido para cons truir ciudades, hemos promulgado leyes» (N icocles, 6 =
Intercambio, 254); incluso Platón mostraría en La república
a los hombres agrupándose en ciudades a fin de satisfacer sus necesidades, lo cual no podían hacer individualmente. Pero había una primera condición para hacer posibles y duraderos estos agrupamientos, que sólo Protágoras dedu jo. Sólo él distinguió dos tiempos en la evolución, separan-
do las artes y la técnica de las virtudes políticas para ase gurar así a estas últimas un papel privilegiado y decisivo. La originalidad de Protágoras en relación con otros tex tos que se remontan al nacimiento de las sociedades reside enteramente en este papel dado a las virtudes políticas.
Se puede aducir, claro está, que nuestro sofista justifica con ello su propio papel en la ciudad ateniense; tal es, en efecto, el objetivo confesado de su exposición, pero este acuerdo entre su papel práctico y su doctrina no quita valor a la importancia de esta última, ni m ucho menos, porque el análisis es nuevo, coherente y preciso.
Protágoras indica claramente el papel de las virtudes políticas: «Entonces Zeus, inquieto por nuestra especie amenazada por la desaparición, envía a Hermes para que lleve a los hombres el pudor y la justicia (aidós3 y dike), a fin de que hubiera armonía y vínculos creadores de amis tad en las ciudades.»
Es más, Zeus hace que estos sentimientos nos sean dados a todos: «Porque las ciudades no podrían subsistir si sólo los poseyeran unos cuantos» (322 d); los hombres que fueran incapaces de participar en ellas deberían ser conde nados a muerte: este corolario refuerza el carácter de salud pública que se asocia con estas virtudes.
¡He aquí la justicia que ya no sancionan los dioses, esti bada de manera inamovible en la vida humana, cuya con servación sólo ella asegura. [Ahí está la garantía de la vida en sociedad, única form a de vida posible para los hombres! ¡Ahí está, convertida indirectamente en producto de prime ra necesidad para el individuo, que tiene demasiada ten dencia a olvidarla!
De pronto com prendem os que, para Protágoras, estas leyes que aseguraban la cohesión del Estado pudieran ser tan importantes, y que este agnóstico pudiera ser designa do legislador que debería dar sus leyes a la ciudad nueva de Turio, colonia panhelénica fundada por Pericles com o ciu dad modelo.
La justicia, en efecto, permitía el éxito del grupo y, por consiguiente, el de cada uno. No olvidemos nunca que la gente de entonces estaba convencida de que la felicidad del individuo era función de la del Estado: Tucídides pone este pensamiento en boca de su Pericles, y Sófocles en la de su Creón, pero esto no era en Protágoras una simple afirma
ción de principio, lanzada sin demostración: su análisis del desarrollo de la vida humana establecía claramente que fuera de los grupos organizados no había supervivencia posible.
Cada uno necesita a los demás. Cada uno necesita for mar con ellos un grupo unido y coherente.4 Semejantes aso ciaciones implican el respeto hacia el prójim o y el recono cimiento de derechos recíprocos. Nuestro interés pasa por el sentido de la justicia.
Podría decirse que este principio implica una especie de contrato por el cual cada uno se vincula a los otros para obtener las ventajas inherentes a semejante pacto: aunque Protágoras no formula la idea bajo esta forma, se reconoce en ella el germen de lo que m ucho más tarde se llamaría el «contrato social».
Por ahora sólo se trata de un germen; pero parece ser que en el siglo v esta idea ya ha empezado a brotar por todas partes.
Se ha discutido en qué medida este término de «contra to social» podía aplicarse a las doctrinas que imperaban entonces. Los sabios han encontrado que (por lo menos en ciertos textos) la idea no se presentó com o constituyente de una etapa histórica real. Otros juzgan que (al menos en ciertos textos) no se dio suficiente relieve a la obligación moral de obedecer la ley. Éstas son querellas bastante fúti les; no se trata de volver a encontrar en el siglo v las for mas rigurosas de las doctrinas ulteriores; pero, con más o menos matices, la idea existía; esto es lo importante. La vemos afirmarse con fuerza en muchos, entre otros en los sofistas: bajo formas diversas, surge por doquier.
Sólo aparece en las argumentaciones que son muy diversas, y hay que destacar su ambivalencia si se quiere evitar los malentendidos y com prender en toda su fuerza el pensamiento de Protágoras.
Ciertos textos sofísticos, en efecto, utilizan la idea de contrato, o de acuerdo, para mostrar que la ley no tiene ningún fundamento absoluto. Ésta es una de las formas que puede adoptar la idea. Se puede decir que la ley es esencial, por ser el fruto de un acuerdo al que debemos la supervi vencia y que continúa siendo válido: es lo que sostiene Pro tágoras. Podem os decir que la ley es desdeñable por no ser sino una simple convención.5 Tal es la argumentación de
quienes querían sacar a la luz el carácter artificial y arbi trario de los textos de leyes. ¿Cóm o demostrarlo m ejór que insistiendo en la intervención humana que había estableci do deliberadamente sus bases? Los autores hablaban enton ces de acuerdos y de pactos.
Es el caso de Hipias, que en Los Memorables de Jeno fonte (IV, 4, 13) define la justicia com o «aquello que los ciu dadanos han decretado conviniendo juntos (synthemenói) lo que debe o no debe hacerse».
También es el caso de Antifón, cuando opone la ley a la naturaleza y declara: «Lo que es de la ley está establecido por convención (homologuethenta) y no se produce por sí solo: lo que es de la naturaleza no resulta de una conven ción, sino que se produce por sí m ism o.» Y el resto del tex to reitera la frase, haciendo intervenir a «quienes han con cluido la convención», com o si hubiera en ello un acto determinado, situado en un momento temporal y repetido para cada generación.
Es el caso de un sofista un p oco más tardío, que fue al parecer discípulo de Gorgias y se llamaba Licofrón. Sólo sabemos de él lo que cuenta brevemente Aristóteles; el tes timonio es formal, ya que Licofrón, según Aristóteles, lla maba a la ley un acuerdo, un tratado (.synthéke) y decía que se justificaba com o «garantía de los derechos recíprocos» (fragmento 3). Por lo demás, agregaba que no podía hacer a los hombres buenos y justos, distinguiendo así de mane ra radical entre el contrato social y la ética.
Estos autores, o más bien estos textos (se verán más lejos las razones de esta rectificación), no van en el mismo sentido que Protágoras. Por lo menos prueban muy bien que, bajo la forma de «convención», de «acuerdo» o de «contrato», la idea era muy conocida por nuestros sofistas y constituía uno de los temas de m oda de la época.
¿Sucedía lo mismo con la justificación de la justicia que creía encontrar en ella Protágoras? ¿Permanecía aislada? Saber esto es todavía más importante.
Esta justificación no estaba aislada. Ya es hora de descubrir por fin esta otra cara del pensamiento de la época: enton ces veremos que la justificación ofrecida por Protágoras encuentra un eco notable y que, mediante argumentos nue
vos fundados en el interés, se anuncia un p o co por doquier una defensa de la justicia, entre los mismos sofistas y los moralistas ajenos al movimiento, o un intento de responder a las críticas que ya hemos visto.
En todos, efectivamente, se observa la marca de un esfuerzo obstinado para defender la ley com o una inven ción humana saludable entre todas. Algunos insisten en la existencia del contrato, y otros no; algunos hablan de utili dad, otros de com prom iso, pero todos los que querían defender a la justicia y responder así a las tendencias críti cas de la época, encontraron en estas nuevas perspectivas un argumento maravilloso; la ley, que ya no tenía a los dio ses com o valedores, hallaba otros nuevos en el interés bien entendido de los hombres. Así la justicia se reconstruía.
Es la tesis que encontramos en un texto debido proba blemente a un sofista citado con el nom bre de Anónim o de Jámblico, porque nos llegó bajo la form a de una larga cita ción del Protréptico de Jámblico. ¿Quién era este anónim o? Todo el m undo coincide en pensar que escribió durante la guerra del Peloponeso y la mayoría admite que era un sofis ta, aunque también se pensó en Demócrito. Pero, ¿qué sofista? Los nombres sugeridos son múltiples, con una pequeña preferencia por Hipias o Protágoras.6 Retengamos sólo estas vacilaciones: son testigo de la m oda de que goza ban estas ideas y de la facilidad con que eran copiadas y matizadas por unos y otros en una especie de diálogo sutil.
Ahora bien, el texto, que está impregnado de debates sobre la ley y la naturaleza, o de alusiones hechas por algu nos a la cobardía que constituye la obediencia a las leyes, propone una defensa resuelta de la ley; la fundamenta en la necesidad que tiene el hom bre de vivir en sociedad. «En efecto, si es cierto que los hombres han nacido incapaces de vivir aislados y se han reunido bajo la presión de la nece sidad, si toda su vida ha sido inventada por ellos, así com o las técnicas que la aseguran, y si no pueden coexistir y com partir su existencia en ausencia de leyes (porque entonces esto sería peor que la vida en aislamiento), todas estas razo nes im ponen necesariamente que la ley y la justicia reinen entre los hombres y no puedan ser abolidas: se trata de un vínculo poderoso, en armonía con la naturaleza.»7
Sin la mitología del Protágoras, se reconocen los dos tiempos distinguidos por Protágoras en Platón, ya que entre
el aislamiento y la civilización surge, al menos en el pensa miento, el desastre que padecería una asociación que no estuviera regida por la ley; con más audacia todavía que el texto del Protágoras, el autor junta incluso la ley y la natu raleza, ya que el vínculo social que necesita la ley se basa en la naturaleza. Por otra parte, com o en Protágoras, esta justificación no alude sólo a la ley y a la legalidad, sino también a la justicia; el autor repite varias veces las dos palabras juntas: el grupo humano necesita ante todo un espíritu de unión y de equidad.
Unido, este grupo es soberano; he aquí a nuestro autor respondiendo al sueño del superhombre, tal com o lo evoca Calicles en el Gorgias: este hom bre no .sabría imponerse contra la fuerza de la justicia. «Imaginemos a un hombre que fuera por naturaleza, y en el origen, físicamente invul nerable, inaccesible a las enfermedades y al sufrimiento, excepcional y de acero en su cuerpo y en su alma; tal vez habríamos podido pensar que su superioridad sería sufi ciente para servir a su am bición (este hombre podría, en efecto, sin someterse a las leyes, permanecer fuera de su alcance); pero juzgaríamos mal, porque, si un hombre así existiera, lo cual es imposible, no podría encontrar salva ción más que aliándose con las leyes y la justicia y utili zando su fuerza para ellas y para lo que las corrobora: de otro m odo, no resistiría; el conjunto de los hombres serían, al parecer, sus enemigos y, gracias al uso de las leyes y a su número, lo vencerían y dominarían por astucia o por la fuerza. Es manifiesto que la superioridad, en calidad de tal, no está asegurada sino por la ley y la justicia.»
El texto, aquí, es notable en la medida en que responde al individualismo del hombre fuerte; pero también lo es en la medida en que, precisamente por esta razón, insiste más que el mito de Protágoras en el interés de cada uno y no solamente en el de los hombres en general: el vínculo colec tivo es una necesidad natural y no deja ninguna puerta abierta a los rebeldes, sean cuales fueren sus medios. El Zeus del Protágoras decía que era preciso matar a aquellos que carecían del sentido de la justicia: el Anónimo de Jám- blico dice que están automáticamente destinados a desapa recer.
Continúa, p or otra parte, evocando de manera directa las ventajas de la justicia en la vida cotidiana: aquí ya no se
trata del origen de las leyes sino de su respeto y su mante nimiento en el presente; todos los bienes son presentados com o resultado de este respeto y de este mantenimiento: la