Y LA POLITICA DEL DESARROLLO
XI. LABOR DEL ANTROPÓLOGO: ETAPAS DE ANÁLISIS
También puede estudiarse la misión del antropólogo y de los demás científicos de la conducta humana en los programas de desarrollo tec- nológico, a la luz de una serie de operaciones. El proyecto de ayuda téc- nica tiene un comienzo, un período de planeamiento, otro de operacio- nes y, quizá, todavía uno más, dedicado a pasar revista o valorar las lec- ciones aprendidas, haciendo un análisis que sirva de orientación para el futuro. La posición tecnológica del antropólogo incorporado a un programa así, es la misma en todas las etapas, pero lo que haga y las so- luciones que dé a los problemas, dependen de las circunstancias parti- culares en que se encuentre. Para mayor claridad, explicaremos la labor del antropólogo en las cuatro etapas que llevan los títulos siguientes: 1) estudio previo, 2) confección del plan, 3) análisis constante, y 4) valo- ración.
Estudio previo
Cuando se prepara un proyecto de desarrollo, deben recogerse datos para que su desenvolvimiento pueda hacerse de manera inteligente. El volumen de investigación que el antropólogo debe realizar en esta eta- pa dependerá, en gran parte, de la intensidad de investigación básica cultural que se haya llevado a cabo previamente en la zona en cuestión. Cuando el antropólogo, incorporado, digamos, a un proyecto de salu- bridad pública, tiene ya una idea regular de la estructura social de la zo- na donde éste va a desarrollarse, de sus aspectos económicos, de su sis- tema de valores y de las ideas y costumbres médicas de sus habitantes,
puede dedicarse inmediatamente a los puntos concretos que sean más importantes para dichos proyectos. Su labor consistirá en utilizar el conjunto de datos culturales y sociales de tipo general disponibles, de- terminar la información concreta que se necesitaba, y luego, procurar llenar estas lagunas. Con unas cuantas semanas de estudio previo, y a veces menos, le bastará.
Pero, si se conoce relativamente poco sobre la cultura y la sociedad de la zona en cuestión, el antropólogo necesitará mucho más tiempo de estudio e investigación para obtener los mismos resultados, porque tendrá que explorar los valores generales de la vida allí, antes de resol- ver los problemas concretos. Por eso la investigación antropológica bá- sica es ya importante, si se quiere utilizar con fruto a los antropólogos en programas orientados. Lo que ya se conoce constituye un capital científico; forma una meseta de saber sociocultural, que permite mayor rapidez en el trabajo que si se partiese de un llano al nivel del mar. El científico de la conducta está en condiciones de trabajar con mucho mayor rendimiento en un programa de ayuda técnica, digamos, en Mé- xico o en la India, que en Afganistán o en Nepal, por la sencilla razón de que ya se ha verificado una buena investigación básica en los países citados en primer lugar, en tanto que apenas se ha hecho muy poco en los segundos. La investigación general o básica -es decir, no dirigida a la solución de problemas concretos- es también muy importante por- que, hasta que se conoce un proyecto de desarrollo, no es posible caer en cuenta de todos los factores interesantes.
Desgraciadamente, a la mayor parte de los funcionarios guberna- mentales les cuesta trabajo comprender la necesidad de fomentar y apoyar la investigación fundamental básica de la ciencia del comporta- miento. Quieren soluciones concretas a problemas concretos, y a toda prisa. Se comprende fácilmente su posición: están presos en el presu- puesto anual. Tienen que mostrar resultados para justificar la conti- nuación de las asignaciones, y los fondos dedicados a trabajos que no van a producir beneficios hasta varios años después, parecen una inver- sión menos atractiva que los que arrojan ganancias inmediatas. A pesar
de esto, si se quiere apoyar los programas de ayuda técnica con la cola- boración de la ciencia del comportamiento, las organizaciones que co- rren a cargo de estas actividades tendrán que costear un mayor volu- men de investigación básica,
Por tanto, se comprenderá que la naturaleza del estudio previo antro- pológico depende de las investigaciones que se hayan realizado ante- riormente. Si es poco lo que se ha hecho, el estudio previo no podrá ser diferente de la investigación básica. Si es mucho, el estudio previo de- berá concretarse inmediatamente en los objetivos del proyecto pro- puesto. La labor de Isabel Kelly y de sus colegas, descrita en el capítulo anterior, está situada en el punto medio entre estos dos polos. Al prin- cipio, creyó que podía estudiarse la vivienda de El Cuije casi con exclu- sión de los demás aspectos de su cultura, debido a lo que ya se conocía. Pero esto resultó ser cierto sólo en parte porque El Cuije es una zona subcultural del México, pasada por alto en casi todos los estudios ante- riores. Así, su estudio, que duró siete meses, abarcó las técnicas agríco- las, los presupuestos familiares, los tipos y división de trabajo dentro de la familia, los factores políticos y muchos otros aspectos que resultaron importantes para la tarea que iba a desarrollarse. Al mismo tiempo, desde el principio, esta investigación se encaminó específicamente ha- cia el terreno de la vivienda, dedicándose escasa atención a aspectos co- mo el folklore, la música, las costumbres religiosas y los ritos funerarios que, por interesantes que fuesen, tenían poco que ver con las finalida- des del proyecto.
Barnett describe un estudio previo de tipo distinto. Woleai, grupo de veintitrés islotes entre los que queda formada una gran laguna, situada entre Truk y Palau, sirvió a los japoneses de base aérea durante la se- gunda Guerra Mundial. Cortaron cocoteros y árboles del pan para ins- talar las posiciones militares, las mujeres fueron evacuadas a otras islas y los hombres puestos a trabajar. Al terminar la guerra, los islotes esta- ban pelados en gran parte, extensiones considerables de terreno exce- lente habían quedado cubiertas de coral y cemento, y sus posibilidades agrícolas habían menguado notablemente en comparación con el pe-
ríodo anterior a la guerra. Cuando los habitantes volvieron a sus islas, estaba claro que esperaban de la administración norteamericana un programa de ayuda y asistencia.
En 1950 se envió allí a un grupo de técnicos para estudiar la situación e informar sobre ella. El antropólogo tenía que dar cuenta de las con- diciones sociales, económicas, políticas, religiosas y educativas de la zo- na y determinar las necesidades de asistencia que envolvían a sus pobla- dores. Averiguó que las penalidades comunes que habían sufrido los nativos se tradujeron en una comunidad de alto grado de integración, y vio el realismo con que había procedido para producir y distribuir alimentos. Pero, aunque habían concretado sus necesidades fundamen- tales a una petición de mayor ayuda alimentaria, se observaba que dis- taba mucho de morirse de hambre. En consecuencia, el antropólogo re- comendó que no se enviasen cantidades excesivas de arroz y conservas, porque ello contribuiría a que esperasen más remesas en el futuro. Ex- presó la convicción de que lo que más necesitaban los isleños eran in- gresos de dinero, como los que habían tenido en los tiempos de los ja- poneses, y que esto debía lograrse mejorando la agricultura e introdu- ciendo otros alimentos que pudiesen cultivar los nativos (Barnett, 1956: 94-95).
Labor del antropólogo: etapas de análisis. Confección del plan
Con un conocimiento general de la zona y, teóricamente, con un es- tudio previo encausando a los problemas específicos, el antropólogo debe estar en condiciones de anticipar, a grandes rasgos, las consecuen- cias probables de cualquier proyecto. Y, al mismo tiempo, de fijar el mí- nimo de condiciones previstas para el éxito del cambio, o señalar los problemas imprevistos que pudieran convertirse en barrera. Al planifi- car las actividades, el antropólogo hace una investigación de los siste- mas empleando particularmente su concepto de cultura como unidad integrada, en que una dislocación o alteración afectaría a toda una se-
rie de factores distintos y sería afectada por ellos. El agente occidental de ayuda técnica que presta servicios en una aldea de la India, acaso es- tima que la boñiga de buey va a tardar mucho en resolver los proble- mas de fertilización del campo. El antropólogo, por otra parte, consi- derará la situación en su totalidad. Señalará que el estiércol tiene mu- chos usos, además del de fertilizante, para los cuales a caso no haya su- ficiente con la pequeña cantidad de que se dispone. Se emplea como combustible para guisar, y su lenta combustión característica lo hace particularmente importante para preparar el ghee, manteca líquida uti- lizada en una porción de alimentos. El abono animal es importante pa- ra amasar el barro con que se construyen las casas, y hasta sirve, en pe- queña cantidad, para fumar la burbujeante pipa narguile en torno a la cual celebran sus tertulias los hombres. En consecuencia, menos de la mitad del estiércol producido por las vacas de la aldea se emplea como abono (Marriott, 1952: 265).
La planeación en un programa de erradicación del paludismo en México Aunque se han solicitado más los servicios de los antropólogos para las actividades de planeamiento que para el estudio previo, podemos citar muy escasos ejemplos de informes que expliquen cómo se han he- cho las cosas exactamente. Isabel Kelly y su colega, el antropólogo me- xicano Héctor García Manzanedo, nos refieren uno. La sección de estu- dios experimentales de la secretaría de Salubridad de México les confi- rió el estudio del programa gubernamental contra la malaria -parte de un proyecto mundial en realización para erradicar esta plaga- y la re- dacción de un informe sobre la manera de dar más eficiencia a las ope- raciones. Verificaron esta investigación sin trabajar sobre el terreno, a base nada más del conocimiento general que ambos antropólogos te- nían de México. Primero examinaron los mapas de las zonas infectadas y, luego, los supusieron a otros en que se mostraba la distribución de la población indígena del país. Así se vio que muchas de las regiones más infectadas eran también las zonas de más densa población indígena, es-
tando ésta frecuentemente integrada por diversos grupos monolingües de diferentes idiomas. Estos hallazgos sugirieron que, en dichas partes del país, había problemas de comunicación más graves -y, por tanto, mayores gastos por individuo- que los que había calculado en los pla- nes hechos por los médicos.
Para combatir el paludismo hace falta tomar muestras de sangre, y los antropólogos indicaron que hay una resistencia generalizada entre mu- chos indígenas, así como entre los mestizos rurales, a permitir que se les saque sangre. A veces esta oposición se basa en que creen que su san- gre puede ser utilizada para operaciones de brujería y hechizos contra la víctima, de conformidad con los procesos mágicos de inferir algún mal a cualquier parte del cuerpo para que después reaccione en el cuer- po mismo. En otras zonas, la oposición se debe a la creencia de que la sangre no puede renovarse, por lo cual, cuando la persona pierde par- te de ella, se debilita proporcionalmente en su fuerza y en su vigor se- xual. En estas partes, los antropólogos sugirieron que, quizá, podría ha- cerse a la fuerza la extracción de sangre. En cambio, aseguraron que en regiones como Yucatán y Quintana Roo, la extracción es parte de la te- rapéutica tradicional para el diagnóstico de las enfermedades, por lo cual estimaban que allí habría menos resistencia.
A base de las observaciones llevadas a cabo donde se había combati- do antes la malaria habían llegado a la conclusión de que los insectici- das producen muchas veces la muerte a los pollos pequeños, a las abe- jas y hasta a los gatos, lo cual se había traducido en resistencia al uso de aquellos desinfectantes por parte de los nativos. Los antropólogos en- carecieron la necesidad de explicar con mucho cuidado los efectos del DDT y de tomar las medicinas precisas para reducir al mínimo sus con- secuencias nocivas secundarias.
También estudiaron el aspecto administrativo del proyecto y advir- tieron que las trece principales zonas de operación se habían estableci- do, sobre todo, a base de la población. Cada una de ellas debía tener esencialmente el número de trabajadores y ser sometida al mismo plan
de ataque. Algunas de ellas eran relativamente homogéneas en cuanto a la población y no presentaban problemas especiales. Pero las que es- taban integradas por muchos grupos distintos de indios, con frecuen- cia en comarcas remotas y aisladas, indudablemente iban a requerir mayor número de enviados, dotados de talento especial para tratar con los indígenas. En consecuencia, los antropólogos recomendaban que la organización contra la malaria recabase la cooperación del Instituto Nacional Indigenista, que ya tenía centros de desarrollo en muchas re- giones del país. Expresaron su opinión de que los “promotores cultura- les”, que ya estaban operando y se habían conquistado la confianza de los indios (porque muchos de ellos eran indios también), tendrían un valor incalculable para ayudar en la campaña antipalúdica en estas zo- nas (García Manzanedo y Kelly, 1955).
Análisis constante
Potencialmente, el análisis constante es el área en que se han de desarro- llar los mayores avances científicos y, por tanto, quizás el más a propósito para el antropólogo. En él, tiene, o debe tener oportunidad de comprobar sus hipótesis, viendo si sus predicciones se han realizado. Puede ver, inme- diata y directamente, los resultados de la innovación, para estudiar, en con- secuencia, en condiciones que se parecen mucho a las del laboratorio, el proceso total de aceptación o repudio de los nuevos elementos. Habla con los informantes, toma nota de sus actitudes y de sus reacciones. Está en con- diciones de averiguar, con poco esfuerzo, a qué se debe el que la gente pien- se y se conduzca de esta o de la otra manera. Los técnicos que conocen su misión lo hacen también así, a veces. Sin embargo, de ordinario, tienen po- co tiempo para ampliar su interrogatorio, aunque conocen las técnicas y sir- ven para ello. En este caso, el antropólogo idealmente debe convertirse en los ojos y los oídos del proyecto. Su sensibilidad para el desarrollo hace po- sible introducir modificadores en los planes mientras hay tiempo todavía para ello, y experimentar ideas nuevas o alteradas.
El antropólogo puede ser la primera persona en percibir las barreras a medida que éstas se desarrollan, y debe estar en posición de sugerir modos para convencerlas. Puede aconsejar experimentos con técnicas alternas y medir y evaluar la efectividad relativa de los métodos proba- dos. Por ejemplo, ¿en la educación para la salud, deberá usarse el méto- do en las películas, de las filminas, o de las marionetas? ¿Para comuni- car las nuevas técnicas son superiores la radio y la televisión a otros mé- todos audiovisuales? El mejor método en una área de trabajo tal vez no pueda determinarse sino hasta que se han probado varios. El antropó- logo (y otros científicos de la conducta) puede llevar a cabo experimen- tos controlados y dar respuestas bastante buenas a preguntas como és- tas.
Un experimento en Ecuador
Como ejemplo, podemos citar un reciente experimento controlado en el Ecuador. Fue llevado a cabo para proporcionar información sobre la relativa efectividad de varios tipos de métodos de comunicación: ra- dio, comunicaciones audiovisuales (incluyendo películas, proyecciones de transparencias, carteles, conferencias y demostraciones) y una con- vinación de los métodos. El objeto de la investigación fue comparar los impactos de los tres métodos para promover la construcción de letri- nas y estufas sin humo, para fabricar mermeladas, y lograr que se acep- tara la vacunación. En el área de prueba se eligieron seis aldeas. Tres eran controles, sin ninguna intervención fuera del anuncio del progra- ma y la información de que se pondrían a disposición de los aldeanos los elementos y herramientas necesarios. En la cuarta aldea solamente se usó radio; en la quinta, únicamente recursos audiovisuales; y en la sexta, una convinación de ambos. El período inicial de dos semanas se usó para informar a la gente que estaba abierta la campaña y para invi- tarla a participar. La siguiente fase, de siete semanas de duración, estu- vo destinada para continuar la motivación de la gente para participar, pero su principal propósito fue instruirla en las técnicas de las prácti- cas recomendadas. Al final de la campaña de nueve semanas se hizo un
recuento de los cambios en la conducta, y después de intervalos de tres y seis meses se hicieron comprobaciones para encontrar si se había da- da algún cambio adicional y determinar hasta que grado se continua- ban las nuevas prácticas.
El programa tuvo un éxito en las aldeas experimentales, donde se construyó un número significativamente mayor de estufas y letrinas y se fabricó más mermelada que en las aldeas de control, y en un núme- ro mayor de hogares (aunque no lo suficientemente elevado como pa- ra ser significativo) aceptaron la vacuna. Allí se aprendieron varias lec- ciones:
1. Contra lo que se esperaba, las campañas combinadas de radio y me- dios audiovisuales no tuvieron más éxito que las de radio o audio- visuales aisladas. Dado que los gastos de la campaña (por familia) se mantuvieron constantes en los tres enfoques, se concluyó que las co- munidades alcanzan un punto de saturación más allá de lo cual no tienen impacto los esfuerzos de comunicación adicionales.
2. La radio persuadió a un número mayor de personas para participar de lo que se logró con el método audiovisual o mixto de radio y me- dios audiovisuales. En la aldea donde se empleó exclusivamente la radio, por lo menos en el 55 por ciento de los hogares se adoptó uno de los tres elementos “activos”, estufa, letrina, o fabricación casera de mermeladas, en tanto que en la aldea donde se emplearon medios audiovisuales este porcentaje fue de 39 por ciento.
3. Los datos sobre las actividades individuales muestran que la radio fue el medio más efectivo para promover la adopción de estufas, mermeladas, y vacunación, pero menos efectivo que los medios au- diovisuales para estimular la construcción de letrinas. En la aldea donde se usó la radio, la construcción de letrinas constituyó sola- mente el 14 por ciento de las tres prácticas activas que se adoptaron, comprando con el 41 por ciento en la aldea donde se usaron medios audiovisuales. Los autores concluyen que, dado que el uso de las es- tufas y la confección de mermelada son actividades femeninas, y que las letrinas son construidas por los hombres, las diferencias se
deben a la exposición diferenciada a los medios de información. Las mujeres pasan más tiempo en el hogar, por lo que están más tiem- po expuestas a la radio, en tanto que los hombres pasan más tiem- po fuera de casa, con mayor potencial para la exposición a los es- fuerzos audiovisuales.
4. Los autores también concluyen que la aparente superioridad del método audiovisual con respecto a la construcción de letrinas pue- de implicar que es el mejor medio para proyectos relativamente complicados y costosos donde están implicados detalles más técni-