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EL IMPERIO DEL EDÉN

CAPÍTULO 6 La venganza de Moron

El triunfo de anglo-América, 1830-1898 Todas las noches anteriores a la que acababa de pasar habían acampado en los grandes bosques; pero ahora contemplaban una vasta extensión de llanura que, al norte y el este, se abría, sin caminos ni quebraduras de montaña o barranco, hasta el infinito: la pradera sin límite, que pronto se dulcificaría tornándose de un marrón dorado por los rayos de un sol luminoso, ya situado bajo la línea del horizonte, encendido con tonos opalinos. La Muchacha no había sido nunca amante de la naturaleza […] pero hasta ese momento no había cobrado conciencia de la maravillosa belleza y la gloria de las grandes llanuras. Y sin embargo, aunque sus ojos brillaban de admiración hacia todo ello, había una nota inconfundiblemente triste y reiterativa en la voz que al cabo murmuró: «Otro día». Pasado un rato, y como por ensalmo de algún poder oculto, se volvió lentamente y miró hacia el oeste, donde fijó la mirada larga y gravemente en el panorama de cimas nevadas, cordillera tras cordillera, todas coronadas de luz deslumbradora.

DAVID BELASCO,

The Girl of the Golden West (1911)

Nunca he buscado la utopía en un mapa. Por supuesto, creo en el progreso humano. Creo en la medicina, en la astrofísica, en las máquinas lavadoras. Pero mi brújula toma su punto cardinal en la tragedia. Si bien respondo a la metáfora de la primavera, también aprendí, hace años, con mi padre mexicano, con mis monjas irlandesas, a contar con el invierno. El sentido del Edén para mí, para nosotros, no es el acceso sino la expulsión.

RICHARD RODRÍGUEZ, Days of Obligation:

An Argument with My Mexican Father (1992)

La religión extendió las manos abiertas hacia el oeste, para la oración y para la ganancia, hasta los confines de la tierra americana. En 1790 aproximadamente, según un relato registrado unos cuarenta años después, un chamán del pueblo spokane, que vivía al otro lado de las Montañas Rocosas, junto al río Spokane, alertó a sus compañeros sobre la llegada «desde el sol naciente» de «una clase distinta de hombre» y «un libro que os enseñará todo».1

Este tipo de historias es casi siempre falso. Las profecías suelen ocurrir retrospectivamente, buscando validación con hechos reales. La gente las construye en un intento de hacer inteligibles sucesos extraños y a veces traumáticos: el consuelo de pretender que alguien los pronosticó ayuda a quitar filo a las innovaciones desagradables. Para los pueblos autóctonos subvertidos por imperios intrusos, la seguridad de que sus viejos chamanes no se equivocaban en algunas cosas –aun si esto era su propia destrucción– legitimaba tradiciones perdidas o en peligro de perderse. Para los conquistadores es siempre halagüeño ser objeto de profecías: sugiere predestinación divina.

Suele decirse también que los aztecas y los incas predijeron su propia perdición, aunque la evidencia de esta idea se deshace al tocarla y las historias son evidentemente falsedades de la primera colonización, parte de la red de mitos que envolvía en incertidumbre verdades desagradables y tornaba el caos en misterio. Por todo ello, el profeta spokane probablemente no se pronunciara nunca. Quizá dedujera la cercanía de los invasores por la mortal viruela que los precedió. Quizá oyera rumores sobre las misiones francesas y españolas del valle del Misuri y de las Grandes Llanuras. Pero es improbable que tuviera buena impresión de los intrusos. ¿Es realmente posible que considerase la Biblia –con sus justificaciones de la expropiación y masacre de los habitantes de las tierras conquistadas por esos elegidos de Dios– como autoridad omnisciente y benigna?

Con todo, el hecho de que esta historia circulase en la década de 1830 da evidencia de lo que estaba ocurriendo por aquel entonces. En 1831 llegaron a San Luis pioneros de Nez Percé y Flathead. Iban en busca de experiencias espirituales, pero los estadounidenses del este, diversamente deseosos de nuevas

congregaciones que convertir y nuevas tierras que apropiarse, malinterpretaron su llegada como señal del hambre de evangelios de amor y lucro de las tribus occidentales.

Las profecías son un extendido vicio americano, y la gente blanca tenía, cómo no, sus propios profetas. El rasgo general –si bien no constante– de la religión de los colonos era el entusiasmo; y el milenarismo era la forma extrema de ese entusiasmo.2 La persecución en Europa empujó a los milenaristas hacia América, donde la tolerancia nutrió el anabaptismo, el fundamentalismo del fin de los tiempos, y sectas inventadas por profetas con delirio quilianista. La religión de los puritanos, tan sobria en algunos aspectos, tendía a volverse febril cuando sus fieles pensaban en el fin del mundo. Los fundadores de Massachusetts creían en un refugio para aquellos que Dios quisiera «salvar de la general destrucción». John Cotton, el teólogo de Boston que colaboró para que se expulsara el baptismo de Massachusetts, predijo que el mundo llegaría a su fin en 1655. Increase Mather creía poder oír el desprendimiento de los «fragmentos asesinos» de Dios mientras observaba el cometa de 1680. Los

ShakersNT1 se titulaban «la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo».3

Desde mediados del siglo XVIII, los «Grandes Despertares» volvieron a encender el fervor

milenarista en la Norteamérica británica. Una reacción frente al racionalismo convirtió a fervorosos predicadores en ídolos populares que no buscaban «llenar las cabezas sino mover los corazones», como explicaba Jonathan Edwards –acaso el más famoso de los «despertaristas»– a sus congregaciones. «Gritos, desmayos, convulsiones y cosas por el estilo» sustituyeron a la liturgia.4 Los Shakers vivieron una «era de manifestaciones» durante la cual Ann Lee afirmó haber experimentado la Segunda Venida en 1770. En 1803 el auto-proclamado profeta Georg Rapp sacó a sus seguidores de la persecución que padecían en Alemania y los llevó a «la tierra de Israel» en Pensilvania. Allí se establecieron, tras haberlo intentado también en Indiana, para esperar la vuelta de Cristo, que Rapp vaticinaba para 1829. Por otro lado, en el Nueva York rural, William Miller, fundador del adventismo, predecía que el mundo acabaría en 1844. Para ser profeta probablemente convenga ser algo raro. Y quizá el más raro de los profetas blancos fue Joseph Smith, que empezó, según su propia versión posterior, a tener revelaciones divinas en 1820 a los quince años, y frecuentes visitaciones angélicas desde 1823. En 1830 fundó el movimiento conocido más adelante como la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Como los hispanos y la mayoría de las restantes minorías, los mormones son, en mi opinión, poco celebrados en la historia de Estados Unidos. Desde la perspectiva de una historia hispana del país, fueron la vanguardia de la anglificación del Oeste: los pioneros que abrieron brecha en el «Gran Desierto Americano» y convirtieron las tierras al otro lado de las llanuras en la frontera de anglo-América. En este capítulo se narra la historia, que ellos comenzaron, del episodio decisivo en la historia hispana de Estados Unidos: la colonización del Oeste que inclinó la balanza del futuro e inauguró un largo periodo de dominio gringo «from sea to shining sea» («de mar a mar brillante»).NT2 La mayoría de los protagonistas de este capítulo son, por consiguiente, angloamericanos. Pero, como los constructores de anglo-América en que se centró el capítulo 3, los que la ampliaron hasta el oeste son inevitablemente parte de la historia hispana.

Como heresiarca, Joseph Smith tuvo un éxito espectacular, pero fracasó en todo lo demás que intentó. Su primera vocación fue la de buscador de tesoros profesional, lo cual le empobreció y le ganó acusaciones de marrullero. Su tentativa en la banca acabó en quiebra y sospecha de fraude. Fundó ciudades que hubieron de ser abandonadas. Su carrera militar como supuesto general Joseph Smith terminó en derrota, su campaña para la presidencia de Estados Unidos, en ignominia, y su auto-personificación como caudillo político, en acusaciones de traición, seguidas por su muerte a causa de un linchamiento. Allí

donde se establecían, sus seguidores eran expulsados; y sin embargo tuvo decenas de miles de seguidores durante su vida y la iglesia que fundó suma hoy muchos millones de fieles.

Y si su vida no parecía pronosticar semejante resultado, sus doctrinas no hacen sino agravar el problema. Smith dijo que un ángel le había entregado unas tablas de oro inscritas que él no podía mostrar a nadie; aparte de unos pocos de sus adláteres más próximos, nadie ha afirmado jamás haberlas visto. No conocía la lengua en la que estaban escritas, pero las tradujo por divina inspiración, encontrando transcripciones luminosas, sólo visibles a él mismo, dentro de su sombrero. La menos sorprendente de sus revelaciones fue que los indios americanos eran descendientes de una perdida tribu de Israel, pues eso había sido sugerido muchas veces anteriormente, sin razón alguna. Manifestaciones más asombrosas fueron que Jesucristo había visitado América; que la Nueva Jerusalén se construiría en América, a ser posible en Misuri; y que el territorio de Estados Unidos, que había sido escenario de antiguas guerras destructivas entre los primeros cristianos y apóstatas o infieles, sería el destino de la Segunda Venida de Cristo. Smith expresó todas estas afirmaciones y profecías en un lenguaje inspirado muy de cerca en la Versión Autorizada de la Biblia de la Iglesia de Inglaterra. Su visión aumentó en extravagancia con el paso del tiempo. Cuando murió en 1844 se imaginaba como rey de una «teodemocracia».

Es difícil entender cómo tantas personas pueden haber creído e incluso hallado auténtico consuelo en lo que un crítico adverso se inclinaría a tachar de fárrago de evidentes absurdos. Sin duda parte del atractivo de Smith era consecuencia de su carisma personal, que podemos calibrar en términos de su aparente sex appeal: se eximió a sí mismo y a unos cuantos discípulos selectos de las constricciones de la monogamia y acumuló al menos veinticinco «matrimonios» claramente atestiguados. Su sucesor como líder de los Santos de los Últimos Días, o de su facción más numerosa, Brigham Young, exhibía un similar carisma: se dice que tuvo 56 esposas, todas bajo el mismo techo en una vivienda larga en la que cada una tenía su propia puerta de entrada. Pero el carisma no podía, por sí solo, lanzar un movimiento tan enorme como el mormonismo, o reclutar fieles más allá de los límites de los viajes de sus líderes, o explicar el éxito de los misioneros que lograron miles de conversiones en lugares tan lejanos como Canadá o entre los pobres de la Inglaterra dickensiana. Lo que parece haber inspirado a la mayoría de los mormones son más bien los escritos de Smith.

El atractivo de El libro de Mormón, donde se publicó la mayor parte de la obra de Smith en 1830, con su nombre en la portada como autor, no como traductor, era, sospecho yo, algo como el de El Señor

de los Anillos y las numerosas fantasías similares de hoy día. Al margen de lo que se piense sobre la

verdad o la santidad de la obra de Smith, el lector no puede por menos que admirar el genio con que creó y mantuvo un enorme mundo de personajes con innumerables historias de guerra y traición, amor y odio, miedo y amistad, e increíblemente escasas contradicciones. En este texto Smith entretejió –sin elegancia pero no sin cierto arte tosco– muchas justificaciones de rituales que él mismo había ideado y muchas críticas, de paso, contra las iglesias existentes. Una vez que el lector se entrega emocionalmente a un mundo literario, éste deviene para él o ella en una forma de realidad, como ocurre con los culebrones radiofónicos o televisivos para el público que se entristece cuando muere un personaje, o envía dinero y regalos cuando una de las dramatis personae se encuentra en dificultades. Muchos lectores de El Libro de Mormón respondieron a las escrituras de Smith con un grado similar de entrega, de modo muy similar a la reacción del público a los escritos de otros heresiarcas improbables, como Lutero o Mahoma. Yo soy inmune a la fascinación de este libro. Su lenguaje poco natural, su ritmo uniforme, su retórica hiperbólica y su tedio repetitivo me dejan frío. Pero para el que se conmueve una vez, el poder de este texto genera una intensidad propia. Entre los proyectos y promesas de Smith, la construcción de la Nueva Jerusalén en América fue la que encendió más imaginaciones. Entre las aseveraciones que hizo a sus seguidores, la divina garantía de la santidad de América fue la más perdurable, incluso con las muchas decepciones que sufrieron las ambiciones del fundador. «Esta», dice El Libro de Mormón sobre América, «es una tierra elegida»;

elegida sobre todas las demás tierras, dice un texto contiguo, «y cualquier nación que la posea se verá libre de esclavitud y del cautiverio, y de todas las otras naciones […] si tan sólo sirve al Dios de la tierra, que es Jesucristo».5 Brigham Young mantuvo la tradición. El hemisferio americano, dijo, «es la tierra de Sión, la tierra que el Señor entregó a Jacob […] y a su descendencia […] donde Jesús hará su aparición por segunda vez».6 La promesa de bienestar en Sión iba respaldada por su debida amenaza: «Y así podemos ver los decretos de Dios concernientes a esta tierra: que es una tierra de promisión; y cualquier nación que la posea servirá a Dios, o será exterminada cuando la plenitud de su ira caiga sobre ella. Y la plenitud de su ira descenderá sobre ella cuando haya madurado la iniquidad».7

La imagen de una tierra de promisión avivada con una amenaza –que es lo que América era para los que emigraban de malos tiempos en Europa– se abrevia fácilmente en la de la Tierra Prometida. Aunque Smith y Young encontraban dificultades con un público versado en racionalismo, escepticismo y el ejercicio de la inteligencia crítica, su mensaje era inteligible en el contexto de la época, especialmente para las personas con estudios escasos a las que iba principalmente dirigido. Había una larga tradición de utopismo americano: el nombre mismo de Utopía se debe a un relato satírico de Tomás Moro, sobre un viajero que descubre una república modélica al otro lado del océano. Colón y Cortés, cuando se desvanecieron sus ambiciones laicas, imaginaron la gestación de una nueva era apostólica en las tierras que habían descubierto. Los primeros evangelistas franciscanos de Nueva España se apresuraron a llevar a cabo su plan de bautismo previendo el fin inminente del mundo. El milenarismo animó la resistencia indígena en algunas partes de la América colonial española.8 En los primeros tiempos del mormonismo era aún posible imaginar un nuevo comienzo para el mundo en suelo virgen americano.

Los utópicos laicos se unieron a los entusiastas religiosos en la búsqueda de su propia clase de Sión. Mientras los mormones anunciaban la Nueva Jerusalén, los seguidores de Robert Owen, Étienne Cabet y Charles Fourier construían utopías de andar por casa sobre principios utópicos y socialistas: ciudades de Ícaro, que fue osado y cayó. Fourier proyectó una colonia llamada Armonía, donde hasta las orgías sexuales estarían organizadas sobre principios igualitarios. En Texas, en 1849, Cabet fundó una población que llamó Icaria, donde la abolición de la propiedad y la prohibición de rivalidades evitarían la envidia, el crimen, la ira y la lujuria. La ropa, según Cabet, tendría que ser elástica para que el principio de igualdad «se adaptara a personas de diferente tamaño». Aunque Owen era un ateo militante, compró el lugar de su fallida comunidad en Indiana en 1826 a Georg Rapp, cuyos seguidores ya habían fracasado allí, simbolizando sin proponérselo las continuidades entre el utopismo seglar y el religioso.

En 1831 Joseph Smith eligió el sitio para la Nueva Jerusalén: el pueblo de Independence en Jackson County (Misuri), recientemente fundado en el límite más occidental de la colonización americana, muy cerca de la confluencia de los ríos Kansas y Misuri. La afluencia de 1.200 seguidores de Smith a la incipiente comunidad alarmó a los residentes, que respondieron primero con amenazas y después con violencia, obligando a los fieles a huir. En 1833 Smith formó su propia milicia para conquistar la tierra prometida por la fuerza, pero los lugareños prevalecieron. Tras la expulsión de Misuri, los mormones probaron en Illinois, con igual desenlace y violencia aún mayor. En 1844 Smith utilizó su milicia, que por entonces tenía mil hombres vestidos con uniformes como de opereta, penacho incluido, para dar un golpe local, declarando la ley marcial en la Nueva Jerusalén. Pero la milicia se reveló incapaz de aguantar el bombardeo de las tropas estatales. Era evidente que la Nueva Jerusalén sólo florecería donde no hubiera enemigos que la destruyeran o se mofaran, en el interior profundo del continente, fuera de la jurisdicción de Estados Unidos. Esa era, tras la muerte de Joseph Smith, la idea de Brigham Young, su sucesor, que logró la adhesión de la inmensa mayoría de sus seguidores. Una de las justificaciones de la política que impuso era que los mormones debían seguir el rumbo del ángel que había sido el principal confidente celestial del fundador. El ángel Moroni era, según algunas interpretaciones de la obra de Smith y alguna rememoración de lo

dicho por el profeta, un avatar de un heroico guerrero cristiano que había escrito gran parte de El Libro

de Mormón en la forma en que presuntamente lo recibió Smith, y que había participado en las últimas

campañas de los fieles de Cristo en la América ancestral; sobrevivió a la debacle y se internó tierra adentro hasta morir en combate singular con una serie de contendientes surgidos entre los indígenas americanos, o «lamanitas» en lenguaje mormón: después de vencer a los tres primeros, sucumbió ante el cuarto por agotamiento. La colonización del interior sería la venganza de Moroni. Una visión dirigió a Young hacia Utah, pero otras consideraciones prácticas favorecieron su elección: estaba a mucha distancia de otros colonos, en una tierra en apariencia demasiado carente de atractivos para invitar competencia; nadie salvo los indígenas querrían luchar por ella; y estaba fuera de las fronteras de Estados Unidos en lo que era, técnicamente, territorio mexicano.

La migración que Young dirigió hasta Utah fue un episodio clave en la formación de la América moderna. A mí me asombra la cantidad de intolerancia y hasta odio que todavía suscitan los mormones entre sus conciudadanos de Estados Unidos. Aunque como antiguo residente de Massachusetts prefería que la campaña presidencial del ex gobernador Mitt Romney no triunfara en 2008, me quedé pasmado por el modo en que sus enemigos utilizaron la religión para atacarle. En las elecciones de 2012 la cuestión apenas afloró, pero las voces de sus detractores, reanimadas desde la campaña anterior, parecían resonar en ese silencio, negando que los mormones puedan ser cristianos –aunque en realidad, a su extraño modo, se propusieron sinceramente seguir a Cristo– y tratando el mormonismo como si fuera una actividad antiamericana, aunque en realidad no hay religión más americana que el mormonismo, y ninguna con tal fijación en la sacralidad de América. Estados Unidos tendría que honrar a los mormones por haber dado

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