Desde la perspectiva del arte y las manifestaciones artísticas, sin contar con autores como Aristóteles, Hegel, Walter Benjamín, entre otros, apegados directamente a consideraciones estéticas por sí mismas y Erich Auerbach, quien realiza un estudio de la representación de la realidad (Mimesis) en la literatura occidental, la representación, como acto performativo, a la cual apuntaremos para el desarrollo del nuestra tesis, ha sido trabajada sistemáticamente por Wolfgang Iser, profesor de la Universidad de California, Estados Unidos, como carácter a
través del cual la acción de representar pone en escena algo inexistente, como un objeto en sí mismo. Esta duplicación comienza a gestarse, dado un puente de ficcionalización, esto es, un “conector” de la realidad y de la ficción, en una nueva dimensión dentro de la obra de arte.
La representación, de esta forma, fluye y encarna formas y personajes alejados de la realidad. No sólo se aleja de la historia de su tiempo, considerándose muchas veces atemporal, sino de esa realidad chocante, la realidad de los “sensatos”1 que se resiste, que se hace auténtica y legitimada como tal, y que se rehúsa de plano a concebir nuevas formas de lenguaje; pero, inexorablemente, la “representa”.
Cada obra hace incursiones fuera de ella (campo de referencia), donde al encontrarse con esta doble estructura de ficcionalización, se está sujeto a deformaciones en los campos y cada receptor asume de una forma diferente los distintos rasgos creados por la obra. Así, “cada uno de estos rasgos es reinsertado en el texto asumiendo una nueva forma, una forma que incluye, y de hecho depende, de la función de ese campo de referencia en nuestro mundo interpretado.” (Iser, 1993; trad.)
Esta deformación de los campos de referencia da lugar a una cualidad estética, y esto no sólo es producido por la actitud del receptor al percibir la obra de arte sino que esta oscilación dinámica entre los dos elementos asegura que
1 Auerbach utiliza esta denominación al hablar de una realidad “no mencionada” de la Francia del año 1937, por Gustavo Flaubert en su obra Madame Bovary; una realidad que se escapa.
sus viejos significados ahora se han vuelto fuente potencial para un nuevo significado.
Ya se había mencionado la importancia de la actitud del receptor para dotar de significado la obra, y este es un punto importante pues juega un papel determinante en el descubrimiento de la obra de arte, referido por Iser, el cual se establece de dos formas diferentes: la que se refiere a la actitud que tiene el receptor con respecto a la obra y lo que la obra realmente representa.
“…los consumidores de arte han formado parte en todos los tiempos –y hoy más que nunca- de la vida artística… esta perspectiva no sólo es apta para iluminar nuevos aspectos de los grupos productores, sino sobretodo para conferir a los grupos consumidores la importancia que merecen a causa de su papel de receptores de la creación artística y de la influencia que ejercen sobre ésta” (Silbermann, 1971; p.29)
La “vivencia artística” es un término pertinentemente utilizado por Silbermann para explicar la importancia del receptor de la obra; esto sin duda es uno de los elementos de la representación social pues completa el cuadro de relaciones entre los distintos agentes que conforman la creación de la obra artística. Y sólo así, según este autor, pueden crearse campos de acción eminentemente sociales.
En ese contacto con la obra de arte comienzan a gestarse nuevas formas de participación e incluso producir polarizaciones entre distintos grupos sociales (no sólo
grupos artísticos) lo que constituye una verdadera repercusión de la obra de arte en la vida social. Este receptor actúa sobre ella por medio de la obra y varía, de acuerdo a su actitud frente a la misma, la concepción que de ella y el mundo social tiene.
Pero este necesario impacto recíproco de la obra y el receptor y los cambios aparentes en la vida social pareciera ir más allá cuando Silbermann propone que no “debe” ser la obra en sí misma la que produzca efecto alguno sino que es necesario que el artista introduzca, a sabiendas o no de lo que quisiese transmitir, en el consumidor el conocimiento artístico, para que exista realmente una interacción autor- obra-receptor y se produzca esta vivencia artística. Esta teoría presenta una validez en cuanto al contacto del receptor con la obra de arte y a la actitud del mismo desencadenada por este acercamiento que va a determinar, sin lugar a dudas, el manejo del conocimiento acogido para la formación de esa nueva percepción de su mundo social.
Por otro lado, la actitud que tiene el receptor frente a la obra puede ser causa de factores que hacen posible su creación y posterior interacción con el receptor.
La obra es un esfuerzo que tiende a superar un obstáculo, “…obstáculo de la receptividad desfalleciente en recibir un mensaje inesperado o mal entendido, obstáculo del alejamiento y de la dispersión o de la separación irreductible en castas, en clases, en grupos, obstáculo del cambio de sentido de los signos” (Duvignaud, 1969; p.42) Al referirse al signo, Jean Duvignaud utiliza la denominación de “signo polémico” para explicar cómo ante un obstáculo su resolución puede asumirse
mediante una tentativa real o imaginaria, y ésta puede sucederse aún cuando la intención de salvar el obstáculo sea la de llegar a un resultado coherente y fiel a la realidad. Este choque realidad-ficción (que no se asume como choque en la teoría de Iser) puede ciertamente descontrolar al artista y generar nuevas formas de creación.
En el afán de la búsqueda de la solución, donde hay que rebasar más allá del obstáculo para llegar a ella (distancias espacio-temporales), se recurre a lo imaginario, a otro símbolo fuera para explicarlo, cobrando la obra de arte una nueva dimensión.
De acuerdo a lo que Iser (1993) explica, si la obra se revela con un discurso y el mundo representado solo se hace tomar como un mundo real, entonces el receptor tiene que suspender su actitud natural a la cosa representada (es decir, el mundo real). Sin embargo, esto no significa que su actitud natural transcienda, sino que todavía está presente en el fondo ese mundo ficcionalizado con el que pueden hacerse comparaciones y podrían formarse nuevas actitudes.
Lo más importante aquí radica en el hecho de la formación de “otra imagen” del individuo, del mundo que permite una nueva forma de interacción social y crea de nuevo un espacio donde posiblemente varían las representaciones colectivas además de las distintas creaciones artísticas que vuelven a definir la concepción del mundo social al que pertenecemos.