"He aquí la señal por -la cual se reconocerá que sois mis
discípulos: es la caridad que tendréis los unos por los otros".
La caridad es la más cristiana de las virtudes; la más rara también –al menos en un cierto grado—, pues requiere la supresión del egoísmo y por ende implica el renunciamiento. Sabemos ser buenos mientras esto no nos incomoda y no daña nuestros intereses. Pero no ser buenos con los otros hasta llegar al sacrificio. Sin embargo tal es la ley: "La caridad no busca su interés, sólo tiene en vista el interés ajeno", dijo el Apóstol.
Matt no tenía intereses aquí abajo: Había reducido sus necesida- des a lo estrictamente necesario. Seis chelines por semana le bastaban para vivir; el resto era para los demás.
Siempre usaba ropas viejas y usadas que recibía como limosna. Un día que le llevaron un traje nuevo, lo devolvió. Sin embargo, una vez se encontró un argumento que lo convenció. Unas señoras caritativas habían tomado como intermediario al Padre Walsh, su confesor.
–Matt -le dijo-, tenéis una ropa bien fea. Se os ofrece un traje nuevo.
Padre mío, -respondió-, he prometido a Nuestro Señor no usar jamás ropa buena.
–¡Ybien!; es precisamente Él quién os lo manda.
–¡Ah!... entonces, si es Nuestro Señor quién me lo manda, lo tomaré.
Se comprende que en estas condiciones a Matt no le costase deshacerse de un dinero cuyo uso se había prohibido. No tenía deseos terrenos, su corazón era libre, y cuando un corazón, por el desprendimiento, ha encontrado su libertad, recupera su movimiento normal que es el amor. Ese renunciamiento había hecho florecer a un mismo tiempo el amor de Dios y del prójimo: esas dos amores que no tienen más que una raíz.
Nadie acudió en vano al compasivo Matt; salvo cuando él creía que era para beber, pues entonces era irreductible.
Le gustaba más prestar que regalar: en primer lugar porque así podía ayudar a un mayor número; además porque él acreedor, estando obligado a. economizar, se privaba de beber. Prestó suma considerables, sobre todo a los que tenían varios hijos. Estas sumas al ser devueltas, terminaban siempre por ser dadas. La cuenta es sencilla: Matt daba todo lo que ganaba, excepto seis chelines por semana.
Sus donaciones iban de preferencia a las obras de apostolado: con su gran espíritu de fe, él estimaba que ésta era la mejor, la más pro- ductiva de las caridades.
Las que pedían para las casas religiosas lo conocían bien. Una dama que pedía para un convento, obtuvo una libra de él. Le gustaba dar a los sacerdotes, porque ellos con la limosna material pueden hacer a la vez la limosna de la gracia.
Se interesó mucho en las necesidades de una misión en China a la cual contribuía con treinta libras por año. El mismo dijo un día a su hermana "que había ayudado a ordenarse a tres sacerdotes y ya estaba en el cuarto".
Un sacerdote obtuvo autorización para hacer una colecta para su iglesia. El personal del aserradero acababa de cobrar y Matt dio toda su paga: "Jamás he encontrado un obrero más generoso", dijo el sacerdote.
La característica predominante de Matt en sus relaciones con el prójimo era la bondad, flor de la caridad.
Su corazón se daba a todos espontáneamente, y con todos era de una dulzura, de una paciencia y de una abnegación admirables.
Sentía debilidad por los niños, les enseñaba a . rezar, les hablaba de Dios, de la Santísima. Virgen, de los ángeles de la guarda. Siempre acompañaba sus enseñanzas con regalitos que facilitaban que fuesen mejor recibidas.
He aquí la pequeña escena que en Navidad se desarrollaba todos los años en una familia de muchos niños:
“La víspera del día de Navidad por la tarde, después de su trabajo, llegaba Matt y hacía llamar a los niños, que estaban impacientes esperando sus regalos. Primero buscaba en sus bolsillos, simulando que no encontraba el dinero. Después sacaba tres monedas de seis peniques, cuidadosamente envueltas en varios trozos de papel, los cuales desenvolvía lentamente hasta que aparecía la moneda; y por fin cada chico recibía su moneda de seis peniques. Más tarde los niños aumentaron, eran siete, entonces Matt redujo la moneda a tres peniques, distribuyéndolas siempre con la misma ceremonia”.
Su bondad se extendía hasta los animales. Le gustaba acariciar al salir de la iglesia a un hermoso perro que esperaba a su dueña en el portal. A una señora que fue a verlo acompañada de un terrier irlandés, él le insistió para que lo hiciese entrar: "Me gustan mucho los perros", le dijo.
Pero su caridad iba sobre todo a las almas. Quería hacer el bien sobrenaturalmente. ¡Hubiese deseado tanto dar a los otros el tesoro que había descubierto, compartir con ellos su tesoro celestial! Y como vivía en un mundo sobrenatural, sabía encontrar palabras para suscitar su nostalgia.
Una joven que tenía un hermano en América se lamentaba de su soledad.
–"¡Sola! –exclamó–. ¡Cómo puede decir ese disparate! ¿No está Nuestro Señor cerca de usted en el Tabernáculo?"
Esta frase la dijo con tanta convicción, que fue para esa persona de gran ayuda para toda su vida.
Muchos le iban a pedir consejo: a todos recibía con gran bondad y les daba consejos llenos de sentido sobrenatural. Otros le pedían oraciones, y la experiencia demostraba cada vez más su eficacia.
Uno de sus amigos le rogó que pidiese por su mujer, que estaba gravemente enferma; se lo prometió agregando con un tono de seguridad que lo sorprendió: "Sanará, no temas", y en efecto, sanó muy pronto. Algún tiempo después el mismo hombre le pidió que rogase por un cuñado, Matt le dijo entonces: "Tienes que resignarte", y el enfermo murió poco después.
Otro de sus amigos debía ser operado de una úlcera de estómago, fue a ver a Matt para pedirle consejo. "Vete a ver al médico a quien yo siempre acudo, pues yo nunca veo a otro. ¡Pídele la curazión¡", le dijo, y le hizo rezar junto con él. Pronto mejoró sin necesidad de operación.
He aquí como Matt, por su gran amor y vida de intensa oración, podía dar lo que ningún hombre tiene el poder de dar: los tesoros de Dios mismo.
Pero, por encima de todo, desencadenaba conversiones. Le basta- ba decir una palabra a quemarropa para que muchos pecadores se rindiesen bajo el poder de la gracia de Dios. De estas conversiones podrían contarse miles, cuenta su biógrafo. Ciertamente el único medio eficaz para convertir el mundo: "Ser santo".
VIII LOS ÚLTIMOS DIAS
Hasta la edad de sesenta y siete años, Matt Talbot se las ingenió para padecer por su Dios; mas en los dos últimos años de su vida, Dios mismo se encargó de hacerlo por él.
Los años pasaban, haciendo su obra de desgaste. Matt sufría del corazón. Pero era de tal temple que no abandonaba el campo de batalla sino en el último extremo.
A pesar de lo que le hacía sufrir su enfermedad, a pesar de la sofocación, de las palpitaciones y dolores, siguió trabajando, ayunando, orando y llevando sus cadenas ceñidas al cuerpo como antes. Aceptaba con alegría esta penitencia involuntaria, un favor inesperado para este hombre habituado al sacrificio.
Un día Matt se encontró repentinamente muy mal. Un amigo que le aconsejó que fuese a ver a un médico del hospital de la Misericordia; Matt se quitó las cadenas y fue a verlo.
Ingresó en el hospital el 18 de junio de 1923, tres días más tarde, recibía los últimos sacramentos.
Sin embargo pronto se repuso y se pudo levantar, y encontró la forma de hacer lo que más le gustaba: todo el tiempo que podía se lo pasaba en la capilla. Fue dado de alta el 17 de julio. Siguió yendo al hospital para hacer el tratamiento y el 17 de agosto volvió a trabajar.
Pero su corazón estaba ya muy deteriorado y era irreparable. El 3 de septiembre de ese mismo año, 1925, ingresó en el hospital de nuevo. He aquí lo que dijo la Hermana encargada de cuidarlo: "Permaneció acostado casi todo el tiempo que estuvo en el hospital, hasta mediados de noviembre. En ese momento no llevaba ya su cilicio de cadenas. Hablaba a muy poco, era bastante reservado y mostraba una dulce sonrisa y gran amabilidad. Siempre estaba tranquilo. Tomaba el alimento que se le ofrecía sin decir nada, sin lamentarse jamás; nunca probaba manteca... Se fue agravando y se le administró la Unción de los Enfermos; parecía que estaba en agonía y aperas respiraba; hoy creo que en ese momento estaba más bien en un profundo recogimiento. Me. llamó la atención su gran
tranquilidad mientras yo recitaba las oraciones de los moribundos.
"Sin embargo, superó esta crisis y dos días después podía bajar la escalera para ir al consultorio de cardiografía. En cuanto pudo levantarse, desapareció y no se le pudo encontrar en ningún sitio; al fin, fue hallado en un rincón del jardín rezando. Me quejé del susto que nos había dado, y me respondió con su sonrisa habitual: "Ya di las gracias a las enfermeras y a los médicos por mi mejoría, y creí que sería justo sobre todo agradecérselo a Aquél que es el primero que cura". Estas palabras me hicieron tanta impresión que desde entonces mandaba a todos los enfermos ya sanos que fuesen a dar gracias a Dios.
"Varias veces nuestras Hermanas notaron su profundo reco- gimiento en la capilla, y que jamás usaba libro de oración.
"Comulgaba todos los lunes. Si algún enfermo recibía la Santa Comunión algún otro día, le preguntaba si la quería recibir y siempre aceptaba; pero nunca pedía este favor por sí mismo. No hablaba de cuestiones religiosas con las Hermanas. A algunos enfermos les gusta hablar de esto: más Matt, con su conducta, demostró que era un santo anciano con muy buen carácter. Como conocía su vida de austeridad, estaba claro para mí qué trataba de pasar desapercibido ante los que le rodeaban.
A su salida del hospital no pudo volver al trabajo y durante los meses siguientes vivió penosamente con unos pocos chelines de su indemnización por su enfermedad. Sufría mucho, y sin embargo seguía poniéndose los cilicios y hacía sus ejercicios de piedad hasta la extenuación. Su hermana lo encontró a menudo tendido
sobre su cama de tablones, incapaz de hablar, pero continuando sus oraciones.
Se propuso quedarse con él. –“Que bien me podrías hacer” — le respondió—. "Si tengo que morir, tendré a Jesús y a María conmigo!". Jamás se quejó ni de sus dolores ni de su inacción forzad a .
En abril de 1925, creyó que podía trabajar de nuevo Y volvió al aserradero. Tenía la cara demacrada por la enfermedad, pero cumplía su obligación tan perfectamente como antes.
El domingo ya no podía prolongar su ayuno hasta el almuerzo del mediodía. Asistía misa temprano, comulgaba, se iba a desayunar, y volvía para oír otras misas.
El domingo 7 de junio de 1925, a eso de las nueve, se dirigía hacia la iglesia de San Salvador. A mitad de camino cayó desplomado sobre el pavimento. Estaba agonizando. Una vecina le ofreció un vaso de agua. "Amigo mío –le d i j o — ¡ U s t e d s e va al Cielo¡" Matt abrió los ojos, sonrió y dejó caer la cabeza.
Este hombre, que había elegido como estilo de vida pasar gran parte del día en la casa de Dios, moría como convenía, caminan- do al lugar santo. Se dirigía a la iglesia y llegó alcielo.
Se le encontró todo un arsenal de cadenas incrustadas en sus carnes: la más gruesa parecía una cadena de arnés. Había caído, como buen soldado, con su equipo de combate.
La vida de Matt Talbot está contenida en una sola frase: "vivió como cristiano". Nada más que eso, y sólo eso. Cristiano de una sola pieza. Fue grande a fuerza de ser sencillo. Bajo la trama vulgar de una vida de obrero, ardía por debajo una llama silenciosa que se remontaba hacia Dios. Durante cuarenta años trabajando de cargador sólo vivió para el Amor. Sencillo, pero a la vez gigantesco y sublime, se asemeja al Pobrecito de Asís en su heroica sencillez. Son del mismo temple, intransigentes ambos ante el Ideal.
¡Qué diferente de tantos hombres que se dicen cristianos. ¡Pobres vidas, almas mezquinas! Sus ocupaciones son tales que les impiden ir a comulgar, mientras que Matt renuncia a su oficio para asegurar su pan espiritual. No tienen tiempo para rezar; pero este cristiano auténtico sacaba tiempo para ello sacrificando gran parte de la noche. Su salud y trabajo les impide ayunar, y este extenuado trabajador
lleva una vida de dura penitencia, siguiendo el ejemplo de los anacoretas del desierto. Aquellos no son lo bastante ricos para hacer limosnas, y este pobre trabajador ayuda a los pobres dando gran parte de su salario.
"¡Si se creyese!... ¡Si se creyese en la Encarnación y en la Redención!" ¡Ah!, como creyó él, y cómo vivió de este pen- samiento profundo y magnánimo, con qué lógica inflexible y heroica.
Es necesario que los cristianos y sobre todo los obreros, lean y mediten la vida de Matt Talbott. Es una demostración palpable de lo que puede hacer una fe realmente vivida. Los fermentos de rebelión que subyacen en nuestro corazón pueden llegar a desaparecer mediante la penitencia y el amor. Se puede llevar una vida santa en cualquier estado de vida y condición. Nuestra vida se renovará si ponemos como él nuestra esperanza en la Vida eterna. Podemos hacer mucho más de lo que creemos si como él nos decidimos por vivir el mandato de Jesucristo: “¡Buscad primero el Reino de Dios, y todo lo demás se les dará por añadidura!". Seamos lógicos y consecuentes, pongamos en práctica el Evangelio, vivamos la lógica del amor que nos muestra Nuestro Señor Jesucristo.
¡Intercede, oh querido y bienaventurado Matt, por nosotros, pobres pecadores!