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2. LAS HErrAMIEntAS rEtórIcA Y dIÁLoGo

2.1. retórica

2.1.5. la retórica en el renacimiento

Una vez expuesto un breve esquema sobre la teoría de la retórica en los aspectos que atañen principalmente al escritor, daré una mirada a lo que fue la retórica en el Renacimiento. Por razones de espacio, se imponen ciertas simplificaciones históricas, por lo cual pasaré de la retórica clásica a la del Renacimiento sin apenas tocar la retórica en la Edad Media. San Jerónimo y Agustín fueron, entre los Santos Padres, quienes sobresalieron en su intento de cristianizar la cultura grecolatina.251 El segundo de ellos fue muy

importante desde el punto de vista de la retórica, pues dedica el libro IV del tratado De doctrina Christiana (Tubau, 2009) a dar a conocer las reglas de la elocuencia; en él se basaron los humanistas para demostrar la necesidad de la retórica y fue la guía que se empleó para la elaboración de textos en toda la Edad Media.

Durante este periodo se escribieron tratados enciclopédicos y la enseñanza se impartió en los conventos, catedrales y, posteriormente, a medida que iban surgiendo, en las universidades. No es reseñable ningún cambio o modificación en la teoría retórica, pues los textos pasaron sin ser alterados debido a la gran veneración que se tenía por ellos. Los escritores medievales continuaron la tradición preceptiva que definía un conjunto de reglas que proveían un método y sistema definidos para hablar. Lo que sí es digno de anotar es la aparición de tres géneros especiales que sirvieron a sus objetivos: el ars dictaminis o género epistolar, el ars praedicandi o género de la predicación y el ars métrica o género de la versificación. J. Murphy resume así este periodo:

Cabe señalar, en conclusión, que la historia de las artes del discurso en la Edad Media es, al menos en parte, la historia de la supervivencia de las obras clásicas. El autor antiguo más importante en este contexto es Cicerón, el reconocido magister eloquentiae. Su influjo sobre el Medievo se debe sobre todo a dos de sus obras: De inventione, que escribió en la juventud, y la

Rhetorica ad Herennium, más completa, de la que se le suponía también autor.

Quintiliano tuvo un breve período de auge en el siglo XII, pero hasta el XV no se extendió su influencia. La Rhetorica de Aristóteles circulaba en muchas

251 ¡Craso error! Pocas cosas le han hecho mayor daño al cristianismo como esto. Tal vez lo peor fue intentar cristianizar los autores paganos, despojándolos de toda idea contraria a la moral e interpretando alegóricamente, muchas veces de una manera muy retorcida, su mitología. La unión cultura pagana y fe cristiana hizo un gran mal al cristianismo y fue una de las protestas de los humanistas nórdicos (Erasmo Wicliffe) y de la Reforma. Muy clara y certera la afirmación de José Luis Rico Verdú: “Los Santos Padres intentaron injertar la religión cristiana en un ambiente sociocultural pagano” (1973: 33), y por intentar adaptar algunos aspectos de la cultura pagana, torcieron en muchas ocasiones el espíritu del cristianismo, como por ejemplo, uno de los más básicos: el cristianismo no es una religión sino una relación. No se puede mezclar agua y aceite.

copias, pero aparece como obra de “filosofía moral”, no como libro sobre el discurso; su ars poética permaneció casi ignorada. Así pues, las artes antigua y medieval aparecían a veces de la mano en el período que se extiende de San Agustín a Poggio (1986: 142).

También destacan en este periodo otras dos cosas. Por un lado, la figura de Ramón Llull252 y, por el otro, la manera como se encontraron —o redescubrieron,

como lo llama Murphy (1986)—, tanto una copia de la obra Institutio Oratoria, de Quintiliano, como, un quinquenio más tarde, un manuscrito que contenía cinco obras retóricas ciceronianas que dieron comienzo a todo un proceso que, iniciando en Italia, se propagó a España y a los países del norte durante el Renacimiento. El relato de los redescubrimientos se encuentra en el epílogo del libro de Murphy:

En septiembre de 1416, tres viajeros italianos visitaron el monasterio de San Galo, en Suiza; eran Bartolomeo de Montepulciano, Cincio Romano y un antiguo secretario apostólico llamado Poggio Bracciolini […] Los tres venían de asistir al Concilio de Constanza, que había empezado en 1414 y debía prolongarse dos años más, hasta el 22 de abril de 1418, intentando acabar con el cisma de la Iglesia […] Allí en San Galo, pero no en una biblioteca sino en un calabozo que, según Poggio, no era adecuado ni siquiera para un condenado a la pena capital, halló algo que, al parecer, ningún erudito interesado había visto durante casi seis siglos: una copia completa de la Institutio oratoria de Quintiliano. […] Cinco años después del hallazgo en San Galo, hubo un segundo redescubrimiento importante, ésta vez en la ciudad italiana de Lodi. El obispo Gerardo Landriani halló en la catedral un manuscrito que contenía cinco obras retóricas ciceronianas: De inventione, Rhetorica ad Hereninium,

Brutus, Orator y, por primera vez en siglos, un texto completo del De oratore

(1986: 363-366).

El redescubrimiento de la obra reintrodujo en Europa occidental, de forma casi imprevista, una visión equilibrada de la retórica y su propósito, y se convirtió en una alternativa al modelo medieval.

En el Renacimiento eclosionó el individualismo, el naturalismo y la admiración por la antigüedad clásica, que se venía gestando en los siglos oscuros. En ese momento, el humanismo quiere exaltar al hombre y en este lo más preciado es la palabra como efecto de la razón; de esta manera comienza

252 Ramón Llull (Mallorca, 1232–1315), también conocido en castellano como Raimundo Lulio, fue un laico próximo a los franciscanos, quien escribió cerca de 243 libros sobre diversas materias. Muchos protestantes ven en él a uno de los primeros misioneros españoles en el mundo árabe, pues destacó por su incansable labor de llevar el evangelio a este amado pueblo por vía del razonamiento y de forma pacífica.

a abrirse camino la retórica nuevamente. José Rico Verdú da cuenta de una cita de Lorenzo Palmireno sobre lo que debía ser un humanista:

Hasta agora hauemos tratado de las habilidades de un buen Humanista, solo queda, que te quexaras como me he dexado la parte mas necessaria, y de que hoy se tiene mas cuenta, q(ue) es el modo de componer y hablar latín, según Cicerón, Paulo Manucio, Dionysio, Llambino, Lonardus Malespina, Sebastiano Corrado, y otros que bien lo hablan. Pero esto queda para aquella obra, donde lo trate ya en vn diálogo castellano: Llámese el libro, De imitatione

Ciceronis (1973: 27).

Si el hombre se convirtió en el centro de estudio —sin dejar de creer en Dios, pues se consideraba creado por el Altísimo—, con unas cualidades que lo distinguían de las demás criaturas, entonces lo más importante era la palabra como expresión del pensamiento. Y esa palabra debería usar como vehículo de expresión el latín, por ser considerada la lengua más excelsa y sublime.

El proceso experimentado por la retórica en la península a partir de este momento lo encontramos de la mano de José Rico Verdú, en su libro La

Retórica española de los siglos xvi y xvii:

La historia de la retórica es la historia del humanismo. Tiene sus comienzos en el reinado de los Reyes Católicos, su apogeo en la época de Carlos I y Felipe II, y su decadencia y codificación en las postrimerías del siglo xvi, de

forma que a partir de la primera década del xvii ya no se da ningún tratado de

retórica original, mecanizándose su enseñanza y perdiendo toda la vitalidad que poseía (1973: 11).

La retórica es una de las facetas de la cultura renacentista, de gran influencia e importancia la cual, lamentablemente, ha sido poco estudiada.253 James

Murphy ha encontrado que “desde el origen de la imprenta hasta 1500 (la época de los incunables), se publicaron al menos 117 obras retóricas, principalmente

253 James Murphy señala: “la retórica del renacimiento debe de ser uno de los asuntos más mencionados y menos estudiados por la crítica moderna” (1999: 43). Esta situación ha mejorado con las publicaciones, entre otras, de Antonio Martí, La preceptiva retórica

española en el Siglo de Oro (1972); José Rico Verdú, Retórica española en los siglos XVI- XVII (1973); Luisa López Grigera, La retórica en la España del Siglo de Oro (1994); Isabel

Paraíso, Retóricas y poéticas españolas siglos XVI–XIX (2000); Luis Martínez Falero,

Gramática, retórica y dialéctica en el siglo XVI (2009); Elena Artaza, El ars narrandi en el siglo XVI español. Teoría y práctica (1988); E. Sánchez, L. Merino & S. López (1996), La recepción de las artes clásicas en el siglo XVI. También hay, cómo no, varios estudios

monográficos, bien sea sobre la obra en general de alguno de nuestros retóricos, bien sobre aspectos concretos de preceptiva; destacan en este sentido, entre otros, el de Félix González Olmedo (1942), sobre Antonio Nebrija; el de Carlos G. Noreña (1970), sobre Juan Luis Vives y el de Vicente Forcada (1994), sobre Fray Luis de Granada.

en el continente” (1999: 49), y sostiene que “puede haber al menos mil autores renacentistas de obras retóricas” (1999: 40). Paul Oskar Kristeller describe la gran importancia de la retórica en la cultura medieval y renacentista:

Espero haber dejado patente que la retórica renacentista, si bien deudora de muy diversos antecedentes antiguos y medievales, tuvo una fisonomía propia. Ocupó un lugar muy importante en la civilización de su época, gracias a su función en la teoría y la práctica, en la educación y la literatura; pero también por su impacto sobre otros campos de la educación humanista y otros sectores de la educación y la cultura ajenos al dominio de los humanistas (1999: 11-31). Para tener un conocimiento apropiado de la retórica renacentista, es importante recordar las fuentes antiguas. Durante la Edad Media, las fuentes básicas para la teoría general de la retórica fueron el De inventione, de Cicerón; la Rhetorica ad Herennium, anónima o comúnmente atribuida a Cicerón; las

Instituciones oratorias de Marco Fabio Quintiliano (mutilada), y la Retórica,

de Aristóteles. El siglo xv añadió las obras retóricas más maduras de Cicerón, sobre todo el Orator y el De oratore. Estos textos ejercieron una gran influencia sobre el pensamiento y la literatura del Renacimiento. Los primeros humanistas transformaron la concepción medieval de la retórica, al convertirla en el tema central en un nuevo programa de educación.

Además de descubrir y valorar plenamente las obras de Cicerón, en esta época se encontró y editó a Quintiliano, quien también fue ampliamente conocido y estudiado. Durante el Renacimiento, Occidente accedió a todo el corpus de la literatura retórica griega a través de los textos originales o de las traducciones latinas y vernáculas. La Retórica de Aristóteles fue apreciada y ampliamente estudiada.

En el siglo que nos compete, y aún en los posteriores, hubo tres influencias decisivas en la forma en que se desarrolló la retórica en la península: el catolicismo, los diversos grupos heterodoxos que aparecieron como fruto de la lectura directa de las Escrituras y la palabra escrita. Sobre la primera, me limitaré a comentar que los textos clásicos fueron forzados, en su mayoría por la religión católica, a adaptarse a un molde cristiano; como los sermones del catolicismo eran una gran oportunidad para hablar en público, se produjo una forma de oratoria deliberativa, cuyo propósito era principalmente mantener una teología particular.

Sobre la segunda influencia positiva en el resurgir de la retórica, recordemos que algunas de las figuras representativas de los heterodoxos eran hombres cultos, por lo cual conocían y fueron usuarios de esta disciplina para elaborar sus escritos, como es el caso de Valdés, y con ello dieron un gran impulso a su renacimiento. Además, hemos visto que la retórica como disciplina ha sido algunas veces incomprendida o mal usada, porque algunos de los autores no

reunían en su carácter ese bene que señalé antes o porque no habían aprendido la técnica de manera correcta, mas solo se apoyaban en un talento natural para el uso del lenguaje. Varias de esas personas, sobresalientes entre los heterodoxos, además de ser hombres cultos, poseían esa integridad de carácter necesaria de los buenos retores.254 Por más de dos milenios, la retórica había sido el código fundamental desde el cual se generaba todo texto y, ahora, al regresar a los clásicos, no solo iban a ser estudiados, sino también imitados. Hombres ilustres de esta época escribieron tratados de retórica, entre ellos, Erasmo de Rotterdam, Antonio Nebrija, Juan Luis Vives,255 Miguel de Salinas, Fray Luis

de Granada y El Brocense.

La tercera influencia capital en el resurgir de la retórica en la época que nos ocupa fue la aparición de la imprenta. La retórica está condicionada por el idioma y la época en que se practica. Con la aparición de la imprenta, la necesidad de ayudar a los oradores y escritores en su propósito de comunicar, usando bien el lenguaje, se hizo mayor, por lo que aparecieron varios tratados sobre retórica. Algunos autores escribieron sobre la necesidad de emplear un lenguaje diferente al hablado cuando de escribir se trataba, tal como lo hace notar Villalón en El Scholástico:

Deve cada qual de considerar que deue de auer diferençia entre el comun hablar nuestro y el escrevir: porque nescesaria cosa es que las clausulas y vocablos que pone el escriptor lleven consigo alguna maior dificultad y agudeza ascondida: y no serían tenidas en tanto si llevas en aquella claridad y façilidad que llevan aquellas palabras que se dizen hablando ordinariamente: porque de yr algo más delicadas dan çierta auctoridad a la escriptura, y hazen que el lector vaya más atento y sobre si. Y así considerasse mejor y Tomásse injenio y doctrina del que escrive: y aunque con algun trabajo rescibe gran deleite en alcanzar las cosas dificultosas (1982: 40).

Al igual que Villalón, otros escritores mostraron su preocupación por el empleo del lenguaje a la hora de escribir: Pedro de Navarra, en Dialogos de la

differencia del hablar al escreuir, materia harto sotil y notable (1565-1593), y

254 La retórica fue “pieza fundamental en la preparación del ciudadano en el mundo greco- romano, del cristiano en la Edad Media, y del hombre sabio (elocuente y virtuoso) en el mundo moderno” (López, 1994: 9) y esto hizo que en el Renacimiento ocupara un lugar central en la cultura como hábito del pensamiento, que determinaba la forma en que se enfocaba el conocimiento.

255 Don Abbott da cuenta de cómo Vives “denunció el escolasticismo como una gangrena y una pestilencia [que] por espacio de quinientos años y más inficionaron las mentes de los hombres” (1999: 122). Por lo que se necesitaba, para combatir esa infección, de un nuevo acercamiento a la enseñanza de las artes y ciencias por medio de la retórica. En su artículo, el profesor Abbott muestra cómo los retóricos españoles intentaron reestructurar la retórica y cita tres figuras de la época: Juan Luis Vives, Juan Huarte de San Juan y Baltasar Gracián.

Pedro de Torquemada (1970), en el Tratado llamado Manual de escribientes, viendo la luz este último en 1552. Esta diferencia entre el lenguaje hablado y el escrito hizo que los autores miraran de nuevo los tratados de retórica de la antigüedad, fijándose principalmente en las obras de Aristóteles, Cicerón y Quintiliano. Aparecen numerosos escritores que elaboran tratados de retórica para ayudar a los escritores a componer sus obras con el propósito de influir sobre el lector “gracias al intelecto y a la voluntad racional de quien la utiliza” (Ferreras, 2008: 116). Destaca en este periodo, como ya lo he señalado, la

Retórica de Herenio, texto muy apreciado que sirvió como base para la creación

de nuevos manuales que se adaptaban mejor a las necesidades del momento. Se podría preguntar, ¿cuáles fueron las retóricas conocidas por Juan de Valdés en el momento de elaboración del DDC? Antonio Sancho Royo ofrece una respuesta muy concreta:

El panorama retórico español de aquel momento estaba dominado casi en exclusividad hasta la fecha por la retórica tradicional grecorromana, o más bien, romana y basada fundamentalmente en Cicerón (ya sea con su obra De

inventione o Rhetorica nova, como también se le conocía, o con la Rhetorica ad Herennium, o Rhetorica uetus, que por entonces pasaba por ser obra de

Cicerón) y Quintiliano (con su obra Institutio Oratoria, auténtico vademécum de la retórica clásica tradicional). A estos autores habría que añadir Aristóteles, si bien valorado más desde una óptica ética, política y filosófica (dialéctica) que desde la exclusividad de sus obras retóricas, La retórica y La poética (en Lulio, 1997: 8-9).

Para continuar con el orden cronológico de edición de los tratados retóricos (ver apéndice C), aparte de los anteriormente reseñados en la última cita, se puede afirmar que Valdés conocía las retóricas de Rodolfo Agrícola, Fernando Manzanares, Trapezuntius y Erasmo. Para Luisa López Grigera,256 “es probable

que conociera la traducción latina de La Retórica de Aristóteles y el tratado de Demetrio Sobre el Estilo donde se hace referencia al diálogo.”

El orador, como hemos visto, debía ser una persona formada con el propósito de alcanzar su objetivo por medio de su discurso o escrito. No importa que tuviese un talento natural en el uso de la lengua; por ello se escribieron varios tratados para instruir a los interesados. Si bien José Rico Verdú (1973) presenta, en la tercera parte de su libro, un resumen de las doctrinas retóricas del Siglo de Oro,257 he escogido como ejemplo un esquema

256 En correo electrónico recibido el miércoles 5 de noviembre de 2014.

257 Otros trabajos sobre el tema son los de Martí, (1969 y 1972, respectivamente), La Retórica

Sacra en el siglo de Oro (1969) y La preceptiva Retórica española en el siglo de Oro (1972);

de Luisa López Grigera (1994: 18-19) sobre lo que era un tratado de retórica clásica (ver apéndice C). No era el único modelo o esquema que se seguía. Los diferentes autores que escribieron tratados sobre el tema, también agregaron o quitaron algunos elementos, pero en términos generales el modelo presentado era el más usado.

Como el propósito principal al escribir una obra literaria en el Renacimiento no era tanto lo que hoy llamamos originalidad, sino el transmitir belleza, armonía y mostrar funcionalidad en la composición (sobre todo si se trataba de una obra con una intención didáctico-moral), los escritores acudían a diferentes fuentes para componer un texto (Sancho, 1997). Como vimos anteriormente, doña Luisa López Grigera (1994) presenta dos listas muy completas de obras usadas para la composición retórica en el Renacimiento, a partir de las cuales los maestros recomendaban a sus alumnos elaborar sus propios catálogos de citas de autores para usarlas en el momento de la inventio, y de términos y frases imitables para aprovecharse de ellas en el estilo; esto produjo que existieran “multitud de calátogos [sic] de sabiduría.” Juan de Valdés aprovechó algunos de estos tratados y, siguiendo su propuesta sobre el uso de la lengua,258

también empleó refranes y dichos populares de la lengua vernácula, pero sobre todo utilizó como una de sus fuentes principales las Sagradas Escrituras. El uso

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