Capítulo 3. De Cuba a Garín: grupos, estrategias y debates en la
3.5 La toma de Garín: presentación pública de las FAR
El 8 de junio de 1970 la Junta de Comandantes desplazó a Juan Carlos Onganía del gobierno. Para entonces, la dinámica política nacional había variado sustantivamente, quedando atrás los primeros años de relativa calma atravesados por la Revolución Argentina. Tras el Cordobazo, la movilización y la protesta social dibujaban una espiral ascendente, al tiempo que la violencia parecía instalarse como medio legítimo para enfrentar la dictadura militar. Se sucedían nuevas puebladas (en Rosario, Cipolletti, luego en Tucumán) y cobraban fuerza nuevos actores. Entre ellos los curas tercermundistas y conducciones sindicales combativas, en que despuntaban ya las posiciones clasistas de los gremios cordobeses SITRAC (Sindicato de Trabajadores
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Es posible que en las FAP hubieran comenzado a darse en forma larvada las discusiones que al año siguiente condujeron a la escisión de un sector llamado “oscuro” o “movimientista” (mencionaremos el tema en el capítulo siguiente).
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de Concord) y SITRAM (Sindicato de Trabajadores de Materfer). Y, también, diversos grupos armados, agravando la sensación de amenaza que se instalaba en el gobierno. Efectivamente, durante el primer semestre de 1970 la actividad de las organizaciones armadas había sido particularmente intensa. El reparto de juguetes y alimentos en Villa Piolín por parte de las FAP; una ola inusitada de asaltos a entidades bancarias y destacamentos policiales sin firmar; el secuestro del cónsul paraguayo Waldemar Sánchez realizado por las FAL y el asesinato de Aramburu por parte de Montoneros, que terminó precipitando la destitución de Onganía, fueron algunas de las acciones destacadas de esos meses142. Resultaba claro que la intransigencia del ex presidente frente a cualquier forma de participación política no había contribuido a descomprimir la situación. Lo sucederá en el cargo el general Roberto Levingston, una figura hasta entonces desconocida para la opinión pública. Su prescindencia en los últimos conflictos de la interna militar y su escaso ascendiente sobre sus camaradas, parecían convertirlo en un candidato aceptable para encabezar el intento de generar un nuevo esquema de poder compartido entre la figura presidencial y la Junta de Comandantes143. Más allá de los cálculos de la Junta, Levingston intentará encarar una suerte de “segundo ciclo” de la Revolución Argentina, signado por un pretendido sesgo “nacionalista” en materia económica y el aplazamiento de toda apertura política. Este intento de desarrollar un proyecto propio, sin el tutelaje de la Junta de Comandantes, no parecía estar en relación ni con el agudo faccionalismo de la corporación militar, ni con la amplia hostilidad pública hacia el régimen (O’Donnell, 1982; de Amézola, 2000). Efectivamente, el período de gracia del nuevo presidente duraría muy poco.
Fue en este contexto que las FAR se presentaron en la escena pública con el copamiento de la localidad bonaerense de Garín, ubicada en el partido de Belén de Escobar.
La acción perseguía varios objetivos (FAR, 1971a y d; S/d. autor, 1974b). Por un lado, tenía una función que llamaban “expropiatoria”, es decir, buscaba obtener recursos económicos, armas, uniformes policiales y otro tipo de elementos útiles. De hecho, en los últimos meses la organización ya venía realizando acciones sin firmar en ese sentido. La más importante había sido el asalto a un banco en Don Torcuato, de
142 Una crónica detallada de las acciones armadas que tuvieron lugar a lo largo del año 1970 puede verse
en Panorama, Nº 192, 29/12/70.
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Formado en el Arma de Caballería, Levingston había sido Jefe del Servicio de Información del Ejército y a comienzos de los ‘60 estaba identificado con la fracción azul en los enfrentamientos que dividieron a las FFAA. Sin embargo, para la época de su designación hacía tiempo que residía en Washington, donde se desempeñaba como agregado militar y delegado del país ante la Junta Interamericana.
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amplia repercusión en la prensa dada la suma de dinero incautada y el señalamiento de los testigos respecto del carácter político del hecho y el “correcto” trato recibido144. Más allá de eso, el objetivo central de la acción era demostrar la eficacia del método de la lucha armada y la vulnerabilidad del régimen militar. Debía desmentir el clima de relativa distensión producido luego de la asunción de Levingston, que según las FAR había permitido “cacarear al enemigo una paz súbitamente recuperada”. A su vez, el operativo estaba inspirado en la toma de la ciudad de Pando -Canelones, Uruguay- realizada en 1969 por los Tupamaros, considerados por entonces como el ejemplo de guerrilla urbana. Tanto aquella acción como la toma de la localidad cordobesa de La Calera por los Montoneros el 1º de julio de 1970, habían resultado fallidas en términos de las graves consecuencias represivas sufridas por ambas organizaciones. En ese sentido, según la organización, la operación buscaba reivindicar la factibilidad de tales copamientos. Por lo mismo, no debe perderse de vista que de resultar exitosa constituiría una importante muestra de poder por parte de las FAR.
La elección de Garín como lugar del operativo -denominado internamente “Gabriela”-, se basó en motivos fundamentalmente tácticos. Reunía las condiciones de tener un banco, una comisaría y dos accesos que, al tiempo que podían ser controlados, permitían una rápida retirada por la ruta Panamericana y el Acceso Norte. Además, se trataba de una localidad relativamente chica, compuesta por unas 35 manzanas pobladas por cerca de 30.000 habitantes. Y, al mismo tiempo, se hallaba a 40km de la Capital Federal y a tan sólo 15 de la guarnición militar de Campo de Mayo, por lo que tomarla significaría toda una afrenta para el gobierno militar.
Del copamiento participaron casi 40 militantes, los cuales, según las FAR, constituían más de la mitad de la organización. Un cálculo ajustado indica que para entonces contaban, como mínimo, con algo más de 50 miembros, número que varía significativamente si se consideran aquellos militantes ligados a las FAR todavía de manera laxa pero dispuestos a integrarse efectivamente a sus filas145. Con todo, se
144 Se trató del asalto a una sucursal del banco Delta y Norte Argentino realizado el 28 de abril de 1970. El
botín fue de 31.600.000 pesos moneda nacional, suma equivalente por entonces a más de 80.000 dólares (FAR, 1971d y LN, 29/4/70 y 30/4/70).
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Varios testimonios coinciden en la cifra. Uno de ellos precisa que para entonces contarían con 50 militantes efectivamente armados, 30 más convencidos a emprender el mismo camino y unos 50 colaboradores dispuestos a prestarles una casa, ayuda médica u otras cuestiones necesarias. Por nuestra parte, en este período hemos logrado identificar 56 militantes, considerando tanto a sus grupos fundadores, como a los contingentes de Córdoba y Tucumán y a los platenses incorporados para la época de Garín. Por entonces, Marcelo Verd y Sara Palacio (previamente miembros de la columna 4 del ELN) también formaban parte de las FAR y de hecho participaron del copamiento de Garín. Sin embargo, hacia fines de 1970 se separaron de la organización, instalándose en San Juan. Según la visión de los militantes de las FAR, la ruptura se debió a que Verd no aceptaba la nueva línea de la organización que, a diferencia del ELN, privilegiaba la lucha nacional y se acercaba progresivamente al peronismo.
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trataba de una acción de enorme envergadura para una organización que estaba en sus comienzos. Y, de hecho, su primer intento de copar el pueblo resultó fallido, aunque la operación logró suspenderse sin mayores consecuencias (FAR, s/f. [1970]). No sucedería lo mismo el 30 de julio.
Ese día los militantes de las FAR redujeron a los choferes de diversos remises y fletes, con los que llegaron a Garín adecuadamente caracterizados. Algunos como policías, otros como personal médico o encuestadores. Se dividieron en siete grupos comando, cada uno de ellos de accionar autónomo aunque coordinado gracias a la comunicación que mantenían con Carlos Olmedo, situado fuera de la zona de operaciones. Vigilaron la estación del tren, tomaron la central telefónica y la casa de un radioaficionado incomunicando al pueblo, coparon la comisaría, asaltaron el banco y controlaron el bar enfrentado a la institución crediticia. Al mismo tiempo, dos comandos detenían el tránsito en los principales accesos del pueblo. Fingían ser policías en búsqueda de los militantes implicados en el caso Aramburu.
El operativo se realizó en 50 minutos, durante los cuales la organización había logrado controlar simultáneamente todos los puntos neurálgicos de Garín. En el banco hirieron al cabo Fernando Sulling, que había intentado resistir el asalto y moriría pocas horas después. Luego de algunos tiroteos aislados, los militantes de las FAR lograron huir llevándose $3.316.628 pesos moneda nacional, 7 pistolas de diverso calibre, cuatro revólveres, dos metralletas, cargadores y chapas y uniformes policiales (FAR, 1970a y b). Si bien como no pudieron abrir el tesoro del banco la suma de dinero no era la esperada, la localidad de Garín había quedado cubierta de panfletos y pintadas con las siglas de la organización. De ese modo, las FAR emergían a la escena pública mediante un operativo de características ciertamente espectaculares, logrando consolidar la alarma desatada en el gobierno y generando una enorme repercusión en la prensa de la época146.
146 Tras el copamiento, Levingston convocó una reunión extraordinaria del Consejo Nacional de Seguridad
(creado por Onganía en el marco de la Ley de Defensa Nacional para planificar acciones de seguridad interior) a la que asistieron las principales figuras el gobierno militar. Allí se ordenó la coordinación y alistamiento permanente de las fuerzas represivas dotándolas de medios suficientes para luchar contra la “delincuencia ideológica” y aplicar con rigor las normas represivas en vigencia que, dado el Estado de Sitio, incluían la pena de muerte. Por su parte, la prensa destacó con alarma la sincronización y el adiestramiento de los protagonistas del copamiento, confirmando con ello que la actividad guerrillera había tomado una envergadura insospechada en el país (LN, La Razón y Clarín 31/7/70 y 1/8/70,
Confirmado 5-11/8/70, Análisis 4-10/8/70). Por su parte, con su lenguaje y visiones características, la
policía bonaerense destacaba: “el ‘Operativo Garín’ marca un hito en la Guerra Revolucionaria, de carácter total, ideología marxista, programada a partir de la Conferencia Tricontinental” (en Sumario de la Causa Judicial, Legajo Nº 122, Archivo DIPBA). Un análisis detallado del copamiento puede verse en González Canosa y Chama, 2006.
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Consideraciones sobre los orígenes de las FAR
A lo largo de los tres capítulos que componen la segunda parte de la tesis hemos reconstruido y analizado el proceso de gestación y surgimiento de las FAR distinguiendo dos subperíodos. El primero, más mediato (1960-1966), fue abordado en los capítulos 1 y 2, donde analizamos los itinerarios político-ideológicos que dieron lugar a la formación de los grupos fundadores de la organización: el que fue liderado por Carlos Olmedo, aquel en que se destacaba Marcos Osatinsky y otro referenciado en la figura de Arturo Lewinger. En el primer caso, examinamos el entrelazamiento de las trayectorias políticas de un conjunto de activistas que, iniciando su militancia en el PC, transitaron por distintos ámbitos disidentes del partido como VR, el Sindicato de Prensa y La Rosa Blindada antes de conformar el nucleamiento que intentó ligarse al proyecto del “Che”. En el segundo, se trató de un grupo que se escindió de la FJC en 1966, ya con la idea de partir a Cuba. Y, en el tercero, reconstruimos el itinerario de aquellos militantes que integraron el MIR-Praxis, el 3MH y luego buscaron participar de los planes sudamericanos de Guevara. El segundo período (1966-1970) fue considerando en el capítulo 3, donde analizamos el intento de estos grupos de sumarse a la campaña del “Che” en Bolivia, su integración en el sector argentino del ELN dirigido por Inti Peredo y la formación de las FAR.
A su vez, como ya hemos señalado, consideramos que desde sus orígenes hasta su desarrollo como organización, las FAR transitaron un proceso de doble ruptura respecto de las tradiciones político-ideológicas de las que provenían sus fundadores. La primera de ellas derivó en su constitución como organización político-militar de actuación nacional y urbana y, la segunda, en la asunción del peronismo como identidad política propia. De allí que en la etapa de los orígenes hayamos analizado los primeros pasos transitados por los grupos fundadores de las FAR en ese itinerario. Básicamente, las diversas estrategias políticas consideradas para viabilizar la liberación nacional y social que impulsaban y sus reinterpretaciones sobre el fenómeno peronista.
Respecto del proceso de doble ruptura señalado, en este período de los orígenes terminó por delinearse la primera de ellas. En este sentido, si bien en los itinerarios analizados puede verse un proceso de creciente revalorización del peronismo, el tema dominante de esta etapa fue el de la opción por la lucha armada.
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En relación con el período de gestación de los grupos fundadores de las FAR (1960- 1966), el primer tema que estuvo en juego fue el de las “etapas” de la revolución. Por entonces, todos estos grupos forjaron o reforzaron su convicción respecto de que la revolución sería un proceso de liberación simultáneamente nacional y social, tal como mostraba el caso cubano. Para aquellos que provenían del PC, la cuestión fue central en sus disidencias con el partido. En el caso del grupo liderado por Lewinger, el tema ya estaba planteado desde su participación en el MIR-Praxis, que hostigaba permanentemente al comunismo por su estrategia “etapista” y sus expectativas de consolidar alianzas con sectores de la burguesía nacional. Dichas críticas, inspiradas en los planteos trotskistas relativos a la “revolución permanente”, eran previas incluso a la Revolución Cubana, proceso en el que se creyeron ver confirmadas.
En algunos de los grupos por los que transitaron los fundadores de las FAR, pueden detectarse además ciertos razonamientos claves que actuaron como operadores para refutar la concepción que separaba en dos etapas las tareas de liberación nacional y las socialistas. Algunos fueron previos y sintonizaron inmediatamente con el caso cubano, otros surgieron directamente bajo su influjo. En el caso del MIR-Praxis, se trató de la “teoría de la integración mundial” elaborada por Silvio Fronidizi, cuyo corolario político para la Argentina era que la burguesía nacional, producto de su ligazón con los intereses del gran capital internacional, ya no tenía tareas progresistas que cumplir. En virtud de ello se afirmaba que en el país no podría realizarse una “revolución democrática-burguesa” como etapa encerrada en sí misma sino que dichas tareas pendientes se realizarían simultáneamente con la marcha al socialismo. Exactamente a la misma conclusión arribaba VR en 1963 con su teoría del imperialismo como “factor interno” de la estructura económica argentina, en cuya elaboración, no por casualidad había tenido un lugar destacado Carlos Ábalo. En este sentido, es interesante señalar una cuestión. En muchos tramos de su militancia los fundadores de las FAR integraron grupos o convivieron con activistas influidos por el troskismo (el MIR-Praxis, el grupo de Ábalo en VR). Sobre todo, cuando lo que estaba en juego era fundamentalmente el tema de las “etapas” de la revolución, en que el influjo cubano resultaba coincidente con los planteos trotskistas respecto del carácter “ininterrumpido” de la revolución. Luego, esos itinerarios se bifurcaron tanto por el tema de las “vías” (el grupo de Ábalo que se integró a Palabra Obrera, criticando el “guerrillerismo” de VR y promoviendo la construcción de un partido obrero) o bien por el tema del peronismo (el sector de La Plata del MIR-Praxis, tras el viraje de éste en clave nacional-popular en 1961).
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La refutación de la concepción “etapista” del PC remitía directamente al tema de la actualidad de la revolución socialista, por lo que para todos estos grupos la cuestión que se impuso desde entonces fue la de las “vías” hacia ella. Como hemos visto, en este período sus concepciones al respecto fueron sumamente variadas. Aunque, en todos los casos, se refutaba otro de los planteos del PC: la posibilidad de acceder al socialismo por vías pacíficas. En el caso del itinerario del grupo de Lewinger, las estrategias consideradas incluyeron desde perspectivas insurreccionalistas con un fuerte énfasis en el trabajo político de inserción territorial (el MIR-Praxis y sus transformaciones desde 1961) hasta la apuesta por un golpe militar de base popular (el 3MH). En el caso de los militantes provenientes del PC, hemos visto que el debate sobre las vías inundó progresivamente las páginas de La Rosa Blindada y el llamativo peso que, tratándose de un ámbito gremial, adquirió en el Sindicato de Prensa. También, el acercamiento de VR al EGP y su fragmentación luego del fracaso de aquella experiencia. Sin dudas, el tema de las “vías” y la discusión sobre las diversas formas de violencia que podría implicar la revolución en Argentina estaba instalado antes de la dictadura de 1966. Sin embargo, no podría exagerarse su impacto en términos de la precipitación de todas estas cuestiones. A partir de entonces, el grupo de Lewinger descartó la existencia de “sectores nasseristas” en el Ejército y optó por el camino cubano, al tiempo que el grupo en que estaba Olmedo decidía viajar a la isla. A su vez, fue entonces que, tras un largo tiempo de malestar en el PC y también bajo la convicción de que la lucha armada era la única “vía” posible hacia el socialismo, se produjo la fractura de la FJC donde estaba Osatinsky.
Si bien la opción por la lucha armada fue el tema dominante del período, hemos mostrado que las discusiones en torno al peronismo también estuvieron presentes. En general, lo que puede verse es un proceso de reinterpretación del fenómeno que implicó la revalorización del papel que había jugado entre las masas. Desde entonces, ya no se lo consideró como un “desvío” sino como un “momento” que tenía rasgos positivos en términos del desarrollo de la conciencia de la clase obrera. De todos modos, ninguno de los grupos considerados dejó de pensar que su rol ya había concluido y que para iniciar el mentado proceso de liberación nacional y social debía ser superado. Ya sea a través de un amplio movimiento popular que sintetizara los avances del yrigoyenismo y el peronismo (el MIR-Praxis tras 1961 y el 3MH) o una vanguardia que por momentos y de modo difuso llegó a proyectarse como simultáneamente política y militar (VR). En este sentido, respecto de los interrogantes sobre el “hecho peronista” que aquejaron a diversos sectores de izquierda en el
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período: ¿qué esperar, la crisis o la transmutación?, ¿desde dónde hacerlo, desde afuera o desde adentro? (Altamirano, 2001a: 64-65); la respuesta fue siempre la crisis del movimiento, por lo que la segunda pregunta ni siquiera fue planteada. En definitiva, para todos estos grupos el peronismo había jugado un rol progresivo en el pasado pero en el presente sólo podía ser algo transitorio.
Con todo, la revalorización señalada fue clara y pronunciada en el itinerario que dio lugar al grupo liderado por Lewinger. Como señalamos, ya el MIR-Praxis pretendía alejarse del antiperonismo de partidos como el PC y el PS, realizando un balance del gobierno peronista que se quería distanciado y capaz de rescatar tanto aspectos negativos como positivos. Sin embargo, el punto de inflexión sobre el tema se produjo tras el viraje “nacional-popular” de 1961. Tanto a nivel discursivo, como en términos de las diversas actividades que desarrollaron cuando decidieron profundizar su “giro a la