La monogamia es en cierto modo reglamentaria entre los trobiandeses, y en todo lo que hasta aquí hemos dicho del matrimonio hemos supuesto la existencia de una sola mujer. Creemos haber seguido el método bueno, pues en el caso de un hombre que posee varias mujeres, nuestra descripción se aplica, en sí, a cada una de las uniones en que se encuentra comprometido. La poligamia propia-
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mente dicha sólo exige algunas observaciones suplemen- tarias. La poligamia (vilayawa) está permitida por la cos- tumbre a las gentes de categoría elevada o que jueguen en la vida de la tribu un papel importante; a los hechiceros de fama, por ejemplo. En ciertos casos, en efecto, el hombre, por razón de su situación está obligado a tener gran número de mujeres. Tal, especialmente el caso de un jefe, es decir, de todo hombre de rango elevado que ejerce un poder sobre un territorio, más o menos extenso. Para poder ejercer este poder y cumplir con las obliga- ciones inherentes a su cargo debe ser rico, y en las islas Trobiand sólo se puede ser rico poseyendo varias mu- jeres.
Uno de los rasgos más notables de la constitución de la tribu de que hablamos consiste en que la fuente del poder es principalmente de orden económico, y en que el jefe no puede realizar muchas de sus funciones ejecutivas ni hacer valer mucho de sus privilegios, como no sea el hombre más rico de la comunidad. Tiene derecho a exigir pruebas de profundo respeto, obediencia a sus ór- denes y prestación de servicios; puede contar con la parti- cipación de sus vasallos en la guerra, en una expedición o en una solemnidad; pero todas estas cosas las tiene que pagar a un precio elevado. Debe dar grandes fiestas y cos- tear todas las empresas, alimentando a los que en ellas participan, y recompensando a los actores principales. En las islas Trobiand, pues, el poder es esencialmente plutocrático. Y otro aspecto de tal sistema de gobierno, no menos notable e inesperado, es éste: no obstante nece- sitar el jefe grandes ingresos, su cargo, como tal, no im- plica renta alguna, ni recibe de los habitantes ninguno de esos tributos sustanciales que pagan generalmente los súbditos a sus jefes. Los pequeños regalos o tributos anuales que reciben -los mejores peces de una pesca, pri- micias de legumbres, nueces y frutas especiales-, no son sino golosinas, y en ningún caso pueden ser consideradas como una renta. En efecto, el jefe reembolsa el precio en su más alto valor. La totalidad de su renta proviene de las contribuciones anuales que recibe como hombre casado. No obstante, esta renta, en su caso, es muy considerable, ya que posee muchas mujeres, cada una de las cuales se halla más ricamente dotada que si estuviese casada con un plebeyo.
Algunos detalles concretos nos permitirán dar una idea más clara de la situación. Cada jefe tiene un distrito tribu- tario, que comprende varias aldeas -algunas docenas en el distrito de Kiriwina, una docena aproximadamente en el de Luba o Tilataula, una o dos aldeas en los distritos de
jefes menos importantes-; este distrito se hace tributario del jefe por medio del matrimonio. Cada comunidad tri- butaria proporciona al jefe una contribución considerable, pero únicamente en forma de una dotación anual de ñame. Cada aldea y, en el caso de una aldea mixta, cada una de las partes que la componen, es “propiedad” de un subclan. El jefe del distrito toma mujer en cada uno de esto subclanes; el matrimonio que contrae puede decirse que es perpetuo, pues cuando la esposa muere es reempla- zada inmediatamente por otra, su sustituta (kaymapula), tomada del mismo subclan. Todos los miembros mascu- linos de éste contribuyen a la dotación de esta mujer, que representa al subclan ante el jefe, y es el jefe del subclan quien, en nombre de todos sus subordinados, rinde el tri- buto anual. Así, pues, todos los hombres de un distrito tra- bajan para su jefe, pero lo hacen como para un pariente político, bastante alejado, es verdad.
El jefe de Omarakana, jefe a la vez de Kiriwina, supera a todos los demás, en categoría, poder, extensión de in- fluencia y reputación. Su territorio tributario, hoy consi- derablemente reducido a consecuencia de la intervención de los blancos y la desaparición de algunas aldeas, com- prendía toda la parte norte de la isla, y se componía de va- rias docenas de comunidades o subdivisiones aldeanas, que le entregaban hasta sesenta mujeres (de las que se pueden ver algunas aún en la foto 30). Cada una de estas mujeres le proporcionaba un apreciable ingreso de ñame. La familia de cada cual debía llenar anualmente uno o dos depósitos de provisiones (foto 31), con capacidad cada uno de cinco o seis toneladas de ñame. En total, el jefe podía recibir de 300 a 350 toneladas de ñame por año5
. Ciertamente, era ésta una cantidad suficiente para sufragar los gastos de fiestas grandiosas, financiar expediciones ma- rítimas y guerreras, hacer fabricar por artesanos orna- mentos preciosos, pagar hechiceros y asesinos peligrosos, para hacer, en suma, todo lo que se espera que haga un personaje poderoso.
Así, pues, la riqueza constituye manifiestamente la base del poder; pero, en el caso del jefe supremo de Oma- rakana, el poder estaba reforzado por le prestigio personal, por el respeto debido a su carácter tabú o sagrado y por el hecho de poseer la terrible magia del tiempo, gracias a la cual podía hacer próspera o miserable la comarca entera. Los jefes de menor importancia no pueden contar general- mente sino con unas cuantas aldeas, y otros, cuya impor- tancia es casi nula, sólo sacan sus ingresos de las dependen- cias directas de su establecimiento personal. En todos los casos el poder y la situación del jefe dependen enteramente
Capítulo 2. La construcción del otro por la diversidad
5 Nota al pie en el texto original: “Este cálculo aproximado fue hecho para mí por un negociante que se ocupaba, entre otras cosas, de la exportación de ñame para las plantaciones de la metrópoli. Como me ha sido imposible comprobarlo, lo doy aquí con toda reserva.”
de su privilegio de poligamia y de la dote excepcional- mente considerable que debe llevar la mujer que se casa con un jefe.
Aunque breve y necesariamente incompleta, esta expo- sición bastará para mostrar la influencia enorme y com-
pleja que el matrimonio y la poligamia ejercen sobre la constitución del poder y sobre toda la organización social de los trobiandeses.