Desde el siglo IV de nuestra Era no sólo el cristianismo, hasta entonces la religión subalterna en su gran mayoría de los pobres, marginados y perseguidos en el Imperio Romano, sino también la historiografía eclesiástica, se convertirán en elementos fundamentales para consolidar la hegemonía de los poderes económicos, sociales y políticos de turno. A partir de entonces la memoria de todas aquellas comunidades cristianas que intentaron constituirse en alternativa frente a la cristiandad hegemónica (entendida esta como una forma determinada de relación entre la Iglesia y la sociedad civil, cuya mediación fundamental es el Estado), quedo sumergida bajo el estigma de la heterodoxia, la herejía… el domino de la historia y su interpretación quedo en manos de los que perpetuaron en el poder olvido y silencio sobre las tradiciones disidentes: Desde la ―victoria‖ del Emperador Constantino, según la versión del historiador Eusebio de Cesarea (263.339), y el ascenso de la iglesia al poder como religión oficial del Imperio romano, el cristianismo asumiría el modelo de Cristiandad como su expresión socio- histórica y política dominante a lo largo de los siglos. Sin embargo en el devenir del
historia inédita que desde hace algunos años ha comenzado a revelar su importancia para el compromiso de lo que podríamos llamar estirpe radical en la historia de la Iglesia; conformada por todos aquellos movimientos cristianos que se constituyeron sobre el doble eje programático de, por una parte fidelidad a la experiencia del seguimiento de Jesucristo entre los primeros cristianos y por otra compromiso ineludible en la construcción del Reino de Dios.
Los términos; heterodoxos, herejes, sectarios, fanáticos, utópicos, milenaristas, apocalípticos, espiritualistas… y todos aquellos que corresponden al archivo de los disidentes perseguidos por la Inquisición y los tribunales religiosos y judiciales de cualquier siglo y confesión, términos que transmiten por sí mimos una visión estigmatizadora y peyorativa sobre quienes recae este tipo de calificativos – algunos de los cuales son usados todavía en nuestros días como adjetivos de mala reputación para desacreditar a grupos y movimientos pasados y presentes, se convierten en claves hermenéuticas fundamentales para reconstruir la historia de los movimientos cristianos de renovación y fidelidad radical, en muchos casos populares y revolucionarios, que contestaron proféticamente como cristiandades de su tiempo.
Reinterpretar la historia del cristianismo a partir de tales movimientos radicales a la luz de sus objetivos enunciados implica precisamente emprender un esfuerzo de investigación desde el reverso de la historia.
1 Las sombras de Constantino.
En una obra reciente; La memoria del Pueblo Cristiano. Una historia de la Iglesia en los primeros siglos, de fundamental importancia para la lectura latinoamericana del cristianismo
primitivo, Eduardo Hoornaert distingue dos modos de enfocar la historia de la Iglesia; ―uno atiende específicamente a la preservación de la memoria de las instituciones que el Cristianismo fue engendrando a lo largo de su experiencia histórica, mientras que otro atiende a la memoria de las múltiples prácticas cristianas en la línea del profetismo‖. Según Hoornaert los dos están dialécticamente dispuestos en la realidad memorial del cristianismo histórico: por un lado la ―tradición eusebiana‖, por otro, la ―tradición profética‖. La tradición eusebiana, subraya, no puede menos que ser trinunfalista o apologética. Triunfalista cuando la institución prospera; apologética cuando se siente amenazada. El mismo constata, en su revisión de la historiografía católica –la cual continúa en las líneas esenciales la tradición profética en la historia de la Iglesia.
Este hecho es sumamente significativo por cuanto la visión predominante en la historiografía eclesiástica ha privilegiado como criterios esenciales en la narración e interpretación del devenir de la historia, léase Iglesias, aquellos que destacan el impacto del cristianismo, en términos de poder, sobre distintos pueblos y culturas a través de los siglos. Algunos de los criterios más comunes, usados todavía en nuestros días para glorificar los logros de tal o cual iglesia son los siguientes:
1. La institución empírica. Según esta orientación, los siglos XII y XIII serían los momentos cumbres de la institución religiosas, pues allí tiene lugar el apogeo del poder papal y la extensión del Sacro Imperio Romano. 2. La sana doctrina. Para muchos los siglos XVI y XVII
representan el clímax en la historia del cristianismo, pues con la reforma protestante la verdadera y recta doctrina logra imponerse sobre amplios sectores de la cristiandad.
3. La expansión de influencia. En este caso serían los siglos XIX y XX, en ellos se realiza una notable extensión de la influencia y prestigio del cristianismo en el mundo, vinculada a la expansión del Occidente.
Es evidente que tales criterios no surgieron durante los primeros siglos de la historia del cristianismo. Más bien se trata de un legado que está directamente vinculado con la síntesis constantiniana de la Iglesia que comienza en el siglo IV y extiende sus sombras hasta nuestros días. Tal síntesis, que ha invertido el status de los cristianos en la sociedad y le ha otorgado a la iglesia un poder –que casi siempre la ha autocorrompido, ha nublado la comprensión de los cristianos sobre la naturaleza de la Iglesia y el Carácter de sus testimonio en el mundo. El cambio operado en la Iglesia a partir de Constantino ha sido, sin embargo, interpretado de varias maneras. Para algunos intérpretes marcó el inicio de una época dorada. La Iglesia dejaba de ser minoría perseguida y pasaba a ser una entidad reconocida y poderosa. De hecho está fue la interpretación oficial de la Iglesia Eusebio, Ambrosio y Agustín, todos se referían a esta alianza como el ―milenio‖ esperado. Otras evaluaciones le restan a este cambio importancia para la Iglesia. Otras más consideran esta
transformación como natural y hasta cierto punto necesaria en el proceso de institucionalización y configuración histórica del cristianismo.
Pero otros, y estos han sido los disidentes dentro y fuera de la Iglesia institucional, hemos visto en el cambio constantiniano nada menos que la ―caída de la Iglesia‖. Pese a ello, los historiadores de la iglesia –las oficiales y las del poder, generalmente han aceptado las presuposiciones constantinianas en sus interpretaciones y descripciones de la historia del cristianismo. La síntesis constantiniana, afirma Juan Driver, ha ejercido una vasta (y nefasta) influencia sobre la forma en que la historia del pueblo de Dio es generalmente concebida. Las sombras de Constantino han eclipsado por siglos los esfuerzos de movimientos que intentaron restituir en el cristianismo la apostolicidad de la Iglesia, bajo la acusación de amenaza de la fe y destrucción de su unidad.
Peregrinación a las fuentes y búsqueda de la utopía. La palabra herejía ha acompañado la vida de la iglesia desde sus inicios, para los escritores eclesiásticos el término designaba toda doctrina contraria a los principios de la fe oficialmente declarada. El carácter intolerante de la religión cristiana en relación a sus heterodoxos se afirma desde los primeros siglos, y sobre todo desde que la unidad doctrinal adquiere una importancia vital, a partir del Concilio de Nicea, convocado precisamente por Constantino en 325 d.C. al poder temporal fue atribuida la fundación primaria de defnder la integridad de la sociedad cristiana frente a las amenazas de la herejía, en el desarrollo de las relaciones entre la iglesia y el estado este aspecto fue el blanco de la teorización que defendía tanto el
“regnum” como el ―sacerdotium” . Para algunos historiadores las
esencialmente distintas de aquellas que se desarrollaron durante los siglos XII y XVI. Según esta perspectiva las primeras herejías tuvieron un carácter puramente filosófico y teológico, enfatizando la especulación racional en torno a los principios y dogmas cristianos; fundamentalmente trataban de la Trinidad, la naturaleza humana y divina de Cristo y su relación entre ambas, así como cuestiones ligadas a la esencia de la divinidad. Por el contrario, las herejías posteriores, las de la Baja Edad Media hasta el siglo XVI, se caracterizan por su cuño popular asentado sobre una nueva visión ética de la institución eclesiástica y de cristianismo como religión vigente en la sociedad occidental. Si bien esta perspectiva contiene elementos históricamente verificables, pasa por alto el carácter esencialmente renovador y espiritual de algunos movimientos que, como el montanismo y el donatismo, resistieron el
proceso de asimilación de la Iglesia a la cultura dominante. Aún cuando fuera posible articular varias tipologías sobre el fenómeno herético, y diferenciar entre aquellas que se ubican fuera de los objetivos enunciados, nuestro interés en estas líneas apunta a destacar el papel que algunos movimientos, caracterizados en la historiografía oficial como heréticos, han desempeñado en la renovación de nuestra fe; tanto por su retorno a las fuentes
neotestamentarias y apostólicas, como por su decidido impulso generador de experiencias comunitarias y utopías sociales, expresiones de su búsqueda del Reino de Dios.
Precisamente con estos movimientos se emprende un proceso de reforma en la Iglesia, que se extiende hasta nuestros días. Sin embargo hay que señalar que no todos los movimientos de reforma en la historia de la Iglesia se han constituido realmente en un cambio substancial de la misma, que implicara el retorno a la fidelidad de los primeros cristianos. Algunos movimientos, el monasticismo entre ellos, permanecieron dentro del marco de la Iglesia oficial y desde ahí intentaron realizar su aporte. Su existencia paralela a la Cristianad Católica, por siglos representó una alternativa de fidelidad espiritual para algunos cristianos inconformes con la vida decadente de la sociedad cristiana, se tradujo en una forma de legitimar el Corpus
Chistianum medieval en la medida que su existencia misma
estuvo subordinada a su autoridad, y dependía del reconocimiento de la jerarquía para su continuación. Su aporte de reforma para la Iglesia llegó hasta los límites del monasterio, sin embargo pudo inspirar movimientos posteriores que llevaron la experiencia comunitaria y fraterna a nuevos espacios sociales, capaces de convertirse en iglesias alternativas. Otros movimientos, las reformas Luterana, Zwingliana, Calvinista y Anglicana del siglo XVI pueden señalarse como ejemplos, que nacieron en el seno de la Cristiandad Católica y rompieron con ella, emprendieron reformas en la Iglesia desde el poder del Estado, redefiniendo y reformulando el Corpus
Chistianum medieval en términos territoriales y nacionales.
La configuración de las cristiandades protestantes, a nivel nacional (Luteranismo y Anglicanismo), y cantonal (Zwinglianismo y Calvinismo), gracias al apoyo de los nacientes Estados –a quienes ofrecieron sus servicios de
legitimización política y unidad social, conllevó los mismos obstáculos y tareas que enfrentaba la Cristiandad Católica- en su proyecto de reforma (históricamente conocida como Contra-reforma) en su afán de imponer la fe sobre los sectores sociales bajo su jurisdicción. Los soberanos territoriales, señala E.W. Zeeden, se sintieron responsables de que la religión que confesaban fuera también practicada por sus súbditos.
Ordinariamente, el sistema fue llevar ésta o aquella confesión a territorial (siguiendo el lema: cius regio, eius religio –según el Rey así será la religión), y prescribirla legalmente; por tanto, quién se sustraía a este deber confesional desobedecía a un aley territorial y recibía el castigo correspondiente. Las autoridades políticas controlaban el cumplimiento de la ley por medio de visitas periódicas, que ejercían la vigilancia incluso en las iglesias más remotas del campo. Los movimientos de reforma protestantes tuvieron el mismo grado de intolerancia, frente a otros movimientos disidentes, practicada por los católicos durante siglos. Su proyecto de reforma, pese a que apelaron a
las Escrituras, ahora rivalizando con las cristiandades hegemónicas en Oriente y Occidente; la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica.
Finalmente, han existido a través de los siglos, en la historia de la Iglesia movimientos de reforma radical, registrados por la historiografía oficial como herejías antiguas, sectas medievales y otros grupos comprendidos en la ―deformación‖, de acuerdo al título empleado por el historiador luterano J.H. Kurtz en su Manual de Historia de la Iglesia usado por becadas como texto estándar. En tales movimientos podemos encontrar elementos comunes que los vinculan en una tradición histórica particular, y al mismo tiempo los diferencian de otros proyectos de reforma eclesial. Concretamente nos referimos a los Valdenses, Hermanos Checos, Anabautistas (Menonitas, Hutteritas…), Cuáqueros (Sociedad de los Amigos), y Hermanos. La historia de todos estos grupos, en cuanto a origen particular, comprende desde el siglo XII al XVIII.
Todos ellos emergen en contextos de reforma religiosa y social, donde las aspiraciones populares se traducen en levantamientos campesinos inspirados en profundas raíces religiosas. Revoluciones sociales, cambios políticos y reformas eclesiásticas más amplias, constituyen el marco en el cual se desarrollan. Su carácter radical, con respecto a otros movimientos de reforma que se desarrollan simultáneamente a ellos, se hace evidente por la condena común que reciben de la iglesia oficial, mientras la asimilación o tolerancia de otros proyectos de reforma religiosa tiene lugar. Los Valdenses, quienes optaron por los pobres a tal grado que fueron conocidos como los pobres de Lyon, serán condenados y perseguidos incansablemente, mientras que los franciscanos, semejantes a ellos en su opción, origen y espíritu misionero,
tuvieron el respaldo papal. Los Hermanos Checos (Unitas Fratrum), llamados también Unidad de los Hermanos, quienes surgieron en el contexto de la Reforma y Revolución Husita en Bohemia –en torno al profetismo radical de Pedro Chelcicky (―el primer pensador de la historia de la cultura europea que atacó radicalmente el orden feudal y la estructura de la sociedad medieval; el primero que rechazó la ecuación: bautizado-súbdito‖, según el juicio del historiador marxista Joseph Macek), serán perseguidos también, entretanto la Iglesia Calicista –fruto de la reforma checa- junto con la Católica Romana, serán las únicas reconocidas como oficieles. La persecución de los Anabaptistas tanto por católicos como por protestantes en toda Europa a partir de 1525, entretanto es aplastada la Revolución campesina en Alemania, indica el peligro que representó para las iglesias oficiales la tolerancia de cristianos radicales que vinculaban su fe con el cambio social. Los Cuáqueros, quienes surgieron en el contexto de la Revolución inglesa del siglo XVII, serán retribuidos con similares persecuciones en virtud de la radicalidad de su espíritu religiosos y social, mientras que los grupos bautistas – que surgen en la misma coyuntura-se afiliaron al movimiento teocrático de Cromwell. La Iglesia de los Hermanos, surgida en el siglo XVIII en Alemania, cuando el pietismo trajo la renovación a la cristiandad luterana y a otras iglesias establecidas, fue perseguida también por asumir el pietismo en sus implicaciones comunitarias y fraternas. Aquí fueron los pietistas individualistas los que levantaron la bandera de la intolerancia.
En el sentido amplio estos movimientos están comprendidos en el marco de la Reforma Radical. Sin embargo conviene hacer ciertas precisiones importantes Los Valdenses y la Unidad de los Hermanos, en su primera etapa, constituyeron
movimientos radicales de gran importancia en la escena religiosa de la Europa medieval. No obstante, con el surgimiento de las reformas del siglo XVI, serán asimilados dentro de la tradición calvinista-reformada, sus posturas ético- teológicas sufrirán una transformación sustancial, por ende su historia posterior será muy distinta.
Los Menonitas-Hutteritas –herederos directos de los anabaptistas, los Cuáqueros y los Hermanos, históricamente han sido conocidos por sus convicciones éticas como iglesias de paz o pacifistas. También constituye parte de las iglesias Creyentes, junto con otros grupos, y en contraposición a las iglesias de Estado. El término Reforma Radical, aplicado por el Dr. George H. Williams a los disidentes del siglo XVI, tiene también un sentido más restringido en términos históricos. Comprendería a los anabaptistas, los espiritualistas y los racionalistas evangélicos del siglo XVI, en contraposición a la Reforma Magisterial del protestantismo clásico y a la Contra- Reforma Católica.
La Reforma Radical
El Eurocentrismo historiográfico tradicional ha mantenido la tendencia de presentar los movimientos de reforma religiosa en el siglo XVI como una totalidad, tanto en su uniformidad como en el cambio histórico que representó frente a otros procesos previos y posteriores. A partir de La Reforma, según tal perspectiva, se construye una interpretación de la historia de la Iglesia en la cual; los movimientos anteriores a 1517 – cualquiera sea su naturaleza y alcance-serán pre-reformistas; mientras que los posteriores serán herederos del glorioso legado de los Padres Reformadores. Los movimientos disidentes, en esta visión serán considerados como los ―Hijastros de los Reformadores, es decir, los hijos bastardos
que no participaron del linaje ortodoxo ni de la gloria reformista de las grandes figuras del siglo XVI.
Historiadores críticos recientes han cuestionado no sólo el desmedido eurocentrismo occidental que ha marcado a la historiografía por siglos, más aún han puesto fecundas interpretaciones de los movimientos de reforma ―secundarios‖, desde una perspectiva que logra combinar la reivindicación erudita por el planteamiento de nuevos criterios de interpretación en la historia de la Iglesia. En este sentido ya no cabría hablar de movimientos ―precursores de La Reforma‖, ni siquiera de una un ―proto-protestantismo‖, como si su historia adquiera sentido solo a partir de lo que aconteció en el siglo XVI. Brenda Bolton ha lanzado la idea de una Reforma Medieval, ella sostiene que hubo una profunda crisis religiosa en la cristiandad occidental en el siglo XII, aunque su espíritu no condujese a una división de la Iglesia. Hubo un deseo de retorno a la simplicidad de la vida apostólica del Nuevo Testament y una insatisfacción con respecto a la práctica religiosa tradicional. De ese fermento reformador surgirán diversas órdenes religiosas subordinadas al Papa. En este mismo contexto Amadeo Molnár ha acuñado el termino Primera Reforma, precisamente incluyendo los movimientos; Valdenses, Husita y Unitas Fratrum, que se desarrollaron a partir del siglo XII y XV respectivamente, y que influyeron en otros posteriores. El término mismo tiene como contrapartida la Segunda Reforma, es decir, la Reforma Protestante Clásica que se inicia a partir del siglo XVI. Con esta visión se reivindica el carácter de la reforma en el sentido pleno, de estos movimientos medievales. Donald Durnbaugh, en su fecunda y clásica obra, ha reivindicado a los movimientos radicales en la historia de la Iglesia en la categoría de Iglesias de Creyentes, utilizando el término acuñado por Max Weber en su conocida
obra (La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo), de la cual sólo se usa (en la mayoría de los casos en forma negativa como adjetivo) el término ―secta‖. Finalmente, George H. Williams, con su magna e indiscutible contribución a la historiografía del siglo XVI, ha popularizado el concepto de Reforma Radical sobre la bese de una amplia documentación de fuentes primarias, muchas de ellas accesibles hasta hace poco tiempo, y del desarrollo historiográfico de más de un siglo de investigaciones especializadas. Existen por cierto otras perspectivas de análisis sobre estos movimientos, enfocadas sobre la dimensión social y política de visión milenaristas en algunos de estos grupos, válidas por cuanto representan un correctivo necesario frente a otras interpretaciones que reducen los movimientos milenaristas a rebeliones sociales en embrión y, en todo caso, antecedentes pre-políticos de movimientos revolucionarios de izquierda, pero insuficientes por cuanto en algunos casos se omite una mínima fundamentación histórica seria. Precisamente la historiografía marxista, desde W. Zimmermann, F. Engels y K. Kautsky, hasta E. Bloch, en su afán de legitimar sobre bases históricas el