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LA VERDAD DE CADA UNO —¡Estoy embarazada!

Se sintió palidecer ante aquella frase.

—¿Qué pasa? Estoy diciéndote algo cierto. ¡Estoy grávida!

Se había quedado sin saber qué responder, y ello de alguna manera había irritado a Silvia. —¿Qué hay de raro en eso? Somos normales. Un hombre duerme con una mujer, y viceversa. La mujer deja de tener sus flujos mensuales por dos meses seguidos. Por lo tanto…

La declaración, dicha tan en frío, hacía que estallaran definitivamente todas las reservas del absurdo. No podía ser verdad. Un hijo en aquel momento y en esas circunstancias tenía el carácter de un crimen vil. Un hijo así solamente serviría para apresurar la muerte vinculada con un plazo fijo.

Se rascó la cabeza, desorientado.

Silvia comenzó a enfurecerse con su actitud inexplicable.

—¿Así recibes la noticia que te doy? Un hijo nuestro ¿no tiene ningún significado para ti? Intentó justificarse.

—No es eso, querida. Tú no puedes tener un hijo. Nunca deberás tener un hijo. Lanzó una risa desafiante.

—Quien va a tener la criatura soy yo. Yo soy quien puedo y debo tenerla. Sus ojos denotaban su enfurecimiento.

—Pues bien, si tú no lo quieres, lo quiero yo. Tendré ese hijo aunque me muera. Aunque sea para que viva en los Estados Unidos, sin conocer a su padre.

Cerró las manos con rabia y amenazó.

—Puedes estar seguro, Gum. Ese hijo será solamente mío. Mío. ¿Oíste? El estará lejos y nunca sabrás cómo es…

Se volvió de espaldas y salió casi corriendo, bajando el barranco que llevaba al río Tuatuari. Desorientado, él la siguió; ella se había sentado sobre un viejo tronco de palmera y mojaba sus pies en el agua. La mirada de sus ojos se perdía a lo lejos, siguiendo el verdor de la selva.

Se acercó con cuidado y la tocó en el hombro.

—Me quedé tan paralizado por la noticia que quizá no haya sabido demostrar mi sorpresa. Silvia se calmó un poco.

—Parece que no. Supiste demostrar muy bien tu indiferencia por ese hecho.

—No fue eso. Tú complicas las cosas: no consigo olvidar que no puedes tener hijos. ¿No comprendes eso, Silvia?

—El problema es mío, Gum. Solo mío. Si no lo quieres, como bien se vio, yo lo tendré y arrojaré sobre mí toda la responsabilidad. Ya dije que el tema está cerrado.

Se puso en pie e inició la vuelta lentamente, mostrando con toda claridad que no deseaba que la acompañara.

Pero él le gritó:

* * *

Un caso así, pensaba, exigía un médico. Y para elegir un médico, lo mejor era un amigo. Sobre todo porque ese médico-amigo ya estaba al corriente de todas las complicaciones de su vida. Lo había enterado de todo antes de su partida para el sacrificado viaje.

La enfermera lo reconoció con una sonrisa, —¡Qué quemado está! Y más delgado, también. —Tomé mucho sol en la selva.

—¡Qué envidia! Y uno aquí, en este frío endemoniado, sin un poquitito de sol. ¡Usted sí que sabe vivir!

—¿Está el doctor Alfonso?

—Tiene usted suerte. Cada vez que aparece, él está desocupado o por desocuparse. Voy a avisarle.

Enseguida el doctor Alfonso apareció en la puerta, satisfecho.

—¡Caramba! Ayer estaba pensando, preocupado, en tu vida. Se abrazaron amigablemente. —Vamos al confesionario.

Sentóse detrás de la mesa de la clínica y le ofreció una silla, a su lado.

Hizo una pausa para recuperarse y comentó señalando el bigote del médico:

—Tu bigote está comenzando a encanecer. En seguida se ve que necesitas afeitártelo; la mujer, en cuanto envejece, le da por usar el color rosado, y el hombre se afeita el bigote.

—Uno de estos días me lo quito; te agradezco el consejo. Tomaron una actitud más seria.

—El viaje ¿fue bueno?

—No tanto; seguimos el camino del Araguaia. Después, Xingú. Pero nunca hice un camino tan aburrido. Tuve una preocupación tan grande que ni podía dormir. Un insomnio de los mil diablos.

—No era para menos. ¿No?

—Alfonso, estoy completamente desorientado. Realmente. —¿Qué pasó?

—El asunto de Silvia.

Su rostro se ensombreció de preocupación. —¿Ella empeoró mucho?

—Por el contrario. A pesar de la enfermedad que tiene, el sol, el tabaco y la bebida parecen haber mejorado su salud.

—¿Ella llevó consigo algún medicamento para los dolores que sentía?

—Unas píldoras blancas. De vez en cuando, aunque raras veces, tomaba una y se quedaba algunas horas en reposo. Realmente no recuerdo que alguna vez se haya quejado de grandes dolores.

—Eso parece extraño. Pero a veces la enfermedad, debido al clima emocional del paciente, puede tener un período de menor intensidad.

—¡Prepárate para una trompada en un ojo! ¡Ella está grávida!

Realmente una trompada no habría causado semejante sorpresa en Alfonso. Llegó a dar un salto en su silla.

—¡No!... —Sí… Así es.

—Por eso estoy aquí. ¿Podía quedar grávida?

—Con el cáncer que dice tener y en el lugar en que lo situó, nunca. —¿Eso podría abreviar su vida?

—No solo eso: no podría mantener la gravidez. —¿Ah, sí?

—Vamos a comenzar por el más simple principio. ¿Tú no observaste si ella se realizó normalmente?

—No pensé en eso. Era bien fácil disimular. Por ejemplo: tuvimos riñas y fricciones terribles. A veces quedamos tan mal como chicos enfurruñados. Una vez estuvimos tres días sin tocarnos. En Xingu pasé algunos días afuera, visitando aldeas donde había indios enfermos. Puede ser que en algunos de esos momentos…

—Puede ser. Pero, entonces, ¿no pudiste comprobarlo? —¡Cómo iba a imaginar yo una cosa de ésas!

Alfonso encendió un cigarrillo y ofreció el paquete al amigo.

—Ahora, mi doctor, quiero verte salir de esta historia con toda tu sabiduría y folklorismo. —La culpa es tuya, y bien tuya. Pero vamos a pensar en algunos puntos importantes que nunca me aclaraste. Por lo menos, antes de que ustedes se embarcaran.

—Puede ser que yo haya olvidado alguna cosa, pero todo lo que me preguntaste te lo he respondido.

—Aquel punto que no conocías. Es importante: ¿Conseguiste descubrir de qué murió el marido de ella?

—Con mucho cuidado averigüé que él murió de cáncer en la garganta, en el esófago, por lo que pude comprender. Y ella se dedicó absolutamente a él. Lo asistió continuamente, porque ella es de la Red Cross norteamericana, hasta el momento de su muerte.

—Ahí está lo más importante de todo.

—Ya sé. Pero no vas a creer que el cáncer es contagioso.

—No, nada de eso: ¿No tendrías manera de hacer qué ella viniera a verme?

—Intenté traerla, pero se negó. En vez de venir conmigo, se quedó arreglando las valijas a fin de embarcar mañana para Río. Dice que allá visitará a un médico amigo que conoce todo su caso...

—Bien complicado.

—Pero ella ¿tiene un cáncer o no, Alfonso? —Lo tiene.

El joven se recostó en la silla, desanimado. —Ahora soy yo quien dice «¡no!».

—Sí, mi viejo, el asunto es complicado. Más de lo que piensas.

—Pero tú ¿no me garantizaste que si tenía esa enfermedad no podía quedar grávida?

—Sin duda. Necesitamos estudiar tres hipótesis: ella está embarazada y no tiene cáncer; ella tiene cáncer y no está embarazada; ella ni tiene cáncer ni está embarazada.

—Esta última hipótesis es la que todos mis amigos, a los que pedí opinión, apoyan con mayor entusiasmo.

—Pero aun en esa hipótesis ella continúa con el cáncer. —Por el Divino Cordero, Alfonso, deja de enloquecerme…

—Es que ahí está la clave de todo. Puede que el cáncer sea de naturaleza mental. Exclusivamente psíquico. Y ese no va a tener cura.

—No siempre el psicoanálisis, presentando las causas, cura al enfermo. Podrá mejorarlo, pero no curarlo. Ahora presta atención a esta gran posibilidad. No garantizo que sea cierta, por eso hablé de posibilidad. Veamos: tú fuiste la pasión de su vida, de su adolescencia, ¿no es verdad?

—Así es.

—Todo el mundo estuvo contra ustedes dos, ¿no es cierto? —Exacto.

—Tú fuiste por un lado y ella por otro. Tú conseguiste olvidarla ¿no?

—Era lo más práctico que la vida me ofrecía. ¿Por qué seguir atormentándome? —Tú lo conseguiste. Ella no. De ahí que haya hecho todo esto por amor. ¡Amor! —Pero no necesitaba crear esa historia del cáncer.

—No olvides que los años pasaron. Ella no estaba segura de reconquistarte. Y resolvió hacer eso, aunque fuese a costa de la piedad. De tu piedad. Amor, mi viejo. Exclusivamente. Y ese cáncer se llama frustración. Nunca se curará Porque, a su modo, tú continuarás siendo la gran pasión de su vida. Aunque descubras la verdad, aunque la odies y desprecies, ella nunca dejará de amarte. Es un caso crónico.

—Debe de ser así. Porque ella, sintiendo eso, se va.

—En parte, ella se realizó. No ha quedado totalmente satisfecha, pero es parcialmente feliz. —¡Diablos! ¡Cómo nos peleamos con ese problema nuestro! Juro que al salir de aquí me sentiré más tranquilo y aliviado.

—Eso si yo no te hago una preguntita, mi amigo. Y vas a oírla.

Adoptó un aire bastante grave, diferente del que empleara cuando hablaba como médico y amigo.

—¿Y si ella estuviera realmente grávida?

—Ya peleamos bastante por eso. Ella juró que se llevará al hijo a los Estados Unidos y que nunca le veré la cara.

Alfonso se levantó y anduvo en derredor de la mesa. Colocó la mano sobre la espalda del alicaído amigo.

—Ven a comer conmigo hoy. Podremos conversar largamente sobre el asunto. El alma humana, mi viejo, es bastante compleja.

—Hoy no puedo. Mañana iré sin falta. Hoy es la «última» noche de nuestra extraña luna de miel.

—Ahora tengo un paciente citado. Voy a descansarte espiritualmente. ¿Querías ese hijo? —No sé, hay que examinar la manera trágica y el ambiente en que fue concebido.

—Si de hecho existe la criatura, ella transigirá. Silvia ama demasiado la vida. ¿Qué disculpas podría dar a sus amigos de los Estados Unidos si apareciera con un hijo?

—No había pensado en eso.

—Pues piensa. ¿O crees que todos tus amigos de allá están en conocimiento del cáncer que ella imaginó? Hasta te hago una apuesta.

—¿Cuál?

—En breve (concedo unos dos meses de plazo) recibirás una carta diciendo que por un motivo o por otro la criatura se perdió. Real, o mentalmente, esa criatura nunca existirá Puedes descansar ese corazoncito. ¿Y el otro asunto?

—¿Paula? ¡Dios del cielo! Voy a juntar el mayor caudal de mi humildad para pedir perdón por una falta que prácticamente no busqué cometer. Por lo menos esta vez fui arrastrado a empujones dentro de la trampa.

* * * En el automóvil, Gema comentaba incrédula.

—¡Dios del cielo! ¡Qué coraje bromear con una enfermedad de ésas! Es como para dejar erizada a la gente.

—Todo mental.

—Solamente así puede ser. Porque una persona en su sano juicio no inventaría una historia tal.

Reparó en la palidez del muchacho y tomó suavemente su mano. —Estás acabado, tan pálido que parece que vas a desfallecer.

—Hace tres meses que estoy en una situación de nerviosidad infernal, sin tener paz ni sueño para dormir; ahora hace quince días que espero que Paula llegue. Esta expectativa me deja enfermo y abatido.

—Pero ella ya está llegando. Posiblemente, si no hay atraso en el vuelo, dentro de una hora estará entre nosotros

—Entre ustedes, mejor dicho.

Hizo rodar nerviosamente entre los dedos la rosa amarilla.

—Gemoca, bien podrías hacerme un favor. Esta rosa. No sé si podré hablar con Paula o si ella va a querer hablar conmigo hoy. Vine conformándome con poder mirarla de lejos nada más. ¿Podrías entregársela? Incluso porque habrá otra persona al desembarcar.

—¿La Lady-Señora? Seguro… Pero no estés tan asustado como niño al que van a ponerle una inyección por primera vez. Paula me va a llamar como siempre lo hace para comer. Para contarme las novedades. Seguro que esta vez quiere saber las «novedades». Hablaré de ti con todo calor humano. Somos amigos y no creo que en esa historia alguien pudiese actuar de manera diferente de como lo hiciste tú.

El automóvil se aproximaba al aeropuerto, motivo por el cual las manos de Baby se pusieron nerviosas y la palidez aumentó en su rostro hasta el extremo de que los labios perdieron su color.

—¿Y la otra?

—Debe de encontrarse en los Estados Unidos a esta hora; mostrando aquellas fotografías... —¡Dios mío! No puedo hacerme a la idea de esa enfermedad. Hay gente para todo en el mundo. Entonces, ¿le llevo yo la rosa?

—Por favor. Aquí nos separamos.

Pagó el taxi y descendió. Extendió la mano a Gema para ayudarla. Después le dio un beso amigo en la mejilla.

—Gracias, querida. Me quedaré lejos, viéndote hablar con la «Lady-Señora». Si Paula me quisiera ver, yo estaré al lado de las cabinas de teléfonos...

Dentro del aeropuerto avistó un grupo de amigos de Paula. En el centro, con la gran dignidad de siempre, estaba la Lady-Señora.

Era de buen tono pasear del lado de afuera, mirando con indiferencia las marcas de los automóviles. El avión se había retrasado media hora. Y media hora significaba una eternidad paralizada en medio de todos aquellos disgustos que no acababan nunca.

—¿Qué le pasa al señor, que está tan abatido? Nunca lo había visto tan triste.

Vio el rostro amigo y sonriente de Dambroise. Él bien sabía el drama que estaba viviendo. —Estuve viajando... ¿Y, usted cómo está, Dambroise?

Le sonrió, mostrándole que comprendía todo lo que quería decir entre líneas. Despidióse y salió caminando sin prisa. Antes de alejarse del todo, Dambroise lo acompañó un poco y, sin poder resistirlo, le dijo al oído:

—Monsieur espero verlo lo más pronto posible. Y con aspecto más animado. Sonrió, agradeciéndole aquello, y continuó su caminata por la calzada.

Cuando el avión estaba a punto de llegar, se aproximó a la sección de los teléfonos y quedó esperando. El desembarque demora. Siempre había muchos pasajeros en la Aduana, con la eterna historia de los equipajes. Su corazón dio un salto: ella, Paula. Estaba cada día más hermosa, más mujer, más elegante; pasó sonriendo en medio de los amigos. En su mano había una rosa amarilla. Pero ni siquiera miró para su lado. Conocía a Paula de sobra. Muchos años de convivencia y de intimidad le garantizaban que al comienzo ella lo ignoraría tanto como fuera posible. Pero la tristeza le secreteó que tuviera cautela, alejando con cuidado las esperanzas. ¿Y si ella estuviera cansada de él? No. En ese caso, no habría aceptado la rosa. Más bien era posible que hubiera conseguido un nuevo amor en París. Y eso no era difícil para una mujer tan maravillosa como Paula.

* * *

Durante tres días se revolvió de impaciencia. Miraba fascinado el teléfono mudo. ¡Y nada! No tenía valor para llamarla. Nunca podría hacerlo. Necesitaba que fuera ella quien se decidiera, que encontrara que ya el tiempo de castigo había sido suficiente…. El teléfono continuaba detenido, adormecido. Estaba cerca de él todas las horas en que Paula acostumbraba llamar. Nada. Y ya habían trascurrido tres días y tres noches Quedaba rondando por los bares; se encontraba con amigos, pero sin deseo ni interés en las conversaciones. Hasta la bebida había perdido su gusto para él. Todo trasuntaba soledad y expectativa. Volvía cerca de las dos de la mañana, seguro de encontrar debajo de la puerta una nota de Paula, pero ¡nada! Se arrojaba en la cama de cualquier manera, esperando que pasara un poco la borrachera para recomponerse e ir a dormir. Quizás al día siguiente…

Sacó la llave del bolsillo y con dificultad la hizo girar en la cerradura. Encendió la luz del hall y lo que vio le devolvió toda la serenidad, terminando de golpe con los efectos de la bebida. Sobre el escritorio, en un pequeño jarro, había una linda rosa amarilla.

Notó que la luz del dormitorio estaba encendida, y se escapaba por debajo de la puerta. La abrió de golpe. Paula estaba apoyada contra las altas almohadas, reclinada cerca del velador y sonriéndole.

—¡Hola, Baby!

Respondió al saludo sin aproximarse. Se arrojó en un sillón, como si quisiera verificar desde allí si la presencia de Paula era real.

—Hola… Paula.

—Ahí arriba del sofá, hay un paquete. Un regalo mío. No te lo, mereces -ya venía ella con la primera reprimenda. Pero, en todo caso…

—Si no lo merezco ¿por qué me lo trajiste? —Quizá porque te queda muy bien el amarillo.

Tomó el paquete sin prisa y lo abrió. Después, con un gesto instintivo acarició su rostro con la seda de la camisa sport. Paula sabía lo que estaba pensando en ese mismo instante. Era uno de sus más deliciosos descubrimientos: «La seda es la única cosa que uno acaricia sin interés».

—¿Te gustó?

—Es muy lindo. Muchas gracias. —Menos mal.

Los dos se quedaron mirándose a distancia. Ella estaba hermosa y segura de lo que hacía. Resolvió comenzar su juego de perdón. Si no lo llamaba, él se quedaría toda la vida esperando que se decidiera a hacerlo.

—Ven aquí.

Se aproximó, y ella le indicó el suelo, cerca de la cama, como a él tanto le gustaba. Obedeció sin prisa.

La miró suplicante, y la voz le salió muy débil: —¿Cómo antes?

—Todavía no. Pero déjame verte un poco. Le levantó el mentón y miró su rostro abatido.

—Por lo menos podías haberte afeitado. También adelgazaste un poco. —Tardaste tanto en venir, Pó…

—¿Qué querías? ¿Acaso no esperé yo también bastante tiempo?

Él recogió su rápido principio de ataque y volvió a su castigo. Sin embargo, no podía dejar de rezongar.

—Ese alfilerazo se me clavó bien clavado en el traste...

Apenas dejó aparecer una sonrisa, para que él no la viera, a pesar de los deseos que tenía de estallar en una carcajada.

Deshilvanadamente comenzó a contarle todo lo que había pasado entre Silvia y él. Lo sintetizó todo, buscando solamente los puntos que sabía que a Paula le interesarían. Le reveló la visita que hiciera al médico amigo y el resultado obtenido en esa conversación.

Paula se estremeció e hizo casi el mismo comentario de Gema.

—Esa muchacha, cuyo marido murió de semejante enfermedad, ¿no tuvo miedo de Dios? ¡Caramba! ¡Jugar con una cosa de esas!

—Por amor se hace cualquier cosa. Estudió y transfirió a su cuerpo todos los síntomas de la enfermedad de él; dice Alfonso que ella primero se convenció de su historia, para luego convencer mejor a los otros.

—Pero ¿ella creyó alguna vez en eso?

—La mente humana es terriblemente compleja, Paula. Ella lo debe de haber creído con sinceridad, para tener el coraje de ejecutar el plan. Felizmente todo fue una pesadilla.

—Felizmente, es cierto.

—Yo sentía horror ante la idea de estar ligado a una persona que se moría de un cáncer… La