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Y LA REACCIÓN CONSERVADORA

Durante los años veinte, el régimen político dictatorial, afín a la ideología e intereses católicos, había favorecido el desarrollo de la ACM; una asociación que, en el contexto del debate feminista euro- peo, otorgó un lugar central a la cuestión femenina, sostuvo una crí- tica discreta de la supremacía masculina y defendió ciertos derechos civiles y sociales para las mujeres. Todo ello, dentro del marco del movimiento católico y sobre la base de las diferencias de género dominantes.

A partir de los años treinta, las mujeres católicas imprimieron un giro a su política. Al dar prioridad a sus objetivos apostólicos y a la defensa de la enseñanza religiosa y de la familia relegaron a un segundo plano, o abandonaron, algunos de los asuntos y formas de abordar la cuestión femenina que habían ocupado su interés ante- riormente. Este cambio en las preferencias de la asociación se expli- ca por algunos de los elementos que caracterizaron la situación socio-política europea y española de los años treinta.

La reacción política conservadora en Europa, la expansión de los movimientos fascistas y los efectos de la crisis económica vinie- ron acompañados de un rechazo general ante los cambios cultura- les, demográficos, familiares y de género. La llamada crisis demo- gráfica hizo que los gobiernos de los Estados-nación, preocupados por su fuerza numérica como síntoma de buena salud y poder nacional, concedieran gran importancia a las cuestiones de género en sus políticas nacionales y que proliferaran los movimientos pro-

natalistas y familiaristas, contra el divorcio y antimalthusianos, partidarios de la dedicación en exclusiva de las mujeres a la repro- ducción y cuidado de los hijos para aumentar el número y «calidad» de la población. Esta tendencia, generalizada en toda Europa occi- dental, despertó lo que Claudia Koonz ha denominado un «revival de la maternidad».1

Las tesis antifeministas y misóginas comenzaron también a difundirse y a tener eco social, potenciadas por los científicos sociales, la voz de la Iglesia católica y otros sectores y movimien- tos políticos y sociales. Para algunas historiadoras, movimientos conservadores y regímenes autoritarios y fascistas instrumentali- zaron las teorías de la diferencia entre los sexos con fines antife- ministas y familiaristas. Mientras, dentro del movimiento femi- nista se produjo una escisión creciente entre quienes defendían los derechos de las mujeres como individuos y quienes hacían hinca- pié en sus responsabilidades como madres y trabajadoras.2 Para

otras, el feminismo entró en una nueva fase caracterizada por su declive, por la pérdida de su carga de crítica a la supremacía mas- culina y de la denominación común «mujer», por el debilitamiento

1 Claudia Koonz, «The Fascist Solution to the Women Question in Italy and Germany», en Renate Bridenthal, Claudia Koonz y S. Stuard (eds.), Becoming visible.

Women in European History, Houghton Mifflin, Boston, 1987 (2.ª ed.), pp. 498-530.

Véase también Renate Bridenthal, Atina Grossman y Marion Kaplan, When Biology

became Destiny: Women in Weimar and Nazi Germany, Monthly Review Press, Nueva

York, 1994. Durante la primera guerra mundial se habría producido una crisis de género, pues las formas convencionales de feminidad y masculinidad se vieron ame- nazadas durante la contienda. En el periodo de posguerra, fue necesario restaurar el orden de géneros negociando el lugar de hombres y mujeres en los espacios públicos y privados. Véase, al respecto, Karen Offen, European Feminisms, 1700-1950. A poli-

tical History, Stanford University Press, Stanford, 2000, pp. 277-310; también

Barbara Caine y Glenda Sluga, Género e Historia, pp. 192-203.

2 En Karen Offen, European Feminisms, p. 276. Esta misma historiadora afir- ma que los presupuestos del feminismo relacional siguieron guiando los pasos de la mayor parte del movimiento de mujeres en la Francia de entreguerras, en «El cuerpo político». Respecto a la instrumentalización con fines antifeministas de las teorías de la diferencia sexual, en palabras de Karen Offen, «[…] en el pasado los enemigos de su emancipación eligieron ciertos aspectos de las teorías sobre la naturaleza especial de las mujeres, la diferencia fisiológica y psicológica, la centralidad de la maternidad y una estricta división sexual del trabajo en la familia y en la sociedad, para apuntalar con ellos su continuada subordinación», en «Definir el feminismo», p. 133.

de la solidaridad femenina y la adopción de una posición defensi- va y autojustificatoria.3

La jerarquía católica fue una protagonista privilegiada de esta reacción, endureciendo sus planteamientos ideológicos sobre la familia, la sexualidad y las relaciones sociales entre los sexos. El Vaticano lanzó su particular campaña contra el desorden socio- sexual. Resulta significativo que Pío XI publicara sus encíclicas

Divini Illius Magistri, Casti Connubii y Quadragessimo Anno en

1929, 1930 y 1931, respectivamente. Éstas constituyeron los textos programáticos sobre la estructura familiar, los derechos de inter- vención de la Iglesia en esta materia, la educación de los hijos y el papel y estatus de las mujeres dentro de la sociedad, a los cuales se remitieron constantemente los católicos de todo el mundo a lo largo de las décadas posteriores.

Según la primera, la Iglesia y la familia poseían el derecho divino, y por tanto superior al del Estado, de regir la educación de los y las jóvenes. En todo caso, al Estado correspondía proteger y respetar los deberes de aquéllos. Por otra parte, se recurría a la di- ferencia biológica entre los sexos para legitimar una enseñanza diferenciada en contenidos y separada en espacios. La coeduca- ción fue duramente condenada al considerar que resultaba perni- ciosa psicológica y moralmente. En la Quadragessimo Anno, Pío XI abogaba por un salario familiar suficiente para el manteni- miento de la familia, que permitiera la permanencia de las muje- res en el hogar y evitara la descomposición del mismo y el aban- dono de sus deberes familiares, principalmente la educación de los hijos e hijas.

Pero la más relevante, por la difusión que alcanzó en su momen- to y a lo largo de las siguientes décadas, fue la Casti Connubii, que sistematizaba el pensamiento de la jerarquía católica acerca del

La Segunda República 199

3 Frente a la interpretación que sugiere el fin del llamado feminismo de pri- mera ola tras la concesión del derecho al voto a las mujeres, la historiadora Nancy F. Cott emplea el término «disremembering», para aludir al proceso por el cual el femi- nismo fue absorbido y reprimido selectivamente, en The grounding of modern femi-

matrimonio frente a la amenaza que veía cernirse sobre su concep- ción de la familia. Muy difundida en los círculos católicos de toda Europa, este alegato contra el divorcio se constituyó en llamamien- to a los católicos en defensa de la familia cristiana y de las posicio- nes de las mujeres dentro del hogar. Unidad indisoluble, por su ori- gen divino y su carácter sacramental, el fin último del matrimonio era «la procreación y educación de la prole». Su jerarquía interna aseguraba, como ya había afirmado León XIII, tanto «la primacía del varón sobre la mujer y los hijos como la diligente sumisión de la mujer y su rendida obediencia». Sobre esta sociedad perfecta, cuya inviolable indisolubilidad garantizaba la fidelidad, la castidad y la educación de los hijos, se edificaba el orden social y sexual. Todo aquello que hiciera peligrar estas concepciones era censurado y debía ser condenado. Se abominaba del aborto, del control de la natalidad y de la voluptuosidad del sexo no reproductivo, ya que el matrimonio estaba destinado por naturaleza a la procreación. Y, por último, la encíclica ofrecía consejos a los católicos para procurar la restauración del matrimonio cristiano: fomentar la piedad, es decir, tener presente a Dios en todo momento para lograr la contención de los deseos sexuales y de las tentaciones; someterse a los dictados de la Iglesia para evitar caer en la autonomía de juicio y en la indepen- dencia de la razón; y divulgar los contenidos de la encíclica, así como conseguir que los Estados apoyaran esta concepción eclesiástica sobre el matrimonio a través de «leyes civiles que favorecieran la ley divina y castigaran a quienes atentaran contra ella».4

Este impulso a la reacción en Europa coincidió en España con el cambio de un régimen político dictatorial a una democracia y de una forma de Estado monárquica a una republicana. Dentro de una tendencia democratizadora más amplia, tanto las Cortes Constituyentes como el primer gobierno de la República emprendie- ron reformas, en ocasiones tras enconadas controversias, guiadas por los principios de la igualdad entre los sexos, y de la seculariza-

4 El estado fascista italiano y el Vaticano firmaron en 1929 los Acuerdos de Letrán. Según éstos, el primero reconocía efectos civiles al sacramento del matrimo- nio que se conformara al derecho canónico. Matrimonio cristiano, encíclica «Casti